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La historia yankee de la OSSA Yankee (y II)

Tras el fracaso inesperado del plan que mezclaba a Bultaco y a Ford, John Taylor no tiró la toalla y siguió persiguiendo la moto de sus sueños.

Al principio, Taylor ubicó a la empresa importadora de OSSA en Houston, estado de Texas, por encontrarse más en el centro del país que Schenectady, estado de Nueva York. Puso a cargo del negocio a un conocido suyo y hombre de confianza llamado Frank Conner. Taylor y Conner se habían conocido de una manera peculiar, porque Conner corría con una TSS 200 cuando Taylor ya era importador de Bultaco, y solía comprarle recambios en los circuitos. Como no había manuales de taller para la TSS, acordaron que un día Conner se pasaría por las instalaciones de CEMOTO East Importing Company, y que su jefe de taller desmontaría y montaría el motor de la TSS mientras Conner tomaba notas y hacía fotos. Aquella tarde, antes de que se acabara de montar el motor, Taylor había contratado a Conner, que trabajó con él los siguientes cinco años.

Un año después de iniciar sus operaciones con OSSA, resultó que a Bultaco no le gustó la “bigamia” de Taylor, que fuera a la vez importador en EE. UU. de dos marcas rivales. El conflicto se resolvió al vender Taylor a Bultaco los derechos de importación de la marca en el este del país. Con ello se quedó libre en las instalaciones de Schenectady la parte dedicada a Bultaco, y el importador de OSSA se trasladó allí desde Houston, de modo que se colocaron bajo el mismo techo las oficinas y los almacenes de OSSA y de Yankee.

El prototipo de OSSA Yankee 460 con la que Carlos Giró y Luis Yglesias participaron en las 24 Horas de Montjuic de 1968. En la foto de apertura, la recepción de las oficinas de Yankee Motor y del importador de OSSA en EE. UU.

Mientras los negocios avanzaban de ese modo, el trabajo de desarrollo del motor continuaba en España. Taylor había decidido que el motor utilizara dos cilindros de 230 cc que ya existían en la gama de OSSA, con un cárter nuevo. Para asegurarse una buena refrigeración se separaron los cilindros, para que existiera una cierta corriente de aire entre ellos, lo cual creó un cárter algo ancho, con los dos puntos de anclaje del motor al chasis separados, lo que a su vez obligaba a que el bastidor fuera un doble cuna con sus barras separadas. Los dos cilindros debían funcionar a la vez, lo que años más tarde se denominó efecto “big bang” en los motores de las Honda NSR 500 de Gran Premio, para mantener la sensación de una monocilíndrica. Durante el trabajo en Barcelona, se aumentó el diámetro de los pistones de 70 a 72 mm, con lo que la cilindrada unitaria subió de 230,9 hasta los 244,3 cc, y eso colocaba el deseado motor de Taylor en 488 cc. Una de las posibles dificultades en el uso en campo de la futura moto sería el arranque, obviamente a patada; y otra, la posibilidad de un fallo de una bujía, y OSSA resolvió las dos pegas de una vez. Cada culata tenía dos agujeros roscados para bujías, de los cuales solo los centrales tenían instalada la bujía y su cable de alta. En la culata izquierda, se montaba una tercera bujía, inclinada hacia el exterior y sin cable, para utilizarse como repuesto en caso de necesidad. Y el agujero que quedaba en la culata derecha, también inclinado hacia el exterior, se empleaba para montar un descompresor, accionado desde una maneta ubicada en el manillar.

Para poner a prueba el motor, OSSA fabricó una Yankee 460 de carretera que inscribió en las 24 Horas de Montjuich de 1968. Fue una mezcla de las futuras piezas de serie con otras específicas de competición: chasis de tubos de acero, horquilla Ceriani, frenos Oldani de tambor de doble leva de 250 mm, y una pieza de fibra de vidrio para el conjunto formado por el depósito, el sillín y el colín. Los pilotos fueron Carlos Giró y Luis Yglesias, que tuvieron que retirarse por avería.

En paralelo, John Taylor no descuidaba sus contactos como hombre de negocios, y en 1969 su empresa Yankee Motors recibió una fuerte inversión, 150.000 dólares de la época, de Bangor Punta Corporation, que cotizaba en la bolsa de Nueva York y figuraba en el Fortune 500. Poseía participaciones en empresas de diversos sectores, como aviación y armas de fuego, lo que posteriormente ayudó a los proyectos de dos ruedas de Taylor.

Dick Mann entrando primero en meta en Laconia (Junio de 1963) con su Bultaco TSS 200
Foto tomada, probablemente, en las cercanías de la fábrica Bultaco en 1968: Dick Mann se llevó un chasis en avión a Barcelona, sobre él se montó uno de los primeros motores disponibles, y el propio Mann hizo las pruebas

Por su lado, Taylor se había puesto en contacto con Dick Mann para que se encargara del chasis de la Yankee. Mann, además de haber ganado el campeonato AMA en dos ocasiones, había corrido en flat track, el Transatlantic Trophy, triales y motocross, todo ello con motos de diversas marcas. En paralelo, había fabricado chasis para las motos con las que corría, como su BSA A65 de 1966. Mientras se desarrollaba el motor de la Yankee, Mann diseñó un bastidor de motocross, en el que se montó un motor OSSA de 230 cc; Yankee Motor Company fabricó una serie de 150 unidades de esta moto. Para el chasis de la Yankee escogió tubo de acero al cromo-molibdeno 4130, que supuestamente venía de los almacenes de Piper Aircraft, el fabricante de avionetas con participación de Bangor Punta Corp. La horquilla Telesco de 42 mm de diámetro se unía al chasis con tijas de aluminio forjado fabricadas por Smith & Wesson, el fabricante de armas participado también por Bangor Punta Corp. En la llanta delantera de 21” se montaba un freno de tambor de una leva, y en la trasera de 18” un disco trasero Kelsey Hayes, porque muchos usuarios de la época temían que un disco en la rueda delantera fuera demasiado potente en el campo. Cuando Mann inició el trabajo de diseño del chasis, no había ni siquiera un prototipo aproximado del motor en el que basarse, de modo que Taylor pidió a la fábrica las medidas del cárter, y fabricaron una maqueta en madera, en la que Mann se basó para fabricar el primer chasis, sin datos sobre peso o potencia. Según cuenta el propio Mann, “cuando supimos que había un primer motor completo en Barcelona, John nos metió al primer chasis y a mí en un avión, y nos fuimos a Barcelona a montar la moto. Desde el primer momento vimos que la principal pega iba a ser la cámara de expansión de los escapes, que le daban al motor una formidable potencia a medio régimen. Nadie tenía los medios que tenía esa OSSA. Ahora había que hacer unos escapes así, pero para una moto de enduro”. Cuando los primeros motores llegaron de la factoría que entonces se encontraba en la Zona Franca de Barcelona, Yankee Motors montó inmediatamente unos prototipos, los probó, y se los cedió a las revistas especializadas, que publicaron pruebas muy elogiosas.

Un curioso prototipo fabricado en 1968: una Yankee Z de motocross.
Todo listo para arrancar la aventura con cóctel, cena y baile. El Edison Club sigue existiendo, ahora como club de golf.

Y entonces el plan pareció venirse abajo: el retraso en el envío de los motores desde España se acumuló, mientras los proveedores del resto de componentes no cumplían los plazos de entrega. Además, las medidas de la administración del presidente Richard Nixon para controlar la inflación incluían impuestos a la importación que casi duplicaron los costes en EE. UU. de los motores españoles. Aun así, y gracias a la tenacidad de Taylor, finalmente en 1972 la Yankee Z entró en producción. El motor montaba embrague en seco, cambio de seis marchas, dos carburadores Amal de 27 mm y encendido Motoplat doble. El chasis de Mann mantenía el acero al cromo molibdeno 4130, y se unía a una horquilla entonces enorme, de 42 mm de diámetro con 165 mm de recorrido. En el momento de su llegada al mercado, el precio era de 1.595 $. Era una moto con la que se podía rodar en la autopista a velocidad decente y, al llegar a las pistas, disfrutar del par y de la potencia. Parecía que con sus 150 kilos podía ser pesada por el campo, solo que el par disponible y la posibilidad de hacerla girar con el gas, la convertían en manejable. Subía por donde las dos y medio no podían, y llegaba hasta los caminos sin llevarla desde casa en un remolque o en la bañera del pick up.

Los valientes que se atrevieron a correr unos ISDE con Yankee Z: de izqda. a dcha. Barry Higgins, Charlie Vincent y Daven Eames.

Se dice que Taylor recibió mil motores de la fábrica OSSA, y que llegó a producir y vender 764 unidades de su Yankee Z entre Abril de 1972 y Julio de 1973, cuando la empresa entró en quiebra al acabarse el apoyo de Bangor Punta Corp. Dos de esas unidades participaron en los ISDT de Checoslovaquia de 1972. El recorrido, basado en zonas boscosas con mucho barro, no era el ideal para las Yankee, y aun así Daven Eames, Barry Higgins y Charlie Vincent se atrevieron a participar en una competición aun poco conocida en los Estados Unidos, que empezaba a interesar ya que la edición de 1973 se iba a disputar en Massachusetts. El motor de la Yankee de Higgins se quedó en un cilindro, y el consiguiente abuso del embrague terminó rompiéndolo, por lo que se retiró. Vincent se chocó contra el escúter de un espectador el quinto día, cuando ya se acercaba al final, y tampoco terminó. El que peor lo pasó fue Eames: las caídas le dañaron un tobillo, a pesar de lo cual se mantuvo en el nivel de medalla de oro hasta el quinto día; el sexto, más caídas, alguna de la moto sobre el tobillo dañado, convirtieron llegar al meta en su suplicio que estaba a punto de lograr, hasta que una junta de culata se lo impidió.

En ese momento, cuando John Taylor inició la fabricación de la moto de sus sueños, resultó que su mercado había desaparecido. los que peleaban por el campo con las Triumph TR-5 se habían pasado a una Matador 250 de solo 110 kilos, o se habían comprado una moto japonesa, porque los fabricantes japoneses habían reconocido su error, y se habían dado cuenta de que sí se podía hacer una moto de campo más ligera y más potente de lo que había. Y cuando la Yankee Z llegó a las tiendas, ya estaba a la venta la Yamaha DT-1. La Yankee Z era muy buena, aunque bastante más cara. En la actualidad sigue existiendo unidades en EE.UU., algunas incluso en orden de marcha, y sus propietarios presumen de ello en las redes sociales, presentando su Yankee Z como lo que es, una rareza hoy en día casi desconocida.

Por su lado, Dick Mann se mantuvo activo muchos años más después de su trabajo con Taylor. Tras haber ganado tanto el Gran National Championship como la Daytona 200, y ser incluido en el Salón de la Fama del Motorsport de Estados Unidos, se retiró de las carreras a finales de la década de los ’70. Siguió trabajando como fabricante de series especiales, en 1975 lanzó una serie de bastidores especiales para la Yamaha XT500 y posteriormente se dedicó a la restauración de motos de carreras clásicas.

La OSSA Yankee 500 SS en el Racing and Sporting Show de Londres, en Enero de 1975.
La historia de la Yankee ya ha llegado a los museos: esta unidad se exhibe en el Museo de la Moto Española de Alcalá de Henares.

La situación que la quiebra de Yankee Motor Company dejó en OSSA fue preocupante. Según el contrato firmado entre las compañías, OSSA corría con los gastos de desarrollo y fabricación, y Yankee Motor tenía los derechos de propiedad; es decir, que tras la quiebra quedaban en la fábrica OSSA del orden de dos mil motores que no podía ni vender ni utilizar. La idea obvia fue adaptarlos para una moto de carretera, mientras se renegociaban los derechos. Para ello, Giró modificó el motor montando un sistema de lubricación separada Mikuni, encendido doble Motoplat y carburadores Bing de 32 mm, diseñó un chasis, y se localizaron proveedores para las suspensiones y los frenos. El resultado, con el nombre de Yankee 500SS, se presentó en diversos salones, como los de Barcelona en los años 1973 y 1974, y en el Racing and Sporting Show de Londres, en Enero de 1975. Aun con llantas de radios y un único disco delante, el aspecto era excelente, solo que OSSA aun no tenía los derechos del motor, y la 500SS siguió apareciendo por los salones sin fecha de entrada en producción.

Por fin, ya en 1976, se llegó a un acuerdo y se presentó la versión final en el Salón de Barcelona: se llamaba simplemente Yankee 500, y montaba frenos Brembo, llantas de aleación Targa, y amortiguadores Betor de gas, con aquellos inconfundibles muelles, uno amarillo y otro naranja, los mismos colores que en los gráficos del depósito y las tapas laterales. La palanca de cambio era de las llamadas “de talonera”, el mismo estilo de la que llevaba la Montesa Impala. Consistía en una palanca más larga de lo habitual, unida en su centro el eje del selector, y que permitía bajar y subir marchas con la punta del pie actuando sobre su parte delantera, como en las palancas normales, y también subir marchas presionando hacia abajo con el talón. La ventaja para el usuario era que, al subir marchas con el tacón, se evitaba dañar el empeine del calzado, y así no se dejaban marcas en los zapatos.

También sobre el nombre del modelo hubo discusiones entre las dos empresas, pero había poca salida: los motores estaban fabricados, y en las tapas laterales ya figuraba un nombre: “Yankee”. A falta de datos fiables, se dice que en el primer año se vendieron 1.500 unidades con un precio de 198.000 pesetas, y que la producción total fue de 2.150. Entra dentro de lo posible, ya que otras fuentes aseguran que la producción total de motores fue de unos tres mil, de los que unos mil se enviaron a EE. UU., y el resto se quedaron en la fábrica de la Zona Franca de Barcelona.

También en España la Yankee llegó tarde. La industria española de la moto ya estaba en decadencia, incluyendo a OSSA, las huelgas de los empleados presionaban, y la marca terminó desapareciendo. Este es el motivo por el que igualmente por aquí ha quedado como una rareza casi desconocida, y es poco usual encontrar una, menos aún en buen estado. Los que tienen el acierto de visitar el Museo de la Motocicleta Española de Alcalá de Henares, se encuentran con la doble sorpresa de ver, una frente a otra, a una Yankee Z y una OSSA Yankee 500. Claro que, para sorpresa, la que me llevé en la reunión mensual de vehículos clásicos de Navacerrada en Diciembre pasado, cuando me topé con una Yankee Z, impecable, matriculada en Madrid y en perfecto orden de marcha: “¡Recién restaurada!”, me dijo su dueño antes de activar el descompresor, arrancarla a la primera patada, y alejarse como si no fuera montado en un trozo de historia a mitad de camino entre dos continentes.

Todavía hay quien conserva una Yankee Z y hasta la usa: me encontré esta unidad en la reunión mensual de vehículos clásicos de Navacerrada (Madrid) en Diciembre pasado.

Fuentes: La información básica de estas entradas está en un artículo que Frank Conner, el empleado de John Taylor, publicó en la revista estadounidense Cycle World en Junio de 1987. Me sorprendió cuando lo leí hace casi cuarenta años, y desde entonces guardo una fotocopia. También he conseguido información en el libro Spanish Post-War Road and Racing Motorcycles, de Mick Walker, publicado por Osprey en 1986. No podían faltar datos provenientes de mi archivo de revistas de Solo Moto y Motociclismo. La información sobre los ISDT de Checoslovaquia ha partido del número de Enero de 1973 de la revista Cycle World. Y como estamos en la era digital, he completado datos con webs de todo tipo; por ejemplo, los datos sobre las huelgas del UAW se mencionan en la propia web del sindicato, en la del periódico The New York Times, o en la del Bureau of Labour Statistics. También de You Tube he conseguido información, como una curiosa entrevista con personajes destacados de esta historia, como Dick Mann o el propio John Taylor. Y las ilustraciones se han obtenido del artículo de Conner, del libro de Walker, de las webs mencionadas y de fotos tomadas por el autor.

La historia yankee de la OSSA Yankee (I)

La historia de la OSSA Yankee comenzó en Estados Unidos, pudo haber nacido como Bultaco Yankee gracias al dinero de Ford Motor Company, dejó de serlo por una huelga sindical, y terminó siendo brevemente la Yankee Z allí y la Yankee 500 aquí.

Esta historia, turbulenta y entretenida, que se desarrolla entre Cataluña y el este de EE. UU., comienza a principios de los años ’60 y su protagonista es John Taylor. Hoy en día le calificaríamos de emprendedor, entonces era un empresario inquieto. Había nacido en Marzo de 1933, y desde los ’50 vivía de suministrar máquinas herramienta a la industria de Schenectady y sus alrededores, en el estado de Nueva York. Las aficiones de Taylor estaban en el entorno de esa maquinaria: coches, cámaras de fotos, equipos de sonido y motos. Se compraba un coche (Ferrari, Lancia, Cunningham, …), lo disfrutaba medio año, lo vendía ganando dinero y se compraba otro.

Con las motos no estaba tan contento, simplemente porque el tipo de moto que él quería aún no se había inventado. Le gustaba salir de casa en moto con sus amigos, rodar por carretera hasta llegar a sus pistas favoritas, y entonces disfrutar de esas pistas entre bosques inacabables. Solo que las motos que él y sus amigos tenían solo eran válidas para la primera parte de sus recorridos, el de carretera: Triumph TR-5, BSA Gold Stars y algún valiente que se atrevía a hacerlo en una Harley. Sí, iban bien por carretera y tenían luces y algunos relojes, pero los recorridos de suspensión se quedaban cortos por el campo, el motor no tenía bajos suficientes, la relación del cambio era abierta, y pesaban demasiado. Por otro lado, las motos de campo de aquel entonces, pequeñas y ligeras dos tiempos, eran incómodas y lentas en carretera y la autonomía era escasa. Taylor las conocía bien, porque con una de ellas había ganado la medalla de bronce en los ISDE de 1964 en Erfurt, por entonces en la República Democrática Alemana.

Ninguno de los fabricantes europeos de la época las hacía con más de 250 cc., lo que las limitaba en carretera, porque en cilindradas mayores se presentaban permanentes averías en forma de gripajes de pistón. Y Taylor estaba convencido de que su moto ideal era una 500 de dos tiempos, formada a base de dos cilindros de 250 cc., que resultaría el equilibrio ideal para ir por carretera hasta sus pistas favoritas y luego ser ligera en el campo. Faltaban muchos años para que llegaran lo que ahora llamamos motos Trail, ese intermedio que era exactamente lo que buscaban John Taylor y sus amigos.

27 de Agosto de 1962: las cuatro primeras Sherpa 125 han llegado a CEMOTO East Importing Company, y Taylor señala orgulloso una de las cajas. En la foto de apertura, Taylor en 1968 sobre el prototipo de Yankee con el que había participado en los Dos Días de Enduro de Berkshire.
Una semana después de que llegara el primer envío, las Bultaco ya estaban corriendo. De izquierda a derecha: Barrie Tosh, John Taylor (11), Ray Palen (47) y Chuck Herbert (25)

Mientras, él se dedicaba a sus negocios, y en 1962 se enteró de que estaba disponible la posición de importador de Bultaco para la costa este de los Estados Unidos. No tardó en ponerse en contacto con la Compañía Española de Motores (CEMOTO) en Barcelona, y rápidamente llegó a un acuerdo con F. X. Bultó, de modo que de día vendía maquinaria y por las noches, con la ayuda de Kay, su mujer, dirigía CEMOTO East Importing Company. La empresa tenía los derechos de importación para 29 de los estados del país, y del resto se ocupaba el otro importador, ubicado en Los Angeles. La gama de Bultaco en aquel momento estaba formada básicamente por las TSS de circuito y las Sherpa de trial, y lo primero que hizo Taylor como importador fue sacar una Sherpa del embalaje en el que le llegó desde España e inscribirse en las carreras de la zona. A la vista de sus resultados, se cumplió esa frase de que no hace falta hacer anuncios de la moto que gana, porque se vende sola. La importación de Bultaco creció tanto y tan deprisa, que John vendió su negocio de máquinas herramienta para centrarse en las motos.

Para entonces, los fabricantes japoneses de motos habían creado una nueva categoría que llamaban street scramblers, y que para Taylor reunía lo peor de las motos de carretera y de campo de la época, porque eran motos de carretera con motores medianos de cuatro tiempos, manillar ancho y escape elevado. Es decir, el recorrido de suspensión seguía siendo insuficiente, la relación peso – potencia mala, y montaban neumáticos de carretera. El importador de Bultaco para el oeste de EE. UU. pidió a la marca que fabricara una street scrambler, y sin embargo Taylor no solo no se unió a la solicitud, es que redactó las especificaciones de su moto ideal y se las envió a F. X. Bultó. La respuesta fue “Nos ponemos con ello”, y en Diciembre de 1963 Taylor voló a Barcelona para probar el prototipo que se había preparado, lo que se terminaría llamando la Matador de 200 cc. A Taylor le gustó tanto que convenció a Bultó para llevarse ese ejemplar único a EE. UU. para rodar con ella en sus pistas favoritas, de modo que la marca tuvo que desarrollar la versión de serie con los planos y las fotos disponibles.

Con la Matador 200 cc, Taylor había dado el primer paso hacia su sueño, y no tardó en pedirle a Bultó una Matador de 350 cc. Con la fábrica desbordada de pedidos y al límite de su capacidad de producción, lo único que se pudo hacer fue lanzar la Matador dos y medio con la versión de 250 cc del motor original. A la vista de que no podía obtener su añorada bicilíndrica de 500 cc y dos tiempos de Bultaco, Taylor se fijó en la industria británica de la moto. Envió a su jefe de servicio, Jess Thomas, a un viaje por diversas fábricas del Reino Unido para que negociara la posibilidad de que allí le fabricaran su motor, y Thomas regresó desolado: las fábricas británicas iban camino del colapso, y no había posibilidad de que afrontaran esa inversión.

Cuando parecía que se le acababan las posibilidades de tener su moto ideal, Taylor se topó con una jugada a tres bandas complicada y creativa. Por un lado, supo que CEMOTO tenía licencia para fabricar automóviles en España, aunque nunca la había utilizado, y que Bultó estaba interesado en vender su empresa, incluida esa licencia, a Taylor. En la España de la época, la de la autarquía, con una economía intervenida por la Administración, eran necesarios permisos para muchas actividades, y Bultaco tenía el necesario para fabricar coches. La segunda pieza de este rompecabezas estaba en Detroit (Michigan): Ford Motor Company tuvo fábricas en España entre 1920 y 1954, y se estaba planteando el retorno. Su primera planta estuvo en Cádiz, en la que bajo el nombre de Ford Motor Company, S.A.E. se fabricaron el Ford T, los tractores Fordson y los camiones Ford TT. En 1923 se trasladó al Pueblo Nuevo de Barcelona, esta vez con el nombre de Ford Motor Ibérica, S.A. Después de la guerra se dedicó a fabricar repuestos para los vehículos producidos desde 1920, así como gasógenos y, en 1953, a la vista de que la Administración española se centraba en apoyar a empresas nuevas, como SEAT y FASA-Renault, decidió retirarse de España. De ese modo, en 1954 vendió la fábrica a Motor Ibérica, una empresa nacionalizada que inició la producción de camiones y tractores basados en modelos de Ford, bajo la marca EBRO. Ya en los años ’60 barajó la posibilidad de retornar a España, y eso le sirvió a Taylor para elaborar el plan que presentó en Detroit: pedir un préstamo a largo plazo de 300.000 $ a Ford, para con ese dinero comprar Bultaco y entregar la licencia de fabricación de coches de Bultaco a Ford. Una vez fuera propietario de Bultaco, desarrollaría en primer lugar su moto de campo de 350 cc, y más tarde la soñada 500 bicilíndrica.

Un piquete de sindicalistas bloquea el acceso de un camión a la fábrica de Ford Motor Company en Chicago Heights.
Los empleados de la fábrica de Ford en Wayne (Michigan) salen de la planta tras haber fracasado las negociaciones; la huelga continúa.

Lo más sorprendente de la historia es que Ford aceptó, una vez que entendió la trastienda de una maniobra que pasaba porque uno de los mayores fabricantes de coches del mundo actuara como prestamista de un pequeño importador de motos europeas. Y con todo listo para las firmas, y Taylor acariciando su sueño, el plan se vino abajo: una masiva huelga del influyente y poderoso sindicato de la automoción, el United Auto Workers (UAW), detuvo las actividades en Ford, que temía que la huelga se prolongara indefinidamente y los beneficios se vinieran abajo. La escasa documentación existente sobre estos hechos no me ha permitido determinar cuál de las varias huelgas de la sección en Ford de la UAW en aquellos años detuvo el proceso. La de Mayo de 1963 empezó en la planta de estampación de Chicago Heights en solicitud de más medidas de seguridad, se extendió por fábricas de todo el país, duró hasta Diciembre de ese año, y se convirtió en la huelga más costosa en la historia de Ford Motor Company. También pudo ser la de Septiembre de 1964, que la UAW planteó frente a los tres grandes fabricantes de entonces en los EE. UU. (General Motors, Chrysler y la propia Ford). Sea como fuere, una vez más Taylor se quedó sin su moto soñada.

Esta foto, junto a una caja de buen vino, se la envió F. X. Bultó a John Taylor a finales de 1955

Mientras tanto, Bultaco había lanzado una TSS 350 y una moto de enduro de 360 cc, ambas basadas en el motor de motocross, aunque ya no estaban solos: también Husqvarna había puesto a la venta su 360. Por su lado, John Taylor no tiraba la toalla y seguía dándole vueltas a cómo materializar la moto que seguía teniendo en la cabeza, aunque la tuviera que fabricar él. En los Estados Unidos de la época no había proveedores de los componentes necesarios para las motos de campo, y por otro lado montar una fábrica para el motor estaba fuera de sus posibilidades. Evaluó entonces la idea de encargar motor, chasis y componentes, y limitarse a montar una pequeña fábrica que fuera básicamente una línea de ensamblaje de lo que le enviarían sus proveedores. Salió entonces “de compras”, y se encontró en Daytona en 1966 con Manuel Giró, fundador y propietario de dos empresas. Una era Orfeo Sincronic, S.A., dedicada a la fabricación de motores fueraborda y de maquinaria cinematográfica, y la otra era OSSA, fabricante de motos. Giró le comentó a Taylor que había vendido sus motos en EE. UU. a través de una red de distribuidores locales, aunque él prefería un único importador para todo el país. En una reunión posterior Giró le propuso que fuera ese importador exclusivo, y añadió un incentivo: OSSA le diseñaría el motor para la moto en la que estaba pensando. Taylor aceptó bajo la condición, que años más tarde se volvería clave en la parte española de la historia de la Yankee, de que los derechos del motor le pertenecieran a él, y no a OSSA. Inmediatamente Taylor dedicó una parte del edificio que ocupaba CEMOTO East Importing Company a zona de fabricación de su moto, y como ya había decidido que se iba a llamar Yankee, fundó la empresa fabricante bajo el nombre de Yankee Motor Company. (Continuará).

El parque móvil en 2025

El año que se ha terminado estuvo cargado de viajes por carretera sobre dos y cuatro ruedas, con toda variedad de vehículos. Y también de muchos kilómetros en bici de montaña.

Mi garaje estaba anormalmente vacío al iniciarse el año, porque 2024 se había cerrado con la salida de los dos Mercedes CE280 de la serie W123 que acababa de vender. Y mientras, seguía buscando sustituto para el Toyota Corolla Touring Sport que llevaba siendo mi coche de todos los días desde 2022. Por fin en Marzo coincidieron las piezas del rompecabezas: una venta del Corolla a precio razonable, a la vez que la aparición de algo aún mejor de lo que buscaba para ocupar su lugar, y conseguí llevar a buen puerto las dos operaciones. El objetivo que al que llegué era un Volkswagen Golf GTI, exactamente de la segunda tirada de la séptima generación, aquellos fabricados entre 2016 y 2020, con cambio manual, llantas de 18” y la preciosa tapicería en tela de cuadros escoceses, la tradicional en los Golf GTI. Para remate, la unidad que llegó a mi garaje tenía solo 44.000 km, mantenimiento en Concesionario, y montaba la opción Performance, con 245 CV y una curva de par que no es una curva, si no toda una planicie.

La descripción detallada del coche y de sus primeros kilómetros en casa se contó (aquí), y algunos descubrimientos más del día a día junto a un buen viaje por Marruecos aparecen (aquí). Al cerrar el año, después de algo más de doce mil kilómetros en diez meses, el balance es abrumadoramente positivo, porque el Golf ha cumplido la difícil tarea de ser un coche para todo: recados urbanos, viajes dentro y fuera de España, cortos y largos, más la sensación de estar conduciendo un coche que es, a la vez, discreto y especial. Y a eso se añade que su carácter de coche poco habitual me abre las puertas a la vida social propia de esos coches, de modo que hemos compartido recorridos con otros juguetes especiales de cuatro ruedas y sus propietarios: desde SAAB 900 y Audi TT de su primera generación, a series limitadas de Yaris como el 1,5 de los ‘90, el GRMN o el muy exclusivo GR Yaris Ogier Edition.

La F750 GS recorrió en 2025 algunos kilómetros en bosques de Segovia y muchos en carreteras solitarias de Argelia.

La mitad de los casi seis mil kilómetros que hice en 2025 con la BMW F750 GS corresponden al viaje por Argelia, que conté (aquí) y (aquí), aunque en realidad solo dos mil los recorrí en territorio argelino: hay 400 km. desde casa hasta el puerto de Valencia, y otros 600 desde el puerto de Almería hasta regresar a casa. Dejando de lado ese viaje tan especial, lo más destacado fue la revisión anual que, un año más, se pasó en un concesionario de la marca. Aunque no se llegaba aun a los 20.000 km, decidieron hacer precisamente esa revisión, durante la cual se descubrió una pequeña pérdida de aceite en la tapa de la culata. Como esta intervención incluía comprobar el juego de válvulas, al levantar esa tapa se descubrió el origen de la pérdida: un daño en la junta, que se sustituyó. También se detectaron tonos marrones en el refrigerante, que igualmente se cambió sin más novedad. Han pasado 800 km desde entonces y no hay pérdidas de aceite ni tonos sospechosos en el refrigerante.

Lo que sí me llama la atención en un mercado en el que la invasión de las marcas chinas es creciente, es la política de precios de taller de los concesionarios de BMW. Si precisamente hay modelos chinos tremendamente cercanos a mi BMW F750 GS pero un precio muy inferior, ¿por qué mantienen unas tarifas tan elevadas en su postventa? No entremos a discutir los precios de la mano de obra o del alquiler de las instalaciones, voy a verlo solo desde el lado del cliente: la hora de mano de obra, con IVA, asciende a 115,72 €, el aceite de motor se cobra a 24,97 € por litro, cada bujía NGK tiene un precio de 22,76 €, y por la junta de la tapa de la culata cobran 102,85 €. ¿Llevaré la moto a un concesionario de la marca para su revisión anual en 2026, o buscaré una alternativa menos cara?

Siempre es emocionante el momento previo a una salida. El espíritu competitivo no cesa.

La Cannondale Scalpel 2 recorrió más de 1.100 kilómetros, concentrados al principio del año. A partir de ahí,  las lluvias y los viajes de trabajo, seguidos por las olas de calor, redujeron el kilometraje hasta que llegó el otoño. Un punto destacado fue participar, por primera vez, en un maratón en bici de montaña que eliminaba las tradicionales cintas y señales direccionales físicas, y obligaba a descargar la ruta en algún dispositivo que se fijara al manillar. La justificación era no deteriorar el entorno con plástico, aunque también hay que pensar que es más barato para el organizador obligar a los participantes al uso de navegadores que colocar las cintas antes de la carrera y retirarlas después.

En todo caso, el planteamiento teórico de la idea era correcto, aunque el resultado práctico no lo fue tanto, porque aún a la velocidad de una bici de montaña, la pantalla no se actualiza suficientemente deprisa si hay varios desvíos consecutivos. Además, están claros los desvíos cerrados (en ángulo recto, por ejemplo), no así las bifurcaciones. De hecho, me confundí en algunas bifurcaciones y en tramos retorcidos, lo que me obligó a esperar a que el sistema se aclarara antes de tomar el rumbo correcto.

Por otro lado, si la pequeña pantalla de mi Garmin está ocupada con la navegación, no veo el resto de las variables que me interesan y que he configurado en una pantalla a mi medida: tiempo total, velocidad media, velocidad actual, distancia recorrida y ritmo cardiaco. Y no me apetece soltarme del manillar para cambiar de pantalla. Curiosamente no he vuelto a ver convocatorias de pruebas similares sin señalización.

Sí nos divertimos en grado superlativo en la Clásica de Valdemorillo, que repetía el formidable recorrido de 2024, aunque esta vez tenía, por fortuna, menos agua: un 85% de pistas, el resto senderos, un permanente sube-baja con paisajes variados que alternaban dehesa con encinar y pinar. Y el año acabó en la Trasierra de San Martín de Valdeiglesias, con un recorrido más complicado de lo que parecía, por culpa de la DANA que afectó a la zona hace unos años, y que ha dejado los senderos muy rotos.

 

El Mazda 3 Sedán, con su aspecto inocente, terminó siendo una de las sorpresas agradables de 2025.
«¿En qué estarían pensando?» versión diseño de cuadros de mando.

Los viajes de trabajo y el cambio del Corolla al Golf GTI obligaron a alquilar temporalmente algunos coches, una lotería que me permitió probar vehículos distintos y descubrir lo mejor y lo peor que cada uno tiene. El Peugeot 2008 que alquilé en Marzo montaba ese cuadro de mandos alto con volante pequeño habitual hoy en día en la marca, que hace que el cuadro quede siempre por encima del volante y permita su visión. Pero la movilidad en vertical del volante está limitada precisamente para no tapar el cuadro, y aun subiendo el pequeño volante y bajando el asiento, el volante me molestaba en las piernas.

El cuadro en sí es una pantalla digital, lo habitual hoy en día, solo que la aguja del velocímetro se desplaza en sentido horario y la del cuentavueltas en antihorario. Esto produce un extraño efecto, ya que desaparece la relación habitual al acelerar y frenar: ambas agujas deberían moverse en el mismo sentido, no en sentidos opuestos. Además, la escala es móvil y variable; es decir, la aguja del velocímetro se encuentra con el vehículo parado en posición horizontal marcando 20 km/h, mientras que en autovía está horizontal a 80 km/h. ¿No han caído en que los conductores no solemos leer los números del cuadro, sino que simplemente miramos la posición de las agujas?, o preguntado de otro modo, ¿cuánta experiencia de conducción tienen quienes decidieron este sinsentido? Como remate, a la izquierda de los dos relojes básicos está el indicador de nivel de combustible, que crece en sentido horario, y a la derecha el de temperatura de refrigerante, que lo hace en antihorario.

Unos días más tarde recogí un Ssangyong Tivoli, que conduje bajo los temporales de lluvia que cayeron en esos días, con lo que supone de atascos urbanos y carreteras con escasa visibilidad y ya no agua abundante, directamente la posibilidad de charcos peligrosos, de los que conducen al aquaplanning. Los acabados eran sinceros para ser un coche económico: plástico duro y de aspecto barato. Lo que me desagradó fue que la ergonomía se basaba en una lógica que no llegué a entender: ¿por qué el interruptor que desactiva el sistema “Start&Stop” está bajo los mandos de la climatización, en el extremo inferior derecho de la consola central, y no cerca de los elementos relacionados con el motor, como el cuentavueltas o el indicador de nivel de combustible?

La primera marcha entraba lenta, y por el escaso kilometraje del vehículo y la ausencia de ruido, no debía ser un desgaste de los sincros, de modo que en tráfico urbano denso, con el sistema “Start&Stop” conectado, cuando se pisaba el embrague y se intentaba meter primera, la marcha aún no había entrado cuando el motor arrancaba y se aflojaba la presión sobre el embrague, por lo que el motor se calaba. La solución consistió simplemente en desactivar el “Start&Stop”.

El tercer coche de alquiler del año llegó en Abril, un humilde Mazda 3 Sedán en color gris anodino, con propulsión híbrida de gasolina, que resultó ser el más agradable de todos. La banda de potencia era más amplia de lo que se espera de un motor pequeño de gasolina, y el confort de marcha era elevado, en parte gracias a que empleaba neumáticos de perfil razonable, unos 205/60 R16, apropiados para un coche viajero, al contrario de esa manía ahora habitual de montar neumáticos de perfil bajo en llanta grande hasta en los coches urbanos.

Pasó también con nota la prueba de fuego de la ergonomía: utilizar el vehículo sin haber leído antes el libro de instrucciones. Empecé desconfiando del enorme mando multiuso de la consola central, ese estilo tan criticado después del fracaso del que inició la moda, el de BMW, hace ya unos años. Sin embargo, me hice con él de modo intuitivo, lo que significa que es ergonómicamente correcto. En términos prácticos, una vez que emparejé mi teléfono con el Android Auto del Mazda en modo inalámbrico, salté con el mando de programar el recorrido en Waze a localizar Radio 3, ajustar el volumen y regresar al navegador. Sin mirar el mando ni apartar los ojos de la carretera.

Y arrancamos 2026 con planes de muchos kilómetros para distintos vehículos; en doce meses veremos cómo se materializan.

Una subasta de clásicos

Tras años siguiendo con envidia las subastas de coches y motos clásicos en los países anglosajones, por fin se ha celebrado una en España y asistí a una de las dos jornadas. Disfruté, aprendí y no me perderé la siguiente.

En algunos sectores, como el del arte, es relativamente habitual comercializar productos a través de subastas públicas. El del automóvil, en España, es poco dado a ello, por lo que miraba con envidia esas subastas de todo tipo de vehículos en los países anglosajones, especialmente en el Reino Unido. Y más allá de las que manejan precios escalofriantes para vehículos únicos que se suceden en Londres, Suiza y Pebble Beach, me atraían las más mundanas, esas subastas británicas en las que, en una tarde, salen a puja hasta varios cientos de coches, bastantes de los cuales están al alcance de nosotros los mortales.

Por eso asistí recientemente a la subasta que Melvin Auctions organizó en Ifema (Madrid) coincidiendo con el salón de vehículos clásicos Retromóvil. El catálogo anunciaba un total de 188 lotes, desde motos en mal estado con más de cien años, a coches clásicos deseables con precios esperados de seis dígitos. El resultado no decepcionó.

Aston Martin Vantage Roadster V8, el que se exhibió en el Salón de Ginebra de 2007. La puja se cerró en 56.000 €.
Los vehículos «humildes» sin precio de reserva se pueden conseguir a buenos precios, como este SEAT 133 de 1975.

El primer punto que aprende el recién llegado a una subasta es que resulta imprescindible aprender unas normas básicas, además de hacerse con el lenguaje que se emplea. Y el punto inicial es que se puede pujar de tres maneras: en persona (“en sala” lo llaman), a través de la web de la casa de subastas, o por teléfono. En cualquiera de los casos hay que inscribirse previamente, ya que ganar una puja supone que se ha cerrado una compra, por lo que es obligatorio firmar el contrato de compra-venta y, claro, realizar el pago que corresponda.

En caso de que se puje en sala, el pujador recibe una tarjeta (se llama “paleta”) con su número; es lo que hay que mostrar de modo claro cada vez que se realiza una puja, y también si se ha ganado, para que se adjudique el lote.

En las pujas no son los postores quienes deciden el precio de su oferta, ya que hay una escala ya establecida por la casa de subastas. En este caso, si el precio era inferior a 999 €, las pujas subían de 50 en 50 €; hasta 1.999 € subían de 100 en 100 €; si el precio saltaba hasta 4.999 €, las pujas ya escalaban de 200 en 200 €; en el espacio hasta 29.999 € el crecimiento era de 500 €; de ahí a 99.999 € había que añadir 1.000 € en cada puja; y si el precio llegaba a los seis dígitos, las pujas crecían en saltos de 2.000 €.

Y el último punto que hay que aprender, quizá el básico, es el concepto de precio de reserva. Si un vendedor no establece precio de reserva, quiere decir que la puja se cerrará y adjudicará a la oferta más alta, sea la que sea, ridícula o disparatada. Como las pujas se abrían en Retromóvil en 50 €, existía la posibilidad de que, si solo había un interesado en el vehículo, ofreciera 50 € y se lo llevara. No sucedió en ningún caso, aunque algunos lotes sin precio de reserva se cerraron con precios inferiores al de mercado.

Si hay precio de reserva, la puja no se cierra si no se alcanza esa cantidad; sin embargo, los postores no saben cuál es ese precio hasta que se alcanza en la subasta, de modo que suben y suben sus pujas solo sabiendo que a ese precio todavía no se lo van a adjudicar y sin saber cuánto han de subir sus pujas para llegar al precio de reserva. En la subasta hubo varios vehículos tan caros como apetecibles que no se adjudicaron por no alcanzar el precio de reserva; por ejemplo el Alfa Romeo Montreal de 1973, el Maserati Merak SS de 1977 y la Bimota DB7 de 2009. Por el mismo motivo tampoco se adjudicó el SEAT Ibiza de 1968 que se utilizó en el rodaje de la serie “La casa de papel”.

Bimota DB7 con motor Ducati Testasretta Evoluzione Desmo. No alcanzó el precio de reserva.
Tampoco este Maserati Merak SS de 1977, diseñado por Giorgetto Giugiaro, …
…alcanzó el precio de reserva.

Si un vendedor establece precio de reserva, se guarda el derecho de retirarlo cuando estime oportuno. Es una maniobra que se suele realizar si las pujas se acercan al precio deseado, pero no lo alcanzan; entonces el vendedor ha de escoger entre conseguir algo menos del mínimo que esperaba o no venderlo. Sucedió, por ejemplo, con la puja por un vehículo poco habitual: un Mercedes W123 coupé con motor 230, que había sido transformado en descapotable por el carrocero alemán Bähr (no confundirlo con Baur, otro carrocero alemán que también hacía transformaciones de coupé a cabrio, en su caso para BMWs de la Serie 3). La puja llegó a 23.500 €, se quedó parada y se cerró sin adjudicar. Entonces el vendedor indicó por teléfono que retiraba el precio de reserva, por lo que se invitó al último postor, al que había ofrecido 23.500 €, a que repitiera su oferta: así lo hizo y se le adjudicó el Mercedes a ese precio.

Algo similar sucedió unos minutos más tarde con un vehículo más apetecible y más caro: un Porsche 911 2.0 SWB, vendido originalmente en el concesionario de la marca en San Francisco en 1967, y en un estado impecable. Con precio de salida de 72.000 €, la puja escaló hasta los 118.000 €, aun por debajo del precio de reserva. Con la puja cerrada y el Porsche ya inscrito como “no adjudicado”, el vendedor retiró el precio de reserva y el último postor se lo llevó al precio de su puja final.

«No adjudicado». El Alfa Romeo Montreal de 1973 no alcanzó el precio de reserva, aunque tenerlo en la subasta fue una excusa para ver de nuevo esta joya diseñada por Marcello Gandini.

Mis conclusiones son que, si no hay precio de reserva y los postores no se “calientan”, los precios de cierre son razonables e incluso están por debajo del mercado. Sirva como ejemplo el lote 205, un SEAT 131 Supermirafiori 1.600 de 1979, en buen estado y sin uso desde 2012, que se cerró en 2.800 €. Aun más interesante fue la puja por un precioso FIAT 1500 Cabriolet de 1965, más mantenido que restaurado, en uso y con solo 37.500 km: se abrió la puja en 9.000 €, unos segundos después ya estaba en 17.000 €; finalmente se adjudicó por 18.500 €. Aun si la puja se pone interesante (como en el caso del Aston Martin V8 que se expuso al presentar el modelo en el Salón de Ginebra de 2007), se puede cerrar a un precio lógico: esta subasta se abrió en 36.000 € y un postor se lo llevó por 56.000 €.

Si hay precio de reserva, suele ser alto y resulta más difícil comprar a buen precio, hasta tal punto que hay lotes que no reciben puja alguna; por ejemplo, el Citroën XM V6 de 1999, en estado impecable, con precio de reserva y salida de puja en 8.000 €, que no recibió ofertas.

En todo caso, iré la siguiente y quizá hasta puje.

Aerodinámica en Moto GP (y II)

Terminamos de repasar la aerodinámica en las actuales motos de Gran Premio, y toca hablar de efecto suelo y de lo que vendrá después.

El tercer punto en el que se está trabajando en la aerodinámica de Moto GP, el más avanzado por ahora, es la generación de efecto suelo en las curvas, dotando a la quilla del carenado de las formas necesarias para ello. Y ahora, al final de la temporada de 2025, esas formas se van extendiendo a la horquilla, el colín y el basculante.

El Lotus 78 estrenó el concepto de efecto suelo.

El efecto suelo se comenzó a emplear en los coches de Fórmula 1 para acelerar el aire que pasa entre la panza del coche y el asfalto, y crear con ello una zona de baja presión que genere una deportancia y peque el coche al suelo. En definitiva, el mismo principio de Venturi que hace funcionar los carburadores. Lo estrenó el Lotus 78, por su peligrosidad se prohibió en 1982, y regresó con limitaciones en 2022.

Lo que se pretende en las motos es aprovechar la cercanía al suelo de los laterales de la quilla del carenado en los momentos de máxima inclinación para generar ese mismo efecto, y aumentar con ello la adherencia: más velocidad en la curva y mejor tracción a la salida. Para ello, esos laterales de la quilla deben ser lisos, sin entradas ni salidas de aire, de ahí que las salidas de aire caliente del radiador del motor hayan pasado a estar en la parte superior del carenado y no en los lados, como era habitual. De ese modo se evita que el aire caliente que sale del radiador aumente la presión donde se quiere reducir. Además, hay entradas de aire desde detrás de la horquilla, para generar flujo en la zona, muy visibles en las Honda y Ducati.

Para aumentar el efecto, lo que antes eran el guardabarros delantero y los protectores de los discos de freno, se han convertido en una única pieza que, con la moto inclinada, guía el aire al túnel que aparece entre el lateral de la quilla y el asfalto.

Ahora el efecto suelo se emplea en Moto GP, y empieza carenando la rueda delantera hasta más abajo del eje, para canalizar el aire hacia la quilla.
La quilla tiene las salidas de aire del radiador por arriba, para que sea lisa. Y su forma se prolonga en el basculante.

Aprilia y KTM están probando ahora controlar ese flujo más allá de la quilla, y se encuentran con una zona llena de turbulencias: hay una rueda trasera que no solo gira, es que además está caliente, y da vueltas justo debajo de unos escapes también calientes. El trabajo se ha centrado en dos puntos diferentes, el primero de los cuales es montar, entre el final de la quilla y la rueda trasera, una aleta que recoge aire y lo canaliza para refrigerar el neumático trasero. La forma inferior de la quilla guía el aire hacia esta aleta, que tiene un límite claro en sus dimensiones: los sistemas que comprimen las suspensiones delantera y trasera especialmente en las arrancadas (lo que llaman “front” y “rear device”) hace que moto baje tanto cuando están activados, que una aleta grande se arrastraría por el suelo; por eso es pequeña y de efecto limitado.

El segundo punto es una parte posterior de la moto que se una a las funciones que realiza el carenado. Por ejemplo, con un colín que se integra en el efecto suelo de la quilla, lo que se nota en la forma elaborada de su lateral, que en algunas ocasiones añade una vistosa aleta vertical. De este modo, con la moto inclinada, el final de la quilla y el colín actúan como difusor.

La KTM saca mucho partido a la aerodinámica, solo que el escape molesta: la aleta vertical es más grande en el lado izquierdo (sin escape) que en el derecho.

Otras veces esa aleta vertical se ha añadido al basculante en la Aprilia, y en el caso de KTM está siempre en el basculante, aunque con tamaños diferentes dependiendo del lado: más pequeña en el lado izquierdo que en el derecho, porque por la derecha sale el escape.

Hace años se añadían láminas planas de fibra de carbono a los basculantes como refuerzo para aumentar su rigidez torsional; lo que llevan ahora no tiene como objetivo una mejora estructural, solo prolongar el efecto suelo de la quilla hasta el final de la moto.

Una consecuencia curiosa de la presencia de estos apéndices aerodinámicos es que sus pilotos de MotoGP están empezando a subirse a las motos como los viajeros, y no como los usuarios de motos deportivas. Una moto cargada de equipaje, con maletas, cofre, bolsa sobredepósito y hasta una bolsa sobre el asiento del pasajero, obliga a subirse metiendo la pierna por el hueco entre esa bolsa de equipaje y el depósito, mientras que, para subirse a una moto deportiva, baja y ligera, se pasa la pierna por encima del colín. Solo que si a la moto deportiva, en este caso la máxima expresión de las motos deportivas, se le añaden alas en el colín y aletas en sus laterales, es difícil que la pierna esquive esas aletas y pase por encima de las alas. La solución es meter la pierna entre el colín y el depósito.

Parece que hasta que lleguen las limitaciones del reglamento técnico de 2027, la evolución va a continuar por este camino, el de integrar todos los elementos de la moto en tareas aerodinámicas, desde los guardabarros a los protectores de freno y los escapes. Es el mismo análisis que se hace en aviones y automóviles, porque cada elemento interacciona con los demás.

En las motos se está aprendiendo de la experiencia y de los errores cometidos en esos dos campos, aunque adaptándolo a las peculiaridades de las dos ruedas. Por ejemplo, si los elementos aerodinámicos crean una deportancia para pegar el vehículo al suelo en las rectas y están fijos a la carrocería, a la masa suspendida, están también comprimiendo las suspensiones y lo hacen más según aumenta la velocidad. ¿Hay que montar muelles más duros o aumentar la precarga en los circuitos más rápidos?, ¿y ajustar los hidráulicos?, ¿y si el circuito además de ser rápido está bacheado? De ahí que se hagan diseños iniciales en los programas CFD de los ordenadores (“Computational Fluid Dynamics”, Dinámica Computacional de Fluidos), las pruebas que ofrezcan buenos resultados se fabriquen y se estudien en el túnel de viento, y aquellas que pasen esta segunda prueba se lleven a pista para ser juzgadas por los pilotos. Por ejemplo, Ducati utiliza el túnel de viento que Dallara, el fabricante de coches de carreras, tiene en Varano de Melegari (Italia).

Igualmente se estudia qué efecto aerodinámico ayuda en las rectas y cuál en las curvas, y se busca un equilibrio entre ambos; lo explica Fabio Sterlacchini, director técnico de Aprilia: “Básicamente, una de las características del desarrollo aerodinámico es llegar a todas partes. Si, por ejemplo, tienes una buena velocidad máxima, en términos de prestaciones no mejoras mucho el tiempo por vuelta, pero es más fácil adelantar y manejar la carrera. Pero si aumentas la resistencia aerodinámica, que es lo contrario de lo que hace falta para tener una buena velocidad máxima, mejoras las prestaciones en la frenada. Así que intentamos llegar a todas partes para tener el mejor coeficiente aerodinámico en todas las fases del pilotaje”.

 

El prototipo de Yamaha V4 lo tiene todo: ala invertida triple, efecto suelo, ala inferior y colín mezcla de ideas de Ducati y de KTM.

Tampoco se pueden olvidar las necesidades de refrigeración de muchos elementos de la moto, más allá del motor: equipos electrónicos (cada vez más abundantes), hidráulicos de los amortiguadores o frenos. Y no solo en el sentido de que les llegue aire fresco desde una zona de alta presión; también que ese aire, una vez que los ha refrigerado, encuentre una salida hacia una zona de baja presión que succione el aire caliente.

Al hilo de esto, hay que considerar igualmente la temperatura del piloto: si las quillas con efecto suelo obligan a que la salida de aire caliente del radiador del motor apunte hacia arriba, ese aire va a parar a las piernas y al torso del piloto. Y los que montamos en moto en España y el norte de Africa sabemos lo desagradable que puede llegar a ser.

Con cierta timidez, los avances aerodinámicos de Moto GP se están heredando en Moto 3 y Moto 2. Ya se empiezan a ver ruedas delanteras carenadas y quillas que favorecen, aunque solo sea un poco, el efecto suelo. No creo que lleguen a estas categorías las colecciones de alerones de Moto GP, porque las necesidades son distintas: en Moto 3 y Moto 2 preocupan menos los caballitos y más la velocidad de paso por curva.

Entra dentro de lo posible que, lo mismo que ha sucedido en muchas especialidades del automovilismo deportivo, este avance quede interrumpido porque haya repentinos cambios en el reglamento que lo limiten, ya sean por seguridad o por topes en los presupuestos. Mientras tanto, es de esperar que cada vez veamos más ideas aerodinámicas y, una vez que se compruebe la validez o inutilidad de cada una, la mayoría de los fabricantes confluyan en la misma dirección.

Aerodinámica en Moto GP (I)

La aerodinámica en las motos de Gran Premio ha pasado en los últimos años de ser poco más que un envoltorio a convertirse en el protagonista del mayor avance técnico. Vale la pena repasar el qué y también el porqué. No solo Red Bull les da alas.

Cuando se puso en marcha lo que llamamos Campeonato del Mundo de Velocidad, las motos ya eran bastante más que bicicletas con motor. Se conocía la importancia que tenía la aerodinámica aun con las velocidades relativamente bajas de la época, y por ello los carenados fueron creciendo hasta cubrir la rueda delantera y casi unirse al colín. Estas formas ayudaban a aumentar la velocidad máxima, aunque generaban dos problemas: escasa refrigeración del freno delantero de tambor, y enorme sensibilidad al viento lateral. A la vista de ello, la Federación Internacional de Motociclismo (FIM) modificó el reglamento para la temporada de 1957, de modo que desaparecieron esas “carrocerías”: antes comenzaban por delante de la rueda delantera, y las nuevas normas no permitían llegar más allá de su eje, y además las dos ruedas debían ser visibles desde ambos lados.

Durante décadas hubo poca evolución, hasta tal punto que los colines (entendiendo por tal el asiento y todo el conjunto trasero) seguían estando abiertos por abajo, lo que supone olvidarse de las turbulencias que existen donde se juntan el calor de los escapes, el giro de la rueda trasera y la baja presión detrás de la moto.

Los mínimos cambios, leves, eso sí, llegaron cuando la FIM permitió que el carenado sobresaliera primero 50 mm respecto al eje de la rueda delantera, y años más tarde 100 mm.

Honda es una de las marcas que ha elegido alas cortas dobles, …
… y Aprilia ha preferido un ala única y grande.

Repentinamente, y hace pocos años, la aerodinámica de las motos de la categoría de Moto GP comenzó a cobrar importancia como solución a un problema generado por la mucha potencia de los motores. Cada vez era más habitual que las motos levantaran la rueda delantera al acelerar saliendo de las curvas. Es una situación vistosa para el público presente en el circuito y para los espectadores de la televisión, aunque el piloto lo ve de otro modo: prácticamente ha perdido el control de la dirección y, por encima de cierto ángulo, el “caballito” pasa a ser la antesala de una fea caída hacia atrás.

Para evitar estas situaciones, se hizo obligatorio el uso de un sistema electrónico que reduce la potencia del motor cuando la moto se levanta, un equivalente a cortar gas. ¡Cortar gas!, lo último que un piloto haría al salir de una curva. Los técnicos de las marcas plantearon una solución: añadir en los laterales del morro del carenado un ala invertida: si en un avión esa ala genera sustentación, es decir, una fuerza vertical hacia arriba que le hace subir y en definitiva volar, en una moto, el ala puesta del revés generaría deportancia, es decir, una fuerza vertical hacia abajo, que haría que la rueda siguiera pegada al suelo en plena aceleración. Unas marcas, como Yamaha o Aprilia, prefirieron montar un ala única y ancha, otras como Ducati, Honda o KTM, han optado por dos alas cortas, una encima de otra, unidas por un plano vertical que guía el flujo. Yamaha ha llegado a probar un conjunto de tres planos anchos.

 

El conjunto moto-piloto sí cambia de forma: no es lo mismo agazapado detrás del carenado en la recta…
… que descolgado fuera de la carrocería en la curva.

Para entender lo que ha sucedido después, hay que recordar dos obviedades que distinguen a las motos de los coches y de los aviones: un avión no cambia su forma externa cuando vuela, tampoco un coche cuando rueda. Sin embargo, el conjunto que forman la moto y el piloto cambia de forma cuando el piloto se mueve, y ese mismo conjunto, en las curvas, modifica además su posición respecto al suelo al inclinarse. Nos parece tan normal montando en moto o viendo cómo lo hacen otros, que no siempre somos conscientes de las consecuencias para la aerodinámica de estas obviedades.

En una recta el piloto se esconde tras el carenado y, visto de perfil, se crea una línea con más o menos curvas, entre éste, el casco, la espalda del piloto y el colín. Cuando el piloto se levanta al llegar a una frenada, no solo aumentan su resistencia al aire y la sección frontal, es que detrás se crea una turbulencia. Hasta que llega a la curva.

En la actualidad, los ángulos de inclinación en Moto GP superan ampliamente los 45º, y además los pilotos se descuelgan hacia el interior de la curva. En otras palabras, que gran parte del cuerpo del piloto ya no está detrás del carenado ni delante del colín. Esto significa que los elementos aerodinámicos (por ejemplo, el ala del morro del carenado) que generaban una fuerza (vertical hacia abajo) ahora están inclinados a más de 45º y generan una fuerza lateral. Pero solo actúa de ese modo la del lado exterior de la curva, porque el piloto está descolgado justo detrás del ala del lado interior, bloquea el flujo de salida del aire y anula su efecto aerodinámico. Es como tapar la parte posterior del radiador de refrigerante del motor: puede llegar aire fresco por delante, pero si no sale por detrás una vez calentado, el efecto de enfriamiento prácticamente desaparece.

Un ala invertida en posición horizontal empuja la moto hacia abajo en la recta, …
… y también hacia fuera en la curva.
Por eso ahora las alas se inclinan hacia abajo.

La foto de la izquierda muestra una moto en vertical equipada con un ala horizontal: se crea una fuerza vertical hacia abajo que consigue el efecto buscado de eliminar o al menos reducir los “caballitos”. La segunda foto muestra la misma moto en una curva, y las fuerzas generadas por el ala invertida: la componente vertical pega la moto al suelo, la horizontal intenta levantarla. En la tercera foto se ve la solución adoptada por los ingenieros de aerodinámica: el ala invertida se ha inclinado hacia abajo, como en las actuales motos de Moto GP, de modo que la parte que queda en lado exterior empuja la moto contra el suelo, la del interior no actúa porque el piloto está detrás, descolgado, y bloquea el flujo de salida.

Aparte del número de planos del ala (uno, dos o hasta tres), no ha habido cambios en las alas invertidas de los morros de los carenados en los últimos años, porque una vez que se han comprobado sus ventajas, la atención se ha ido primero al colín y luego a la quilla.

Ducati inventó las alas «stegosaurus» para el colín, …
… y Yamaha le siguió la corriente; sin embargo KTM (foto del inicio) prefiere otra solución.

Como se comentaba antes, la cara superior del colín, su plano horizontal, puede actuar como prolongación de la espalda del piloto cuando éste se esconde tras el carenado en una recta con la moto vertical. Cuando el piloto se yergue en la frenada, las turbulencias tras su espalda no son controlables, y al descolgarse en la curva el colín queda de nuevo al aire, con la posibilidad de ofrecer ventajas aerodinámicas.

La primera marca que decidió aprovechar esas ventajas fue Ducati con sus aletas “stegosaurus”, bautizadas así porque el colín de la moto recuerda a un estegosaurio (o al menos se lo recuerda a los que entienden de dinosaurios). Su función, en una recta, es “guiar” al aire turbulento que circula tras la espalda del piloto, porque el aire turbulento tiene más resistencia aerodinámica que al aire en flujo laminar, lo que podríamos llamar “aire tranquilo”.

Al conducir el aire con menos turbulencias hasta más allá de la moto, se rellena el vacío en la zona de baja presión que crea lo que generalmente llamamos rebufo, se reduce la resistencia del aire y se crea menos succión para los pilotos que vienen detrás. Otra consecuencia es que aumenta la estabilidad direccional de la moto, lo que la hace más rígida en el sentido de que le cuesta más trabajo, más esfuerzo físico girar, que es una queja habitual en los actuales pilotos de Moto GP.

El comportamiento de estas aletas en las curvas hay que analizarlo del mismo modo que el de las alas invertidas del morro: con la moto inclinada, las aletas del lado interior se acercan a la posición horizontal y por ser alas invertidas generan deportancia. Las del lado exterior se colocan en posición vertical y, al estabilizar el flujo de aire, mejoran la penetración aerodinámica.

Otra posibilidad que han explorado algunos fabricantes, por ejemplo Yamaha y KTM, es colocar una pequeña ala invertida en posición horizontal en el extremo posterior del colín. El objetivo es, además de guiar el aire, como las aletas “stegosaurus” de Ducati, crear deportancia para pegar la rueda trasera al suelo y mejorar la tracción. Se utilizan alas muy pequeñas por los efectos secundarios negativos que tendría un ala grande: en las rectas, al empujar hacia abajo desde tan atrás, ¡estaría provocando un “caballito”!, y en las curvas generaría una fuerza horizontal hacia el exterior, lo mismo que las primeras alas delanteras horizontales.

Para evitar estos efectos se han probado alas planas con soportes estabilizadores en los extremos, alas inclinadas, alas horizontales con soportes inclinados, alas dobles, o el conjunto de ala cuádruple arqueada de KTM, que se ve de cerca en la foto de apertura.

No olvidemos que estos avances aerodinámicos están arrancando, y aun se trabaja en localizar la conexión entre la teoría, la simulación por ordenador, las sensaciones del piloto y el veredicto del cronómetro. En otras palabras, aun se emplea el principio de prueba y error, el “si funciona lo utilizamos y si no, probamos otra cosa”. Hay que considerar que muchos de los expertos en aerodinámica que actualmente trabajan en los equipos de Moto GP vienen de la Fórmula 1: KTM se los ha traído de Red Bull , y Massimo Rivola se los ha llevado a Aprilia desde Ferrari, y están comprobando las muchas diferencias que hay entre motos y coches. (Continuará).

Un paseo en moto por Argelia (y II)

En la época del turismo masificado, viajar por un país no turístico es una vivencia intensa. Hacerlo solo y en moto le añade profundidad.

 

Recorrer un país que no es un destino turístico habitual es, para quien vive en un país turístico, pasarse el día abriendo una caja de sorpresas, porque lo que damos por hecho no sucede, y lo inesperado se convierte en habitual.

En España nos parece normal que haya una multitud de señales que indican no solo a dónde se dirige cada calle o carretera, también dónde se encuentran los hoteles o los museos; y todos los lugares que ofrecen servicios a los turistas, como bares, hoteles o restaurantes, cuentan con sus carteles bien visibles, luminosos y llenos de colores. Por no mencionar todos esos pequeños servicios adicionales que prestan las oficinas de los bancos, las empresas de cambio de moneda, los cajeros automáticos, las máquinas de venta de bebidas y las tiendas de conveniencia.

Mercado en el centro de Argel.
Callejuela en la kasbah de Argel.
Lo de que muchas de las casas de la kasbah de Argel están a punto de caerse no es una frase hecha.

Cuando llegué a Argel, la capital del país, con 3,3 millones de habitantes, me topé de repente con la ausencia de casi todo lo anterior. Cierto que en el centro los establecimientos de hostelería abundan y tienen carteles, pero en las ciudades del interior los pocos que hay carecen de identificación. No vi en dos semanas un negocio de cambio de moneda y solo los hoteles que pertenecen a cadenas occidentales tienen rótulos en el exterior.

Aprendí esto último porque me había encaprichado con alojarme en el Hotel El Djazaïr, el antiguo St. George, uno de los mejores de Argel e, indudablemente, el de mayor peso histórico. Se han alojado en él desde Edith Piaf al Che Guevara, el Barón Rothschild y Simone de Beauvoir, y lo que le hace más atractivo es que, durante las campañas africanas de la II Guerra Mundial, se convirtió en el cuartel general aliado y acogió a Winston Churchill y al General Eisenhower, entre otros. Pues bien, mi BMW y yo pasamos tres veces por delante de la puerta sin darnos cuenta, porque no hay un solo cartel identificador.

Varios días más tarde hicimos exactamente lo mismo en El Oued, porque tampoco el inmenso Hotel La Gazelle d’Or tiene carteles en el exterior. Así que cuando llegué a Ghardaïa no busqué los carteles del Hotel Belvedere; en su lugar, recurrí a un sistema más antiguo: memoricé que “es el edificio de color como amarillo que hay al subir la cuesta del cerro que conduce al hospital y que está a continuación de la entrada de Urgencias”; así lo encontré a la primera.

Otra obviedad en la que caí una vez sobre el terreno es que un país sin turistas es un país sin tiendas de recuerdos. Personalmente esas tiendas no me gustan, nada, pero en ocasiones son el único lugar en donde comprar algo típico del país. Sin embargo, en Argelia no hay, y lo poco que compré lo encontré en el lugar más auténtico de todos, el mercado en el que los locales se aprovisionan de lo que necesitan. En el mercado de Ghardaïa encontré unas jarras de barro forradas de tejido de esparto, en las que los argelinos beben agua fresca, porque funcionan con el mismo principio termodinámico que los botijos: el tejido humedecido, al evaporarse, reduce la temperatura de la jarra, y ésta, al ser de arcilla y por ello porosa, permite también una evaporación que enfría el agua.

El mercado de Ghardaïa, otra manera de entender el concepto de centro comercial.

Una herramienta a la que los occidentales nos hemos acostumbrado para conseguir información cuando estamos en un lugar que no nos es habitual es Google Maps, con sus buscadores de servicios (gasolineras, restaurantes, farmacias, …) y los enlaces que nos permiten ampliar la información, conocer el horario de apertura, las opiniones de otros usuarios, cómo llegar, … Pero, claro, si no hay turistas, no se alimenta esa base de datos, por lo que deja de ser útil: los horarios que aparecen no son los reales o figuran negocios que han cerrado; por eso, tras los primeros fracasos, lo abandoné.

En el fondo, hay otro motivo detrás de esta característica de país sin turistas, y es que tampoco los argelinos consumen los servicios que demandan los turistas, ellos simplemente por falta de dinero. La renta per cápita en Argelia es la sexta parte de la española, por lo que pocos argelinos “salen” a bares, restaurantes y hoteles. En conclusión, si no hay turistas y los argelinos salen poco, más de un día pasé apuros para encontrar algo que comer o cenar.

La cumbre de estas peripecias la alcancé ya al final del viaje, en Orán. Tenía interés en visitar el Fuerte de Santa Cruz, una fortaleza militar construida por los españoles en el siglo XVI, cuando Orán era nuestra, para proteger tanto la misma ciudad como el puerto. Se asienta en lo alto del monte Murdjadjo, en el lado oeste de la bahía, con vistas espectaculares sobre Orán desde un lado y sobre Mazalquivir desde el otro. Guiándome por Google Maps, comprobé que podía llegar hasta las cercanías del Fuerte si subía en el teleférico de la ciudad hasta su parada final, ya en la parte alta del Murdjadjo y, siempre según Google Maps, caminaba unos quince minutos. Una vez que me bajé del teleférico, los dos primeros minutos del supuesto paseo fueron eso, un paseo. A partir de ahí, Maps me hizo bajar por un sendero solo para cabras situado una ladera reseca por la que no habría bajado ni en la bici de montaña, y me obligó a caminar por el borde de una carretera estrecha a pleno sol y sin cartel indicador alguno que me guiara. Al llegar al “Parking Santa Cruz”, con el Fuerte ya a la vista, Maps me guio hacia un camino pavimentado que arrancaba del aparcamiento en dirección al propio Fuerte y lo abordé convencido de que, a pesar del calor, ya estaba llegando. Unos cien metros más adelante, al pie de la muralla, el camino se terminaba, de repente, en medio de la ladera. Se me ocurrió entonces que, estando tan cerca y por no dar la vuelta, podía trepar por esa ladera, ya que la entrada al Fuerte no podía estar lejos. Cuando ayudándome con las manos llegué a lo alto del desnivel, vi no solo que no había manera de llegar al Fuerte; además, lo que tenía delante, o para ser más preciso, unos quinientos metros más abajo, al fondo del precipicio al que me asomaba, era la base militar de Mazalquivir.

Renegando de Google Maps y del Ministerio de Turismo de Argelia, si es que existe, deshice el ascenso y el camino interrumpido, y seguí caminando por el borde de la carretera estrecha hasta finalmente llegar al Fuerte de Santa Cruz. Lo visité pensando en cómo iba a regresar, en si sería inevitable otra media hora caminando al sol por la carretera estrecha para luego subir por la ladera reseca que no podría hacer en la bici de montaña. Y, sin embargo, cuando salí del Fuerte, desde un Renault Clio negro, viejo y sin identificaciones me dijeron “¿Taxi?”, y por unos pocos dinares me llevaron hasta la estación del teleférico.

Las impresionantes ruinas de Timgad, sin un solo visitante.
Orán frente al Mediterráneo, con el Fuerte de Santa Cruz en lo alto.
Más puentes de Constantina.

Estas anécdotas propias de un país sin turistas se dan, por contraste, en un lugar plagado de atractivos que deberían reunir a muchos visitantes. Me encantaron Argel y de Orán como réplicas estropeadas de París al borde del Mediterráneo; en definitiva, lo que se construyó en la época colonial, ajado por años de dejadez. Disfruté de esas avenidas flanqueadas por edificios señoriales, ahora con las fachadas dañadas por el tiempo, faltas de una mano de pintura. Me enamoré de la vista de Orán desde el bulevar, con el puerto y el mar a la derecha y las fachadas blancas asomándose al agua, con las avenidas a distintos niveles y el Fuerte de Santa Cruz vigilando al fondo; me recordaba a Mónaco, en versión dejada y empobrecida, habitado por enjambres de Dacia y Hyundai en lugar de por manadas de Ferrari y Lamborghini.

El impacto de la visita a las ruinas de Timgad se debió tanto a su enormidad como a la soledad del lugar. Asociamos un resto de gran valor histórico con el hecho de que haya una multitud visitándolo, y la ciudad romana de Timgad es inmensa en superficie y la visité completamente solo. He repasado las fotos y los vídeos de mi estancia, y nada más que aparecen dos vigilantes escondidos en busca de una sombra. Paseé con calma bajo el Arco de Trajano, recorrí los baños y me senté en el teatro, siempre solo y en silencio.

Qué decir de los cientos de kilómetros que la BMW y yo recorrimos por el desierto, de la agobiante sensación de vacío que genera cruzarlo, especialmente en moto. La calma tensa cuando uno se para en el arcén, no oye más que la propia respiración, y mientras se bebe agua y se hacen unas fotos, se mira de soslayo a la moto y se le pregunta: “¿Ahora vas a arrancar, verdad?”

Estaba igualmente vacío Beni Isguem, una de las cinco ciudades de la pentápolis de Ghardaïa, en el valle de M’Zab. Allí surgió la rama mozabita del Islam, una interpretación estricta, aunque no violenta del Corán, que se manifiesta de modo claro en la ciudad: los infieles no podemos quedarnos a dormir dentro de la muralla, solo podemos recorrer la ciudad con un guía local, las mujeres van cubiertas de tal modo que solo se les ve un ojo, no se puede fotografiar a las personas, … En todo mi recorrido por la ciudad de Beni Isguem no vi un occidental, solo paseábamos el guía y yo por calles tan estrechas que si pasaba un burro no cabíamos los tres, y sentía que estaba en otro momento de la historia.

En ese sentido, deambular por un país sin visitantes permite percibir la realidad sin distorsión alguna, no como en los lugares adaptados para ofrecer al viajero lo que espera. Lo entendí la noche en que salí a cenar en Timgad, y acabé en el único lugar que estaba abierto, un local con un interior mínimo y caluroso, con dos mesas en la acera frente a una pequeña barbacoa de carbón. El dueño, con un inglés atropellado y un despliegue de amabilidad, me enseñó todo lo poco que había disponible para cenar, y escogí sopa de garbanzos y brochetas de pollo. Mientras el pollo se cocinaba en la barbacoa y disfrutaba de la sopa, intensa hasta ser picante, muy especiada, recordándome a la harira marroquí, miraba a un taxista joven y gordo que lavaba su coche en la acera, frente a mí. Se había traído unos cubos de agua, y estaba dejando impecable su baqueteado Hyundai Atoz. Daba igual que yo imaginara al pequeño Hyundai con sus ruedas de juguete por las carreteras argelinas, o que hiciera mentalmente el abultado presupuesto de reparación de los muchos golpes y roces que tenía; para el taxista era su joya y su herramienta de trabajo, y quería presentárselo limpio a sus clientes. También el del restaurante estaba orgulloso de su trabajo y sonreía agradecido cuando elogié la sopa y me servía satisfecho las brochetas, que en su inglés básico no eran de pollo (“chicken”) sino de algo que sonaba a cocina (“kitchen”).

El Fuerte de San Gregorio visto desde el Fuerte de Santa Cruz; abajo, Orán y su puerto.

En el barco de ida y en el de vuelta mi moto era la única y no había más occidental que yo; en los muchos kilómetros recorridos a pie y en moto, no me topé con otro viajero ni con su vehículo. Y sin embargo, nunca me sentí mirado, nunca generé la menor atención. Me había acostumbrado a que, de un modo u otro, la condición de viajero me convierte en atención bien de los curiosos, bien de quien me quiere vender algo. En Argelia solo me ofrecieron sus servicios los que cambian divisas en el mercado negro, nunca un restaurante o una tienda. Era como ser un voyeur cuando lo que quería era mimetizarme, ser espectador alejado en lugar de cercano.

Le daba vueltas a esta extraña conclusión mientras cerraba el equipaje en el hotel de Orán. Preparé el billete del barco y el pasaporte lleno de sellos, y saqué del fondo de la bolsa de viaje las llaves de casa. Ya a bordo, desmonté la SIM de Djezzy del móvil y monté la del operador español, mientras le daba vueltas a lo cerca que está Argelia en lo geográfico y la distancia que nos separa en todo lo demás.

Un paseo en moto por Argelia (I)

Argelia está ahí enfrente, a una noche de navegación desde Valencia o Almería, con un millón de razones para visitarla. Solo que no es un país turístico, casi ni abierto a Occidente. Quizá por eso me gusta tanto que este ha sido mi tercer viaje a Argelia, los tres en moto.

¿Cómo se mide la importancia, o el valor, o la intensidad de un viaje? Supongo que cada uno de los que lo miden tendrá sus parámetros. Mi primera referencia para calcularlo son las llaves de casa. A diario las llevo a mano, junto a los mandos de su alarma y del garaje. Si voy a hacer un viaje de varios días, ese conjunto de objetos deja de estar en un bolsillo y pasa al fondo del equipaje, y ese movimiento práctico me recuerda que nos los necesitaré, que estaré unos días lejos de casa.

La segunda de mis medidas del valor de un viaje está en el pasaporte, porque llevarlo encima quiere decir que he salido de los confines de esta Vieja Europa que cada vez se parece más a nuestra casa. Si además en el pasaporte se ha añadido un visado y un aduanero lo ha complementado con unos cuantos sellos, el viaje adopta ya una dimensión superior, la de adentrarse en un tipo de países alejado, no necesariamente en lo geográfico, de lo que llamamos casa.

Pues bien, ahora estoy varios escalones por encima de ese segundo nivel. En la pequeña mochila que tengo a mi lado hay un pasaporte con visado y sellos. También hay un permiso temporal de importación de vehículos, que le va a permitir a mi BMW pasearme por Argelia durante unos días, a contar desde esta mañana, cuando desembarcamos. Y también guardo en la mochila un seguro válido por un mes, porque por estas tierras los acuerdos internacionales sobre seguros de vehículos no son válidos, y hay que contratar uno al entrar en el país.

Además, mientras me tomo un “café noir”, intenso de verdad, en la terraza de un bar de Argel, frente a la orilla sur del Mediterráneo, he traspasado la barrera que define simbólicamente un viaje de verdad en nuestro mundo digitalizado: he extraído la tarjeta SIM española de mi teléfono móvil y he instalado una local que compré hace un rato en el puerto. El número de teléfono que habitualmente me relaciona con mi entorno está inactivo, y ahora hay otro número, temporal, que me sitúa en un lugar nuevo. Ya tengo la sensación de estar lejos de casa y, a la vez, de poder moverme con comodidad las próximas semanas.

La acogedora sala de espera del puerto de Valencia.
A punto de atracar en el puerto de Argel.

Parece que la narración de un viaje por Argelia no puede iniciarse sin contar anécdotas sucedidas en el cruce de la frontera, quizá sea porque es la primera peculiaridad que uno se encuentra al llegar a Argelia, la primera de muchas. Así que vamos con ello, destacando que esta vez esos ingredientes especiales arrancaron estando aun en España, en el puerto de Valencia. Se aguardaba para embarcar en una explanada cutre, un aparcamiento al aire libre con cubiertas de chapa metálica para dar una cierta sombra, y con unos baños provisionales al fondo. Ni comida ni bebida por las cercanías.

Después de más de una hora de espera se abrió la barrera que había al fondo del aparcamiento, y la Policía Portuaria nos permitió acceder, a los que cabíamos, en la siguiente zona, unos sesenta coches y mi moto. La única diferencia con el secarral anterior es que éste no tenía ni sombra ni baños.

Tras un sofocante rato ahí, pasamos a un muelle del puerto y tanto Balearia como la Policía Nacional y la Guardia Civil fueron rápidos, así que poco después mi BMW y yo embarcábamos en el Regina Baltica. Me sorprendió que no accediéramos a la bodega a través de la rampa habitual de popa, ancha y casi horizontal; en su lugar nos hicieron subir por un acceso lateral en la popa, estrecho y empinado, y al alcanzar la bodega un empleado cuyos gestos no entendía bien me hizo maniobrar para ascender por otra rampa a una plataforma superior donde nos aglomeraban a todos los coches que no llevaban baca y a la única moto que había a bordo.

Como era de suponer, esa entrada laberíntica provocó que, a la mañana siguiente, tras atracar en Argel, la bodega se convirtiera en un follón de bocinas, gritos, coches que maniobraban en los diferentes niveles y empleados dando órdenes que nadie seguía.

Un rato más tarde, con las dos ruedas y los dos pies ya en tierra firme y toda mi paciencia activada, inicié los trámites de la aduana. Mis anteriores experiencias en fronteras argelinas han merecido ser narradas aquí, y aun en 2025 el acceso al país, además del visado, requiere de una amplia carga burocrática. La preocupación por los trámites me daba vueltas por la cabeza en la media hora que pasé haciendo cola en una nave del puerto bajo, otra vez, un techo metálico, con el calor y la humedad del puerto agobiando. Cuando por fin me llegó el turno, el primer aduanero que me atendió revisó el pasaporte, el visado, la documentación de la moto y las reservas de los hoteles en que supuestamente me iba a alojar en la estancia, otro de los requisitos de acceso, y rellenó unos cuantos formularios.

Después de ese paso inicial avancé unos diez metros, lo necesario para que dos aduaneros comprobaran otra vez mi documentación y me permitieran avanzar hasta el lugar en el que el cuarto aduanero de la mañana me señaló, con precisión milimétrica, el lugar en el que debía aparcar la moto. Como su inglés y mi francés no tenían muchos puntos en común, solo entendí que la moto se quedaba allí, y que yo debía dirigirme a la colección de ventanillas ubicadas en contenedores de obra convertidos en oficinas para hacer no supe bien qué. Tras preguntar, esperar y volver a preguntar, otro aduanero cumplimentó más formularios, que incluían datos del pasaporte, del visado, de la documentación de la moto y hasta los nombres de mis padres. A estas alturas, la carpeta en la que guardaba la documentación del viaje había engordado a base de papeles, cartulinas y fotocopias, todos con muchas firmas y sellos.

Con todo bien guardado, y tras preguntar y repreguntar, deduje que debía volver a donde dejé la moto para llevarla a que registraran el equipaje. Y una vez que, tras un rato de charla, hacer como que lo registraban, y mirar por enésima vez el pasaporte volví a preguntar, fui incapaz de entender lo que me decían, pero arranqué la moto y me dirigí a donde apuntaban los dedos de los policías con los que había hablado. Solo que algo había entendido mal, porque después de bajar de la nave en la que estaba y llegar a la rotonda que indicaban, otro policía manoteaba mientras me gritaba que qué hacía y que a dónde iba. Paré, me disculpé, me fijé en a dónde apuntaba su nuevo gesto y cuando llegué encontré, qué alegría, un policía que sabía algo de inglés y además explicarse. No solo me dijo que ya había terminado el papeleo, además me guio hasta la oficina en que pude contratar el seguro de la moto.

Y aquí me sucedió algo que se fue repitiendo a lo largo del viaje. Como aun no había salido de la zona de aduanas, no había podido cambiar euros por dinares, de modo que pregunté al empleado de la oficina de seguros si podía pagar con tarjeta. A lo que me respondió que se había estropeado el terminal de pagos, pero que admitía euros en efectivo. No le di más importancia al hecho, ni siquiera cuando unos minutos más tarde me sucedió lo mismo mientras compraba una SIM local. Ni siquiera esa tarde entendí lo que sucedía, en pleno centro de Argel, al toparme con varios tipos que me ofrecían cambiar euros con una mejor cotización que en el mercado oficial: 220 dinares por cada euro, en lugar de 145.

Solo al día siguiente, cuando iba a pagar mi estancia nada menos que en el Hotel El Djazaïr, el antiguo St. George, y ¡también! falló el terminal de pagos, lo comprendí: en el momento de cobrar cualquier compra o servicio, los empleados de cualquier establecimiento fuerzan la situación para cobrar en euros en efectivo, los cambian luego en el mercado negro, ingresan la cantidad correcta en dinares en la contabilidad de su empresa, y se quedan con la diferencia.

Un área de servicio cualquiera.
Después de disfrutar de la carretera de los túneles de Constantina.
Ghardaïa de noche.

Ya con los papeles en regla y la SIM en marcha, mi BMW y yo iniciamos el curso de adaptación a la conducción argelina, otra peculiaridad a la que hay que acostumbrarse. En la primera clase del curso, nada más salir del puerto, aprendimos algo útil para todo el viaje: el asfalto brilla como si lo hubieran pulido y debe agarrar tirando a poco. La otra lección de la mañana, igualmente válida en toda Argelia, es que por aquí los semáforos, las señales y las líneas del suelo tienen un valor relativo, de modo que desconecté en mi mente el modo de conducción europeo, activé el de supervivencia y recorrí ya sin miedo el centro de Argel, lo mismo que a lo largo del viaje iba a callejear por ciudades como Constantina u Orán.

La tercera lección de conducción iba a llegar al día siguiente, en la inesperada autovía entre Argel y Constantina. Digo inesperada porque temía tener que cubrir esos casi cuatrocientos kilómetros por una carretera estrecha y en mal estado, y me topé con una formidable autovía de tres carriles. Eso sí, el asfalto seguía brillando, y yo no entendía ni las velocidades del resto de los vehículos ni el motivo de sus repentinos cambios de carril.

Como no tenía prisa, preferí rodar despacio y con prudencia, fijándome en los demás, hasta que entendí la mecánica de la conducción: en principio los camiones circulan por el carril derecho, los vehículos más ligeros por el central, y los que adelantan o tiene prisa por el izquierdo; hasta ahí todo claro. Pero cuando hay baches, y los del carril derecho suelen ser grandes; el camión que se acerca a ellos se cambia al carril central sin realizar indicación alguna, por lo que los que circulaban por el carril central pasan al izquierdo también sin avisar. Así de fácil.

Con la lección aprendida, pasé a rodar por la izquierda mientras miraba a los camiones de la derecha, y cuando les veía moverse sabía que en unos segundos alguien del carril central me cerraría el paso, y debía frenar con anticipación.

La última clase del curso de conducción fue la más dura, y llegó a ser físicamente dolorosa. Una característica del tráfico urbano de los países en desarrollo es el elevado número de atropellos en zonas urbanas: cada vez más tráfico y cada vez más rápido, frente a peatones que cruzan sin mirar y por cualquier parte. Como la solución no pasa, por falta de respeto a ambos, por instalar semáforos o pintar pasos de cebra, la alternativa suele ser construir barreras reductoras de velocidad, o guardias tumbados, o badenes, según como los llame cada uno. Solo que en Argelia, incluso en los pueblos más pequeños, parece que se les ha ido la mano tanto en la cantidad como en su perfil y su altura. De tal modo que mi moto, una trail con cierto recorrido de suspensión, necesitaba pasarlos en primera o como mucho en segunda. Por eso cada cruce de localidad se eternizaba, porque había que reducir hasta primera, salvar el obstáculo, acelerar hasta el siguiente badén con tiempo solo para poner segunda, reducir de nuevo, y así hasta salir del pueblo. Decenas de cruces como ese cada día terminaban produciendo dolor de espalda y molestias en las manos por la frenadas, además de reducir la velocidad media de cada desplazamiento.

Claro que peor lo pasaban otros, como los abundantes vehículos sencillos y pequeños, muchos de origen coreano, con minúsculas llantas de 13”, para las que los badenes eran casi escalones. O los camiones con remolque, en los que cuando el último eje del remolque salvaba un badén, el primero de la cabina casi había llegado al siguiente.

La parte bonita de Argel es realmente bonita.
Uno de los muchos puentes de Constantina.

 

Sin embargo, no todo fue negativo en la conducción, ni mucho menos. Al placer de rodar en moto por lugares desconocidos, solitarios y poco frecuentados, al disfrute de ser la única moto durante muchos días y miles de kilómetros, se une el atractivo de los paisajes únicos. Si tuviera que destacar tres momentos de placer al manillar está claro que uno de ellos sería callejear por Argel y Orán, una vez que había memorizado lo más básico de su trazado y me desenvolvía con soltura, aunque sin bajar la guardia, por calles y plazas. Seguía pendiente del brillo del asfalto y de la importancia solo relativa de los semáforos, pero qué agradable era moverse libremente por esos barrios afrancesados del centro, que siempre acaban asomándose al Mediterráneo. Otro momento fantástico y a la vez inesperado tuvo lugar en Constantina, conocida como la ciudad de los puentes, porque está construida entre colinas, valles y barrancos que se comunican con enormes puentes. Asomado a uno de los más grandes, el puente Sidi M’Cid, vi abajo una carretera que serpenteaba junto al río Rhummel y que entraba y salía de túneles excavados a pico en la roca. No tardé en localizar en Google Maps la manera de llegar hasta allí, y a la mañana siguiente pude rodar encajado entre la montaña y el precipicio, entre túneles y bajo el puente.

Y el tercer momento de placer el manillar fue el más largo e intenso, la sensación de cruzar cientos de kilómetros de desierto, esa “inmensa cantidad de absolutamente nada”, como lo definió un argentino, que produce a la vez deleite y agobio. Cada vez que me paraba para beber agua o hacer alguna foto, repetía la sensación de oír simplemente mi respiración y el susurro del viento, de no ver más seres vivos que algún camello ocasional o cabras solitarias, de sentirme integrado en la naturaleza y amenazado por ella.

Porque ciertas circunstancias me habían obligado a realizar el viaje un mes más tarde de lo que me hubiera gustado, ya bien adentrado Junio, con lo que supone de mucho calor. Seco salvo en la costa, pero con intensidad cruel incluso en la noche. Aunque intenté evitarlo iniciando los recorridos más temprano, la barrera de los treinta grados se saltaba ya a las nueve de la mañana, poco después pasaba la de los 35º, y de ahí no se bajaba hasta el anochecer. Esas temperaturas, con la ropa de moto con protecciones, más casco y guantes, me obligaba en los peores días a parar como mucho cada 60 kilómetros para beber. Llegué a aficionarme a unos batidos de frutas con leche, fáciles de encontrar en cada pueblo, a la venta en botellas de medio litro, que me bebía de un trago. Y curiosamente el peor momento de calor lo viví ya llegando al final del viaje, en los kilómetros previos a alcanzar Orán. Debía acercarse el mediodía, rodaba por una autovía con tráfico denso y desordenado que me obligaba a estar atento, cruzando una especie de polígono industrial infinito plagado de concesionarios de automóviles, unos abiertos y prósperos y otros cerrados y sucios; el termómetro de la moto decía que su motor aguantaba pero el ambiente estaba a 41ºC, y yo me cocía dentro de mi ropa protectora. Aguanté como pude, sudando por dentro, hasta que de repente, con los primeros edificios de la ciudad a la vista, el efecto del mar hizo bajar la temperatura unos diez grados.

 

El parque móvil en 2024

Si el mundo en general, y el de la automoción en particular, están revueltos, ¿cómo no iba a ser 2024 un año raro para mi parque móvil?

Lo de “raro” quiere decir, desde el lado práctico, que fui adaptando a lo largo de los meses los planes que elaboré a la realidad. Por ejemplo, si no conseguía vender el Corolla de todos los días porque el mercado está saturado por las ofertas de los flotistas, lo sigo usando y no lo sustituyo por algo con más emoción.

Porque no olvidemos que un Toyota Corolla Touring Sport 125H híbrido en color gris metalizado hace impecablemente su trabajo, aunque sin transmitir emoción alguna. Como mi lavadora. En 2024 lo hizo a lo largo de casi 16.000 kilómetros, en todos los usos comprendidos entre recados urbanos y viajes de ocio y de trabajo, y fue el transporte ideal de la Cannondale para mis carreras de bici de montaña. Como otra de sus características básicas es la fiabilidad, solo necesitó una revisión sencilla y económica en un concesionario de la marca para mantener su funcionamiento y la validez de su garantía.

Al acabar 2024 el Corolla había sobrepasado la barrera significativa de los 50.000 km, y hacía lo que se espera de un Toyota: lo mismo que antes, permanentemente joven. No hay ruidos sospechosos, ni desgastes aparentes, ni otros signos de edad como desgaste en la moqueta del lado del conductor, desajustes en los cierres de puertas o sudores de fluidos en el motor.

La BMW F750 GS de 2020 es igualmente sólida y polivalente, aunque con cierta dosis de emoción. También en 2024 fue un estupendo vehículo para todo, lo que incluye desde soportar los atascos de Madrid a permitirme disfrutar de las carreteras solitarias y retorcidas de la sierra.

Igualmente solo necesitó de su revisión anual en un concesionario BMW para seguir al cien por cien. En esta ocasión me fijé especialmente al ir al concesionario en el trato y las tarifas, ya que la competencia que llega de China comienza a enfrentarse directamente con BMW a precios bastante inferiores. En el trato se percibe un esfuerzo para justificar la calificación y el precio de la etiqueta “premium”, y es de agradecer el servicio de moto de sustitución: aunque la cobren, resulta más barato y rápido que un Uber y más sencillo que recurrir a alguien que me recoja al dejar la moto y que luego me lleve a por ella. Eso sí, el precio de la revisión es alto y hay detalles, como que la caja en la que se paga esté en el extremo opuesto de las instalaciones respecto a la recepción, impropio de una marca de nivel.

La mayoría de las experiencias que mi Cannondale Scalpel 2 y yo compartimos en 2024 quedó expuesta aquí. (Aparcamientos casi vacíos). Está claro que su capacidad es superior a la mía, y por eso disfruto de la sensación de seguridad que transmite. Una prueba de esa diferencia de capacidades es las pocas veces que recurro a usar la tija telescópica, pensada para bajar el sillín en maniobras complejas, como descensos pronunciados.

Lo único que pidió la Cannondale, a cambio de recorrer 1.430 kilómetros sin rechistar fue una revisión rutinaria y una cadena nueva. Las actuales bicis de montaña utilizan un único plato y doce piñones, lo que obliga a montar cadenas más estrechas que además trabajan algo forzadas cuando están engranadas en los piñones más grandes o en los más pequeños; de ahí que se considere que en estas bicis con los cambios llamados 1 x 12 que la cadena viene a durar entre mil y dos mil kilómetros, dependiendo del uso y del cuidado. En mi caso, montamos una Shimano nueva tras casi dos mil kilómetros.

El mantenimiento previo a cada salida no implica más que revisar presiones de neumáticos, a solo 1,3 bar delante y 1,5 detrás, y lubricar la cadena con cera. Y cada dos o tres meses toca ajustar la presión de aire de las suspensiones, para evitar que por las pérdidas se vuelva blanda y haga tope, especialmente detrás al bajar escalones altos.

Algunos de los viajes que realicé en 2024, profesionales o de ocio, me hicieron alquilar algunos vehículos, variados entre sí y que me causaron impresiones también diversas. El primero de ellos fue un Ford Fiesta, que me generó una sensación inicial negativa: no fui capaz de ponerlo en marcha cuando lo recogí, porque en ningún sitio señalaba que, con el mando a distancia en el bolsillo, debía pisar a la vez el embrague y el freno, mientras presionaba el botón de arranque. Tampoco me gustó el tacto del cambio, sobre todo en las reducciones en zig-zag, es decir, de quinta a cuarta y de tercera a segunda. Por el contrario, me encantó el motor, que subía de vueltas como un molinillo, y el chasis, por encima de lo que se espera de un utilitario de 999 cc.

Sí que eché de menos esa época en que se recogían los coches de alquiler en estado impecable y con el depósito lleno: me entregaron el Fiesta con 18 meses y 45.000 km ya con pequeños golpes en la carrocería y las llantas marcadas. Para colmo, la limpieza exterior era solo la justa, el parabrisas estaba sucio por dentro y la autonomía al recogerlo era de solo 100 km. ¡Ah!, y el mando a distancia no tenía siquiera un llavero.

Unos meses más tarde repetí la experiencia de alquilar un coche pequeño, esta vez en circunstancias y con resultados diferentes. Un Nissan Juke con volante a la derecha me permitió recorrer parte de Inglaterra en un viaje que comenté aquí (Peregrinaciones (laicas) por Inglaterra), y que incluyó una inolvidable sesión de conducción en un Morgan Plus Four por los alrededores de su fábrica.

El Nissan hizo lo que se esperaba de él sin más, que es la máxima expectativa hoy en día para un vehículo generalista. El cambio de seis marchas era suficientemente preciso como para no dar guerra manejándolo con la mano izquierda, y el motor corría más de lo poco que se puede correr en el Reino Unido, que es más bien poco. La incomodidad vino del molesto aviso sonoro que aparece cuando se sobrepasa la velocidad permitida en cada zona, sean la velocidad y la zona las que sean. Se puede desactivar manualmente, pero se reactiva solo cada vez que se para el motor. Malditas normas.

El tercer y último vehículo que alquilé en 2024 resultó ser el que mayor huella dejó, y no solo por su enorme tamaño: una autocaravana Camper Castle. La primera impresión fue, obviamente, el tamaño en sus tres dimensiones: 6,98 m de longitud, 2,32 m de anchura y nada menos que 2,84 m de altura. Pedí amablemente que me la sacaran de la nave en que estaba aparcada, porque no me atrevía a que mis primeros metros conduciendo semejante aparato fueran maniobrando marcha atrás en una nave. Sin embargo, y ya en el exterior, la combinación de posición de conducción elevada, enorme parabrisas y los no menos enormes espejos me hicieron cambiar de opinión: conducirla no es tan difícil como parece. Y ya en autovía la conducción es sencilla, mientras uno no olvide que con esa anchura queda poco sitio a cada lado del carril.

A cambio de ese volumen exterior, la comodidad interior es fantástica, tanto al conducir como al dormir, cocinar o utilizando el comedor. Y si el tiempo lo permite, extender el toldo genera una formidable terraza exterior.

Tras algo más de dos años en casa, mis Mercedes CE280 de la Serie W123 me dejaron; conté aquí (hipervínculo) los últimos meses que pasamos juntos. Reconozco que fue una relación inestable, con un fuerte flechazo inicial seguido de momentos de tensión en los largos meses iniciales de trabajo (y de gasto) intenso de mejora. La reconciliación llegaba después, en cada paseo, en cada asistencia a una reunión de vehículos clásicos o especiales en que me permitían presumir. Fueron, en resumen, algo más de cinco mil estupendos kilómetros, que recuerdo mientras les busco un sustituto.

“Vamos a hacer un buen show”

En los ’80, yo asistía como aficionado a las carreras de lo que entonces se llamaba Mundial de Velocidad. A principios de los ’90, seguía asistiendo, entonces como reportero Tribulete o como miembro de un equipo. Después de tres décadas viendo las carreras solo por televisión, he vuelto a un circuito a ver lo que ahora se llama MotoGP. ¿Qué cambios he encontrado?

Los cambios se pueden resumir en una frase: lo de antes eran carreras de motos a las que asistían aficionados, que en muchas ocasiones iban al circuito en moto; lo de ahora es un espectáculo que se centra en motos que corren mucho, al que acude público en general. Lo pintó con precisión uno de los pilotos participantes durante una entrevista el sábado por la tarde, cuando le preguntaron qué esperaba del domingo: “Vamos a hacer un buen show”.

Está claro gran parte del cambio no surge de las carreras de motos, es un cambio de costumbres y modos de vida. El punto clave es que, en nuestra sociedad, lo importante es vivir experiencias y, sobre todo, contarlas; es decir, que el organizador debe ofrecer mucho más que una carrera de motos (o tres, como es el caso), y a la vez permitir que los asistentes cuenten su experiencia a través de la otra novedad importante: las redes sociales. La consecuencia es que el espectáculo que se ofrece ha de ser participativo, de modo que el espectador no solo lo mire, sino que lo viva, como consecuencia lo grabe y entonces lo comparta. Todo esto condiciona y define lo que ya es la puesta en escena de un espectáculo, algo que va más allá de las carreras de motos.

 

La actividad comienza ahora el jueves por la tarde, cuando se abre temporalmente la línea de boxes al público para que se haga el pit lane walk: los asistentes lo recorren móvil en mano, fotografían las motos que los equipos han aparcado a la puerta de cada box y las suben a las redes sociales. Muchos de ellos consideran que lo importante es que ellos estén allí y no el Gran Premio en sí, de modo que las fotos que se hacen son selfies en los que aparecen en primer plano ellos y luego las motos.

Algunos pilotos salen a saludar al público y, en medio del revuelo, se hacen unos cientos de selfies más, porque lo importante no es ver al piloto o hablar con él, sino mostrar en las redes sociales que uno está allí, en el espectáculo.

Para entretener al público desde el jueves hasta el domingo, hay una zona cercana a las tribunas llamada Fan Festival, que está formada por Gastro Land, Pit Stop, Fun Land y Rock Land. En otros términos y respectivamente, unos chiringuitos para comer, una zona en las que sentarse, algunas atracciones de feria y un escenario en el que a lo largo de los días se turnan pilotos, músicos, DJs y otros artistas, junto a un photo call.

En los tiempos que quedan entre sesiones de entrenamientos o entre carreras, para mantener al público entretenido, las pantallas gigantes del circuito lanzan iniciativas como enfocar con las cámaras al alguien del público para que se ponga a bailar (lo llaman dance cam) o muestran los selfies que el público se ha hecho en el circuito y ha subido a una aplicación a través de un código QR (lo llaman Fan View).

 

Y el domingo, tras acabar la última carrera, la de MotoGP, se permite una invasión organizada de la pista, de modo que el público que aprovecha esta oportunidad llega a colocarse al pie del podio. Esto genera otro éxito para el organizador en forma de eso a lo que se aspira llamado trending topic, o aparecer muchos en redes sociales, en forma de nueva avalancha de selfies, en los que lo importante no es el podio en sí, lo fundamental es mostrar que se está junto al podio.

Con todo, lo que más me llamó la atención en esta invasión controlada es que muchos espectadores se la tomaron como una peregrinación a un lugar con un significado especial, nada menos que la recta de meta de un circuito de MotoGP, y con ello la parrilla de salida. Hacía mucho que había concluido la ceremonia del podio, y aun había cola para hacerse selfies en la pole position, ese lugar privilegiado de la parrilla en el que se coloca quien ha conseguido el mejor tiempo en los entrenamientos.

Me llamó igualmente la atención que, con ese complejo de inferioridad de los españoles, que nos hace valorar lo que viene de fuera por el mero hecho de que venga de fuera, las novedades se bautizaban en inglés. A estas alturas del texto, la entrada acumula doce anglicismos diferentes, incluyendo el del título. Y dado que noté más espectáculo que carreras de motos, cuantifico ahora que tras unas 800 palabras aun no se ha hablado de motos. Vamos a ello.

El cambio básico es la enorme complejidad técnica de las motos actuales. Cuando salí del Mundial entraba la electrónica, y ahora lo ha desbordado hasta tal punto que un error en la coordinación de algunos de los diversos sistemas electrónicos (por ejemplo, el sistema antirrebote del embrague y el selector del cambio) puede arruinar una carrera. También mi oído notó el cambio, porque me fui en pleno esplendor del motor de dos tiempos ahora extinguido. Las Moto3 de ahora me recordaban a aquella iniciativa británica llamada Sound of Singles, una estupenda idea para entretener a pilotos y mecánicos con escaso presupuesto. Las Moto2 me sonaban a una moto de calle con escape bueno y muy afinada, y siento decir que las MotoGP no me sonaban como esperaba, y menos comparadas con las 500 c.c. de dos tiempos. Quizá el motivo es que son tan, pero tan potentes, que ese sonido que se genera a plena carga y máximo régimen solo aparece en una pequeña parte del circuito, mientras que aquellos aullidos de las 500 se oían con más frecuencia. Me viene a la memoria auditiva la Honda NSR500 de Wayne Gardner subiendo gas a fondo desde la profundidad del bosque rico en oxígeno de Brno, haciendo eco entre los árboles y en la boca de mi estómago.

Por fortuna, además del espectáculo que deseaba hacer el piloto de la entrevista del sábado, vi carreras de motos, de las entretenidas. Y, como remate, la de MotoGP la ganó Marc Márquez.