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Asignaturas pendientes: Aragón Bike Race 2019

Sabía que había alcanzado el punto clave de la carrera, el kilómetro 42,2 de la tercera y última etapa; sabía que desde aquel alto hasta la meta de la Aragón Bike Race 2019 solo quedaban 14 kilómetros y ni uno era cuesta arriba. Sabía que una asignatura pendiente en mi currículum de carreras estaba al borde del aprobado.

Sin embargo, estaba tan agotado físicamente que ni sonreí, tan agotado mentalmente que solo me quedaban neuronas para no caerme en aquel sendero estrecho en un bosque denso en lo alto de la Sierra de Alcubierre, la que marca el límite entre Zaragoza y Huesca. En realidad, estaba desfondado desde mitad de la mañana del día anterior, y el único objetivo que tenía desde hacía meses era llegar.

España es un paraíso para las bicis de montaña, especialmente si se compara con los países del centro y del norte de Europa, en los que el clima limita su uso durante bastantes meses del año. Los paisajes, más la infraestructura de hoteles, carreteras y aeropuertos, ha permitido que excelentes organizadores promuevan algunas de las mejores carreras por etapas para bicis de montaña que hay en el mundo: Andalucía Bike Race, La Rioja Bike Race, Mediterranean Epic, Costa Blanca Bike Race y unas cuantas más. El nivel es tan alto que las mejores son puntuables para el Campeonato del Mundo y, en todo caso, se encuentran muy lejos de las posibilidades de un aficionado como yo, con limitaciones por edad y tiempo disponible para entrenamiento. Estamos hablando de pruebas de hasta una semana de duración, en las que lo que más impresiona no son los kilometrajes diarios, si no los desniveles a salvar. La Rioja Bike Race está formada por una cronometrada y tres etapas, que totalizan 230 kilómetros de carreras y ¡5.215 m de desnivel acumulado!, una barbaridad que exige un nivel de forma muy alto. Y la Andalucía Bike Race está un escalón por encima, con una crono más cinco etapas, para sumar 381 kilómetros y 7.986 metros.

Por eso pasaban los años y seguía sin aprobar mi asignatura pendiente de participar y, claro, llegar a meta, en una carrera por etapas. Hasta que a finales del año pasado supe de la existencia de la Aragón Bike Race, una versión a escala y con organizadores no profesionales de todo lo anterior. No es que lo viera fácil, al contrario, es que en comparación, era posible, porque solo me venía un par de tallas grande. La edición de 2018 había estado formada por dos etapas y una crono, para sumar 128 km y 2.300 metros de desnivel acumulado, lo que puede suponer un paseo para los que participan con soltura en las pruebas del mundial, y un desafío duro para mí.

Uno de los puntos que me preocupaba la recuperación física entre etapa y etapa, por lo que hice dos simulaciones. Aun en Diciembre, rodé dos días seguidos para completar 85 kilómetros y 1.200 m de desnivel y no acabé en parihuelas, lo que me dio ánimos. Y lo repetí dos meses más tarde, añadiendo una sesión de bici estática para simular la cronometrada, y completé 134 kilómetros y casi 1.600 metros en poco más de 28 horas. Estaba contento con el resultado y me consideraba medianamente preparado para el desafío, solo que aun no sabía dónde me iba a meter.

Comencé a enterarme mientras esperaba la salida de la primera etapa, en Lanaja, provincia de Huesca, corazón de la carrera. La mayoría de los participantes, agrupados y nerviosos tras el arco hinchable, por supuesto mucho más jóvenes que yo, llevaban bicis rígidas y un simple bidón de medio litro con bebida isotónica, mientras que yo confiaba en mi Orbea de doble suspensión y cargaba con un Camelback, un bidón y una colección de barritas de cereales y geles. Es decir, ellos prácticamente no iban a parar ni a comer, y yo estaba preparado para un recorrido de muchas horas con bastantes paradas; ellos preveían un recorrido tirando a rápido y no muy técnico, y yo me temía lo peor.

Se dio la salida y salieron despavoridos, mientras me tomaba con calma los primeros 21 km., formados por pistas sencillas. Los había perdido de vista (en otras palabras, iba el último) cuando afronté los cinco kilómetros de subida a la Sierra de Alcubierre, desde cuyo alto me tiré, a veces por pistas, a veces por senderos estrechos y hasta peligrosos, hasta el kilómetro 40 de la etapa. Con 2h y 38’ de pedaleo sobre las piernas, afronté la segunda subida de la sierra, otros cinco kilómetros cuesta arriba, en lo que esperaba sería lo último duro de la etapa, porque quedaban 8 kilómetros más de sube-baja aparentemente suave por lo alto de la sierra, y doce más en descenso o llano hasta la meta de Lanaja. O eso me creía yo. Como consuelo estético, me encontré en este punto con el paisaje más bonito de los dos días de carrera: ya coronando la sierra, se veía a la derecha la llanura que alberga la ciudad de Zaragoza y lo que recordaba como recorridos iniciales de algunas ediciones de la Baja España; y a la izquierda, tras las llanuras del sur de la provincia de Huesca, los Pirineos nevados.

Después de coronar por segunda vez, y creyendo que la primera etapa estaba conseguida, me topé con la sorpresa desagradable de una carrera de verdad, del tipo de recorrido de las carreras de alto nivel: los ocho siguientes kilómetros se convirtieron en una pesadilla que me hizo sufrir durante 45 minutos, plagados de miedo. Necesité todo ese tiempo para recorrer un sendero de ladera con la anchura justa del manillar, las cumbres de la sierra a mi izquierda y precipicios infinitos a la derecha, los árboles y el monte bajo a punto de engancharse con las puntas del manillar, y temiendo que ese manillar enganchado me tirara monte abajo hasta acabar con más de un hueso roto. En medio del monte y lejos de cualquier ayuda médica. Durante esos 45 minutos repetí, una y otra vez, hasta más allá del hastío, la misma secuencia: bordear un cerro girando a la izquierda, cuidando de no enganchar el manillar ni caerme por el barranco del lado derecho; dejarme bajar por el sendero lleno de escalones y raíces hasta iniciar el giro a la derecha, en el punto donde termina un cerro y comienza el siguiente; parar en el escalón brusco del giro a la derecha para no arriesgarme a una caída, bajar de la bici, empujar hasta que me puedo volver a subir, y bordear otro cerro girando a la izquierda. ¿Cuántas veces me bajé de la bici, empujé y me volví a subir: cien, doscientas?, ¿cuántas me golpeé con ramas o los pedales, cuántas pensé en una caída por el barranco y sus consecuencias?

Y el día, la tensión, no habían acabado cuando bordeé el último de los cerros e inicié el descenso: una parte eran pistas rápidas, y cuando digo rápidas quiero decir que daba miedo de lo rápidas que eran; y otra, senderos estrechos, retorcidos, con escalones amenazantes. En todo caso, y por comparación con los ocho kilómetros de pesadilla, y pensando en que acababa la etapa, tirando a relajante. Crucé la meta 4 horas y 46 minutos después de haber salido, desfondado, tras batir mi récord personal de horas sobre la bici, y con el tiempo justo para la contrarreloj de la tarde.

Sí, porque su orden de salida era el contrario al de llegada de la etapa de la mañana. Eso quiere decir que hice unos estiramientos en los que me crujieron todas las articulaciones y se quejaron todos los músculos, engullí un plato de macarrones, y volví a subir a la bici.

El recorrido de esta contrarreloj individual eran 3,85 km alrededor del pueblo, aparentemente sin sorpresas. Solo que nunca hay que bajar la guardia. La falta de tiempo impidió que revisara la bici y el equipo de modo que, nada más salir, me sorprendió que fallaran los pedales automáticos. Por más que intenté solo conseguí que funcionara uno y con reticencias, y eso me daba miedo, porque una zapatilla que se engancha en el pedal automático es la diferencia entre salvar una dificultad poniendo el pie en el suelo, o acabar en revolcón.

Como la crono no iba a tener mucha importancia en la clasificación final, preferí no arriesgar y terminé sin casi usar los pedales. Ya tras la meta, comprobé que el barro calizo de los charcos de la etapa de la mañana se había solidificado en las zapatillas, hasta crear una especie de revoco alrededor de las calas, que las hacía inútiles. De modo que al repaso que había previsto para la bici (presiones, aprietes y engrase de cadena), añadí un rato de quitar yeso en las calas con la punta de un destornillador. Y después, una larga ducha, muchas horas tumbado en la cama, y nueve más durmiendo para afrontar con energía la tercera y última etapa.

Sí, reconozco que, esperando la salida, me quedaban dudas sobre si iba a acabar. El esfuerzo del sábado, físico y mental, había sido mayor del que esperaba, y si la tercera etapa se torcía, quedaba la posibilidad de tirar la toalla. Moralmente me dolía solo imaginarlo, aunque por otro lado era consciente de que estaba participando en una prueba impropia de mis circunstancias. Le daba vueltas a estas posibilidades mientras rodaba sin forzar por los primeros 23 kilómetros de carrera, pistas sencillas y casi llanas entre campos de cereales, reservando energías para el resto. Subí por tercera vez hasta lo más alto de la Sierra de Alcubierre, y bajé de nuevo por pistas rápidas y por senderos estrechos. Ya en el kilómetro 34 encaré la última subida, por la llamada Senda de San Pancracio, ya que acaba en su ermita. La senda era una colección eterna de escalones de piedra, como de escalinata de catedral, flanqueados por pinos entre los que se veían paisajes de pinares eternos con los Pirineos al fondo. Y otra vez lo de bajarse y empujar la bici, montarse y pedalear hasta el siguiente escalón que requiere bajarse y empujar. Como un autómata, pero con dolores.

Al llegar a lo más alto, no pensé más que en el estrecho sendero entre matojos que iniciaba el descenso, menos aun en que, a esas alturas, llevaba 8 horas y 50 minutos de bici en las últimas 28 horas. No podía permitirme el lujo de una caída, por lo que no podía cometer el error de una pérdida de concentración. Seguí esquivando piedras, árboles, riachuelos y monte bajo, subiendo y sobre todo bajando, con la angustiosa y lenta cuenta atrás hasta la última meta.

A veces me encontraba con controles de carrera en los que los comisarios, voluntarios de los pueblos cercanos, daban consejos y sobre todo ánimo. Transmitían el optimismo sincero y noble de las gentes del campo, tan lejos del optimismo algo descreído y a veces artificioso de los urbanitas. Casi al final de esta última bajada, los dos chavales me dijeron, con una expresión seria que me hizo prestar mucha atención, que tuviera mucho cuidado (enfatizaron el mucho) con el siguiente tramo. “Mejor lo haces andando”, puntualizaron. Y entonces me asomé: el tramo de sendero por el que circulaba, en la cresta de un cerro tachonado de pinos, se descolgaba entre piedras sueltas y tierra seca en un ángulo de unos setenta grados, ¡setenta!, algo que en la vida había visto. Me resultó peligroso bajarlo sujetando la bici, con las suelas casi rígidas de las zapatillas deslizando entre las piedras y la tierra. No me quedó otra que preguntarles qué habían hecho los demás participantes, que era una manera indirecta de indagar si algún descerebrado se había tirado por aquel precipicio: “Solo los dos primeros, con el culo por detrás del sillín y el pecho pegado al manillar”, respondieron mezclando la admiración y el miedo.

Con el color volviéndome a la cara recorrí los kilómetros finales, de nuevo pistas rápidas por las cercanías de Lanaja, hasta que lo que quedaba de mí llegó a una meta en la que los organizadores ya empezaban a recoger.

Me daba igual porque yo participaba en una carrera en la que el triunfo era llegar, y porque no me quedaban ni músculos ni neuronas con los que expresar lo que sentía.

Primero necesité varios días para llenar los depósitos de energía del cuerpo, devastados tras el esfuerzo. Y en paralelo, calibrar la diferencia entre los profesionales o casi que subieron al estrado en la entrega de premios y quienes me miraron diciendo por dentro “¡qué necesidad!” cuando tras regresar les contaba a qué había dedicado el fin de semana. En el fondo, lo que en realidad había hecho era estimar dónde estaba mi límite, dónde empezaban mis miedos, y retarme a ir un poco más allá. Y lo había conseguido.

Desde Ayamonte hasta Faro

¿En qué piensa un copiloto durante una carrera?, ¿en qué piensa durante los tramos, en los enlaces, en los tiempos aparentemente muertos?, ¿se distrae?, ¿cuánto y cuándo?, ¿en qué pensaba yo el miércoles 2 de Abril de 2008 mientras hacía en casa un equipaje tirando a raro, que incluía lo necesario para trabajar un día en un Concesionario de coches en Bilbao, cruzar la Península con rumbo sur en dos vuelos, y correr a continuación un raid durante tres días en el Algarve?

Cuando antes del amanecer del primero de esos días locos me falló el taxi que debía llevarme al aeropuerto de Barajas, pensé en cómo llegar a tiempo a Bilbao y no perder el primero de los tres aviones del día. Cuando el comandante dijo que no podíamos aterrizar en Bilbao por el mal tiempo y que nos dejaba en Vitoria, pensé otra vez en cómo llegar a Bilbao. Cuando esa medianoche mi piloto (el de las carreras, no el del avión), me recogió en el aeropuerto de Sevilla con el Land Cruiser de carreras y me subí a él con traje, corbata y maletín para el ordenador portátil, preferí no pensar en lo que pudieran pensar quienes me vieran de esa guisa. Y de madrugada, al llegar al hotel, mientras colgaba el traje y sacaba el mono ignífugo de la bolsa de viaje, pensé en que me acostaba con la programación mental de empleado de multinacional, y debía amanecer con la de copiloto. Con la de carreras.

Dos días más tarde, esos pensamientos lentos, reflexivos, habían quedado muy atrás, para entrar en la fase ultrarrápida, esa en la que ante un hecho inesperado se analizan posibilidades, se recuerda lo que permite y lo que prohíbe el reglamento, y se actúa. Ya mismo.

Desde que se termina de recorrer un tramo cronometrado hasta que se entra en el parque cerrado, hay un tiempo fijo, y no se puede entrar en el parque ni antes ni después. Lo habitual es circular respetando las normas de tráfico para llegar con algo de tiempo a la entrada del parque, y dedicar esos instantes (¿dos, tres minutos?) a echar un vistazo al coche. Sin olvidar lo que dice el reglamento al respecto: cualquier intervención sobre el vehículo se hará por el piloto y el copiloto y con las herramientas y repuestos que lleven a bordo. La ayuda externa, humana o material, supone la descalificación.

Como al detenernos a unos metros de la mesa de los comisarios que daban acceso al parque cerrado vimos el depósito de gas del amortiguador delantero izquierdo colgando, pensamos poco y actuamos deprisa: mi piloto (que no era mal mecánico) se tiró debajo el coche, y yo le pasaba bridas, alambres y lo que encontraba dentro del coche mientras no perdía de vista el crono y repetía: “Quique, un minuto y medio”. Y luego: “¡Quique, un minuto quince, date prisa que palmamos!”

Entramos a falta de 45 segundos para penalizar, y comencé a pensar en el tramo siguiente, un recorrido que englobaba la tradicional segunda etapa del Dakar cuando partía de Lisboa. El rutómetro asustaba con 269 kilómetros de tramo repartidos en ¡923 viñetas!, un tiempo máximo de cinco horas y veinte minutos, y gestos de preocupación de los veteranos cuando les preguntaba por la profundidad de los barrancos.

De nuevo tiempo para pensar, mucho tiempo. En las zonas lentas y en bajada, o en las pistas de ladera, se calentaban los frenos y los amortiguadores, y entonces el coche no se paraba y se volvía rebotón e inestable. Entonces repasaba el rutómetro y veía que, al llegar al fondo de los valles, más frescos y más lisos, todo recuperaría su temperatura de servicio, y subiríamos el ritmo. Los barrancos, efectivamente, daban miedo; cada cierto tiempo veíamos rivales averiados o accidentados, y pensaba obsesivamente en contener el ritmo, en asegurarnos el llegar a meta.
Las horas de tramo pasaban, encerrado en el mínimo espacio compartido con Quique, los extintores, el Terratrip, las notas …, y sin detenernos. El cuerpo encajado en el bacquet, más el arnés de cuatro apoyos, el casco y el Hans, más los baches y los saltos, me comprimían, y cuando solo llevaba unos cientos de viñetas del rutómetro, comencé a tener ganas de parar. Muchas viñetas después tenía muchas ganas de parar. Lo curioso es que el cuerpo pasa a una especie de función de emergencia, y las ganas se convierten en dolor, allá en el bajo vientre, pero no me podía comprimir para mitigar el dolor por culpa del bacquet y los arneses que, precisamente ellos, eran los que me producían el dolor por no parar.

Necesitamos cinco horas y veinticuatro minutos para llegar a meta, y aunque tenía el cuerpo hecho un cuatro rígido, me tiré casi en marcha a la vista de los comisarios para esconderme tras las jaras y los piornos florecidos y evacuar el dolor. Pensé: “¡Qué alivio!”
El último día pensaba en eso, en que era el último y estábamos acabando, en que después de la paliza del día anterior quedábamos pocos en carrera, y estábamos 37º en la general y séptimos entre los coches de serie. También en que, en el escaso tiempo de la asistencia, como no llevábamos mecánico, solo habíamos reparado el soporte roto de la batería y limpiado los cristales polvorientos. En el enlace camino de esa última especial, de 84 km, que se corría en la orilla española del Guadiana, entre Ayamonte, Lepe y Cartaya, notamos cómo se movía el coche al pasar por baches longitudinales, como si tomara sus propias decisiones. Podían ser los neumáticos ya agotados, y uno de ellos dañado con cortes por el vuelco de la Baja España del año anterior; podían ser los amortiguadores desfallecidos; podían ser mil cosas. Antes de entrar en el tramo repasamos el coche y no vimos nada.
Ya en carrera, con el Guadiana cerca y el puente internacional a la vista, recordaba aquel pasaje de la canción de Carlos Cano que dice “Desde Ayamonte hasta Faro / se oye este fado / por las tabernas”. Y sorprendentemente, durante el tramo, pensé en un programa cultural de televisión, cuando los había, en que coincidieron Carlos Cano y Mario Vargas Llosa, en el que este último le dijo al cantautor el piropo más bonito que he oído nunca: “Daría toda mi obra por haber escrito la letra de María la portuguesa”.

A unos diez minutos del final de ese último tramo se acabó todo: el comportamiento extraño del coche que habíamos notado a primera hora se debía a que estaban dañados los tornillos de la mangueta; de repente la rueda delantera derecha se arrancó de cuajo, se llevó por delante parte de la aleta y todas nuestras ilusiones.

 

No pensaba en nada seis meses más tarde, cuando salí de la oficina (aparcamiento subterráneo de edificio de multinacional, traje y corbata) y me hice, con el piloto automático conectado, el recorrido hasta Marvao, en Portugal. Mi piloto me esperaba en el hotelito rural en el que nos alojábamos, leyendo el ABC, y nos saludamos como si fuéramos compañeros de trabajo que a la mañana siguiente van a tener una reunión con un cliente importante. Y tanto.

 

Nos esperaba la Baja Portalegre, cuatro días de carrera puntuable para la Copa Internacional FIA de Bajas TT, que la mayoría de los equipos del Dakar tomaban como puesta a punto final, dos meses antes de la salida del raid de los raids. Allí estaban todos los buenos, … y nosotros, con nuestro vetusto Land Cruiser de hacía diez años, con 160.000 km sobre su chasis. La carrera era seria de verdad, con tramos largos, de los de muchas horas cada uno, y zonas en las que nuestro coche alcanzaba puntas de 150 km/h. Ahí pensaba dos cosas: la primera, traída por la lógica: “Si nosotros hacemos 150, ¿qué hacen los buenos?”; y la segunda, por el miedo: “Que no haya que frenar de pronto, porque parar dos toneladas de coche a 150 sobre tierra suelta, …” y ahí se paraba la reflexión, mejor era no cuantificar los metros necesarios para frenar en esas circunstancias.
Seguí concentrado y poco distraído en los cuatro días de carrera, decidido a resolver las pegas que iban surgiendo: una colección de pinchazos, neumáticos de repuesto que se soltaban, un catarro que me tenía con la voz a medias, un motor con fallos intermitentes de origen desconocido y solución aun más misteriosa, …
Solo había un factor adicional, allá en el fondo, al que daba vueltas: por una simple cuestión de dignidad, no podíamos quedar los últimos, por buenos que fueran los demás y por veterano que fuera nuestro coche. La víctima propiciatoria escogida para ese puesto era un Land Rover de la edad y estado de nuestro coche, con el que llevábamos tres días discutiendo la honra del penúltimo lugar.

El cuarto día de carrera éramos nosotros quienes ocupábamos esa digna “no última” posición, y salimos dispuestos a defenderla. En el kilómetro quince la perdimos, al tener que parar para sujetar las ruedas de repuesto, que se habían soltado otra vez. Muchos kilómetros más tarde les cogimos, comprobamos que su motor corría un pelín menos que el nuestro (que ya era decir) y andaban algo sueltos de suspensiones, y finalmente pudimos pasarles.
A 60 kilómetros del final del tramo nuestro motor volvió a fallar. La temperatura de refrigerante y la presión de aceite eran correctas, no había luces encendidas, ni tirones ni ruidos, pero el motor no estiraba. Con el estómago encogido llegamos al vadeo enorme que había a 43 km. de meta y, por los pelos, conseguimos pasarlo, aunque a punto estuvimos de sufrir el desdoro de quedarnos en el medio del río.
El motor cada vez corría menos, y dentro del coche nos debatíamos entre arriesgar a seguir (“¿Y si se rompe?, ¿y si es una clavija suelta que no le deja soplar?, ¿y si es un manguito del turbo flojo?, ¿y si es una pérdida de aceite y encima acabamos ardiendo?”) o parar a echar un vistazo (“¿Y si nos pasa el Land Rover?”). A 14 km de meta nos paramos: no solo no vimos nada raro, sino que además ¡el Land Rover nos adelantó!
Volvimos al coche y, con la cabeza gacha, recordé el proverbio senegalés que me consolaba: “Los errores no anulan el valor del esfuerzo que se ha hecho”. Solo que cuando faltaban cuatro kilómetros para acabar el último tramo del cuarto y último día, vimos al Land Rover parado en un lateral, intentando una reparación de emergencia. De modo que llegamos penúltimos al final del tramo, donde no solo ya no había aficionados, es que los empleados de la televisión portuguesa terminaban de recoger las cámaras porque los de la cola no salen por la tele.
Me daba igual, porque un rato más tarde recogí en la oficina de carrera una clasificación con el membrete “Copa Internacional FIA de Bajas Todo Terreno” en la que al final, después de los Mitsubishi, los BMW y el resto de los buenos, aparece el Land Cruiser del año 99, el del motor moribundo y los neumáticos de segunda mano, junto a mi nombre.
Lo último que recuerdo es que me cambié de ropa en una furgoneta y me monté en el coche allí, en el parque cerrado en las afueras de la ciudad de Portalegre. Y el siguiente pensamiento, tras un vacío mental de muchas horas, es en casa, mientras deshacía la maleta y ponía el despertador para ir al día siguiente a la oficina, como si no hubiera pasado nada.

Melilla La Vieja y los siete edificios más altos de Madrid (2 de 2)

Que el despertador suene a las cuatro de la mañana para conducir más de 500 kilómetros en solitario, la mitad de noche y todos aburridos, no es la mejor manera de empezar un desafío. Pero los desafíos son así. Me sentí raro y solo bajando a deshora hasta Motril, y únicamente me reconforté cuando, al llegar al aparcamiento de la entrada del puerto, vi más coches cargados con bicis y caras a la vez somnolientas e ilusionadas.

El otro punto que me llamó la atención, y que sería una sensación prolongada hasta el domingo, era la heterogeneidad de los participantes en la Carrera Africana de Melilla. En primer lugar hay que decir que la prueba admite a los que queremos hacer los 75 km. en bici de montaña, y a los que optan por 50 a pie, y el perfil de ciclistas y marchadores es distinto. Por otro lado, al ser una prueba organizada por una unidad del ejército, hay un cierto porcentaje de participantes que llevan o han llevado uniforme, sea de militar, de policía o de guardia civil. De hecho, el domingo iba a ver a grupos de marchadores con camisetas que reproducían los distintivos de sus unidades militares, y algunos se acompañaban de banderolas, e iba a escuchar a ciclistas saludando a los policías nacionales de algunos cruces con un “Hola compi” muy cercano.

El siguiente punto de esa variedad social de los participantes es el origen geográfico. Melilla está al sur del sur de España, por lo que no era de extrañar que entre los alrededor de dos mil participantes hubiera casi cien de Ceuta, más de 200 de Almería, 150 de Málaga, … y solo 25 madrileños.

Todo esto marcaría las conversaciones y comportamientos de los tres días que íbamos a compartir y me sumergiría en una experiencia humana distinta a la de mi entorno personal y profesional, y a la que suelo vivir en las rutas y carreras en bici por Madrid y sus alrededores.

Lo más destacado de las cuatro horas y media de travesía entre Motril y Melilla fue que recuperé parte del sueño perdido en el madrugón, y que reviví la experiencia de no tener cobertura de móvil. A la llegada al puerto comenzamos a disfrutar de la hospitalidad legionaria: una vez identificados y recogidas las acreditaciones, nos llevaron a los participantes en autocar al cuartel, y transportaron las bicis en un par de camiones. Para evitar que se golpearan o se rayaran, utilizaban un método sencillo y práctico: entre bici y bici colocaban un colchón viejo.

Una vez hospedados en el pabellón de la 8ª Compañía y con las bicis alojadas en el pabellón contiguo, bajamos a la ciudad a recoger los dorsales. Empecé entonces a darme cuenta del impacto de la carrera en Melilla: dos mil participantes en una ciudad de 84.000 habitantes, 75 km. de recorrido en 12,5 km2. La plaza de las Culturas, punto de salida y llegada, ebullía con los preparativos, y encontré sosiego recorriendo el interior de Melilla La Vieja e imaginando, deseando, los que al día siguiente esperaba que fueran los últimos metros de carrera entre torreones, fosos y baluartes.

Tomé pronto el autobús de regreso al acuartelamiento porque a las ocho tenía una cita ineludible con el pasado: visita guiada a la Sala Histórica, unas dependencias del Fuerte de Cabrerizas, dentro de las instalaciones del Tercio en que me alojaba, en las que se han agrupado recuerdos varios de la Legión.

En una visita así a un lugar como ese es imprescindible dejar a la puerta conceptos ideológicos, prejuicios del siglo XXI y condicionantes morales. Las de Marruecos fueron guerras de finales del XIX y principios del XX, protagonizadas por países del pasado, bajo normas (cuando las había) ya en desuso, y protagonistas del lado español cuya interpretación actual tiene una elevada distorsión ideológica.

Pues bien, dejamos todos esos filtros a la puerta del Fuerte de Cabrerizas Altas para entender la explicación del guía, un legionario cincuentón con experiencia en Mostar. Narró el cerco de Melilla de 1893, cuando varios miles de rifeños (¿cuatro mil, seis mil?) atacaron una posición pobremente defendida; en concreto, en el Fuerte de Cabrerizas había 380 defensores. El General Juan Margallo, abuelo del actual Ministro de Asuntos Exteriores, era el gobernador de la ciudad; el 28 de Octubre, en la explanada del fuerte, cayó de un tiro en la sien. El entonces joven teniente Miguel Primo de Rivera, destacó en combates como la recuperación, al mando de diez soldados, de piezas de artillería arrebatadas por el enemigo. Mereció la Laureada de San Fernando y el ascenso a capitán, y llegó a ser golpista, dictador y jefe del gobierno español. Otro nombre destacado fue el del entonces capitán Picasso, tío del pintor, cuya actuación esos días le valió una Laureada; años más tarde, ya como general, fue el Juez Instructor que elaboró el Expediente Picasso, el amargo informe que depuró las responsabilidades del desastre de Annual y pintó un paisaje de corrupción, cobardía y desorganización.

Queda en el aire si la muerte de Margallo sucedió heroicamente en acto de servicio por fuego enemigo, se pegó un tiro para cerrar bruscamente su implicación en un asunto de contrabando de armas, o si el tiro llegó, precisamente por ese asunto, de la pistola del mismo Primo de Rivera.

Al final, el cerco a Melilla se rompió por la valiente actuación de este último y porque el acorazado Numancia y las cañoneras Isla de Cuba (entonces era territorio español) y Conde de Venadito, ancladas en el puerto, abrieron fuego contra los barrios habitados por cabileños.

La visita continua con permanentes recuerdos a Millán Astray, fundador de la Legión, y al comandante Franco, jefe del 1er Tercio, el que nos acoge. El tono elogioso que emplea el guía hacia ellos no parece que contenga carga política, es más bien el respeto de un subordinado al superior al que admira. Al pasar a la última sala la carga emocional aumenta: “Esta es la sala del Teniente Aguilar”. El breve silencio que sigue a la frase nos sirve para buscar en la memoria y comprobar que el nombre no nos suena. La aclaración que sigue es contundente: “Era mi superior. Cayó en misión humanitaria en Mostar”. Hemos saltado repentinamente de una guerra cruel, corrupta y politizada a otra igualmente cruel y más cercana; de un ejército clasista, atrasado y de reemplazo a uno profesional.

Los asistentes a la visita guardaban un silencio respetuoso a veces, salpicados por comentarios que dejaban entrever una admiración velada, y otras revelaban abiertamente su condición de exlegionarios.

Por si me quedaban dudas, a la hora de la cena ciclistas y marchadores compartimos la cantina con legionarios de servicio, con el armamento reglamentario encima.

Nueve horas de sueño es un excelente prólogo para un día de carreras duras. Y si encima un legionario te dice que han preparado un desayuno fuerte, es obvio que se han acabado las bromas. Nos metimos entre pecho y espalda, a primera hora de la mañana, una enorme tortilla francesa y un plato de pasta regados con zumo de naranja, y un pozal de café con leche desbordado de cereales. En realidad, solo una fracción de las calorías que iba a gastar. Mientras desayunábamos, los camiones Pegaso, los Aníbal y los BMR recibían en la Explanada Gran Capitán el cargamento que nos iba a ser imprescindible a los participantes: cientos de litros de agua y de Aquarius y muchísimos kilos de fruta. Los legionarios seguían cargando sus vehículos cuando di el último retoque a la Ghost: repaso de presiones de neumáticos más engrase de cadena. Cargué cuatro barritas de cereales en la bolsa bajo el sillín, dos litros y medio de Isostar entre la mochila y un bidón, más herramientas, una cámara, un plátano para antes de la salida y crema de protección solar. Que en el frescor de primera hora de la mañana parecía que iba a sobrar.

Tras la última comprobación, y ya vestido de ciclista, bajamos desde el acuartelamiento, en la parte alta de la ciudad, a la salida, junto al puerto.

El ambiente de la salida entre los participantes, como suele ser habitual, era una mezcla de ilusión y preocupación, por la combinación obvia de diversión y sufrimiento de estas carreras. Me voy a saltar el griterío del público presente y las voces del comentarista para decir que, una vez tomada la salida, los primeros kilómetros, por dentro de la ciudad y en llano fueron rápidos a pesar de la multitud, entre 20 y 25 km/h de media. Paulatinamente los lentos que habían salido delante fueron perdiendo posiciones, y los rápidos que habían llegado tarde las ganaron. Al dejar el asfalto, en una zona fea de polígono, vi bastantes pinchazos porque había restos de cristales en el suelo, y mentalmente crucé los dedos y recordé la pesadilla de mis últimas salidas. Menos mal que los tubeless no me fallaron.

Hacía calor, la carrera era muy larga y quería hacer solo dos paradas para comer, de modo que me marqué un ritmo ligero pero sostenible, confiando más en llegar con fuerza al final que en ir deprisa solo al principio. Por eso tiré sin desfondarme, y en 1 h 17’ llegué al avituallamiento del km. 23, al fondo de los acantilados del Aiguadú. Con el Mediterráneo batiendo unos metros más abajo comí y bebí para afrontar con ganas una subida perra de dos kilómetros, que se me hizo sencilla. El primer punto de dificultad se me planteó poco después, en un sube baja rompepiernas, cuatro km. que se me atragantaron. Cuando pensé que se acababan, y empujando la bici por una rampa reseca de tierra suelta de más del 20%, perdí pie, se me resbaló la bici, y me clavé con fuerza el Garmin donde uno no se debe golpear, ni con fuerza ni sin ella. Me dolía, y mucho, pero en una carrera uno no se detiene ni para quejarse. Además en aquella zona, como en todo el recorrido, había multitud de legionarios listos para ayudar, y si me paraba se acercarían, y si se acercaban me tocaría dar una explicación embarazosa. Miré adelante y vi que el recorrido continuaba por la pista de asfalto paralela a la valla de la frontera, en un descenso largo y amenazadoramente pronunciado. Como una sensación muy fuerte eclipsa a otra solo fuerte, me tiré pendiente abajo, y el miedo de rodar a 58,7 km/h (así quedó grabado en el Garmin) tapó el dolor.

Algo más adelante viví uno de esos momentos insólitos que se disfrutan en las carreras solo desde dentro. Era otra de esas pistas ásperas y rotas, ya cansados, en las que no cunde. Repentinamente comencé a oír, en versión para corneta, aquella melodía de la banda sonora de “Rocky” que todos asociamos al sacrificio precio al éxito, al entrenamiento que nos conduce a la victoria. Sin dejar de pedalear vi que era un corneta de la banda del Tercio, que se había arrancado con esa pieza. Sus compañeros se reían, los corredores que pasábamos por allí nos mirábamos sin creerlo, y enseguida comenzó a hacer efecto: las piernas se aligeraron y las rampas perdieron desnivel.

Paré de nuevo en el km. 38, a las 2 h y 26’ de carrera, para comer y beber de nuevo, con el fin de atacar con energía el tramo llano cercano al mar. Tenía la esperanza de subir la media en los siete km. de casco urbano y espigón, asfaltado y plano, y sin embargo me encontré con un enemigo inesperado: el viento. Se había levantado tras la salida, se ocultó mientras rodábamos por entre cerros, y ahora soplaba con ganas especialmente en el espigón y el paseo marítimo, así que no quedaba otra que seguir apretando los dientes.

Salí de la ciudad para afrontar el tramo final de la carrera, con una subida desde el nivel del mar a los cerros que se me habían atragantado, rodear la ciudad por los cuarteles y repetir la zona del viento. Lo bueno al final de un maratón es que ya no hay que pensar ni que dosificarse; si uno se ha organizado bien, es la verdadera hora de la diversión. No quería correr el riesgo de venirme abajo al final por lo que me avituallé por tercera vez en el km. 58,6, ya con 3 h y 43’ de carrera, y tiré a fondo. Crucé por segunda vez, esta como una exhalación, el Acuartelamiento del Tercio y saludé de soslayo al pasado en la Explanada Millán Astray, frente al Fuerte de Cabrerizas Altas. La subida dolorosa de la primera pasada la hice sin incidentes, y me tiré por la bajada tan enrabietado que esta vez llegué a los 69,4 km/h. Nunca había olido a goma quemada en un neumático de bici de montaña, qué sensación de orgullo y de miedo. En esta hora final desesperada reconocí tramos que se usaron en el Raid de Melilla de 2010, cuando mi colega con ruedas en el desafío era un Land Cruiser de cinco metros y dos toneladas en vacío. Mantuve la concentración todo lo que pude, me esforcé para imponerme a la maldita subida, casi la última, del km. 59, y encaré la última de verdad, una rampa cercana al aeropuerto, ya con 4 h y 10’ de carrera pesando en las piernas.

Desde ahí sabía que estaba hecho: recorrer de nuevo algunas calles entre un público disperso que no paraba de aplaudir, luego el espigón y la playa con público abundante y entusiasta, llegar a Melilla La Vieja entre un público ya desbordante y ruidoso, que me animaba como si fuera a ganar, cruzar patios de armas y túneles, zigzaguear entre torreones para, al final, salir por el Túnel de San Fernando a la Plaza de las Culturas y entrar en meta.

No voy a presumir ni de que respiré hondo ni de que era consciente de que había conseguido mi objetivo, Estaba demasiado cansado para eso. Me dejé llevar a la carpa en la que me entregaron la medalla que recibe el que consigue terminar. Me dejé llevar a la carpa en la que recogí mi petate legionario con regalos, entre los que había un maillot conmemorativo que luciré cuando haya que hacer una declaración de intenciones. Y me dejé llevar hasta la carpa de comida. Despacio, muy despacio para no vomitar, me comí y me bebí todo lo que me dieron, mientras hacía estiramientos, enviaba algún WhatsApp de satisfacción y miraba con ojos de agradecimiento a la Ghost, ahora polvorienta. Aun no sabía que iba a seguir comiendo y bebiendo de modo exagerado dos días más. Tampoco sabía que había recorrido 74,9 km. en 4h 38’ y 44”, y que el desnivel acumulado era de 1.104 metros. Me quejaba por el calor y las quemaduras en las piernas sin saber que la temperatura media en carrera había sido de 28,3ºC. Sí sabía que me dolían las piernas, y que me iba a doler el cuerpo entero algunos días más; me faltaba cuantificar que el ritmo cardiaco medio había sido de 150 ppm y que me había dejado 2.300 calorías. Más tarde sabría que mi posición era la 389 de los 784 que iban a terminar de los 970 inscritos, el 52º de los 123 de mi categoría.

Lo que tenía claro es que la satisfacción dura mucho más que el dolor muscular y las quemaduras.

Melilla La Vieja y los siete edificios más altos de Madrid (1 de 2)

En 2015 me atreví, con más temeridad que conocimiento, a debutar en el Open de Madrid de Maratones en bici de montaña, XCM para los iniciados. De repente los recorridos de 30 kilómetros por pistas que realizaba hasta la fecha pasaron a ser calentamientos de pretemporada porque, sin saberlo, me había metido en un campeonato de nivel de un deporte duro.

En este blog conté (“Cuando terminar no es suficiente”) penas, alegrías y dudas al respecto. Sobre todo dudas, las que surgen cuando el esfuerzo por alcanzar el objetivo genera más sufrimiento que la satisfacción que se obtiene al alcanzarlo. Había llegado a la meta en todas las carreras en las que me inscribí a cambio de grandes esfuerzos en las subidas de mayor pendiente y, debo confesarlo así, bastantes miedos en las bajadas trialeras. Descubrí que me encontraba cómodo en las pistas, especialmente si los desniveles no eran extremos, e incómodo en aquellos tramos complejos, precisamente los que distinguen las pruebas puntuables de las no puntuables.

Más allá de todo esto había un logro tangible: el cambio de costumbres necesario para alcanzar el estado de forma tenía ventajas en mi salud. La mayoría de los días tomaba cinco comidas, todas ellas sanas y variadas, y el uso de los ascensores había pasado a ser anecdótico. Y por encima de esto, descubrí otros aprendizajes al correr maratones y su aplicación en el día a día. Porque en el entrenamiento y las carreras desarrollé habilidades como la autodisciplina, la planificación a medio plazo y la resistencia a la frustración.

Y estaba en medio de esta mezcla de logros y fracasos, metas alcanzadas y otras aun lejanas, buscándole el sentido a los XCM en Madrid, cuando supe de la existencia de una carrera con aun menos sentido, tan poco sentido que era precisamente su ausencia lo que le daba encanto. Me explico.

Madrid y sus alrededores reúnen escenarios variados para las bicis de montaña, desde trialeras estrechas en la sierra a pistas rápidas a la orilla de los ríos y en las vías pecuarias; entonces, ¿por qué irse hasta Melilla a montar en bici?

La concentración de escenarios apropiados y afición ha creado un calendario de todo tipo de pruebas, con diferentes recorridos y durezas; entonces, ¿por qué inscribirse en una carrera tan larga, de 75 km?

Y por último, si los escenarios y la afición han facilitado la existencia de profesionales que organizan carreras de bicis al lado de mi casa, ¿por qué irse al norte de Africa a sudar durante más de 75 kilómetros en una carrera organizada por el Tercio de la Legión?

De modo que la conclusión a mis dudas del año pasado fue decidir firmemente que en 2016 participaría en la Carrera Africana de la Legión en Melilla.

Se acababa de celebrar la tercera edición y los foros hablaban de lo bonito y a la vez duro del recorrido, y de una ciudad volcada en la carrera. Como africanófilo y amante de rarezas, la carrera me atrajo enormemente. Repasé vídeos en los que mi debilidad por la arquitectura se complació al ver pasar las bicis frente a algunas de las joyas modernistas de la ciudad y recorrer los últimos metros de la carrera por dentro de las murallas de Melilla La Vieja, cruzar la plaza de armas y salir por el puente levadizo al arco de meta.

Al repasar las posibilidades de alojamiento descubrí que había un más allá sorprendente y peculiar, que quienes lo habían probado calificaban con elogios: la Legión habilita un pabellón en su cuartel para un número limitado de participantes que comparten instalaciones con los legionarios desde el viernes en que se llega a Melilla hasta la mañana del domingo, día posterior a la carrera.

El plan estaba clarísimo: entrenarse, inscribirse, alojarse en el cuartel y, por supuesto, llegar a meta. El pasado octubre comenzó el trabajo que consistía no solo en hacer muchos kilómetros para estar en forma. Hasta ese momento utilizaba en la bici un ciclocomputador que simplemente medía distancia recorrida, velocidades máxima y media y ritmo cardiaco. Insuficiente para un entrenamiento serio, de modo que avancé varios pasos tecnológicos al hacerme con un Garmin Edge 810. Sentado frente a la pantalla del ordenador el día del estreno, viendo los resultados de la primera ruta grabada, me sentía como los ingenieros de un equipo de MotoGP en la reunión posterior a la carrera: velocidades instantáneas, perfil del recorrido relacionado con los desplazamientos marcados en Google Maps, y la posibilidad de estudiar secciones independientes eran algunas de las muchas posibilidades de análisis que ofrecía el sistema.

Al repasar el recorrido de la Africana de años anteriores, comprobé que era más largo que mis rutas habituales, con tramos llanos y rápidos en el núcleo de la ciudad y sus alrededores, y bruscos desniveles al trepar por los cerros que separan Melilla de Marruecos. Me puse a buscar recorridos cercanos a mi casa que sirvieran como entrenamiento o que al menos representaran una dificultad equivalente, y descubrí el índice IBP (Interactive Bycicling Parameters index), que precisamente evalúa la dificultad de una ruta en ese sentido. Para calcular el IBP de una ruta no hay más que descargar su archivo en la página de Internet de IBP. El archivo puede ser el que se ha grabado en el navegador al realizar la ruta, en mi caso el Garmin, o uno que se encuentre en las páginas que los archivan, como Wikiloc. Así que empecé a cuantificar la dificultad a la que me enfrentaba: la Africana de 2015 había tenido un índice de 72, una de mis salidas de 40 km. se quedaba en 29, y el Rallye de Galapagar de 2015 que tanto esfuerzo me supuso solo llegaba a 59. Si pretendía acabar la Africana de 2016 y en menos de cinco horas, el desafío estaba cuantificado y tenía todos los medios para prepararme.

Los viajes de trabajo hicieron que el entrenamiento con objetivo africano arrancara en Octubre en el gimnasio de un hotel de Viena. Unas semanas de esfuerzo después ya veía los primeros logros: una ruta de índice 62 había caído en menos de cuatro horas y media.

El primer desafío duro de la pretemporada iba a ser la carrera inaugural del Open de Madrid de XCM 2016, con índice 60, y 59 km. de recorrido. (¡Qué cambio! Una carrera de ese campeonato era para mí un reto en 2015 y simplemente un entrenamiento en 2016). Hasta el kilómetro 30 había que aguantar la dura subida hasta el Cerro San Pedro, y desde ahí recuperar la velocidad media en el descenso. O al menos esa era la teoría. La realidad fue mejor al principio: llegué a mitad de carrera con una media prometedora de 14 km/h y no estaba tocado, y eso me animó de cara al resto. Pero las supuestas bajadas rápidas eran pedregales estrechos, trialeras complicadas o, directamente, descensos suicidas. Cualquiera de ellas suponía un ritmo bajo y un cansancio alto, lo que además repercutía en la concentración. Entre un fallo de concentración y una señalización no muy buena, me perdí más allá del km. 50, por lo que acumulé unos kilómetros de más, que incluían una subida francamente desagradable.

Con el buen humor que me quedaba me reí en el kilómetro cincuenta y muchos: al final de un tramo plano me esperaban una señal de peligro y un miembro de Protección Civil para insistir en que tuviera cuidado con lo que había a continuación. Llegué al final del llano, me asomé, vi un descenso con una pendiente de las que te quitan el color de la cara y abajo, como esperando por si acaso, una ambulancia y la policía municipal. Unos minutos después, desbordado por las trialeras del final, llegué a meta muy cansado y rigurosamente último de los que acabamos. Lanzo esta puntualización para proteger mi autoestima. Eso sí, acabar en 4h 11’ 24” una carrera de índice 69 dejaba claro que el entrenamiento iba por buen camino.

Esa tarde, dolorido en casa analizaba los resultados grabados en el Garmin y quería cuantificar el origen de mi cansancio. Lo grave no habían sido los casi sesenta kilómetros, que también, sino los 1.399 metros de desnivel acumulado. La Wikipedia reconfortó mis maltrechos músculos, porque esos metros equivalen a la altura acumulada de los siete edificios más altos de Madrid: Torre de Cristal (250 m.), Torre Cepsa (248 m.), Torre PwC (236 m.), Torre Espacio (224 m.), Torre Picasso (157 m.), la Torre de Madrid (142 m.) y Torre Europa (121 m.).

No me lo pasé nada bien en la ruta de 30 km. del Maratón Sierra Oeste de Navalagamella unos días más tarde, porque el organizador, supongo que con la idea de mejorar sus resultados económicos, había admitido tantas inscripciones que las trialeras y los senderos parecían atascos madrileños.

Sí que aprendí mucho en una ruta de 50 km. e índice 61 en Quijorna: con 37 provincias españolas en alerta por viento, lluvia, nieve y frío, no me quedaba duda alguna en la salida de que iba a ser una mañana intensa. Contra el viento no me quedaba más que resignación y apretar los dientes; no hay alternativa cuando se rueda con el pulsómetro disparado tirando de desarrollo corto en llano ¡a menos de 10 km/h! Lo del barro fue una buena lección comparativa, porque peleando por mantener a la vez el equilibrio y la dignidad, me di cuenta de que una bici de montaña se lleva igual en barro que el Land Cruiser en arena: desarrollo tirando a corto, siempre con tracción, y un derroche de delicadeza para cambiar o simplemente mantener la trayectoria.

La trastienda de estos esfuerzos está muy lejos de ese montar en bici despreocupado y fácil de la infancia. Ya no es un transportarse y divertirse a la vez y sin más. Al contrario, es un agobiante despliegue de planificación y perfeccionamiento. Tras cada recorrido, solo después de los estiramientos y ansiando una ducha, anotaba escrupulosamente el trabajo a realizar en la bici antes de la siguiente salida: engrasar la cadena, subir una décima la presión del neumático delantero, un click más a extensión en el amortiguador trasero, repasar el desviador porque el plato grande entra despacio, … Me acordaba con cierto sonrojo de esa BH plegable de hace muchos años y no podía compararla con la Ghost actual porque pertenecen y pertenecemos a mundos distintos. Antes de cada entrenamiento hacía una puesta a punto, cargaba la mochila de agua con dos litros de Isostar, y llenaba su bolsillo con tantas barritas energéticas como paradas fuera a hacer en la siguiente ruta prevista y cronometrada, más una, por si acaso. Y a partir de cierto índice IBP, llenaba un bidón adicional con Isostar y lo sujetaba al cuadro de carbono. Repasaba en el ordenador la grabación de la última vez que había hecho la ruta prevista y cronometrada y me fijaba el objetivo. Luego sonreía satisfecho por dentro al recordar que en las 48 horas previas solo había comido lo que dicen las dietas: pasta, fruta, cereales, legumbres, …

Si los preparativos eran para una carrera, aun añadía las consultas al pronóstico meteorológico en Internet para escoger con precisión la ropa. Y el análisis de la ruta en Wikiloc, y dibujarlo en un trozo de cinta de carrocero con rotuladores de colores, que luego pegaba al lado derecho del manillar, para que actuara más como un copiloto mudo que como un simple recordatorio.

Luego llegaron rutas con salida en San Sebastián de los Reyes, Galapagar o Griñón. En esta última me inscribí porque su trazado, de pistas anchas y casi siempre planas, tenía parecido con tramos de la carrera de Melilla y podía ser un buen entrenamiento. Solo que las lluvias de los días anteriores los convirtieron en barrizales (¡otra vez!). De ese modo y siendo un maniático de las presiones de neumáticos, probé la desazonante sensación de ir pinchado de las dos ruedas, que es lo que parece al rodar sobre media cuarta de barro pegajoso apoyado en una pista de tierra dura. Había una cierta relación, no muy estrecha, entre girar el manillar y que la bici cambiara de dirección, y la rueda trasera deslizaba lateralmente, perdía tracción o todo a la vez. Aun así tuve tiempo de rodar deprisa por terrenos fáciles y el resultado no fue malo.

El rallye de Galapagar me lo había arruinado un pinchazo, y tres semanas antes de la carrera africana otro pinchazo frustró un entrenamiento de fondo que prometía disparar mi autoestima. No quedaba otra posibilidad que pasarme a la eficacia contra los pinchazos de los neumáticos sin cámara. O, como se dice en la jerga, “tubelizarme”. Los Schwalbe Rocket Ron que montaba hasta el momento no eran válidos, así que me pasé a unos Maxxis Ardent Race 2,20 x 29” delante y Crossmark 2,10 x 29” detrás. Las pocas salidas que me quedaban hasta coger rumbo a Melilla las dediqué a hacerme con ellos. Son muy rodadores, y no terminaba de cogerle confianza al delantero a la entrada de las curvas ni de acertar con las presiones. Con los Schwalbe rodaba en invierno con 1,9 bar delante y 2,0 detrás, y se recomienda bajar una décima al pasarse a “tubeless”. Pero no me encontré cómodo hasta bajar a 1,7 y 1,8, respectivamente.

Y ahora estoy en la salida de la Carrera Africana de la Legión en Melilla. Ayer salí de casa antes de las cinco de la mañana en coche, el barco zarpó de Motril a las once, y por la tarde recogí el dorsal y palpé el ambiente. Después de medio año de entrenamiento, más de mil kilómetros de pedaleo y doce meses de ilusión, ha llegado la hora.

Cuando terminar no es suficiente

En 2013 me planteé participar en recorridos organizados en bici de montaña y el resultado lo conté aquí bajo el título “Cinco de cinco más la propina”. Lo disfruté, y mucho, y los 1.253,6 kilómetros de entrenamiento y marchas me mantuvieron en forma todo el año.

Pero faltaba algo. En medio de los senderos entre pinares y las pistas anchas enmarcadas por jaras, echaba de menos el factor que hizo nacer este blog, esa maravillosa sensación de pelear contra un cronómetro, contra los rivales y, especialmente, contra uno mismo. En 2014, liado con viajes por Marruecos en vehículos tan poco apropiados como un Seat Panda de 1989 y un Celica Sáinz Réplica de 1993, el asunto quedó postpuesto, no olvidado. Porque navegando por Google en ratos libres encontré que esa necesidad de pelear en una bici de montaña contra la naturaleza y un crono se etiqueta con las siglas XCM, de Cross Country Marathon, y toma forma en carreras de un mínimo de 50 km.

Es más, los alrededores de Madrid son un paraíso de la especialidad, con pruebas de diverso nivel de exigencia todo el año, salvo en el hueco del verano. Como remate, la Federación Madrileña de Ciclismo organiza un Open Comunidad de Madrid con nueve carreras entre Febrero y Junio, un calendario apretado, con hasta cuatro carreras en cuatro semanas. Algunos de los recorridos, vistos desde el calorcito de casa en invierno, eran posibles, otros me sonaban a ciencia ficción, como los 88 km. y 2.100 metros de desnivel acumulado de la carrera de San Martín de Valdeiglesias.

De inmediato me puse manos a la obra con los preparativos.

Acababa de estrenar la Ghost AMR7, y solo necesitaba rematar la puesta a punto de suspensiones. En lo físico, mejoré el estado de forma en la medida en que los compromisos familiares y profesionales me permitieron. Para empezar, y a modo de pretemporada, me inscribí en la Clásica de Valdemorillo en la categoría MTB Tour, es decir, la versión en carrera no puntuable de una ruta que llegaba a su 24ª edición. Después de unos cuantos años participando en marchas, el ambiente de la salida me pareció distinto: las caras serias, la mayor calidad de las bicis y la ausencia de “fondones” eran de esperar. Me llamó la atención los que no llevaban comida y casi ni bebida, algo que solo entendí días más tarde; yo confiaba en los tres avituallamientos de la organización, más los dos litros largos de Isostar en la mochila y medio más en un bidón sujeto al cuadro, y la colección de barritas energéticas y pastillas de vitaminas con las que cargaba.

Valdemorillo 2015 mapaNada más darse la salida empecé a entender dónde me había metido: mientras yo pensaba en casi 60 km. de sierra madrileña a 6º C, los de cabeza arrancaron a un ritmo que para mí era de sprint desesperado. El ganador solo necesitó 2 h, 7’ y 25” para llegar a la meta; a mí me hicieron falta 4 h, 33’ y 8”. Eso sí, paré cuatro veces a comer (las tres de la organización y una más por mi cuenta), bebí en todos los avituallamientos más lo que llevaba encima y todo ese esfuerzo me permitió acabar en el puesto 71º de mi categoría; en la general preferí no mirarlo. El único consuelo es que al día siguiente pude ir a trabajar, y que le saqué 40’ y 19” al último de mi categoría. La Ghost se había portado de maravilla, y solo se me ocurrió endurecer levemente la suspensión a compresión y extensión porque los indicadores de recorrido habían llegado casi al límite.

Como el origen del mal resultado, o al menos no tan bueno como esperaba, estaba en mí, busqué la respuesta a la pregunta básica que se me vino a la mente: ¿qué hacen los otros para tardar menos de la mitad? Estudié las clasificaciones, leí los foros, analicé los datos colgados en Wikiloc, repasé la prensa especializada y la conclusión siempre fue la misma: entrenamiento de cuatro, cinco o seis días por semana.

Sí, me gustan las bicis de montaña y quería participar en maratones, pero no es la única afición que tengo y menos la única ocupación de mi vida. De modo que, sin tiempo de reacción pero al menos sabiendo a lo que me enfrentaba, me presenté en la primera carrera puntuable: el Rallye BTT de Galapagar. Hacía mucho frío en la salida, me quedé helado esperando el arranque, y más helado cuando ví el ritmo de los participantes. Con los músculos congelados y obsesionado por los más de 60 km. que me esperaban, se alejaron a una velocidad incomprensible para mí.  Buscando un equilibrio entre no desfondarme y no hacer el ridículo, subí el ritmo y empecé a pasar a los que iban aun más perdidos que yo. Ya caliente en todos los sentidos, me tiré por un cortafuegos en un pinar y fui consciente de dos cosas. En primer lugar, nunca había rodado tan deprisa en un bici ¡y era de los últimos! Y en segundo lugar, los retoques de suspensión era un error: al ir más duro, en los rizados la suspensión trasera botaba sobre las crestas y la rueda se bloqueaba al frenar cada vez que se quedaba en el aire. Todo esto me hacía ir tan descentrado que cuando alcancé y pasé a un grupo en la siguiente bajada, me equivoqué con el cambio y me volvieron a pasar. Más tarde me alcanzaron los participantes en la marcha no puntuable que había salido media hora más tarde y empecé a sufrir los atascos en los pasos complicados. La conclusión es que el ganador terminó en 2 h, 12’ y 27”, y yo último riguroso de mi categoría en 4 h 20’ y 51”, y cuarto por la cola de los 434 que acabamos.

Había disfrutado en la carrera de paisajes preciosos, el placer de rodar con la bici había sido enorme, pero me daba cuenta del nivel de mi entorno. Un nivel tal que salen a correr sin comida y casi sin bebida porque los avituallamientos de la organización son suficientes para cuerpos acostumbrados a esfuerzos elevados que se recuperan con rapidez.

Así mentalizado aparecí por mi segunda carrera puntuable, el II Rallye BTT Robledo de Chavela, que prometía 52,4 km. y un desnivel de 1.067 m en un entorno frío de granito húmedo con poco agarre. Pasé miedo en los primeros kilómetros entre piedras resbaladizas y reservé fuerzas para las subidas duras de más allá del km. 37.

La clave de la carrera, y del resto de la temporada, me esperaba alrededor del km. 46: salíamos de una torrentera en el fondo de un pinar. Emp2015-cartel-hoyo-mananares2ujando las bicis por una pendiente del 30% y dándonos ánimos entre los que sabíamos que íbamos a ser los últimos de algo que nos venía dos tallas grande. Al coronar tomamos un sendero que serpenteaba en bajada hasta que nos encontramos con un corredor accidentado, rodeado por sus amigos: estaba consciente y orientado, aunque dolorido (¿clavícula rota?). Ya habían llamado al teléfono de emergencia de la organización y la ambulancia estaba en camino, de modo que poco podíamos hacer allí. Antes de salir, unos de los conocidos ocasionales me comentó que no entendía una caída en un tramo tan sencillo; mi respuesta mencionó algo del agotamiento físico y mental que generan falta de concentración. Volvimos a las bicis, al sendero en bajada, y un par de minutos más tarde me encontré al del comentario por el suelo, semiinconsciente y quejándose del vientre y de un hombro. Mientras llamamos a la organización y coordinamos la llegada de la ambulancia, recuperó la consciencia y concentramos las sospechas en una lesión interna y en otra clavícula fracturada. Cuando me fui me había quedado frío en los dos sentidos, y llegué fuera de tiempo a una meta despoblada: los accidentes y el recorrido habían necesitado 4 h, 11’ y 11”, y me habían mostrado claramente dónde estaba y los riesgos que corría.

Las incompatibilidades de fechas han impedido que participe en el resto del Open de Madrid, y así no enfrentarme a  dudas y miedos. Como sucedáneo, participé en el Rompepiernas de Hoyo de Manzanares, una ruta en principio sencilla que se complicó. Se anunció como un recorrido de 33 km con perfil tirando a inocente, que evolucionó a 42,9 km con casi mil metros de desnivel acumulado. Y el día de la prueba amaneció invitando a no salir de la cama: niebla húmeda y lluvia a ratos vaguetona y a ratos intensa, lo ideal para quedarse frío y resbalar sobre el granito. El agarre, incluso en las pistas anchas de tierra, resultó tan bajo que hubo tramos amplios en descenso que se hacían tirando delicadamente de frenos y entreviendo por las gotas de agua que empapaban las gafas.

El peor momento, a mitad de la ruta, me tuvo angustiado las siguientes 24 horas: el mucho barro había bloqueado, sin que me hubiera dado cuenta, los pedales automáticos, de modo que cuando llegué a una zona de escalones de piedra deslizante y fui a soltar el pie para ayudarme a pasar, el pedal no se liberó y caí mal. Para proteger la clavícula puse la mano, que me empezó a doler de un modo preocupantemente parecido a como si tuviera roto el escafoides. Podía llegar a meta así, pero lo que me preocupaba era que seis días más tarde arrancaba un viaje a Marruecos. Un escafoides derecho fracturado me aseguraba quedarme sin viaje a Marruecos y sin la mayoría de los planes en un par de meses.

Aguantando el dolor seguí haciendo kilómetros, con la duda de si lo originaba el hueso fracturado o simplemente el golpe. Como la duda me impedía concentrarme, me paré, abrí el guante empapado y me llevé una alegría al ver una herida abierta con su poquito de sangre y todo, en lugar de un hematoma presagio de algo peor. No sé cuánto tiempo pedaleé porque el ciclocomputador murió ahogado esa mañana; sí que el tiempo según la organización fueron 3 h, 20’ y 22”, lo que incluye tres paradas para comer.

Necesité una ducha caliente, ropa seca y un día entero viendo cómo la mano no se hinchaba para tranquilizarme. Lavé la Ghost, cargué el Land Cruiser y comencé a pensar en los retos en bici para 2016. Que ya están en marcha.

Foto 2

Cinco de cinco más la propina

La oferta era demasiado tentadora como para no encabezonarme y admitirla entera: un torneo formado por cinco rutas de bici de montaña por la Sierra de Madrid, con el equilibrio justo entre dureza y disfrute, un buen organizador y la seguridad de desenvolverse entre paisajes preciosos.
En Diciembre pasado comencé el entrenamiento y el 27 de Enero, tras una semana de lluvia, nieve y viento tomé la salida en la XXII Clásica de Valdemorillo. Por fortuna no llovió en toda la mañana, y el viento había dejado el terreno en condiciones ideales: la humedad justa para que no hubiera polvo, sin dejar los caminos blandos.
Los 37,3 Km. eran un sube-baja interminable, con más subidas hasta el avituallamiento del Km. 19 y más bajadas de ahí en adelante. Las rampas de los Km. 3 y 5 me las tomé con calma, y en el 9 tuve que parar: el amortiguador Fox acusando el paso de los años, perdía presión en retención, por lo que el pedaleo se hacía incómodo. Generalmente ruedo con 180 psi, que son 12,4 kg/cm2, y me había quedado en unos 100 psi, 6,9 kg/cm2. En previsión llevaba la bomba pequeña que se emplea en estos menesteres, de modo que ajusté presiones y seguí hasta el avituallamiento. Comí, bebí, ajusté de nuevo al amortiguador y seguí moderando el esfuerzo hasta el barrizal del Km. 34. A partir de ahí, el barro hacía chirriar los frenos y fallar el cambio, hasta que el cruce de charcos o el vadeo de ríos lavaban las piezas, el cambio funcionaba y parecía que los frenos existían. Y así hasta el siguiente barrizal, el siguiente charco,… En la meta al amortiguador le quedaban 50 psi y ni a la bici ni a mí se nos reconocía bajo el barro.
Después de reparar el amortiguador llegó la primera edición de La Rocosa, en Moralzarzal. El planteamiento era el mismo que en Valdemorillo: después de una semana de lluvia, nieve y viento,… solo que esta vez llovió durante la prueba. Y mucho. Los dos mil inscritos salimos de Moralzarzal mirando con miedo las nubes, que empezaron a descargar cuando estaba en el Km. 6, y no dejaron de hacerlo en todo el día.
El inicio tenía desniveles suaves en pistas rodeadas de monte bajo, pero al llegar a Manzanares El Real comenzaba una subida que nos hizo resoplar hasta el avituallamiento del Km. 20. Solo que a esas alturas los desniveles eran lo de menos: la cantidad de barro era tal que hasta algunos tramos llanos eran impracticables, y se hacían empujando la bici mientras se chapoteaba. Y las subidas o bajadas sobre piedra húmeda o directamente embarrada eran una sucesión de equilibrios inciertos. En el Km. 15 se me habían calado las piernas y los pies. En el 20 los guantes. La chaquetilla es impermeable, pero el agua se colaba por el cuello y subía desde la ropa interior empapada. La bolsa en la que llevaba las herramientas y una cámara de fotos se mojó, así que los guardé en la mochila de agua: más incómodo, y más peligroso en caso de caída, pero no quería volver a casa con unas herramientas oxidadas y una cámara inútil.
Más allá del Km. 30, y después de dos sustos gordos, me paré a mirar los frenos: el barro había erosionado las zapatas, de modo que las traseras habían desaparecido, y las delanteras estaban a menos de la mitad. El agua me caía por el casco, y los guantes chorreaban mientras, a la salida de un bosquecillo, pensaba en qué hacer. Alcé la vista en busca de una solución y, allí abajo, entre los árboles y la niebla, vi Moralzarzal. Me dejé bajar hasta la llegada con cuidado, anticipando las maniobras todo lo que mis manos entumecidas me permitían. Al menos, había acabado las dos primeras rutas.
En los días siguientes lavé la ropa y los accesorios que utilicé, limpié el maletero del coche y las cinchas con las que dentro de él ato la bici. Y necesité varias horas para quitarle el barro con mangueras, esponja, cepillo y limpiador de contacto, sobre todo en los platos, piñones, frenos, pedales y articulaciones en general. Luego engrasé, ajusté, puse zapatas nuevas y volvió a ser la preciosa Specialized Stumpjumper roja, blanca y plata que me acompaña hace ya un montón de años.
La tercera ruta llegó a mediados de Marzo, en una mañana soleada, sin viento ni casi nubes, en los alrededores de San Martín de Valdeiglesias. Después del invierno y la primavera más lluviosos desde que existen registros, los primeros días de sol habían dejado el terreno seco, duro y hasta polvoriento: gafas sucias, relojes pocos visibles y toses esporádicas fueron las consecuencias.
Me equivoqué al no tomarme con calma la subida por un pinar entre los Km 7 y 17, por lo que en el avituallamiento del Km. 12 me pesaban las piernas. Comí, bebí, descansé y me mentalicé para afrontar el sube-baja entre pinares que me esperaba hasta el Km. 25. Desde allí se veía San Martín pequeñito y muy abajo, así que me tiré con ganas por un descenso de seis kilómetros de nuevo entre pinos, por caminos cubiertos, claro, por agujas de pino. Eso significa muy poquito agarre. Salvé una de esas derrapadas de rueda delantera que los de Moto GP evitan empujando con la rodilla, solo que no sé cómo lo hice yo. Y llegué a San Martín tras 2h 40’ 06” de pedaleo neto.
La propina no llegó a final de año, si no a su mitad, porque unos días más tarde, hojeando la página de Internet de “Test The Best”, ví que incluían una ruta nocturna de 15 Km. por los alrededores de Cercedilla. Al principio me pareció un riesgo tonto, luego dudé, y a continuación me inscribí. Repasando las fotos de la edición de 2012, ví que la mayoría de los participantes se atrevieron solo con un faro de leds colocado en el manillar. Pocos llevaban otro en el casco, y la organización solo exige una luz blanca frontal y otra roja posterior.
Compré una linterna frontal que fijé al manillar, y sujeté al casco con bridas una de las que se colocan en la frente con una cinta elástica. Salí una noche a probar así por una pista conocida, y me sorprendí al comprobar lo tremendamente despacio que se rueda incluso en las zonas más sencillas. ¡No se ve nada!
El día de la ruta lo confirmé, y en lugar de disfrutar de las vistas de la ciudad de Madrid desde los inacabables pinares, me dediqué a esquivar en unos casos y a tropezar en otros con ramas, raíces y piedras. El miedo a caer rodando pendiente abajo no me dejó disfrutar lo suficiente de lo que podía haber sido una formidable experiencia.
La cuarta ruta del año, a finales de Septiembre, era la prueba de Las Rozas, conocida por que incluye la subida de río Chico: 5 Km. resecos, con más de 200 metros de un desnivel formado por tramos de piedra suelta y tierra muy dura. Como ya había participado en la edición de 2012 me sabía la receta: con calma hasta el Km. 5, dosificar las fuerzas hasta coronar Río Chico, y disfrutar desde ahí los senderitos entre encinas y la bajada al río Guadarrama, sin olvidar los tres últimos kilómetros, que son cuesta arriba. Así lo hice, bajándome de la bici y empujando en río Chico, porque hacerse el machote es innecesario, disfrutando mucho de los senderos que serpentean entre los encinares que hay al pasar Colmenarejo, y corriendo los riesgos justos al bajar hasta el río Guadarrama, al que casi me caigo al vadearlo. Menos mal que lo evité, porque bajaba francamente frío.
En realidad, todo lo que va contado hasta aquí no es más que el entrenamiento, el aperitivo, para la última prueba del calendario: la Ruta Imperial, que salía de la misma fachada del Monasterio de El Escorial. Me había inscrito en la edición de 2011, y conseguí terminarla por amor propio, no por haberme preparado adecuadamente. Eso convirtió al hecho de acabar y disfrutar de la edición de 2013 en un reto personal, y por ello aumenté el ritmo de entrenamiento el mes anterior, para presentarme en la mañana del 27 de Octubre listo para afrontar los 45 kilómetros Me esperaban cuatro subidas medias y dos fuertes, y sabía que el peor momento iba a ser la subida que venía tras el segundo avituallamiento, el de Robledo de Chavela.
Usando tanto el cerebro como las piernas, rodé con tranquilidad entre bosques unas veces y monte bajo otras hasta llegar entero a la cota máxima de la prueba, en el Km. 25, y me tiré por la larga bajada hasta Robledo con mucho cuidado, entre arena y piedras sueltas por rampas descarnadas que bajaban al fondo del valle. Abajo comí y bebí con generosidad, y a continuación encaré la subida que tan mal me lo había hecho pasar dos años antes. Fueron muchos minutos con el pulsómetro por encima de 160, pero llevaba encima más de diez meses de preparación, y llegué arriba sin haberme levantado del sillín.
Había llegado el momento de no bajar la guardia, porque lo peor había pasado pero quedaban más de diez kilómetros. Me caí por perder la concentración en la bajada hacia la vía del tren, y por supuesto no me salté el avituallamiento de Zarzalejo. A punto de culminar un año de trabajo no me iba a jugar una “pájara”. Me quedaban las dos últimas subidas: la primera dolió algo, y en la bajada posterior la horquilla maltrecha me lo hizo pasar mal. En la subida final el disfrute pudo con el dolor: a través del bosque se veían las líneas recias del Monasterio de El Escorial. Era el final del esfuerzo.
Tras pasar la meta recogí con orgullo el maillot exclusivo para los que hemos participado en las cinco pruebas del MTB 4 Estaciones de 2013, y después de una buena ducha y una mejor comida, colgué el quinto dorsal en el garaje. ¡Prueba conseguida!

El vestido de boda de Muriel y el Panda Raid 2014

“La boda de Muriel” es una película australiana estrenada en el año 1994 que se mete en charcos variopintos, como la incomunicación en las familias, el machismo, o los matrimonios de conveniencia para conseguir una nacionalidad. La protagonista, Muriel Heslop, educada para encontrar un príncipe azul con el que casarse y al que hacer feliz, no es tan atractiva físicamente como sus amigas, y ve que el tiempo pasa y no consigue el objetivo al que la han dirigido.

En mi escena preferida de la película, Muriel recorre tiendas para novias en Sidney en las que se prueba vestidos. La magia de la escena está en la mezcla de ilusión y frustración: los empleados atienden con cariño a una mujer aparentemente ilusionada, que anhela estar resplandeciente en el mejor día de su vida. Solo el espectador y Muriel saben que es mentira, que no hay candidato a marido, que estamos ante un consuelo, un sucedáneo, un engaño para calmar una frustración.

Desde entonces, llamo “Síndrome de Muriel” a las acciones que cada uno se aplica para consolarse por no conseguir lo que anhela. Y para combatir el síndrome, aplico la teoría de las escalas. Es decir: lo tengo difícil para quitarle el puesto a Adrian Newey, y a estas alturas es dudoso que adelante a Stephane Peterhansel en su historial de victorias en el Dakar: seis en moto y cinco en coche. También lo de fundar un equipo en el Mundial de motos o emular a Ferruccio Lamborghini u Horacio Pagani se me está poniendo cuesta arriba.

Eso sí, no quiero ser de los que conocen los coches o los circuitos solo si salen en la Play Station, o saben diferenciar los paisajes africanos dependiendo de si han visto el correspondiente reportaje en Discovery Channel.

Así que, aplicando la teoría de las escalas, en lugar de quedarme frustrado en casa, prefiero materializar mis sueños a un tamaño menor y sentirme, en pequeño claro está, como Mike Brewer y Edd China de “Wheeler Dealers” comprando y preparando un coche, trabajando con menos medios y la misma ilusión que HRT, o compitiendo como “Nani“ Roma y organizando la carrera como Frank Williams. Por eso voy a participar en el Panda Raid de 2014.

El asunto arrancó a principios de Diciembre de 2012, en uno de esos días en que la carga de trabajo y la ilusión por hacerlo bien me mantenían en la oficina más horas de las recomendables. Recogía mis bártulos de empleado nómada (ordenador portátil con wifi, lápices de memoria, teléfono móvil,…), cuando una revista que había al lado me distrajo: “Panda Raid 2012” decía el titular, junto a una foto de un pequeño Panda deambulando con valentía por el desierto. Entré en la revista y del primer vistazo se activó el virus africano, el que se me inoculó allá por 1989 y con el que convivo desde entonces. Una neurona mala fue más rápida que mi consciencia, extendió la revista a un compañero y me hizo decir: “No tiene mala pinta, ¿verdad Santi?”. Sin que yo lo supiera, una cepa del virus había saltado con éxito hacia el otro lado de la mesa. La habíamos liado.

En ratos sueltos dí vueltas al asunto, brujuleé por Internet y, un par de semanas más tarde, como sin darle importancia, sondeé el terreno en una conversación que iba de otra cosa: “Santi, ¿te acuerdas de lo del Panda Raid? Estoy dándole vueltas desde entonces”. El abanico de respuestas posibles era muy amplio, desde el “Perdona pero ni me acordaba” a un “Sí, bueno” que no sería más que una manera cortés de decir que no conservaba interés alguno en el asunto. Pero la cuestión se puso fea porque la respuesta, con una mezcla de ilusión y culpabilidad anticipada, como de niño que va a hacer algo que sabe que no debería hacer, fue: “Ya he estado buscando coches en Internet”. Ibamos de mal en peor.

Las vacaciones de Navidad dejaron hueco para dar una vuelta por la documentación que había conseguido y por el imprescindible mapa Michelin 742. Esos ingredientes, mezclados con experiencias previas, un vistazo a los calendarios de 2013 y 2014, más un rato de calculadora, crearon la salsa con la que elaboré el plan.

Al regresar al trabajo lo puse en marcha, de modo que, dejando de lado las indirectas, se lo planteé abiertamente a mi compañero Santiago: “Nunca has estado en Africa, pero eres prudente, tienes sentido común, sabes de mecánica y no solo de la de los coches actuales; tu experiencia arqueológica con las Vespas y las MZ vendría muy bien para entender un coche como el Panda. Creo que haríamos un buen equipo”. Acordado este punto, pasamos al siguiente: “En mi opinión, sería más sencillo y más divertido montar un equipo con dos coches. No se duplican el gasto ni los costes, y sí la mano de obra disponible. Simplificamos el trabajo de búsqueda de información y la preparación de los coches, y nos podemos apoyar sobre el terreno”. Santi seguía de acuerdo.

El siguiente episodio tuvo lugar a finales de Febrero: comida con amigos que tienen debilidad por Africa y las motos de campo. Mala mezcla. Les cuento mi plan y a la reacción que esperaba, la de expresar envidia, uno de los presentes añade, con sonrisa malévola, la españolísima frase de “¿A que no hay cojones de inscribirse?” Empiezo a tener la sensación de que el equipo se está formando.

El 1 de Marzo sale de Madrid la edición 2013 del Panda Raid, y llego antes que la mayoría de los participantes y algunos de la organización, equipado con papel, lápiz y cámara de fotos. Es el momento perfecto para recoger información directa. Dos horas mirando, anotando, charlando y fotografiando dan para mucho sobre lo que hay que hacer y bastante sobre lo que no. Algunos de los participantes demuestran una inexperiencia preocupante, y a otros parece que les sobra el tiempo, el dinero o ambos. Saco ideas claras sobre ese término medio en el que está la virtud, y obtenemos las primeras conclusiones:

– Motor: El más recomendable y habitual es el 903 cc de carburador; el 850 es descendiente del que usaba el 600, y le falta potencia (no es que al otro le sobre). La rueda de repuesto con tacos no cabe en el compartimento motor.

– Carrocería y suspensiones: Hay quien llega con los muelles delanteros cedidos y un protector de cárter demasiado bajo; se enganchará en el primer bache. Otros llevan protecciones de verdad, amortiguadores de botella separada y jaula de tubos; ni tanto ni tan calvo. Vale con mantener la altura al suelo, o levantarlo un poco, y una protección de cárter decente y que no se descuelgue mucho.

– Accesorios: Hay dispersión de criterios, todo lo comprendido entre escaso y excesivo; lo recomendable parece ser: coger la carcasa de un cuadro de mandos original, y usarlo de soporte para el Trip y algún reloj adicional. Quizá unos faros supletorios, pero que no tapen el radiador si van en el paragolpes, ni demasiado atrás si van en la baca, porque entonces iluminan el propio techo.

– Interior: Parece exagerado montar bacquets de carreras, vale con unos bacquets sencillos, o unos asientos decentes conseguidos en un desguace, siempre que no sean demasiado grandes. Delante de la rejilla de separación de carga que se coloca tras los asientos delanteros no debe haber nada suelto; lo digo porque el habitáculo es el hábitat durante 4.000 km, y el desorden y la falta de ergonomía que se veían antes de la salida en algunos coches son agobiantes. Idem respecto a cables de instalaciones eléctricas colgando.

– Maletero: Es suficientemente grande al desmontar los asientos traseros, siempre que se lleve solo lo que se ha de llevar, y se ordene adecuadamente, clasificado en cajas por tipo de uso y éstas ordenadas por frecuencia de uso, por ejemplo. No tiene sentido que lo primero que se vea al abrir un maletero a punto de reventar sean dos «jerrycans» de combustible de 20 litros cada uno, y 20 litros de agua mineral en botellas de plástico. Vale con un «jerry», que va al fondo del maletero, y cinco litros de agua, que se renuevan cada día. Tampoco es admisible que el equipaje personal vaya en una maleta de avión.

– Neumáticos: Los más usados son los Fedima recauchutados de campo, los Insa Turbo y los Black Star. Los neumáticos más grandes (155/80 R13) sin suspensiones levantadas quedan demasiado cerca de los pasos de rueda, con mucho peligro de tocar con paragolpes y aletas.

– Baca: Entre los que no la llevan, y los que la llevan a reventar, hay un mundo. ¿Hace falta de verdad? Anoto que a los coches mejor ordenados no les hace falta.

Al volver de las vacaciones de verano, pasamos de las conversaciones informales a los hechos, y en pocas semanas la ilusión se transforma en realidad: ya hemos creado un equipo de cuatro personas, comprado el primer coche, apalabrado el segundo y tenemos suficiente información sobre la preparación a realizar como para empezar a trabajar en él. ¿Qué de dónde ha salido el primer coche? Santi es un artista navegando y persiguiendo por segunda mano.es, milanuncios.com, autoscout24 y similares, y el Panda en cuestión llevaba tres años parado en el fondo de un garaje, parcialmente cubierto con una sábana vieja, tras el fallecimiento de su usuario. Unas negociaciones por teléfono y un par de visitas dejaron el precio a tiro, y un arrancador y tres intentos más tarde, el motorcito volvió a la vida. A continuación, transferencia, ITV, seguro y ya está en casa para empezar a trabajar en él.

Su estado general es más que bueno: nos creemos que en 24 años recién cumplidos solo ha recorrido los 50.000 km que dice el marcador. Una vez limpio por dentro y por fuera, lo más grave era el olor a gasolina, culpa de unos tubos cuarteados que ya hemos cambiado. Con aceite y filtros nuevos, y un reapriete general, hemos salido a probarlo por pistas y el resultado ha sido formidable.

Los siguientes pasos son cambiar algunos silentblocks agrietados, como los soportes de la línea de escape y los apoyos de suspensiones. Y en paralelo buscamos información sobre neumáticos, indagamos en los foros para aprender de la experiencia de los participantes de las cinco ediciones anteriores y suspiramos porque llegue ¡ya! el 8 de Marzo de 2014, día de la salida.

Ayer estuve limpiando el garaje

Digo garaje porque desde un punto de vista práctico, el semisótano de casa se utiliza principalmente como garaje del parque móvil. Aquí guardo los coches que caben, las bicis y en su día las motos. También actúa como taller en el que mecaniquear sobre ese parque móvil. Mirado de un modo más emocional, este garaje es una suerte de museo de objetos recopilados a los largo de años de viajes y carreras, que ahora cuelgan de las paredes para recordar buenos momentos en los que disfruté y malos momentos en los que aprendí. Y rodeado de aspiradora, fregona y escoba, según desempolvo, friego o barro, los ojos y las manos pasan por esos objetos y reviven el instante en que se hizo la foto, utilicé el pase o vestí el uniforme.

De éstos hay cuatro, en concreto cuatro camisas que conservo de cuatro experiencias en carreras. La última de ellas cobró un valor especial un año después de lucirla: es la camisa del Dakar de 2007, el último africano, en el que fui asistencia de Xavi Foj, y con la que subí a acompañarle en el podio del Lago Rosa. Junto a cada una de las cuatro camisas cuelga una foto, y la de ese Dakar ha envejecido deprisa: se ve el Land Cruiser 120 de Xavi en el momento de tomar la salida frente a la formidable fachada del Monasterio de los Jerónimos en Lisboa, a tiro de piedra de la Torre de Belén. En el ambiente flota la sensación que nos ronroneaba en la cabeza esos días: nos vamos a Africa, y hay que llegar a Dakar como sea. En aquellos días claro que no sabíamos que iba a ser el último Dakar africano, y que no volvería a salir de Europa.

En una cajonera al otro lado del garaje, y guardada con cuidado en una bolsa, hay una bandera española. La compré a finales de 2006 para llevarla a ese Dakar, y la metí con esperanza fetichista en el fondo de la bolsa de viaje junto a una promesa hecha a mí mismo: la luciré en el podio de Dakar. Porque íbamos a llegar. Un desierto, dos continentes, tres semanas y siete países más tarde, llegamos todos a Dakar. El sábado por la noche la saqué de la bolsa y la pasé a la mochila, y el domingo por la mañana, frente al Lago Rosa, la desplegué. A la hora de subir al podio con todo el equipo, Etienne Lavigne, director del Dakar, me la cogió y la colocó sobre el capó del Land Cruiser de Xavi. Así salimos en las fotos de prensa.

A la izquierda de la camisa y la foto de ese Dakar hay otras que me traen un recuerdo agridulce: parrilla de salida de 500 cc en Montmeló, 1994, junto a Juan López Mella, al que habían cedido la Suzuki Lucky Strike de Kevin Schwantz, que no corría por lesión. Había conocido a Juan unos años antes, quizá cuando él corría (y ganaba) el Nacional de Superbikes con una Honda RC30, y yo era mecánico de César Agüí en el mismo campeonato y con la misma moto. Juan siguió con su RC30 en Superbikes hasta el 92, en que Dani Amatraín se trajo una Ducati de fábrica. En la primera carrera, en Albacete, Dani sin despeinarse le metía un segundo por vuelta a Juan. La segunda se corrió en Calafat, una pista lenta en la que la Ducati no podía aprovechar toda su caballería y, aún así, Dani ganó con 31 segundos de ventaja sobre Juan, que fue todo lo que podía ser: segundo. El lunes siguiente, a primera hora, Pedro Parajuá, ex piloto y mecánico de confianza de Juan, me llamó. Era la época en que Yamaha vendía motores a Harris y a ROC para que hicieran motos de 500 cc con que poblar unas parrillas anoréxicas, lo mismo que hace ahora Dorna con las CRT en MotoGP. “¿Sabes si a Harris o a ROC les queda alguna moto? ¿Tienes sus teléfonos?”, fueron las dos preguntas que me hizo Juan. Le dí los números de teléfono, no publiqué nada para no interferir en la maniobra, y poco después Juan debutó en el Mundial de 500 con una Yamaha ROC.

Al final de la temporada 94, con Schwantz lesionado, Suzuki decidió ceder las dos motos en la última carrera; una a un inglés y la otra a Juan, que me contrató para ese fin de semana como asesor, traductor, intermediario y lo que hiciera falta. Nos pasamos los tres días descubriendo lo que era un equipo de fábrica y una moto inconducible, o conducible solo por un tipo como Schwantz. La característica fundamental de aquella moto, además de que el motor corría un disparate, es que tendía a levantarse y abrir la trayectoria cuando se daba gas, y en un circuito como Montmeló lleno de curvas enlazadas, eso es un desastre. La Suzuki tenía tijas que creaban divergencia entre la horquilla y la pipa de dirección, excéntricas en las fijaciones del motor al chasis para variar su posición, y diversas alturas de anclaje del basculante al cuadro para cambiar la geometría. Pero ni por esas.

Al principio Juan no se aclaraba, porque cuando abría gas con ganas la moto subviraba, se le acababa el asfalto, y terminaba cortando. Alex Barros, el otro piloto de Suzuki aquel año le dio algunos consejos, y ni aun así hizo buenos tiempos. La conclusión a la que llegamos es que la única manera de ir deprisa con aquel trasto era llevarlo como Schwantz: abrir gas con tanta rapidez, casi con violencia, que se provocara un derrapaje en la rueda trasera que compensara el subviraje del chasis. Y hacerlo en cada curva de cada vuelta. Con resignación llegamos el domingo a la parrilla, sabiendo que el resultado no iba a ser gran cosa, aunque al menos íbamos a aprender. En la foto que conservo él está pensativo y yo serio, ambos uniformados de Suzuki Lucky Strike. El sabor amargo de la foto y de la camisa se debe a que Juan nos dejó unos meses más tarde por culpa de un accidente de carretera.

En la pared de enfrente hay una foto dedicada. Está tomada en una zona árida y montañosa de Túnez, y lo único que destaca entre los cerros pelados es el Land Cruiser LJ70 con el que hice un viaje formidable por aquel país en 2005. La foto me la dedicó Takeo Kondo, el ingeniero de Toyota que dedicó tantos años de su vida profesional a los todo terreno de la marca, que se le terminó conociendo como “Mr. Land Cruiser”.

En Japón no se cultivan con la misma intensidad que en Occidente los conceptos de individuo o liderazgo, y los egos, si existen, son de tallas muy inferiores a los nuestros. Por eso Takeo Kondo no tiene biografía publicada ni hueco en la Wikipedia, y cuando se busca información sobre su vida aparecen más vacíos que datos. Sí se sabe que al acabar sus estudios de ingeniería comenzó a trabajar en Toyota Motor Corporation, en el equipo responsable de los Land Cruiser. Colaboró primero en la ingeniería del FJ55 de 1967, y luego en el BJ40 de 1974. Y en 1985 le llegó su oportunidad, porque le pusieron al frente de un desafío: el Serie 70 de 1984, con ejes rígidos y ballestas se había convertido en un mito, pero el mercado demandaba un vehículo que no perdiera prestaciones en campo y brillara en carretera, que siguiera siendo un Land Cruiser sin machacar la espalda de los ocupantes. Y Kondo creó el primer Land Cruiser “blando”, con ejes rígidos, sí, pero con muelles de suspensión, justo el LJ70 con el que hice el viaje por Túnez. A la vista del éxito del vehículo, se le nombró ingeniero jefe del proyecto de la Serie 90, lanzada en 1996, y luego supervisor de los ingenieros jefes de las Series 70, 90 y 100. Cuando, gracias a un buen contacto, conseguí que me dedicara la foto, estaba parcialmente jubilado como director de I+D de Kayaba, el fabricante japonés de amortiguadores para coches y motos.

En el garaje hay también pases que reavivan la memoria. Los más actuales son de plástico, con colores corporativos, como el de una reciente peregrinación a Maranello en el que se lee: “Ferrari. Ospite” (más huésped que visitante). Estos modernos son fáciles de limpiar, con un trapo vuelven sus colores, sus brillos y sus recuerdos, y por eso me centro en el más antiguo de todos: una especie de sobrecito de plástico, ya tirando a rígido y grisáceo, que tiene dentro un papel añejo: el pase de prensa de las XXXI 24 Horas de Montjuic, las de 1985. Casi nadie se acuerda ya de aquella carrera absurda y maravillosa, que consistía en dar vueltas en moto durante un día por un parque en medio de la ciudad de Barcelona. Y sin embargo hubo una época en que los nombres de cada curva tenían un sabor épico, como el Karrouesel del antiguo Nürburgring o Eau Rouge en Spa, y a la vez se ligaban con el punto exacto de la ciudad en que se encontraban. La recta del Estadio, además de un punto del circuito, era la zona que pasaba frente al Estadio Olímpico inaugurado en 1929. La horquilla del Museo Arqueológico, además de estrecha y en bajada, era el acceso a la puerta principal del museo. Otros tramos tenían hasta canción popular, como aquella que decía:

“Baixando la Font del Gat

Una noia, una noia,

Baixando la Font del Gat,

Una noia i un soldat,…”

Ordenados cronológicamente mis recuerdos de Montjuic empiezan en el viaje en autocar desde Madrid, porque las primeras veces que fui no tenía vehículo propio. Era una época previa a la red de autovías, cuando un Madrid – Barcelona, en autobús y de noche, era una experiencia, y no precisamente cómoda. Si no había autovías, no había áreas de servicio, y la parada a mitad de camino se hacía en un bar de La Almunia de Doña Godina, a una hora que me parecía indefinida, a la que no sabía si tomarme un bocadillo, un café, o ni siquiera salir del autocar. Llegado a Barcelona, algún año dormí en casa de un amigo, y otros la noche de la carrera la pasé en el parque, durmiendo entre bramidos de escape.

Las motos que vi correr eran, por decirlo de algún modo, heterogéneas. Las del Mundial de Resistencia se dividían en dos grupos, ya que por un lado estaban las japonesas de cuatro cilindros en línea con chasis de cuando los japoneses aun no sabían hacer chasis, y las Ducati todavía descendientes de Fabio Taglioni. Y en el otro lado, los participantes locales que salían con lo que tenían a mano, incluyendo Yamaha RD350 y Montesa Crono 350.

Por el lado de los pilotos la mezcla era mayor, si cabe: jóvenes mundialistas, viejas glorias que no colgaban el casco, y aficionados venidos a más. En esa edición de 1985 estaban sobre la Ducati de fábrica “Min” Grau, Quique de Juan y Juan Garriga, y la JJ Cobas BMW la llevaron “Sito” Pons, Carlos Cardús y Luis Miguel Reyes. La lista seguía con Jacinto Moriana (que ya había fichado a Antonio Cobas para JJ), Javier Marqués (con quien luego me crucé en el Team Aspar), Ignacio Bultó, Andrés Pérez Rubio (entonces importador de Bimota), Carlos Morante, Dani Amatraín y Dennis Noyes.

Si ahora unimos las palabras “Barcelona” y “carreras”, parece que solo existe Montmeló; pero durante muchos años Montjuic, para motos y para coches, fue un circuito de Mónaco con menos “glamour” y más autenticidad, y las citas anuales del Gran Premio de motos, la Fórmula 1 y las 24 horas eran momentos clave para la ciudad. Solo que de esto hace tanto tiempo que muchos no lo han conocido. La lista de patrocinadores de la carrera, que figura en la parte baja del pase, nos habla de una época en que existía publicidad de marcas de tabaco, como Marlboro, o de bebidas con alcohol, como Kronenbourg o Gin MG. Y se compraba en Galerías Preciados.

Estoy acabando la limpieza del garaje y ya solo me queda un cuadro, en el que hay varias fotos de mi temporada en la Copa Gilera. Unas de esas fotos muestran la secuencia de la curva de entrada a la recta de Jerez, una curva escenario de comentados incidentes, como el de Sete y Rossi, o el reciente de Lorenzo y Márquez. El tramo entre los dos codos consecutivos de Nieto y Peluqui y la meta era lo único que yo hacía bien en Jerez, y por eso le tengo cariño a ese ángulo y entiendo su dificultad. En las pequeñas Gilera 125 abríamos a fondo al salir de los codos y hacíamos las dos rápidas de detrás del “paddock” sin cortar. El desarrollo iba justo y la banda de potencia era estrecha, por lo que si se cortaba al entrar en alguna de las rápidas, al levantar la moto y por tanto alargarse el desarrollo el motor se moría y se perdía mucho tiempo. Como digo era lo único que se me daba bien, y sabía que si me acercaba a un rival al llegar a las rápidas, me lo comería en el corto tramo recto entre la segunda rápida y la horquilla, porque mi motor seguía empujando al no salirse de la estrecha banda de potencia. Ahí había que estar atento a lo que hacía el de delante: si se iba a la derecha para intentar una trazada redondita, se le pasaba por dentro. Si se ponía en el medio para tapar el hueco, me colocaba a la derecha para intentarlo por fuera. En la foto del garaje mi rival, muy conservador, llegó despacio y se fue al interior, y me dejó la trazada redonda de fuera.

Pensando en Sete, Rossi, Lorenzo y Márquez, recuerdo que esa decisión que se tomaba en un instante, gas a fondo en la recta corta, tenía difícil rectificación. Una vez que habías decidido lo que ibas a hacer y llegabas a la horquilla, el circuito se volvía estrecho y la escapatoria corta.

Le doy vueltas a eso mientras friego el suelo del garaje, cuando espero a que se seque y cuando vuelvo a meter el Celica en la plaza del fondo. En la misma posición en que colocaba el Land Cruiser de carreras, o antes el Serie 70 de la foto de Kondo san. Apago la luz y subo a casa pensando en que este sótano es mucho más que un garaje.

Romper las referencias

Opinar es comparar. Establecer un juicio consiste fundamentalmente en enfrentar lo mejor que se conoce a aquello sobre lo que se quiere opinar. ¿Y qué sucede cuando lo mejor que se conoce es peor que aquello sobre lo que se quiere opinar? En otras palabras, ¿qué sucede cuando se rompen las referencias?
Es lo que me pasó los dos años consecutivos en los que el departamento de competición de Aprilia me invitó a probar sus motos oficiales en el circuito de Mugello, al final de las temporadas 91 y 92.
Por aquel entonces, las mejores motos que había probado eran algunas Bimota, junto con las EXUP y GSX-R de la época, y mi CBR1000F recién comprada. Para mí, aquellas motos eran lo máximo en sensaciones, estabilidad, confianza, potencia y disfrute. Por eso, cuando en aquella fría mañana de Diciembre del 91, con las montañas ya nevadas al fondo, me subí a la AF1 250 de Loris Reggiani, con su eterno dorsal con el 13, tuve que cambiar las referencias. Por un lado se encontraba el concepto de la moto: los 95 kilos de peso que dan otro significado a los 90 CV de potencia. Junto a esta ligereza, sus consecuencias: que la moto cambia de trayectoria lo mismo con el manillar que con las caderas o con la presión sobre las estriberas. Y además, un motor que sube como una centella hasta las potencia máxima a 12.300 rpm, y que permite llegar sin romperse a 13.500 rpm; unos frenos de carbono que dan al verbo frenar un significado parecido a la expresión chocarse con un muro; y unas suspensiones que empiezan donde acaban las de calle.
El otro aspecto de las motos oficiales que cambia las referencias es el de su puesta a punto y sus ajustes. Me explico porque hay muchos matices: una moto de calle es conducida por alguien de habilidad variable, en circunstancias imprevistas. Necesita, por tanto, que por seguridad haya un cierto juego libre en los mandos de gas, embrague, cambio y freno. Además, el tiempo y el uso aumentan ese juego libre. Las suspensiones, independientemente de su calidad, pueden coger juego, y estar a punto o no. Y encima un soporte flojo del carenado puede generar un ruido o una vibración, una articulación del reenvío del cambio necesitada de grasa endurece su tacto,… Imaginemos unos mecánicos de muy alto nivel que, sin límite de tiempo, subsanaran todos esos defectos: ese sería el tacto de una moto de fábrica. No hay juego libre en el puño del gas y la carburación es impecable, la maneta del embrague no está dura y al soltar no hay tirones, sube de vueltas con la rapidez y la precisión de un lanzamisiles, y no hay más ruido que el chillido del motor.
Así de placentero era lo que sentía cada vez que salía de los boxes de Mugello. Luego comenzaba a enfrentarme con la realidad, el sacarle partido a un vehículo cuyos límites estaban a años luz de los míos, y que exige reprogramarse a la hora de pilotar. Habían tenido el detalle de poner la palanca de cambio a la izquierda (Loris la llevaba a la derecha), eso sí, con la primera para arriba, por lo que me debía pensar cada cambio de marcha. Y llevaba montado lo que por entonces era una novedad: el sistema CTS, que permitía subir marchas sin tocar el embrague ni cortar gas. Con eso, la aceleración en recta era la de una mil de calle de la época, con el bicilíndrico de dos tiempos sin bajar de diez mil vueltas. La primera sorpresa llegaba a final de recta, con una deceleración que los buenos hacían de 250 km/h en sexta a 100 en segunda. Los frenos de carbono retenían tanto, pero tanto tanto, que dejé la Aprilia medio parada a final de recta y tuve que acelerar de nuevo. Como complemento a este ridículo, está el miedo que genera una moto tan ágil: con 21º de lanzamiento y 78 mm de avance para 1.350 mm entre ejes, al sacar el cuerpo del carenado por encima de 200 km/h, la dirección se agitaba de manera preocupante. Al terminar mi primera tanda le pregunté a Pier Francesco Chili, que pilotaba la otra AF1 250 de fábrica, y me dijo: “Esta moto es muy ágil en curvas, pero delicada en las frenadas. Para evitar que se mueva tienes que hacer todos los movimientos a la vez: cortar, frenar, quitar marchas y salir del carenado. Vuelve a la pista e inténtalo otra vez.” Lo hice y, aunque se me amontonaba el trabajo, el comportamiento de la moto mejoró.
Al inicio de la temporada, todas las motos oficiales de un mismo fabricante son iguales, y son la evolución y los gustos de cada piloto los que crean las diferencias. Rodar con las motos de Chili y Reggiani ilustró impecablemente este punto: cómo el estilo de conducción, el historial y el estado físico de cada piloto determinan las características y el comportamiento de una moto. Loris Reggiani venía de 125, y ciertas lesiones le limitaban algunos movimientos. Por eso su moto tenía los manillares más cerrados, y menos distancia entre éstos y el asiento, el motor era más puntiagudo, y las reacciones del chasis más rápidas y secas. Pier Francesco Chili, ex de 500 cc y más grande físicamente, modificó su Aprilia en el otro sentido, y parecía hasta confortable. Manillares anchos y abiertos (para lo que es una moto de carreras, no perdamos el rumbo), tórax algo estirado, y estriberas que no obligan a las rodillas a clavarse en las axilas. Y, dentro de lo que cabe, un motor más suave y dulce, con la banda de potencia más ancha. Obviamente había muchas horas de taller y de pista para alcanzar esas evoluciones tan diferenciadas, que se logran con decenas de trucos. No solo hay que jugar con la carburación, el perfil y el calado de las válvulas rotativas y las curvas de encendido; las válvulas de escape también ayudan: como eran neumáticas, se podían cambiar, como en una suspensión, los muelles y las precargas, y así modificar el comportamiento del motor.
Otro gran descubrimiento de estas sesiones de pruebas fueron las pequeñas AF1 de 125 cc de Sandro Gramigni y Gabrielle Debbia. Si pensamos solo en la cilindrada, nunca entenderemos cómo son estas motos; hay que mantener en la mente todos los datos: son 42 CV para solo 70 kilos; son 70 kilos para solo 1.280 mm entre ejes; son 300 mm de disco para solo 70 kilos. El movimiento para acomodarse (es un decir) en el asiento, agita la moto como para meterla en una horquilla de segunda; frenar tan tarde que uno piensa “esto ya no tiene remedio” solo sirve para entender lo mucho que queda hasta el límite; y la agilidad y el agarre de la parte delantera pertenecen, para el usuario de una mil de calle, al mundo de la ciencia ficción.
Está claro que los tiempos salen a base de romper las referencias en cada frenada, en cada paso por curva y en cada aceleración. De cada vuelta. Desde aquellos días en Mugello con las 125 cc, miraba a sus pilotos con el mismo respeto que a un orfebre, que consigue el éxito a base de los que para otros son minucias.
Las pruebas de las motos de 1991 se hicieron con frío, aunque al menos el asfalto estaba seco. Para el 92 hubo una sorpresa en forma de agua abundante, que permitió explorar una nueva dimensión: rodar con “peludos”. Tampoco aquí valen las referencias de la calle en evacuación de agua, agarre del asfalto o dureza de goma. Con algunas de las curvas lentas convertidas en aprendices de torrenteras, las motos ni se inmutaban al entrar frenando. Y al abrir gas no existía ese tacto vago previo a una pérdida de tracción; era como si en cada momento un secador gigante despejara la pista antes de que los Dunlop la pisaran.
En una de las sesiones de pruebas hubo un añadido especial, que a estas alturas estará en un museo o en el sótano de una fábrica: la OZ de suspensión delantera alternativa, pilotada en aquella temporada por Marcellino Lucchi, el conductor de camión de basuras que luego se convirtió en el probador de la fábrica. Rodar con la OZ nada más bajarme de sus primas convencionales era una excelente manera de compararlas. A mi juicio la OZ tenía tres ventajas: por un lado, más tacto en el manillar a la salida de las curvas lentas, por ejemplo la de final de recta. Por otro, que al independizar suspensión de dirección, los giros en asfaltos rizados daban más confianza y se podían hacer con el gas abierto. El tercer punto, que explicaba parcialmente los dos anteriores, estaba en el comportamiento en frenadas y en la geometría de la dirección: la OZ pisaba con más serenidad en las frenadas fuertes, a pesar de la geometría más atrevida. La explicación la daba Fabrizio Guidotti, el enlace entre Aprilia y OZ: “A diferencia de las motos tradicionales, en la OZ cuando se frena no cambia la distancia entre ejes, y por eso se puede rodar con menos lanzamiento. El avance durante tu prueba era de unos 87 mm y el lanzamiento de 21º”.
Quizá esté de modo implícito en este razonamiento el motivo por el que la OZ no triunfó en competición. Un piloto debe colocar la eficacia de la moto por encima de la confianza, debe conocerla para saber si derrapar, agitarse, bloquearse, moverse,… son o no la antesala de una caída. Y seguir dando gas mientras sea posible. Para un motorista de calle, la confianza es más importante que la eficacia.
Han pasado muchos años desde aquellos días en Mugello en que rompí mis referencias, y aun así los recuerdo con intensidad y detalle: el frío bajando de las montañas, el silbido de los motores mientras los calentaban en el silencio del circuito vacío, la frase de los mecánicos de Aprilia cuando la moto estaba lista (“Siamo pronti”), acercarme a la moto de Reggiani, abrocharme el casco, ponerme los guantes y descubrir otra dimensión.

Las puertas del sueño

No, no voy a decir que el Dakar actual no me gusta, que el resultado lo determina sobre todo el presupuesto del equipo, y menos aún voy a entrar sobre cuál es mejor, si el americano o el africano. El Dakar arrancó en 1979 y reflejaba el mundo de la época; más de tres décadas después el mundo es muy otro, en algunos aspectos bastante peor, y la carrera se ha adaptado a esos cambios.

Hace poco cayó en mis manos el libro que ha generado estas reflexiones, una maravilla titulada “1er Rallye Paris Dakar. Les portes du rêve”, de cuyo título he tomado el de esta entrada. El autor es Michel Delannoy, un amigo de Thierry Sabine que participó en las tres primeras ediciones de la carrera, y luego tardó muchos años en lanzarlo, porque no se editó hasta 2005.

El libro es una formidable colección de historias y anécdotas, que con un buen montón de fotos, nos muestran la distancia del Dakar de entonces al de ahora en los vehículos, los equipos, la organización, las normas, los presupuestos,… Y también la distancia entre aquel mundo y éste: hoy en día se desaconseja cruzar todas las zonas por las que pasaba la primera edición, que eran Argelia desde Argel a la frontera con Níger, un rodeo hasta Niamey para entrar en Malí por Gao, y de allí con rumbo oeste por Bamako hasta Dakar.

El reglamento de aquella edición no eran más que diez folios a máquina con consejos sobre elección del vehículo, los neumáticos y el material de repuesto, la ropa, las vacunas y las formalidades administrativas. Para correr con un coche se exigían arco de seguridad, arneses, extintor, fusibles de seguridad, brújula, eslinga y dos ruedas de repuesto.

La organización se enfrentó como pudo a los imprevistos: El recorrido de Marsella a Argel se hizo en un barco de línea regular, con los coches y motos de carreras mezclados con los argelinos que volvían a pasar la Navidad a casa. La noche de la travesía de Marsella a Argel, el 27 de Diciembre, murió el presidente argelino, Houari Boumédienne, que llevaba varias semanas agonizando en un hospital. Las autoridades locales, temiendo incidentes en un país aun inestable y para proteger la carrera, decidieron neutralizar el recorrido hasta Laghouat, y formar un convoy con la protección de motoristas de la gendarmería.

Los coches más habituales entre los inscritos eran los Range Rover y los Toyota Land Cruiser de la Serie 40. En aquella primera edición había clasificación conjunta, sin separar coches y motos, y el primer vehículo de cuatro ruedas acabó en cuarta posición. Por entonces se permitían tres personas a bordo, y este cuarto clasificado es un buen ejemplo de lo aficionado y heterodoxo de los participantes: Joseph Terbiant, un francés que vivía en Costa de Marfil, Genestier, su chófer, y Jean Lemordant, preparador parisino especializado en Mini. ¡Y ganaron!

El autor del libro acabó la carrera en 26ª posición con pocos incidentes en su BJ40 blanco con matrícula de París, salvo unas vueltas de campana entre Tahoua y Talcho (Níger), que doblaron el puente delantero y desperdigaron herramientas y pertenencias en cien metros a la redonda. Jean-Jacques Ratet, que con los años se convirtió en un clásico del Dakar, les puso boca arriba, recogieron sus cosas y llegaron a Niamey, donde los mecánicos del Concesionario Toyota pasaron la noche reforzando el puente con ballestas de camión.

Un buen ejemplo de que casi todo valía fue el caso de Christian Sandron y Philippe Alberto. Tenían un Peugeot 504 bien preparado, y se habían inscrito (y habían pagado) para salir en la Nueva Orleans – Caracas que iba a organizar Jean Claude Bertrand, el inventor de este tipo de carreras. Bertrand era el organizador de lo que se conocía como Rallye Costa a Costa, porque salía de Costa de Marfil y acababa en la Costa Azul francesa. También se le llamó Rallye Abidjan – Niza, por las ciudades de partida y llegada. Thierry Sabine era un ayudante de Bertrand, y cuando el Dakar de Sabine se hizo más popular que el Costa a Costa, la relación se rompió. La carrera de Nueva Orleans a Caracas se canceló, y Bertrand tardaba en devolver el dinero de las inscripciones, por lo que Sandron y Alberto vendieron el 504 y se inscribieron en el Dakar con el coche de calle de Sandron, un Citroën Dyane 6 con más de 100.000 km. Abandonaron en la etapa de Arlit a Agadez, llegaron a Bamako fuera de carrera, y con el dinero que sacaron de la venta del coche se pagaron los billetes de avión de vuelta.

Mis favoritos por el lado de los coches son los hermanos Marreau, Claude y Bernard. Tenían un taller en París, y habían hecho El Cabo – Argel en un R-12 Gordini. Para el primer Dakar prepararon un precioso R-4 amarillo y rojo con motor de R-5 TS y tracción a las cuatro ruedas con un sistema Sinpar. Tenía tan poca altura al suelo que sacaron el escape por arriba, como se llevan hoy en día las tomas elevadas, con el silenciador sujeto al vierteaguas del techo. Menos mal que no volcaron. La mayor limitación estaba en los neumáticos, porque no se fabricaban para campo en llanta de 13”; de hecho en casi todas las fotos aparecen con los desmontables en la mano, reparando pinchazos.

Si el lado de los coches es un despliegue de improvisación y amateurismo, el de las motos se desborda en historias carentes de pies y cabeza, como la del equipo Moto Guzzi (sí, he escrito Moto Guzzi), que inscribió a cinco motos. Seudem, el importador francés, en contra de la opinión de la fábrica, decidió llevar a Africa los veteranos V2 con transmisión por cardán. La primera en retirarse fue Martine Rénier, que se fracturó una muñeca en la etapa Reganne – In Salah, aun en Argelia. El mismo día el equipo se llevó dos sorpresas al rodar por vez primera en arena: el consumo de combustible se disparaba y las llantas traseras (¡de palos!) se rompían por las vibraciones. Y hubo una tercera sorpresa que llegó unos días más tarde: los chasis se fisuraban por la parte posterior de la pipa de la dirección, de modo que las Guzzi parecían “chopper” cruzando Africa. Entre Tamanrasset e In Guezzam, Alain Piatek se cayó y destrozó el chasis, y con cada vez menos llantas traseras de repuesto en los Toyota de asistencia, Alain Legrand se retiró al llegar a Tahoma y donó los restos de su moto para reparar las supervivientes. Unos días después hizo lo mismo Eric Breton (marido de Martine Rénier), y a partir de ahí pasaron las noches apañando la moto y soldando el chasis de Bernard Rigoni, y éste sí llegó a Dakar.

Otro que se peleó con las llantas fue Fenouil. Llevaba una BMW GS 800 preparada por Scheck con apoyo de la fábrica, la moto más potente de la carrera: 55 CV, para 150 kg. Pero la mala puesta a punto de las suspensiones, una simple horquilla telescópica delante y dos amortiguadores hidráulicos detrás, se cargaba las llantas. Su mecánico pasaba las noches arreglándolas a martillazos, y en Bamako pudo seguir porque le dejó una llanta trasera el comandante de la escolta presidencial. El motor se terminó rompiendo, y se retiró en Bakel.

Por supuesto que había motos japonesas en la carrera, y estaban en el equipo mejor organizado, el de Yamaha Sonauto, por supuesto con las XT 500. Sonauto fue importador de Yamaha para Francia durante muchos años, y al frente estuvo Jean Claude Olivier. Era este un tipo elegante con traje y corbata cuando representaba el papel de directivo de Sonauto. También derrochaba clase corriendo el Bol d’Or en el Ricard, dirigiendo el equipo Gauloises con Christian Sarron, o pilotando la monstruosa moto con la que salió en varios Dakar, con motor de FZ y cuatro cilindros. La estructura que montaron para el Dakar de 1979 era un anticipo de lo que se convirtió en norma muchos años después: un camión con piezas y dos mecánicos, y un coche como asistencia rápida. Es más, fueron los únicos que llevaban tienda de campaña; los demás dormían al raso.

He dejado para el final el caso de Pierre Berty y su XT 500, que llegaron hasta Dakar, aunque en una caída en la primera etapa se rompió el maleolo del pie derecho. Todas las mañanas alguien le arrancaba la moto, y se hizo el recorrido desde el 31 de Diciembre en que se rompió el pie hasta el 14 de Enero en que llegó a Dakar sin quitarse la bota derecha.

Eran otros tiempos, otras ilusiones y un mundo mucho más sencillo, en el que inscribirse en una carrera de locos dependía solo del grado de locura de uno, y no del nivel de desquiciamiento del mundo que nos rodea. En la actualidad, participar en una prueba del Mundial de Raids de cuatro días requiere más medios, organización y presupuesto que esos primeros Dakares. Los coches casi de serie que participaban entonces, a día de hoy no son válidos ni como asistencia. Y los pilotos y copilotos que antes solo necesitaban atrevimiento, algo de experiencia y ciertas nociones de mecánica se han transformado en una mezcla de atletas, volantistas, navegantes y mecánicos.

El motivo por el que miro con cariño el libro de Michel Delannoy es la cercanía que siento a aquella realidad: yo, con mi coche y mis conocimientos, podía haber participado en un Abidjan – Niza o en esos Dakares; uno actual nos  viene, a mis patrocinadores y a mí, bastantes tallas grande. Y en el mundo actual, una carrera entre el Nueva Orleans dolido por el Katrina y la Caracas de Hugo Chávez va más allá de las ficciones de Spielberg.