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Autor: Luis Carlos Alcoba

Teoría y práctica de enredar en coches con años

Cada vez hay más programas de televisión en los que se restauran o rejuvenecen coches con años. Cada vez hay más canales de You Tube que se dedican a lo mismo. Y en sus reparaciones siempre encuentran las piezas que les hacen falta y además les llegan a tiempo, y no se topan con tuercas que no salen, tornillos que se rompen, diagnosis imposibles, … Yo sí.

Es posible que esto empezara con la serie británica Wheeler Dealers, que en español se tituló Joyas sobre ruedas. Nació en el Reino Unido para luego emigrar a los Estados Unidos, donde tuvo varios descendientes, cada uno más gringo que el anterior. Al nacer la época de You Tube, se multiplicaron los canales dedicados a localizar, rescatar y luego devolver a la vida todo tipo de coches (y también motos) que llevaban años tratados con poco cariño o directamente arrinconados en el fondo de un garaje o un pajar.

Es evidente que algunos de esos canales se ciñen a la realidad, y por ello enseñan las dificultades que se afrontan cuando uno quiere recobrar el antiguo esplendor de un coche que lleva años parado. Entre estos que podemos llamar sinceros, me permito destacar los episodios de barn find que Jonny Smith (sí, sin la “h” entre medias) sube a su canal The Late Brake Show en You Tube. Lo de barn find, que se puede traducir como “encontrado en un granero”, es la denominación que los anglosajones le dan a estos hallazgos, porque suelen encontrar los coches en zonas rurales, abandonados en graneros, establos o pajares. De vez en cuando, en el canal de Jonny Smith surge la sinceridad y aparecen coches que no arrancan, y que incluso no se tiene la menor idea de por qué no arrancan. Y otras veces la dejadez ha situado el coche en esa posición irrecuperable en la que los expertos le etiquetan como “donante”, porque no vale la pena restaurarlo y solo sirve para donar las piezas que aun son válidas para otro proyecto de restauración.

Sin embargo, la mayoría de los programas y canales se mueven en un mundo paralelo a la realidad, en el que las diagnosis son rápidas, certeras e indiscutibles, y conducen a reparaciones claras e inmediatas, y para todos los imprevistos hay recambios y soluciones. Nunca aparece una situación en que uno se quede apoyado en la aleta, mirando el compartimento motor y diciendo: “No entiendo nada”, o frente a la caja de fusibles, el plano eléctrico y el polímetro, diciendo: “No me aclaro”. En el mundo real, los “No entiendo nada”, “No me aclaro” y “Si esto no es, ya no sé qué hacer” son de lo más habitual, y el origen es de lo más variado. Veamos por qué.

Un polímetro, las bombas del lavaparabrisas, en las cercanías una tableta con el plano de instalación eléctrica, y muchas dudas.
Caja de fusibles típica de coches de los años ’70. Incompatibles, claro, con los anteriores y los posteriores. En la foto de apertura, intentando entender los tubos de la instalación de lavafaros

El mundo de las instalaciones eléctricas es origen de bastantes de estos dolores de cabeza, para empezar porque no se suelen tener en casa los fusibles de todos los formatos y amperajes habituales. Los coches y motos actuales suelen emplear unos planos y pequeños, con la misma forma, aunque de menor tamaño, que los que se empleaban antes. Por supuesto, la diferencia de tamaño los hace incompatibles. Antes de los dos tamaños de fusibles planos se usaban unos de forma cilíndrica, con cuerpo cerámico y extremos metálicos cónicos. Por supuesto, incompatibles con los dos tipos de fusibles planos que vinieron después. Estos fusibles cilíndricos eran los que empleaban mis Mercedes C123, como corresponde a coches de los ‘70. Y hace unas semanas, mientras visitaba un prestigioso restaurador de clásicos, tuve la oportunidad de ver la generación de fusibles anterior a los cilíndricos, obviamente incompatibles con las tres generaciones posteriores. ¿Quién tiene en casa fusibles de amperajes variados de los cuatro formatos? Yo no.

Otro dolor de cabeza proveniente de las instalaciones eléctricas suele aparecer cuando el plano no coincide con la realidad. Es de suponer que, si en el plano figura que el cable es rojo, en el coche el cable será rojo. Salvo que justo el día en que se fabricó el mazo de cables de esta unidad en concreto, se hubiera acabado el cable rojo y alguien recurrió al color que quedaba por allí.

Hay un origen más retorcido en los errores con las instalaciones eléctricas, y proviene de las diferentes normas de homologación por país, que obligan a diseñar diferentes instalaciones eléctricas según el destino del vehículo. Pasadas unas décadas, y con los coches saltando de país en país, es sencillo ponerse a trabajar con el plano que no corresponde. Me tocó perder bastante tiempo en la reparación de la complicada instalación de limpia y lava parabrisas y además limpia y lavafaros de mis Mercedes C123, porque estaban destinados al mercado alemán, y sin embargo el plano de instalación eléctrica que me suministraba Google una y otra vez era, sin que yo lo supiera, el de la versión para los Estados Unidos. ¿Y cuál es la diferencia? La normativa europea solo permite que funcione el limpia y lavafaros cuando los faros están encendidos, mientras que en EE.UU. pueden actuar estando apagados, lo que obliga a cableados distintos. También tuve lío en su día con la Honda CBR 1000 F: me faltaba un cable en el faro principal. En aquellos tiempos, una moto mantenía encendida la luz corta al poner la larga en toda Europa, salvo en España, donde al poner las largas se debían apagar las cortas. Por este motivo, para homologar aquí una moto el fabricante eliminaba un cable en el conexionado del faro. Cuando me enteré, me hice un puente de cable para mejorar la iluminación nocturna, que desmontaba cada vez que tocaba pasar la ITV.

Documentarse adecuadamente es fundamental a la hora de reparar vehículos con muchos años, y en el Reino Unido se publica una inmensa cantidad de libros para ello, entre los que destacan las guías de taller de Haynes. Estos libros se basan en las documentaciones que las fábricas hacen públicas, que no tiene por qué ser exactas ni exhaustivas, por razones similares a las que llevan a que se acabe el cable rojo. De ahí que, por ejemplo, me confundiera una y otra vez al comparar los códigos de las placas de identificación de mis Mercedes con las tablas de significado de esos mismos códigos en diferentes libros y foros de Internet. Incluso para algo tan elemental como el código de color de la carrocería.

Justo bajo la «capilla» del Land Cruiser LJ70 nacía un ruido que no fui capaz de eliminar. La foto está tomada en el Trópico de Cáncer, en el paralelo 23º27′ N.
Se supone que estos son los códigos de color de carrocería y tapicería, tipo de cambio, desarrollo del diferencial, … ¿Y si los libros que se consultan contienen errores, qué se hace?

Mencionaba en el párrafo anterior el factor de los muchos años de estos vehículos, lo que conlleva el elevado número de intervenciones que han podido sufrir, y hasta padecer. En numerosas ocasiones me ha tocado decir, con cara de asombro, lo de “¿A quién se le habrá ocurrido…?”, cuando he descubierto una modificación a la que no le encontraba el sentido. Un día el BMW M3 E46 decidió que no arrancaba, y varias horas de trabajo me llevaron a culpar a la bomba de combustible. Como estaba seguro de que no eran ni el fusible de alimentación, ni el relé, ni el mazo de cables, no quedó otra que pasar por caja y comprar en un Concesionario de la marca una carísima bomba de gasolina. Solo que la monté y el coche seguía sin arrancar. Con la cuenta corriente y el orgullo de mecánico tocados, seguí trabajando en busca de una solución hasta que, desmontando por enésima vez el guarnecido del maletero para repasar la instalación de la bomba, toqué sin querer y casi sin verlo un minúsculo interruptor que había por allí, y el coche arrancó. ¿A quién se le habría ocurrido esconder un interruptor pequeño que cortaba la corriente de la bomba? Pues a alguien que pensaba igual que el que cambió los tornillos de soporte del paragolpes trasero del Mercedes verde, de modo que siempre quedaba suelto porque no llegaban a presionar.

Uno de los puntos que más me llama la atención de los programas de TV y de los canales de You Tube sobre restauraciones es su capacidad para resolver cualquier problema. Cualquiera, da igual una avería, un mal contacto, o un ruido, para todo hay solución. Qué envidia. Mi Land Cruiser LJ70 tuvo un ruido por el roce de un cable en la zona del mando de la calefacción, que no fui capaz de quitar en años de uso del vehículo por más veces que lo desmonté el cuadro. Lo vendí con el ruido. Algunos soportes del carenado de la CBR 1000 F se fisuraron, y no encontré pegamento para fibra de vidrio capaz de ofrecer una solución duradera. El cable del velocímetro de la Benelli 250 2C terminaba en un engranaje cónico de plástico, que tomaba su movimiento de un engranaje cónico ¡metálico! situado en el eje de la rueda; claro que el engranaje metálico se comía al de plástico, y periódicamente el velocímetro dejaba de funcionar.

Para historia sin solución la de los faros del Land Cruiser HDJ80: el anterior propietario había modificado la instalación de iluminación para transformarla a LEDs, y además había añadido unos estupendos faros adicionales, muy útiles cuando toca hacer eso que no se debe hacer que es conducir por Africa de noche. Solo que la capacidad de iluminación del sistema, medida en candelas, quedaba por encima del máximo legal, y para pasar la ITV debía desmontar los faros adicionales y la instalación de LEDs, para volver al sistema con halógenos y a un número legal de candelas. Con el paso de los años, a base de montar y desmontar, las conexiones cogieron tal juego que no siempre llegaba tensión a unas lámparas que, por no encajar en sus soportes, deslumbraban. La conclusión, tras una ITV fallida, fue reparar el sistema y no volver a montar los LEDs.

Y sí, sigo viendo episodios sueltos de Joyas sobre ruedas y vídeos de restauraciones en You Tube, solo que siendo consciente de que esa es una realidad en un mundo paralelo, alejado del mío, que es el real, aunque sea más triste.

El atractivo, la demanda y el precio de los coches de los ’90

En el mercado de los clásicos crecen la demanda y el precio de los coches de los ’90. Hay motivos demográficos y técnicos que lo justifican.

Ya se ha comentado en anteriores entradas de este blog que la fase económica de baja inflación de años anteriores desvió inversiones de los activos tradicionales a otros tipos, como los inmobiliarios, el arte o los coches exclusivos, fueran clásicos o modernos. Si nos centramos en los coches clásicos, y los clasificamos por épocas, queda claro que el mayor incremento de las cotizaciones se centra en los coches lanzados entre mediados de los `80 y el fin del siglo, independientemente de su valor mercado, porque la demanda y la cotización crecen para todos, desde los más humildes a los que tienen precios de siete dígitos. Los especialistas del sector, sean casas de subastas, comerciantes o analistas, destacan la importancia de la demografía al explicar el fenómeno, y la relacionan también con la caída en demanda y cotización de los vehículos anteriores, tanto los llamados pre war (los del inicio del siglo XX) como los de entreguerras. El motivo es que, en muchos casos, la razón de compra del coche clásico es que el cliente quiere aprobar una asignatura pendiente desde su juventud: comprarse el coche que deseaba, y al que no llegaba, cuando era joven. La llamada Generación Silenciosa, integrada por aquellos que nacieron entre 1928 y 1945, aumentó en su día la demanda, precisamente, de los coches de la primera mitad del siglo XX, que comenzó a decaer cuando su edad les impidió disfrutar de los coches que no tuvieron de jóvenes. En el análisis de los sociólogos les siguen a la Generación Silenciosa dos grupos: los “Baby Boomers” (nacidos entre 1949 y 1964) y la generación X (entre 1965 y 1980), a los que corresponden como coches deseados los que se lanzaron en su adolescencia y juventud. Es decir, los que llegaron al mercado a partir de los `80 y hasta el 2000.

Por otro lado, el motivo técnico del esplendor de estos coches está en que son suficientemente buenos como para tener fiabilidad y ofrecer diversión, muy por encima del nivel de sus antecesores, y sin embargo su tecnología es a la vez comprensible y reparable, no como la de los coches que les sucedieron: demasiado tecnificados, con exceso de ayudas de conducción, y solo reparables por especialistas de alto nivel y alto precio. En otras palabras, que estos coches suelen arrancar a la primera, se averían poco, muchos tienen aire acondicionado y calefacción (lo que les hace utilizables todo el año), un aficionado puede hacerles el mantenimiento y las reparaciones básicas en su casa y, si algo grave sucede, no es imprescindible llevarlos a un taller caro y exquisito.

La exposición «Icons of the 90s» está abierta este verano de 2026 en Autoworld Brussels, el museo del automóvil de la capital belga.

Mientras paseaba por la exposición “Icons of the 90s” en Autoworld Brussels, el museo del automóvil de la capital belga, le puse nombre y apellidos a esos coches de los ‘90, y entendí con detalle su atractivo. A la extensa exposición permanente del museo se añade durante los meses de este verano la exposición temporal “Icons of the 90s”, y entre ellos el primer punto a destacar es la inmensa variedad de formas, algo sorprendente en el mundo monótono actual, donde se es SUV o no se existe. La foto de más arriba me dio la primera de las claves para entender el éxito de esta generación de coches, porque muestra cinco vehículos de otras tantas marcas, distintos entre sí por cliente objetivo, planteamiento técnico y especialmente forma externa. El primero es un Citroën XM, presentado en 1989, un intento francés por entrar en el mercado de las berlinas de lujo, copado por los alemanes, con algo distinto: no es una berlina, tiene tracción delantera, dos volúmenes y su perfil muestra el atrevimiento que le faltaba a los BMW y Mercedes de la época. A su derecha está un Alfa Romeo 156 Sportwagon (1997), la versión familiar de una de las mejoras obras de Walter da Silva, que buscaba el mismo cliente objetivo que el XM, solo que ofreciendo sabor italiano. El siguiente es un Audi A 2, el Audi más pequeño hasta el momento, que ofrecía una carrocería de aluminio casi con forma de monovolumen en un segmento, el de los coches medios urbanos, que hasta entonces debía, obligatoriamente, ser barato y sencillo. A su lado está una unidad de la primera generación del Toyota Prius, el primer hibrido fabricado en serie. Se lanzó en Japón en 1997, y llegó a Europa en 1999, con esas formas humildes, como pidiendo perdón por ser un coche. El último de la fila es un Saab 900, otra muestra de la visión original de la marca que deshizo General Motors, y que durante años fabricaba coches que querían ser aviones. Ninguno de los cinco es una berlina, ninguno es un SUV, y sin embargo en sus días se seguían fabricando también berlinas, SUV, coupés, cabrios y monovolumen. Una formidable variedad.

Lancia Delta Integrale, o cómo una marca generalista de los `90 creaba un mito. Esta unidad corresponde a la serie limitada «Martini 6», y es la nº 70 de las 310 fabricadas.
Hay mil ejemplos posibles para ilustrar la variedad de los coches de los `90. Por ejemplo, el Mazda MX-5 y el Volkswagen Beetle.
Honda se atrevió a infiltrarse en el territorio hasta entonces privado de las marcas italianas. En primer plano, un Ferrari Testarrosa, y detrás un Lamborghini Diablo y un Honda NSX.

El segundo punto atractivo de los coches de los `90 que descubrí paseando por Autoworld es la variedad de marcas presentes en todos los segmentos del mercado, en el sentido de que muchas invadieron territorios que les eran hasta el momento ajenos, lo que aumentaba las posibilidades de elección para los clientes. Ya se ha mencionado a Citroën con el XM y a Alfa Romeo con el 156 entrando en zonas de marcas alemanas; no se puede dejar de lado a Honda y su NSX inmiscuyéndose entre los clientes de Ferrari y Lamborghini, a Mazda y su MX-5 copiando y mejorando con mucho la receta de los “roadsters” ingleses, hasta tal punto que 41 años después del lanzamiento de su primera generación, sigue en venta. Y no solo las marcas humildes querían subir de categoría en la época; también las premium pretendían conquistar a los clientes adinerados que compraban coches más pequeños: Mercedes lanzó el 190 (código W201) en 1982, Porsche se atrevió con la primera generación del Boxster en 1996, Audi entró en el mercado de los deportivos pequeños con el TT en 1997, y Mercedes redujo aun más el tamaño de sus coches pequeños con su primer Clase A, el de 1997. Otro apartado es el de las marcas no habituales en el sector de los deportivos, que se atrevían con ello, a través de un catálogo variado en formas y tecnología: Lancia lanzó varias generaciones del Delta Integrale, un deportivo de marca generalista, derivado de sus experiencia en rallies, que se atrevía en carreteras de curvas con los superdeportivos italianos; también Audi se basaba en sus éxitos en los tramos para crear el mito del Quattro; Lotus insistía en reducir tamaño y peso para lograr lo mismo, por ejemplo con el Elise; y de nuevo Audi aspiraba a conquistar a los clientes de las berlinas de lujo, los que hasta el momento se transportaban en Mercedes Clase S y BMW Serie 7, con los Audi 100 y 200 (generación C3, de 1982 a 1990) y luego con el primer A8 de 1994, el que adoramos desde esas escenas inolvidables de la película “Ronin”.

Variedad entre los deportivos: Porsche 968 CS, Ford Puma, Alfa Romeo SZ, Nissan Skyline GT-R y Renault Clio Williams.
El BMW Z1 se recuerda por las puertas que se ocultan en la carrocería. En realidad era un estudio sobre materiales y métodos de producción, que terminó creando la división Z (de «Zukunft», futuro en alemán) en BMW.

Y el tercer factor que añade atractivo a esta generación de coches consiste en que las marcas se esforzaban en ofrecer calidad técnica y estética en todos los tamaños y precios. Entre los más pequeños hay que destacar una de las mejores obras de Giorgetto Giugiaro, el humilde Fiat Panda de primera generación (1980), cuyo objetivo básico era ofrecer un vehículo práctico y de bajo coste, y terminó siendo uno de los mejores diseños de automóviles. Otros pequeños y rompedores fueron el Renault Twingo (1993) de Patrick le Quément, el Ford Ka (1996) y su hermano deportivo, el Puma. El atrevido BMW Z1 (1989) se centraba en nuevos materiales y distintos procesos de producción en el tamaño de un pequeño roadster, aunque en lo que se fijaban casi todos era en esas puertas que bajaban y se ocultaban en la carrocería. También Fiat y Opel se unieron a la idea de lanzar deportivos asequibles, atractivos y diferentes, con el Coupé (1994) y el Calibra (1989), respectivamente. Para desafiar de nuevo la supremacía alemana en las berlinas medias, cuatro marcas se unieron en un proyecto común, y el resultado cuádruple fue el Fiat Croma, el Saab 9000, el Alfa Romeo 164 y el Lancia Thema.

Y la lista de coches “noventeros” atractivos podría seguir sigue con coches distintos, atrevidos, diferentes y variados, algo que se envidia desde la monotonía actual.

¿Somos más torpes o cada vez es más difícil entrar y salir de un coche?

Después de abrir la puerta, entrar en el coche es el primer contacto de un conductor con su vehículo, y debería ser un hecho cómodo y hasta placentero. Sin embargo, está pasando a ser una maniobra incómoda, lo mismo que salir.

Entrar y salir de un coche, especialmente para el conductor, debería ser una maniobra sencilla. De hecho, así ha sido durante décadas. Cuando nació el automóvil, cuando no era más que una carruaje o diligencia en el que se había sustituido el caballo por un motor, el acceso era sencillo sobre todo porque no había ni puertas. Con el tiempo, para generar una protección ante el polvo, la lluvia, el sol y el barro de los caminos (aun sin asfaltar y por tanto sin convertirse en carreteras), se cerraron los habitáculos y se comenzó a acceder a través de puertas. Esa carrocería recién nacida era una simple estructura de madera que no debía cumplir normativa legal alguna, por lo que sus dimensiones se basaban en las necesidades de acceso. Atendiendo a las costumbres de la época, un caballero podía entrar en un carruaje sin quitarse el sombrero y a las señoras no les planteaban problemas los complejos vestidos de entonces. Incluso décadas más tarde seguía sin haber pegas, aun cuando las carrocerías se volvieron metálicas, y se pasó de chasis separado a bastidores monocasco. El cambio llega con la presión de los criterios aerodinámicos y, especialmente, con las cada vez más numerosas y más duras normas de homologación para reducir los daños en los posibles tipos de accidentes.

Entrar en un coche consiste en pasar a través del hueco limitado por el montante A en el lado izquierdo, el techo por arriba, el montante B y el asiento por la derecha, y el estribo por abajo. Y debería ser fácil.

Para aclarar con detalle estas nuevas dificultades, vamos a analizar el acceso de un conductor a un turismo actual con volante a la izquierda. Esto quiere decir que dejo de lado los deportivos, a los que les perdonamos las dificultades de acceso porque entendemos que el asiento va colocado abajo, que el techo es bajo por aerodinámica, y que las prestaciones son más importantes que la comodidad; nos olvidamos de los todo terreno, a los que hay que trepar; y para simplificar el análisis no consideramos un vehículo con volante a la derecha ni el acceso de los pasajeros.

Entonces, el acceso de un conductor a un turismo con volante a la izquierda consiste en entrar al habitáculo a través de un rectángulo limitado por cuatro elementos: a la izquierda están el montante A y su base, que son los que soportan el lateral del parabrisas y la parte delantera del techo, y los apoyan en la parte baja del bastidor; arriba está el techo; a la derecha tenemos el asiento y el montante B, que igualmente soporta el techo; y finalmente abajo está el estribo, que cierra el suelo del coche por su lado izquierdo. No olvidemos que una vez que el conductor ha franqueado este hueco se va a encontrar con el volante y el asiento, cuyas formas y ubicación influyen igualmente en la facilidad o dificultad para terminar de acceder y finalmente sentarse.

Pasemos ahora a estudiar cómo han influido las normas de obligado cumplimiento promulgadas en los últimos años junto a otros factores, en las características de cada uno de estos cuatro elementos, empezando por el montante A. Su misión básica es, como se ha dicho, es soportar el techo y cerrar el parabrisas por el lateral. Para mejorar la aerodinámica, cada vez se inclinan más el parabrisas y con él su montante; eso hace que su parte superior esté más retrasada, lo que reduce la anchura de la parte superior del hueco de la puerta. En la maniobra de acceso al vehículo, el conductor tiene menos espacio para meter la cabeza, lo que le obliga a desplazarse hacia el lado derecho, a la vez que gira el cuello.

El montante A está cada vez más inclinado y es más grueso. Y el estribo sube y se ensancha.

El otro cambio que ha sufrido el montante A es el incremento de su espesor, forzado por dos motivos. El primero es la obligatoriedad de la prueba de vuelco, que limita la deformación autorizada del habitáculo si tiene lugar ese tipo de accidente. Una de las medidas que se han tomado para aumentar la rigidez es, obviamente, incrementar la resistencia de los apoyos del techo, dos de los cuales son los montantes A, a base de emplear aceros de mayor resistencia mecánica a la vez que se aumenta la sección del montante. Por otro lado, y para pasar con éxito la prueba de impacto lateral, se inventaron hace años los mal llamados “airbag de cortina”, que también aumentan el espesor del montante A. Este “airbag de cortina” es una bolsa de aire que se despliega de arriba hacia abajo en todo el lateral del habitáculo en caso de un impacto lateral peligroso; esta bolsa se encuentra plegada dentro de los guarnecidos en forma de C apuntando hacia abajo, desde la base del montante A hasta la base del montante C, que es el que en una berlina está detrás de las puertas traseras. Cuando este airbag de cortina se despliega lo hace hacia abajo, cayendo como el telón de un teatro al terminar la función. La traducción al español es incorrecta, ya que debería llamarse “airbag de telón”, y el error viene de que en inglés se denomina “curtain airbag”, y “curtain” se puede traducir por “cortina” y también por “telón”.

Por lo que se refiere al techo del coche y su dificultad en el acceso al interior, está también condicionada por el airbag de cortina. Al esconderse cuando está plegado en el guarnecido del techo, reduce la altura libre, lo que disminuye el espacio por el que debe pasar el conductor. Si alguien se pregunta por qué no se eleva el techo una cantidad equivalente, los del departamento de aerodinámica responderán que porque aumentaría el consumo y reduciría la autonomía.

El momento clave: meter la pierna derecha por el hueco, bajar la cabeza, doblar el cuello, adelantar la cadera, …

El lado derecho en el acceso del conductor no está condicionado por el montante B, porque lo que reduce la anchura del hueco de paso es el propio asiento, que también ha visto modificado su perfil en los últimos años. Los primeros automóviles permitían unas velocidades de paso por curva bajas, por múltiples razones: neumáticos (anchura y compuestos), suspensiones, altura del centro de gravedad, sin olvidar que las carreteras estaban sin asfaltar y su agarre era escaso, por decirlo delicadamente. Por eso no importaba que tanto las banquetas como los respaldos fueran planos, ya que no había una fuerza centrífuga que tendiera a sacar al conductor hacia el exterior de la curva, y por ello no había necesidad de que los asientos le sujetaran. Todo eso ha cambiado, y ahora los asientos deben sujetar al conductor tanto lateral como frontalmente. La sujeción lateral se consigue con los resaltes de la banqueta y del respaldo, que cada día asemejan más los asientos de los coches de calle a los bacquets de los de competición. Y esto afecta a la entrada y salida del conductor, porque los salientes del respaldo reducen la anchura de la zona de paso, y los de la banqueta reducen la altura.

Otra evolución de los asientos relacionada con la seguridad y que afecta al acceso se encuentra en la parte delantera de la banqueta, y tiene como objetivo reducir la posibilidad de lo que se llama “submarining”. Con la mejora en la eficacia de frenos y neumáticos, las deceleraciones que se consiguen en los coches de serie son cada vez mayores. Como es caso de accidente con despliegue de airbags, estos son eficaces solo si los cuerpos de los ocupantes se dirigen a ellos, parte de la función de los asientos y los cinturones de seguridad es “guiar” al cuerpo hacia los airbags. Pare ello es imprescindible que el cuerpo no se deslice por debajo del cinturón ventral, como haciendo una inmersión, porque entonces la cabeza bajaría y no se frenaría con el airbag del volante. Para evitarlo, la banqueta tiene un resalte hacia arriba, que en caso de deceleración frena la cara inferior del muslo. Estupendo de cara a al seguridad, pero de nuevo es un elemento que reduce el espacio útil de acceso en concreto obliga a pasar la pierna derecha por el hueco cada vez más pequeño que queda entre la banqueta y el volante.

Para pasar la prueba de impacto lateral, el estribo ha crecido en anchura. Y en los vehículos eléctricos, también en altura.

El cuarto y último elemento del rectángulo por el que debe pasar el conductor al entrar en el coche es la parte inferior, tradicionalmente llamada estribo, en recuerdo de los estribos de los coches de caballos. También en este elemento ha habido novedades en los últimos años, forzadas por cuestiones técnicas y que han influido negativamente en esta maniobra de acceso. La primera novedad está provocada por la prueba de impacto lateral, consistente en un impacto a 32 km/h contra un poste fijo. Para pasarla, uno de los elementos que se ha reforzado es precisamente el estribo, y por el mismo método que el montante A: aceros de mayor resistencia y aumento de la sección. En este caso, la mejor manera de aumentar la sección resistente es incrementar la anchura (lo que implica que las piernas deben recorrer un arco mayor para entrar en el coche) y la altura (lo que obliga a subir más las piernas).

La segunda novedad se limita a los coches eléctricos, y su arquitectura, cada vez más habitual, consistente en que las baterías, de forma plana, forman el suelo del coche, sobre el que se monta el resto del vehículo. En inglés se denomina, “skateboard”, porque el coche se convierte en un monopatín formado por la batería y los motores eléctricos, a los que se añade el resto del vehículo. Las baterías, claro, tienen un espesor, que es precisamente lo que añade altura al estribo y reduce la altura efectiva por la que puede pasar el conductor al entrar en el coche.

Es decir, que la conclusión es clara: no somos más torpes, si no que el acceso al interior del coche es más complicado porque los cuatro lados del rectángulo se han acercado.

¿Por qué viajamos solos en moto?

Me atrevo a hacer una pregunta para la que no tengo una respuesta clara: ¿por qué algunos viajamos solos y en moto? ¿Será porque sí, por huir del día a día, por estar solos un rato, solo por el hecho de hacer kilómetros en moto, o por todo ello junto?

Con lo bien que se viaja en coche, calentito o fresco según lugar, clima y preferencias, con música de fondo o en silencio, solo, en pareja o en grupo. Y no digamos en avión, más deprisa y más lejos, con otro “conduciendo” y otros acarreando el equipaje. Con lo bien que se viaja bien acompañado, ya sea con pareja, familia o amigos. Y, sin embargo, de vez en cuando, y ya paso a la primera persona del singular, siento la necesidad de viajar solo y en moto.

Hacerlo o no depende, claro, de la duración, del destino y del objetivo, porque no todos los viajes son iguales ni saben igual. Ir unos días a Londres o a Berlín exige avión y compañía. Un fin de semana largo en La Rioja es un viaje en pareja, con sus visitas y catas en las bodegas. Y unos días en La Toscana con amigos es un plan estupendo. Por otro lado, no me tienta irme solo en moto a Londres o a La Toscana, del mismo modo que no le veo sentido a recorrer Marruecos en solitario en un coche.

Sin embargo, rodar por Marruecos en particular y por el norte de Africa en general en moto, solo, sigue siendo para mí un placer, una aventura abarcable. A pesar de los riesgos y de las dificultades. El viaje se vuelve más intenso, porque no sigo las peripecias de otros en un libro o en un reportaje de La 2, lo experimento en primera persona, sin filtros y con los cinco sentidos.

Para definir mi estado cuando viajo solo en moto utilizo la palabra alerta. No estoy tenso, ni nervioso, ni preocupado. Simplemente alerta, porque no me puedo equivocar y, si me equivoco, debo encontrar pronto una solución. No puedo ni debo perder el móvil ni dejarle sin batería, porque no hay un compañero de viaje que me vaya a prestar el suyo. No puedo ni debo quedarme sin combustible en la moto, porque no hay otro vehículo en el grupo. No puedo ni debo perder el pasaporte o la tarjeta de crédito, no puedo quedarme sin efectivo. No hay reparto de funciones como en un viaje acompañado, en el que uno hace las fotos, otro se encarga de reservar los hoteles, el que habla idiomas negocia con los locales, … No puedo tener un accidente tonto por descuido, como resbalarme al salir de la ducha, o que se me caiga la moto encima al poner la pata de cabra, y por eso estoy alerta, atento a los detalles y poner la pata de cabra requiere de toda mi atención: presiono el botón de paro del motor y confirmo que ya no se oye y que el cuentavueltas está a cero; reafirmo el pie derecho en el suelo, no sea que me resbale, y muevo el izquierdo hasta notarlo claramente apoyado en el resalte de la pata de cabra, y además miro a la izquierda y hacia abajo y veo el pie en el lugar correcto; estiro la pata de cabra y confirmo que ha llegado a su extremo, y apoyo en ese momento también el pie izquierdo en el suelo; solo entonces dejo moverse la moto hacia la izquierda hasta que se apoya. Lo hago todo yo, y eso convierte el viaje en una experiencia de alta intensidad. Por eso se disfruta más.

Como ya he pasado bastante tiempo delante de dos pantallas, con música o con conversaciones de fondo, atento al resto de los asistentes a la reunión o a quienes estoy impartiendo formación, en un viaje solo en moto concentro la atención en lo que de verdad me importa. Solo el cuadro de mandos de la moto, sin pantallas adicionales, nada de música en unos altavoces insertados en el casco, menos aun una conexión al teléfono móvil. Estamos solos la moto, la carretera y yo, y si tengo una duda paro y pregunto a quien encuentre. Y si no tenemos un idioma común, sonrío, gesticulo, y de algún modo aparecerá la solución.

Carretera estrecha, con asfalto mordido, niebla y una señal de tráfico que avisa de veinte kilómetros de curvas. ¿Qué más se puede pedir?
La moto aun limpia, cargada de equipaje y estibada en la bodega de un barco. Empieza la aventura.
Poco equipaje y muchas curvas, la combinación ideal. La foto está tomada en algún lugar de El Rif.

No olvidemos que al viajero solitario, y más si va en moto, se le percibe como vulnerable, no como invasivo y menos aun como peligroso. Un grupo de personas que se baja de un autocar e invade un bar es eso, una invasión. Quien para la moto en un área de servicio, con la cara cansada, tiene aspecto de necesitar soluciones humanas: ir al baño, comer algo, beber agua. En los pueblos pequeños de Marruecos y Argelia a los que llegamos mi BMW K-75 S y yo a finales de los ‘80, nos recibieron como a un marciano recién bajado de su nave espacial, y con amabilidad. Siempre encontré bebida, comida, un sitio en el que dormir y una sonrisa. Un año más tarde viví una experiencia similar, solo que esta vez más al sur y como espectador: bajaba en grupo a bordo de Yamahas XT600 con un par de Nissan Patrol de apoyo por la Transahariana camino de Tamanrasset, y paramos en un poblado para estirar las piernas y beber agua. Nos recibieron amablemente, sí, pero la atención de los lugareños no estaba en el grupo que acababa de llegar, si no en un austriaco y su preciosa XT500 de las primeras, con depósito metálico negro y plata, que tenía como objetivo llegar a Suráfrica. El solo.

También hay una cierta solidaridad, natural o creada, entre quienes viajan solos. Hace unas semanas comí en un pequeño restaurante en la parte vieja de Esauira, con una enorme pantalla de televisión al fondo en la que se veían vídeos de Charles Aznavour y de Dalida. El propietario, mezclando idiomas, decía mientras me atendía: “Son mis favoritos, ¿le gustan?”. Y en el momento en que terminaba la frase y se dirigía a la cocina a recoger un plato, uno de sus hijos agarraba el mando a distancia y cambiaba el canal para poner música tradicional árabe. Y cuando este hijo atendía a un cliente, el otro hijo se hacía con el mando y sintonizaba un canal de “Arab Trad House”, que emitía la misma música que el anterior, solo que con ritmo “house”. Hasta que volvía el padre y retornaban Aznavour y Dalida. Mientras tanto, había llegado otra viajera sola, y el dueño se puso a charlar también con ella. Como le dijo ser española nos presentó y, antes de que pudiéramos cruzar palabra, nos soltó: “Mi grupo español favorito es Chambao”, y con el mando de nuevo en la mano hizo desaparecer a Aznavour y a Dalida, a la música árabe tradicional y a su versión “house”, y empezó a cantar La Mari. La española viajaba sola y se llamaba Giannina, por eso de tener abuelo italiano.

 

Una moto, una carretera y un desierto. Estábamos en algún lugar de Argelia.

Unos días más tarde, cruzaba el Atlas por Tizi’n’Test. El terremoto de 2023 había arrasado la zona, y aún hay habitantes de los pueblos afectados que viven en contenedores de obra agrupados en pequeños núcleos. Lo que quedaba de la carretera vamos a decir que no era lo más apropiado para recorrer en una moto cargada, con neumáticos de carretera, en una tarde de calor: en los tramos de tierra me limitaba a ir despacio y con tacto de gas, en las zonas de grava gruesa y profunda digamos que me preocupaba. Después de varias horas así, me topé con un amplio mirador en la salida de una curva larga a la izquierda, y vi tres motos de matrícula marroquí aparcadas. Había otras tantas personas tomando café bajo un techado de madera, y gracias a que por el mal estado de la carretera iba despacio, me dio la impresión de que no eran marroquíes, de modo que decidí parar a tomar café con ellos. Claro, viajando solo no hay que preguntar a nadie si le apetece parar, o si tiene prisa por llegar al hotel. Para mi sorpresa, los tres motoristas eran estadounidenses que habían llegado a Casablanca en avión, y alquilado tres pequeñas motos chinas con las que descubrir Marruecos. Dan, el rubio grandote, vivía en Washington D.C., Steve en San Diego, y el de aspecto oriental era un cirujano afincado en Tennessee que a finales de año se muda a San Francisco. Charlamos con calma sobre viajes, motos y nuestros países, intercambiamos informaciones sobre la ruta y los alojamientos, nos deseamos suerte y retomamos por separado el recorrido.

La ubicación de ese arcén pedregoso es lo de menos. Lo importante es que llegamos.
Cosas que pasan viajando solo: paseo por la callejas de la Ciudad Portuguesa de El Jadida, me encuentro con la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que luego fue consulado británico y ahora es teatro, donde se representa la función de fin de curso de un colegio local.

En los viajes en moto, como en tantos órdenes de la vida, hay jerarquías. Para los amigos de los estadounidenses que se han quedado en casa, estos tres chicos serán unos aventureros atrevidos. Y de verdad lo son, porque recorrer un país desconocido, cuyo idioma se ignora, con motos de alquiler requiere de valentía. Quizá ellos pensaban algo parecido de mí, porque yo estaba haciendo algo similar, aunque solo, lo que añade desafío. Esa misma noche me topé con un nivel superior al mío en el modestísimo alojamiento que encontré en Ahachi, con el nombre de Gite Berber Home. No voy a decir que era un alojamiento “básico”, porque para algunas personas lo básico de un alojamiento es que tenga spa y restaurante con estrella Michelin, y para otros no salir con una enfermedad. Pero el Gite Berber Home era el único sitio en el que dormir en muchas horas a la redonda, y cuando llegué a Ahachi mi cuerpo no daba para más. Al guardar mi moto donde me indicaron, me encontré con una Husqvarna medio desmontada, y un rato después me encontré con Stephan, su dueño. Después de viajar en coche con su novia por Georgia y Uzbekistán, había regresado a su casa de Stuttgart, y a bordo de la Husqvarna había llegado hasta Gambia. Es decir, había cruzado Francia, el Mediterráneo en barco, Marruecos, Sahara, Mauritania y Senegal. Ya de regreso por Marruecos se le había averiado el estátor, y con lo que le quedaba de batería llegó hasta el modesto alojamiento en el que coincidimos, donde tiraba de la poca cobertura de Internet que había para organizar que le llegara el repuesto necesario. “Es fácil encontrar las piezas en Europa, porque es una avería habitual del modelo, que además es una KTM con otro color. Lo difícil es que el del reparto llegue hasta aquí”. Y entonces Stephan miraba alrededor, a los millones de cumbres del Atlas que nos rodeaban, daba otro trago al té a la menta, y añadía: “Llevo quince días esperando”.

Si se acaba la carretera porque está el mar, se sube a un buque y se continúa el viaje al otro lado. Frente a esta playa de Melilla, a una noche de navegación, está Málaga.
Muchas curvas, muchos cerros y mucho calor. Solo que tras la curva de segunda a la izquierda, se acelera, se pone tercera para rodear el último cerro y allá abajo están Sidi Ifni y el Atlántico.

Viajar solo en moto es igualmente sinónimo de controlar el tiempo, de que no haya presión en el entorno. Temiendo dificultades en la aduana que comunica Nador con Melila, mi moto y yo recorrimos a primera hora la carretera de la costa desde Alhucemas hasta la frontera, para llegar con tiempo. Teníamos billetes para el barco que zarpaba con rumbo a Málaga a medianoche, pero no quería que la burocracia africana nos dejara en el muelle. En contra de lo esperado, la salida de Marruecos y la entrada en España fueron tan rápidas, que a mediodía estábamos en Melilla, así que de repente tenía unas horas libres. En un viaje en grupo habría arrancado en ese momento el debate sobre qué hacemos; en un viaje en solitario dejé pasar las horas disfrutando: primero, me enfrenté en la playa a un plato de pescadito frito junto a una Cruzcampo, para sentirme en casa. Luego vagué por parte del recorrido de la Carrera Africana de La Legión, el ultramaratón de bicis de montaña en el que participé en 2016, y finalmente tomé un café en la Ciudad Vieja, junto a la salida y meta de la carrera, con mi BMW aparcada al lado. Cargada con el equipaje, sucia de muchos kilómetros africanos, parecía recordarme que estaba dispuesta a seguir rodando, aunque esa noche iba a dormir tranquila en la bodega del barco.

Viajar solo en moto es dejar que las neuronas queden sueltas, que se dediquen más a pensar en lo que ya sé que a recopilar información, esa avalancha que nos apisona a día de hoy sin que tengamos tiempo para digerirla. Llevaba varias horas encima de la moto, sabiendo que esa mañana me iba a pegar una buena sentada. Aunque desde Esauira hasta más allá de Tiznit habíamos rodado con soltura por la autopista de peaje, luego vinieron varias horas de carreteras secundarias entre cerros, lo que obligaba a estar más que atento a curvas que se cierran, ganado suelto, asfalto descarnado y cruces de poblaciones. Mi cerebro estaba repartido entre dar vueltas a sus cosas sin interferencias exteriores, y analizar el recorrido. Hacía ya un rato que había entrado en la fase de “me empiezo a cansar”, y “esto no se acaba nunca”, pero recordaba la visión de la etapa del día que me había dado Google Maps la noche anterior: una sucesión casi infinita de cerros y sus curvas, que debían terminar bruscamente, porque en un momento dado habría un último cerro y una última curva, a cuyos pies estarían Sidi Ifni y el Atlántico. Me había llevado un susto gordo a media mañana, cuando una curva ciega que se cerraba incluía un agujero en el asfalto en plena trazada. Entre el control de estabilidad y mi instinto se salvó la situación, pero la preocupación del “no te puedes caer en un sitio como este” se añadió a la lista de asuntos pendientes que atendía mi cabeza. Y le daba vueltas al si de verdad era necesario bajar hasta Sidi Ifni por aquella carretera retorcida o habría sido mejor quedarse en un hotel cómodo y con buen aire acondicionado de Marrakech. O no salir de casa.

Y ahí seguía, entre segunda y cuarta, con mil ojos y a la vez disfrutando de la conducción, mientras miraba de vez en cuando más allá para ver cuántos cerros me quedaban. Era casi la hora de la comida, lo recuerdo porque mi estómago empezaba a quejarse, cuando lo vi, de modo que paré e hice la foto que reproduzco más arriba: el último cerro, tras esa curva a la izquierda, allí abajo, estaba el objetivo del día.

Cruce de carreteras a la salida de Timimoun, en Argelia. Iniciando el viaje de regreso a casa: esa noche embarcábamos en Orán con rumbo a Alicante.

Y comí en un sitio diferente para mí, habitual para los locales. Porque uno de los momentos clave de los viajes en solitario es aquel en el que te das cuenta de que el raro eres tú. Los humanos tendemos a relacionarnos con personas parecidas a nosotros, a repetir las visitas a los lugares que nos gustan, aquellos en los que nos sentimos cómodos. Y eso limita la perspectiva, nos impide comparar porque no vemos lo que es diferente. De ahí que estar solo fuera de nuestro entorno genere esa sensación. Lo aprendí hace ya tiempo, una mañana de 1989, a la salida de Timimoun (Argelia), exactamente en la gasolinera del cruce de carreteras que lleva con rumbo norte hasta el Mediterráneo, y con rumbo sur hacia Malí y Níger. Esa tarde mi moto y yo debíamos embarcar en Orán con rumbo a Alicante, y paré en el surtidor del cruce para llenar el depósito por primera vez en el día. Salía el sol cuando subí la moto al caballete y el empleado de la gasolinera salió de su cabina. Solo que sin mirarme y con una pequeña alfombra bajo el brazo. Rodeó la cabina, extendió la alfombra en el suelo y se arrodilló para orar. Evidentemente yo era el único, en cientos de kilómetros a la redonda, que no oraba en dirección a La Meca. A los ojos del entorno era un raro. Asumiendo mi condición y el tiempo de espera, arranqué la moto, le llevé hasta la señal de tráfico que había enfrente, cerca de los camiones de Sonatrac, e hice la foto de más arriba. Cuando el empleado de la gasolinera concluyó sus oraciones, ya estábamos junto al surtidor, dispuestos a llenar el depósito y emprender rumbo a Orán, sin olvidar que éramos unos raros.

Hotel, dulce hotel (africano)

Por definición, cuando se sale de viaje se ha de dormir en algún sitio. Los viajes por Africa ofrecen una variedad de alojamientos inmensa, desde el saco de dormir tirado en el suelo de un palmeral a hoteles históricos, sean despampanantes o decepcionantes.

Europa está pasando de ser destino turístico a convertirse en parque temático, y eso hace que en gran parte de los alojamientos desaparezca el factor sorpresa, favorable o desfavorable. Todos los establecimientos deben cumplir una larga lista de normas que eleva sus estándares y también los igualan, y como aparecen en webs y redes, antes de dormir en ellos podemos haber visto su interior y hasta sus alrededores.

Fachada principal del Hotel Villa de France, en Tánger.

Africa, afortunadamente, todavía no es así. Aunque es cierto que tiene zonas turísticas, hoteles de cadenas occidentales, y hasta algunos de sus alojamientos se publicitan en las plataformas habituales, hay espacio para la sorpresa. Cuando llegué ilusionado al Hilton de El Cairo comprobé que en algún momento debió haber sido un buen hotel. Pero ese momento había pasado hacía mucho, y en España le superarían muchos tres estrellas.

También me sorprendí en Johannesburgo, porque no era capaz de bajar las persianas de la habitación. El hotel era un rascacielos en el centro de la ciudad y, una vez que anocheció, la vista desde la habitación era preciosa. Solo que cuando llegó la hora de irse a dormir no veía el modo de bajar aquella colección de persianas, hasta que descubrí una enorme botonera en la cabecera de la cama, que accionaba la colección de motores que bajaba y subía las persianas.

Sí, es un Rolls Royce con matrícula marroquí en la puerta del Hotel El Minzah, de Tánger.

Por lo general no recurro a estos hoteles de corte occidental cuando viajo por Africa, porque dejo de sentir que estoy allí, ya que me colocan en una burbuja europea insertada en otro continente. Prefiero los que tienen sabor local, y a ser posible una historia detrás. En este estilo, dos de mis favoritos están en Tánger y parecen más escenarios para rodar una ficción que hoteles reales. Al Hotel Villa de France le envuelven sus leyendas y los muchos huéspedes famosos que ha albergado. Se ubica junto al Gran Zoco, en el cruce de las avenidas de Inglaterra y de Holanda, en un altozano con una vista estupenda. Sin embargo, tantas reformas parciales a lo largo de décadas de historia han provocado mezclas curiosas en la decoración. La sala de desayunos, por poner un ejemplo, presume de preciosos muebles de antes de la guerra en una estancia de decoración setentera, en la que destacan dos enormes máquinas de Nescafé para “amantes del café de especialidad”, que es una moda propia de bien entrado el siglo XXI. Eso sí, mi moto durmió fresquita en el garaje de la planta baja, con suelo de Sintasol y hasta cargador para vehículos eléctricos.

Mi otro favorito en Tánger es El Minzah, que luce una leyenda aun más intensa. Se dice que el director artístico de la película “Casablanca” se inspiró en su bar del sótano, el Caid’s Bar, para diseñar el de Rick Blaine. Y que para evitar conflictos cuando Tánger estaba poblado por agentes de todos los bandos durante la Segunda Guerra Mundial, la dirección asignaba las habitaciones del ala izquierda a los aliadófilos, y las del ala derecha a los más cercanos a las potencias del Eje. Por respeto a las leyendas, cada vez que me alojo en El Minzah me tomo una cerveza marca “Casablanca”, habitual en Marruecos, precisamente en el Caid’s Bar. Y me ha tocado dormir en las dos alas del edificio.

En mi lista de hoteles africanos con sabor histórico no puede faltar el que ahora se llama El Djazaïr, en Argel. Un internado femenino, ubicado en una colina que domina la ciudad, se transformó en hotel en 1840. Y se bautizó como Hôtel Saint-George para atraer clientes europeos, especialmente británicos. Poco más de un siglo después el edificio cambió de manos y de función: el 10 de Noviembre de 1942 fue requisado por las tropas estadounidenses y el General Dwight D. Eisenhower lo convirtió en cuartel general de las fuerzas aliadas. Durante su estancia ocupó la habitación 141.

Tras la Segunda Guerra Mundial se reconstruyó, y tras la guerra de independencia argelina llegaron dudas y reformas hasta que se reabrió en Agosto de 1982 con otro nombre: El Djazaïr. En árabe significa “las islas”, y hace referencia a las que había en la bahía de Argel, que dieron nombre a la ciudad y al país. El mismo origen tiene el nombre de la cadena de televisión “Al Jazeera”, que pretende ser una isla en el mundo de la información. Y la ciudad española de Algeciras toma su nombre de las que había en su bahía, hoy desaparecidas.

El Hotel El Djazaïr sí conserva su sabor antiguo. No es que se tenga la sensación de que van a parecer Churchill o Eisenhower a la hora del desayuno, o que por error uno se va a meter en una sala presidida por un mapa del norte de Africa, pinchado con alfileres de colores que marcan las posiciones de los aliados y del Afrika Korps. Pero se percibe el peso de la historia. Aunque la zona de la piscina parece tomada por millonarios del Golfo Pérsico, el bar del jardín lo habita la gente bien de Argel, hoy más abundantes entre ellos los locales que los europeos. Y en el patio arbolado que hay en la entrada del Bulevar de los Mártires, mi moto durmió fresquita.

«Riad» en árabe significa jardín. En arquitectura, son edificios de exterior cerrado con patio interior.
Algunos de ellos han pasado de ser viviendas de adinerados a pequeños hoteles, algunos tan lujosos como el de la foto de apertura.

Con todo, mi alojamiento favorito en El Maghreb es un riad o, para ser más preciso, uno convertido en hotel. En árabe, “riad” significa jardín, y en este caso la palabra define un edificio de varias plantas construido alrededor de un patio ajardinado, y destinado a vivienda familiar. Recuerda, claro, a las casas patio andaluzas, porque muestra un exterior cerrado con escasas ventanas para defenderse del calor, y un patio interior con fuentes que rebajan la temperatura por medio de agua y vegetación. Algunos de ellos se han reconvertido en pequeños hoteles, muchos de gestión si no familiar al menos personal, y se encuentran, claro, en lo más céntrico de las ciudades. He disfrutado de ellos en Tánger, Esauira, El Jadida y varios lugares más, y siempre guardo el recuerdo de los desayunos en la azotea: café intenso, zumo de naranja recién exprimido, la influencia francesa visible en la bollería con mantequilla y mermelada, y a mi alrededor azoteas plagadas de antenas parabólicas y ropa tendida. Justo debajo, ese patio lleno de flores y de colores, una fuente y el silencio tan distinto del bullicio que agobia al otro lado de la puerta. Algunos mantienen los lujos de su pasado, cuando eran residencia de alguien adinerado, y ofrecen salas de lectura, comedores en penumbra y hasta bibliotecas.

Hotel El Gourara, en Timimoun, suroeste de Argelia. Mi moto es una de las que están aparcadas en la puerta.
El precioso Ksar Tafnidilt, en las cercanías de Tan Tan (Marruecos).

Junto a los riads, me encantan los hoteles modestos abiertos con energía africana, que se van degradando por esa falta de mantenimiento igualmente africana. Suelen tener accesos ostentosos, les rodean jardines enormes, y en el centro hay un edificio pretencioso con una recepción exageradamente grande. Eso, el día de la inauguración. Cuando uno llega a alojarse en ellos, el cartel de la entrada está medio caído, la acción de la naturaleza se ha llevado el jardín por delante, y la recepción es un lugar triste y oscuro, tras cuyo mostrador un empleado ve pasar más el tiempo que a los huéspedes. A veces el ambiente del hotel compensa con creces todas esas carencias, por ejemplo, en el Hotel El Gourara, de Timimoun (Argelia), al que llegué una tarde de 1990. Este Hotel El Gourara era una joya colonial francesa, que no solo tenía piscina, es que además ésta tenía como medio metro de agua, por lo que los clientes nos bañábamos a trozos y por turnos. El ambiente era formidable: unos subían desde Malí o Níger, bien por Gao y Reganne, bien por Agadez y Tamanrasset. Otros bajaban hacia allá. Y todos hablábamos sobre motos, coches y el desierto, mientras engañábamos a la sed bebiendo de unos enormes botes de hojalata de un litro de capacidad, llenos de riquísimo zumo de naranja. Eran otros tiempos, porque por entonces el único peligro de la zona era el desierto; ahora son los hombres y sus fanatismos. El único triste en el hotel era un italiano con el árbol de levas de su Yamaha XT600 redondeado: “Per la Madonna del Campiglio! Aquí no hay piezas, y el concesionario Yamaha más cercano es el de Alicante”.

Otro ejemplo sorprendente de este tipo de alojamientos lo encontré en el “Centre de Pêche” de Nuadibú, en Mauritania, en el que disfruté una vez más de las adorables contradicciones africanas. En la sala de este restaurante ubicado entre un desierto y un océano, las mesas estaban servidas por dos camareros mauríes, descendientes de los originarios habitantes de la zona que dieron nombre al país. Eran altos, graves, elegantes en sus movimientos y severos en su gesto, y de no ser por el color de la piel y de que hablaban en francés, estarían en su salsa en cualquier restaurante londinense de lujo. El uniforme era un impecable chaqué blanco, y los modales, la seriedad y el ceremonial, directamente trasladados del París de hace setenta años, de la metrópoli que les educó para servir a los colonialistas.

El menú de la cena estaba más cerca de la gula que de la necesidad de alimentación: para empezar, unos deliciosos filetes de un pescado no identificado marinado en salsa de limón; más tarde, gambas rebozadas, para terminar con un pez local a la brasa con patatas fritas y salsa a base de cebolla picada. Tras esto, flan, y las tres tazas de té, y una larga tertulia sobre saharauis, viajes por el desierto, campos minados, tormentas de arena, camioneros marroquíes borrachos y aduaneros mauritanos corruptos.

No quiero olvidarme de otro tipo de ambiente, el que se vivía en el Heron Court Hotel, de Nairobi (Kenya). Se ubica en un parque cerca del centro de la ciudad, y su restaurante, tres peldaños más alto que su bar, permitía ver maniobrar a los parroquianos a la hora de la cena. Estos eran, en su totalidad, blancos de mediana edad desparejados, que se acodaban en la barra acompañados solo de una pinta de cerveza. A su alrededor pululaban algunas kenianas jóvenes, atractivas y bien vestidas, aunque con cierto atrevimiento que, tras una breve conversación, a mitad de camino entre el cortejo y la negociación, subían con el hombre blanco a su habitación.

Acceso al Hotel Volubilis Inn, frente a las ruinas romanas de Volubilis.
Hotel y restaurante La Suerte Loca, un local recomendable de Sidi Ifni.

En mi lista de hoteles destartalados destaca el Volubilis Inn, estupendamente localizado frente a las ruinas romanas de Volubilis, en Marruecos. La entrada es pretenciosa, el acceso parece llevar a una mansión, el aparcamiento tiene capacidad de centro comercial, las habitaciones y los servicios a los clientes reparten entre dos inmensos edificios, y por supuesto hay piscina. Solo que la lista de peros es más larga que la de ventajas: no hay una sombra en las instalaciones ni para humanos ni para vehículos, muchas puertas no encajan, la cobertura de la wifi solo llega a la zona de recepción, se paga en efectivo y por adelantado, el supuesto DJ que dice amenizar la cena te deja la cabeza como un bombo, y aun no tengo claro dónde se lo pasaría mejor un aficionado a la entomología, si con los bichos que nadaban conmigo en la piscina, o estudiando a la araña que se había quedado a vivir en la mesilla de mi habitación a la que daba las buenas noches antes de apagar la luz.

Remato la lista de hoteles africanos con más sabor que calidad con “La Suerte Loca”, de Sidi Ifni, que destaca no solo por su nombre. De acuerdo que está dejado y antiguo, pero parece un resto español en una ciudad cada vez más marroquí, aunque al pasear por las calles uno se encuentra con el edificio del Cine Avenida, con arquitectura en uso claramente española de los ’50 del siglo pasado, y hasta carteles con nombres que nos llevan a otra época: “Calle del Suboficial Zabala”, o “Calle del Batallón de Ingenieros de Tetuán”. Como corresponde, al hotel le rodea la leyenda hasta en su nombre. Unos dicen que cuando unos españoles, la familia Gran, llegó a Sidi Ifni a buscarse la vida, el padre, un legionario al que le había tocado varias veces la lotería, dijo “Hemos tenido una suerte loca” cuando abrió inicialmente el restaurante. Otros niegan la versión, y dicen que el negocio se adjudicó en concurso público, y que el cabeza de la familia ganadora lo interpretó como una fabulosa oportunidad, y proclamó también lo de “Hemos tenido una suerte loca”. Sea como fuere, una familia española lo regentó como hotel y restaurante para los compatriotas que recalaban por allí y, cuando la ciudad pasó a manos marroquíes, se lo vendió a la familia local que, ya bien entrado el siglo XXI, aun lo regenta. Los mismos que, hace unas semanas, me sirvieron un desayuno excelente antes de subirme en mi BMW rumbo a Tizi’n’Test.

Y como toda norma tiene su excepción, y no todos los hoteles africanos están dejados, no debo dejar de lado el maravilloso Ksar Tafnidilt, en las cercanías de Tan Tan (Marruecos), y como a media hora de Land Cruiser de la carretera más cercana. Amplio, limpio, bien conservado, con un estupendo restaurante y unas vistas maravillosas de esa nada tan intensa que llamamos desierto del Sahara.

Un par de Land Cruisers, dos tiendas de suelo y una de techo, y un grupo de amigos: genuina acampada africana.
Junto a los restos del cuartel de la Legión Extranjera francesa había un pozo con agua: el lugar ideal para una acampada en el sur de Argelia.

 

Claro que, a la hora de dormir en Africa, una de las mejores posibilidades es hacerlo en medio de la Naturaleza, sea oasis, selva o sabana. Afortunadamente las he probado todas, y cada una tiene sus ventajas. Un campamento bien montado en medio de la sabana de Kenya es formidable, dando por hecho que no es uno quien lo monta y desmonta, cocina, limpia y vigila. Estos campamentos, utilizados para los safaris fotográficos de los occidentales, ofrecen todo lo necesario para disfrutar de la zona sin perder la sensación de realidad: las tiendas de campaña permiten estar de pie en su interior y los catres son suficientemente cómodos. Aunque las duchas a veces tienen un aspecto disuasorio, la herencia inglesa lo compensa: té o café, a elegir, para el desayuno, fuego de campamento, y vigilantes masai con un máuser viejo por si los animales se acercan demasiado.

Los campamentos del Dakar africano, que disfruté en sus dos últimos años, eran lo opuesto en lo referido a tranquilidad. Más bien habría que definirlos como una mezcla entre ciudad dormitorio y polígono industrial de vida efímera. Las tiendas de campañas quedan salpicadas entre los camiones convertidos en taller móvil y los vehículos que cada noche se reconstruyen. Y la vida giraba en torno a la enorme tienda que montaba la organización y servía como comedor, sala de reuniones y cuarto de estar. Si uno tenía la suerte de llegar pronto al campamento, lo percibía como una ciudad recién construida que se empezaba a habitar. Si uno lo dejaba tarde a la mañana siguiente, lo percibía como una ciudad en plena evacuación.

El recuerdo más intenso de acampada dakariana me lleva a una noche de 2006, y no precisamente en el campamento de la organización: la etapa del día terminaba en el aeropuerto de Tan Tan (Marruecos), la del día siguiente afrontaba la primera tanda de dunas de la carrera, y nuestro objetivo era llegar a ellas antes que las primeras motos. La única manera de hacerlo era dormir cerca de esas dunas, para tener unas horas de ventaja sobre las motos, que siempre salen antes que los coches y los camiones. Pero entre Tan Tan y las dunas está el muro rodeado de campos de minas que Marruecos construyó durante la guerra contra el Polisario, y además esa etapa concluía ya en territorio mauritano. De modo que condujimos ya anocheciendo hasta el mismo muro, y nos encontramos con los policías de aduanas marroquíes dispuestos a facilitar la burocracia fronteriza africana: de noche, sobre mesas de camping, alumbrados solo con pequeñas linternas de pilas, y con los Kalashnikov mezclados con las linternas y los pasaportes, pusieron los sellos necesarios y nos fuimos a dormir. Uno de esos momentos en que a uno le sabe mal que no le dejen hacer fotos. El despertador sonó muchos antes de que apareciera el sol, y cruzamos el campo de minas, flanqueado por antorchas, después de recibir avisos serios de verdad: no podíamos pararnos, no podíamos salir de la pista marcada con antorchas y piedras, … y nos recordaban lo que le pasó a un camionero el año anterior, que decidió parar un momento a hacer en un lateral de la pista lo que no había hecho en el campamento antes de salir, oculto tras unos matojos. Pisó una mina oculta y no salió de allí.

Un sabor más cercano, más privado, lo tienen los campamentos montados en los viajes con amigos: dos o tres coches, alguna moto y unas pocas tiendas de campaña. Aquí el atractivo se encuentra no solo en la compañía, también en la complicidad para organizar una buena cena en medio del desierto: de repente aparecen, de los maleteros de los Land Cruiser, vino español del bueno, whisky de reserva y otras exquisiteces que alargan las veladas bajo las estrellas. Y vale la versión de tienda de campaña, con o sin tormenta de arena, y la más pura: simplemente estirar en el suelo, entre las palmeras de un oasis, el saco de dormir, y mirar a las muchas estrellas antes de cerrar los ojos.

Si este listado de posibles alojamientos africanos no parece suficientemente variado, aun quedarían por mencionar los pequeños barcos fluviales que recorren el Nilo, con camarotes cómodos y frescos, o los trenes nocturnos, algunos hasta con camas. Africa no se repite nunca.

El Luce no es un Ferrari, aunque necesita serlo

Ferrari presentó a finales de Mayo pasado el modelo Luce, su primer vehículo eléctrico, que es también su primer coche de cinco plazas. El diseño del Luce ha generado numerosos comentarios, la mayoría negativos, algunos hasta crueles. Sin embargo, su importancia no reside en cómo es, si no en por qué es así.

Ferrari es mucho más que una marca de coches, bastante más que un fabricante de bienes de consumo. Su importancia como marca es tal que cualquier objeto con su logotipo multiplica su valor. Y desde la época de su fundador, Enzo Ferrari, han sabido gestionar ese valor añadido a base de un manejo efectivo y discreto del valor de la marca. Por ejemplo, mantener de modo permanente una lista de espera, fabricando por debajo de la demanda, para generar la sensación de deseo, de inalcanzable. O lanzar series limitadas y hacerlas disponibles solo para determinados clientes, los más fieles.

Por el lado de las características del producto, un Ferrari siempre ha sido un vehículo de aire deportivo, en el que el motor, por arquitectura y sonido, ha tenido una importancia elevada. Y su carrocería ha vestido de modo discreto y efectivo esa leyenda de motores potentes y con carácter. Enzo Ferrari le daba tanta prioridad a los motores sobre la carrocería que desde la fundación de la marca todo lo relativo a los motores era un trabajo interno (diseño, pruebas, fundición, montaje, …) y el diseño se subcontrató, hasta que a principios del siglo XXI se fundó el Centro Stile Ferrari. Hasta ese momento, los trabajos de diseño se realizaban fuera, eso sí, por los mejores: algún proyecto cayó en manos de Bertone, la mayoría eran de Pininfarina.

Esta definición tan precisa del producto ha conducido a una definición igualmente cerrada del comprador por edad, nivel económico, sexo, y gustos. Y es justo esta definición concreta la que supone una pega de cara al paso que quería dar Ferrari al lanzar su primer vehículo eléctrico, porque la mayoría de sus clientes tradicionales no quieren un eléctrico, o al menos un Ferrari eléctrico. Y si Ferrari quería, aunque con retraso, unirse a la tendencia de la electrificación, debía olvidarse de sus clientes tradicionales. Esto obligó a que la definición del modelo le condujera a otro tipo de cliente, a alguien de nivel económico elevado que sí quería un eléctrico y que a la vez nunca se compraría un Ferrari con motor térmico. O, en otras palabras, localizó un nicho de mercado dispuesto a pagar el precio de un Ferrari por un vehículo que no lo era pero lo debía parecer.

Hablamos de que el pliego de condiciones de lo que sería el Ferrari Luce consistía en diseñar y fabricar un vehículo eléctrico de prestaciones elevadas, que debería ser adquirido por personas más jóvenes que su cliente tradicional. Este grupo demográfico utiliza sus coches en familia o para desplazamientos con amigos, lo que obligaba a que el vehículo dispusiera de cuatro puertas, cinco plazas y un maletero más generoso de lo que hasta el momento era habitual en la marca. De hecho, en Maranello se prevé que el 80% de los clientes del Luce nunca hayan tenido un Ferrari, lo que es una manera rotunda de cuantificar el razonamiento anterior.

La primera generación del Porsche Cayenne fue un buen ejemplo de fabricantes de automóviles lanzando un producto ajeno a su tradición: triunfó.
Y el Lotus Eletre es un mal ejemplo de lo mismo: es un coche excelente, no es un Lotus.

Por supuesto que no es la primera vez que un fabricante de automóviles lanza un modelo que no sigue la tradición de la marca, y hay un par de ejemplos al respecto que vale la pena estudiar. El primero es la generación inicial del Porsche Cayenne, la que estuvo a la venta entre 2002 y 2010. En aquel momento, las finanzas de Porsche se basaban en los modelos deportivos, fundamentalmente el 911, y flaqueaban porque el mundo del automóvil se desviaba hacia los SUV. Porsche se atrevió a fabricar uno y triunfó: el Cayenne de primera generación no era precisamente el coche más atractivo del momento, pero parecía un Porsche y seguía la moda. Además, un 911 casi nunca es el único coche de una persona o familia, lo que obliga a comprar y mantener otro, mientras que un Cayenne sí puede ser ese único coche, lo que permitió a muchas personas que soñaban con un 911 comprarse su primer Porsche, aunque fuera un Cayenne.

El segundo ejemplo, este malo, es el Lotus Eletre. El problema para Lotus era similar, por lo difícil de vivir solo de vender deportivos caros. En su caso optaron por lanzar una berlina eléctrica y, aunque el Eletre es un coche excelente, su principal problema es que no parece un Lotus. De ahí sus escasas ventas.

Planteada entonces la definición del producto en Ferrari, se dio un paso algo atrevido, que consistió en confiar su diseño no ya a un diseñador de automóviles externo, si no a dos prestigiosos diseñadores ajenos al sector. LoveFrom es una consultora de diseño fundada y dirigida por Sir Jony Ive y por Marc Newson, de cuya categoría profesional no se puede dudar. Ive fue el Chief Design Officer de Apple, y como tal autor de algunos de los mejores diseños de Apple, entre ellos el iPod y el iPhone, y Newson es el autor del diseño de todo tipo de objetos de uso diario. Entre los dos, y este es un punto importante, solo se ha diseñado un automóvil: Newson se encargó del Ford 021C de 1999, un prototipo pensado para no ser fabricado en serie. El que ambos sean aficionados a los coches, y hasta tengan algunos clásicos en sus garajes, no les acredita como diseñadores de automóviles. Al contrario, sus habilidades demostradas se centran en el diseño de objetos pequeños, que generalmente se utilizan con las manos y caben en ellas, en los que la clave de un buen diseño está en los radios de curvatura y de encuentro para tener una buena sensación táctil, y en las combinaciones de materiales y colores para ser agradables a la vista a corta distancia. Aunque estos puntos también tienen su peso en un coche, no son los principales; en el diseño de un automóvil los puntos clave son las proporciones entre voladizos, batalla y altura, y las formas de las superficies exteriores.

No hay como poner una mansión italiana de fondo para que un coche parezca más bonito. Solo que esta vez el coche es un Ferrari Luce.
Se toman las características de diseño de un Ferrari, se colocan sobre las proporcionas inadecuadas, y el resultado no es visualmente agradable.

El resultado del trabajo de Sir Jony Ive y de Marc Newson, bajo la supervisión de Flavio Manzoni como director del Centro Stile Ferrari, es el Luce. Dado el planteamiento del fabricante de Maranello no hay que juzgarlo como a un Ferrari “normal”, si no como a un modelo eléctrico de la marca que, sin dejar de ser un Ferrari, es diferente y se dirige a otro tipo de cliente. Visto de perfil se detecta el intento de que parezca un Ferrari al reproducir tres elementos habituales en la marca, el primero de los cuales es la línea de cintura, que recuerda fundamentalmente al F-40: se alza desde los faros delanteros hasta alcanzar su punto más alto en la vertical del eje de rueda, baja al llegar al montante A, y sube hasta el eje de la rueda trasera. El segundo es el escudo del ”cavallino” entre la rueda delantera y el corte de la puerta y el tercero las llantas de cinco radios. En la parte posterior sucede algo similar, porque se montan dobles pilotos circulares. ¿Convierten estos cuatro elementos al Luce en un Ferrari? No, porque lo que más destaca en el perfil es la incorrección de las proporciones. El coche parece corto entre ejes por dos motivos: los dos voladizos son largos, y las llantas tienen un diámetro desmesurado, nada menos que 23” delante y 24” detrás. Eso elimina la sensación de esbeltez, imprescindible en un diseño elegante. Y eso que sus dimensiones permiten esa elegancia, con 5.026 mm de longitud y solo 1.544 de altura. Llama la atención si lo comparamos con su hermano el Ferrari Purosangue que, al ser un SUV lo tiene más difícil para ser esbelto: aun así, siendo mas corto (4.973 mm de longitud) y más alto (1.589 mm) sí es elegante. Respecto al escudo, las llantas y los dobles pilotos traseros, cualquier “tunero” que se los ha puesto a su SEAT León o Hyundai Coupé sabe que el hábito no hace al monje.

La salida lateral de aire caliente ubicada en las puertas delanteras rompe las líneas del perfil, y está por ver si es un adorno o es efectiva, lo que obligaría a canalizar el aire desde los pasos de rueda al interior de las puertas delanteras, y de ahí al exterior.

Para terminar con el perfil, se ha recurrido a un truco visual impropio de una marca de lujo, que es pintar de negro algunas zonas para reducir la sensación de volumen. Como las baterías que alimentan a los motores eléctricos se ubican bajo el piso del coche, esa zona tiene espesor vista de lado; por ello se pintan de negro no solo los estribos, también la parte baja de las puertas, y además se pasa de convexa a cóncava su curvatura inferior de cara a acortar visualmente su altura.

El uso de puertas delanteras convencionales y traseras suicidas es propio de marcas de lujo. Solo que aquí falta el alzado de botella de Cola Cola imprescindible en un Ferrari.
La vista posterior es la más discutible: pilotos que se ocultan al apagarse, y la sensación de que un coche más grande ha engullido al Luce.

La sensación que transmite la parte posterior es la de que un Ferrari pequeño ha sido engullido por un coche más grande. Así de sorprendente. Además, los pilotos traseros son negros con el coche apagado, por lo que se funden con el plástico negro de la parte posterior. ¿Como esos relojes llamados inteligentes, que no son más que una pantalla negra en la muñeca que se enciende cuando llega un mensaje o el usuario lleva demasiado tiempo sentado?

En el frontal se aplica una idea aerodinámica que se ha visto en vehículos muy distintos, los del Dakar: consiste en bajar el morro y colocar encima un elemento aerodinámico que canaliza el aire. En este caso se hace con elegancia, y pretende extraer el aire caliente de los tres radiadores que se ocultan bajo el frontal. Sin embargo, da lugar a dos pegas, una simplemente práctica y otra bastante más grave. La práctica es que impide la existencia de un maletero delantero, algo que se está convirtiendo en habitual en coches eléctricos: utilizar el morro, en el que ya no hay un voluminoso motor térmico y sus accesorios, para crear un maletero. La segunda pega se basa en que para asegurar que el aire caliente fluya de modo adecuado hacia el exterior, si se ubicaran los limpiaparabrisas en su posición normal, horizontales y en la base del parabrisas, estarían en medio del flujo, molestándolo. Para evitarlo, se han colocado en vertical y adosados a los montantes A, como en el SEAT Altea de 2004. Solo que en este caso quedaban ocultos bajo una moldura, y ni se veían tanto, ni afectaban a la aerodinámica como en el Luce, en el que parecen un añadido de última hora.

También los colores de carrocería de las unidades mostradas en la presentación, que son los mismos que los de las fotos de prensa, llaman la atención. El color más utilizado es un azul claro impropio de Ferrari. De vez en cuando aparece un amarillo que recuerda al “Giallo Corsa” de los Ferrari de carreras, y solo se muestra una unidad en el color rojo tradicional de la marca.

Amplio, sencillo que no simple, y espacioso. Solo falta comprobar la comodidad de la banqueta, a causa de su inclinación.
La especialidad de Ive y Newson se nota aquí: limpio, claro y elegante. Se nota la habilidad al integrar un volante «retro» en un diseño actual.

El interior del Luce parece de otro coche, distinto del exterior, y eso se debe en gran parte a que aquí nos acercamos a la especialidad de sus diseñadores, Ive y Newson. Las formas, los materiales y especialmente los perfiles recuerdan a los productos de Apple. Es estupendo que haya botones mecánicos, el volante de tres radios es un excelente homenaje a los Ferrari clásicos, y las pantallas reproducen las formas de los relojes tradicionales. En la parte inferior de la pantalla central hay interruptores mecánicos, que se manejan con comodidad porque se puede apoyar la mano en la barra que hay justo debajo. Y la gran novedad respecto a la mayoría de los coches actuales es que no hay hectáreas de acabados en “piano black”, esos que solo están limpios en los pocos segundos inmediatamente posteriores a su limpieza.

En los asientos destaca el cosido del cuero, con las franjas horizontales que recuerdan a las del 365 GTB/4 Daytona. El inconveniente está en la extraña inclinación de la banqueta de los asientos traseros, con la parte posterior más baja que la anterior, y el motivo es complicado, una mezcla entre aerodinámica y ubicación de elementos. Se ha bajado esa parte posterior para que la altura al techo sea correcta para los pasajeros, a la vez que se permite que la línea del techo baje al llegar a la luneta trasera, de modo que el Luce no sea demasiado alto y su forma aerodinámica no resulte perjudicada. Pero si se hubiera mantenido la banqueta plana, teniendo en cuenta que las baterías están debajo y por ello el suelo está alto, solo la parte posterior del muslo se apoyaría en la banqueta, haciendo el asiento incómodo. Por eso se ha levantado su parte delantera, aunque eso obligue a que las rodillas queden altas.

En todo caso, un interior amplio, luminoso y acogedor, con un maletero de 600 litros, elementos muy apreciados tanto en el mercado chino como entre los clientes occidentales objetivos del Luce.

Desde el punto de vista técnico, se esperaba más de Ferrrari. De acuerdo que la batería es estructural y que la arquitectura del sistema eléctrico es de 800 voltios, pero eso ya lo tienen otras marcas, y además son chinas. El peso total es de 2.260 kilos, y el consumo de 23 kWh/100 km, exactamente el mismo del Tesla Model S de 2012.

Como conclusión diré que a pesar de lo anterior será un éxito comercial, porque, aunque no guste a los clientes tradicionales, sí está bien dirigido a los nuevos clientes objetivo.

Y si no fuera un Ferrari, ¿opinaríamos lo mismo?

Y termino con una hipótesis atrevida: los fabricantes chinos se iniciaron en la industria del automóvil elaborando modelos occidentales antiguos bajo licencia, siempre con motores de combustión. A continuación, actualizaron y embellecieron sus diseños, y saltaron a los híbridos y a los híbridos enchufables, y con estos coches están triunfando en Occidente. Inician ahora la segunda fase de su ofensiva, al presentar en Europa sus marcas premium, las que se dirigen al epicentro del orgullo industrial del continente: BMW, Mercedes, Audi y Porsche. Pues imaginemos que uno de esos inmensos conglomerados chinos, sea Chery, Geely, SAIC o cualquier otro, decide dar un paso más, consistente en lanzar una marca de lujo que se enfrente a lo mejor de la Vieja Europa. Y ahora imaginemos que eliminamos los logotipos y nombres de Ferrari del Luce cuyas fotos rodean estas letras, y le ponemos un nombre chino difícilmente pronunciable: estaríamos pensando, admirados, que para ser el primer producto de una nueva marca china de lujo, es excelente, a falta de ciertos detalles. Eso sí, ningún occidental pagaría varios cientos de miles de euros por él.

 

¿Hay en España afición a los coches y a las motos?

¿De verdad hay en España afición a los coches y a las motos?, ¿es solo una moda y por tanto temporal, o habrá un más allá después de Marc Márquez y Fernando Alonso?

Si nos fiamos de la asistencia de público a los actos (lo que ahora se llaman “eventos”) relacionados con motos y coches, parece que la respuesta a la pregunta es un sí bastante intenso. Centrándonos en las competiciones de alto nivel, tenemos en territorio español cuatro pruebas del Mundial de Motos (Jerez, Barcelona, Aragón y Valencia) con notable presencia de aficionados, más desde este año dos pruebas de Fórmula 1: Barcelona y Madrid, con la venta de entradas para esta última en un nivel prometedor a pesar de los precios. Hay que añadir dos carreras del Mundial de Superbikes (de nuevo Aragón y Jerez), una del Mundial de Rallies en las Islas Canarias, más la clásica Baja Aragón, ahora puntuable para la Copa del Mundo de Bajas, tanto de motos como de coches.

Pasando a lo no competitivo, la lista de exposiciones de nuevos modelos de coches y motos, de exposiciones relativas a los vehículos clásicos, y de reuniones sobre cualquier expresión de la automoción es inabarcable. Recientemente he asistido a tres de estos “eventos”, y la conclusión, al menos en un análisis superficial, insiste en que la afición en España es sana y abundante.

Madrid X Moto, el Salón de la Moto de Madrid, con un público casi tan abundante como el de Autopía (foto de apertura), y bastante más entendido.
Autojumble, el paraíso para quienes adoran las motos y los cohes clásicos. Y los carburadores.

Madrid X Moto se celebró en la Ciudad del Conductor de Parla el pasado mes de Abril, con la presencia de muchas de las marcas tradicionales además de bastantes de las recién llegadas. El aparcamiento para motos de la entrada estaba concurrido, y la ropa de gran parte de los asistentes dejaba claro que habían llegado allí sobre dos ruedas. Unos días más tarde asistí, en el mismo lugar, a Autojumble, una feria relacionada con motos y coches clásicos. En realidad, Autojumble nació como alternativa a Classic Madrid, el salón internacional del vehículo clásico, que se celebra cada año en el Palacio de Cristal de la Casa de Campo, entre finales de Enero y principios de Febrero. Las obras del Palacio obligaron en principio a retrasar la edición de 2026 de Classic Madrid al mes de Mayo, para luego, por el retraso de esas obras, a cancelar la edición. Por ello, los organizadores improvisaron, para no perder el ritmo, una opción más sencilla en la Ciudad del Conductor bajo el nombre de Autojumble. Con menos metros de exhibición que en la Casa de Campo, se mantuvo la sensación de que en estos salones los aficionados a los vehículos clásicos se encuentran con los profesionales para conseguir o el vehículo completo o las piezas necesarias para el que ya están restaurando. Hasta aquí, todo bien en lo que se refiere a la existencia de afición.

En las primeras ediciones de Autopía casi había más coches y motos interesantes que público.
En la edición de 2026 había que mirar con calma para encontrar un Facel Vega.

Finalmente, y en el mismo fin de semana de Autojumble (¡esas coincidencias!), asistí a Autopía, que celebraba su quinta edición con la novedad de celebrarse en dos días, en lugar de solo en uno. Autopía nació en 2022 como una reunión para verdaderos aficionados a la automoción, en el precioso paraje del bosque de la ciudad financiera del Banco Santander, en Boadilla del Monte (Madrid). Esa primera edición encantó, con pocos y escogidos vehículos expuestos unos entre los árboles y los mejores en la zona del lago. Aunque hubo puntos de mejora en la organización, el éxito fue rotundo. Las siguientes ediciones iniciaron una evolución hacia la reducción de calidad y aumento de cantidad de vehículos expuestos, la masificación de la asistencia y la presencia creciente de eso que denominamos público en general, en sustitución de “verdaderos aficionados”. La edición de 2025 marcó un punto importante al ser la primera en la que se vendieron todas las entradas disponibles, lo que se reflejó en incomodidad para los asistentes, que ya se empezaban a mover con dificultad entre demasiadas personas y vehículos cada vez menos interesantes. Mi conclusión personal fue que no soporto aglomeraciones ni pago una entrada para ver coches y motos como los que tenemos mis amigos y yo.

Para la edición ya de dos días de 2026, Autopía vendió todas las diez mil entradas previstas para el sábado, y nueve mil más para el domingo. Se mantuvo la decreciente calidad de lo expuesto, y me llevé la sensación, ya naciente en 2025, de que Autopía se ha convertido en una reunión de fin de semana, al aire libre, para familias preferiblemente con perro, en un bosque, en la que casualmente hay de fondo coches y motos.

Unos días después, con el circuito de Jerez lleno, como es costumbre en el Mundial, sucedió algo que me hizo pensar lo que ya rumiaba tras Autopía: Marc Márquez se cayó en la segunda vuelta de la carrera del domingo, y en ese momento una parte del público comenzó a abandonar el circuito. Sin ver el resto de la carrera, el final del Gran Premio, sin aplaudir en la vuelta de honor a los participantes. Si unimos estos dos últimos comentarios, la conclusión empieza a ser que los actos relacionados con motos y coches convocan fundamentalmente a un público atraído más por la diversión que por la afición, y que los datos de asistencia decaerán si cuando se retiren de las carreras Marc Márquez y Fernando Alonso no tienen herederos con su carisma y sus resultados. La ventaja que disfrutaremos en ese momento los que sigamos asistiendo a carreras y salones es que los disfrutaremos más y con más calma.

Coches eléctricos, galgos y podencos

Las discusiones sobre coches eléctricos continúan, en parte influidas por las opiniones interesadas, y en parte condicionadas por las presiones legales. Es un buen momento para aclarar ideas e ilustrarlas con datos.

Los dos puntos que más llaman la atención en las opiniones sobre los vehículos eléctricos, sean a favor o en contra, son su tono tajante y la falta de datos. El que los defiende, lo hace criticando con crudeza a las demás posibilidades, y el que los critica se basa en que no sirven para nada. Y ninguno de los dos apoya su argumentación con números, ni ofrece matices. Hasta tal punto se generaliza la información y, por tanto, se hace difusa, que una fuente de datos tan de fiar como la estadística de matriculaciones que publican las asociaciones del sector separa a los turismos, el menos en principio, solo en gasolina, diésel y “resto”, sin entrar en detalles. Y esa categoría de “resto” agrupa vehículos y tecnologías tan distintas como los vehículos eléctricos puros, los híbridos (enchufables o no, gasolina o diésel), también las diferentes opciones de gas (GLP, GNL, …) y hasta los de hidrógeno o célula de combustible.

De ahí que este grupo genérico muestre los crecimientos anuales que son de esperar, aunque un análisis más detallado arroja sorpresas. En España se vendieron en 2025 1.148.650 turismos, el 27,7% de los cuales montaban motor de gasolina, el 5,5% diésel, y el 66,8% se encuadran en ese “resto”. Sin embargo, al diseccionar estos valores la primera impresión cambia, porque mirando la información detallada de 2024, solo el 5,6% de los vehículos matriculados en total son eléctricos puros (BEV), el 38,6% son híbridos (HEV) y el 5,8% híbridos enchufables (PHEV).

Las proporciones de vehículos eléctricos son aún más desfavorables si comparamos con el parque total en lugar de con las ventas de cada año; en otras palabras, el número de BEVs en España no es significativo, a pesar de las ayudas y del ruido: 0,76% del parque de turismos en 2024.

La imagen que se quiere dar: muchos coches eléctricos y muchos cargadores dispuestos.
La realidad: en España, el 0,76% del parque es eléctrico, el 23,7% de los cargadores no funcionan, y los que funcionan se usan entre media hora y dos horas al día.

Otro punto habitual de discusión son los cargadores, sobre los que se suelen escuchar generalidades del tipo ”hay pocos y tenía que haber muchos más” y que “la mayoría están estropeados”. Según los datos de Anfac (Asociación de Fabricantes de Automóviles y Camiones) de Abril de 2026, en España hay 72.150 cargadores públicos, de los que 17.073 (el 23,7%) están averiados o aun no se han podido conectar a la red por la burocracia administrativa. De los 55.077 que funcionan, el 70% tiene una potencia inferior a 22 kW, lo que supone tiempos de recarga de entre 3 y 19 horas. Y poco más del diez por ciento son de los considerados rápidos, que ofrecen tiempos de recarga inferiores a media hora.

Y el otro aspecto que llama la atención es el porcentaje de ocupación de estos puntos de recarga: la media europea está, con la correspondiente variación entre países, entre el 2 y el 8%, lo que significa que cada cargador está ocupado entre media hora y dos horas cada día. La aparente contradicción entre la sensación de que el número de cargadores es insuficiente y lo poco que se utilizan, se basa en el dato que falta: el 89% de las cargas se lleva a cabo en cargadores particulares. En otros términos, una gran parte de los usuarios de vehículos eléctricos tienen acceso a cargadores particulares, en su domicilio o en su lugar de trabajo, donde el precio de esa carga es notablemente inferior al que tendrían que abonar en uno público. Y por ello se emplean tan poco esos públicos. Eso sí, lo que distorsiona la realidad es esa noticia que siempre se publica en Semana Santa o al inicio de la Operación Salida de verano, que muestra los únicos días del año en que los cargadores instalados en las áreas de servicio de las autovías tienen cola.

Una interpretación más socioeconómica de esta situación relaciona el poder adquisitivo de los usuarios de los BEVs y su precio: el usuario medio de un Tesla o un Porsche Taycan vive en una casa en la que existe un cargador particular, y trabaja en una oficina en la que también hay cargadores, por lo que no suele hacer uso de los públicos. La mayoría de quienes habitan un edificio de viviendas y aparcan su coche en la calle no tiene poder adquisitivo para comprar un BEV nuevo, ni posibilidad de disponer de un cargador privado.

Por otro lado, de los 26,4 millones de turismos que había en España en 2024, tenían etiqueta Cero solo el 1,6%, mientras que los de etiqueta B o sin siquiera etiqueta llegaban al 56,3%. En términos de edad, la media del parque en 2024 era de 14,5 años, subiendo desde los 14,2 de 2023. Desde el lado práctico del usuario, estos vehículos envejecidos y contaminantes cumplen con las necesidades de su propietario, su precio en el mercado de ocasión es bajo, y los ingresos de su dueño están muy lejos de los precios de un BEV nuevo.

Lo triste, y alejado de la realidad, es que la presión de los dirigentes políticos no va a facilitar la sustitución de la parte más veterana del parque por otra más segura y menos contaminante mediante la reducción de impuestos en la compra y posesión del vehículo, o la simplificación de los trámites, si no que se dificulta su uso limitando la libertad de circulación, con vigilancias más propias del “1984” de George Orwell que de lo que se espera de democracias occidentales.

Por si esta divergencia entre comportamientos políticos y necesidades de los ciudadanos fuera poca, ya se está preparando la nueva normativa Euro 7, que debería entrar en vigor en Noviembre de 2026 para vehículos ligeros y en Mayo de 2028 para pesados. Esta normativa no solo mantiene el estrangulamiento por las emisiones del motor, también limita las emisiones de partículas de desgaste de frenos y de neumáticos. Simultáneamente, la asociación europea de proveedores de componentes de automoción (CLEPA) se queja que desde 2004 se han perdido en Europa 104.000 puestos de trabajo en su sector. Y Ola Källenius, presidente de la asociación europea de fabricantes, lanza una señal de peligro: para cumplir el objetivo 2030 de la Unión Europea, hay que triplicar la venta de vehículos eléctricos en los próximos cuatro años.

Por el lado de los fabricantes alemanes, anteriormente puntal de la ingeniería europea, las grandes inversiones en BEVs no dan sus frutos, reducen el volumen de esos planes, y alargan la vida de sus ganas térmicas y eléctricas, todo ello en medio de situaciones financieras preocupantes, especialmente en el caso de Porsche.

Y mientras tanto, en China, Zeekr presenta modelos con arquitectura de 900 voltios, …
…y BYD lanza la estación de carga y la plataforma de 1.000 voltios.

¿Y qué sucede en China mientras en Europa seguimos discutiendo si son galgos o podencos? Pues Zeekr, la marca premium del grupo Geely, está presentando modelos eléctricos con tecnología de 900 voltios, lo que reduce a minutos los tiempos de carga, y BYD ya anuncia estaciones de carga y plataformas de mil voltios.

Videojuegos y carreras yoyó

El nuevo reglamento de la Fórmula 1 arrancó con algunas dudas, una parte de las cuales se han convertido en certezas incómodas después de las tres primeras carreras. Analicemos los porqués con números.

Antes de que diera comienzo la temporada, los análisis iniciales eran cuando menos prudentes sobre las expectativas técnicas del Mundial de Fórmula 1 bajo el nuevo reglamento. También este blog se pronunció aquí (Los Fórmula 1 de 2026 y su nuevo reglamento – Luis Carlos Alcoba) con dudas razonadas al respecto. Después de que se hayan disputado las tres primeras carreras, se han suspendido las dos siguientes, las de Bahrein y Arabia Saudí, a causa de la guerra de Irán, y repentinamente queda un mes libre entre la carrera de Suzuka del 29 de Marzo y la de Miami del 3 de Mayo para que la federación, los organizadores y los equipos encuentren una solución. La mejor manera de entender la situación actual es repasar cuál era la anterior, por qué se modificó el reglamento, qué se quería obtener con él y cómo son los coches actuales.

En los últimos años del reglamento anterior, es decir hasta finales de 2025, los coches de Fórmula 1 dejaban tras de sí unas turbulencias que perjudicaban de tal modo al vehículo que venía detrás, que su capacidad aerodinámica se veía tan dañada que era muy difícil el adelantamiento. Por tanto, uno de los objetivos del que sería el nuevo reglamento era solucionar esa cuestión. Por lo que se refiere al conjunto motopropulsor, las quejas venían por parte de los fabricantes, que hablaban de elevada complejidad y enorme coste de desarrollo y mantenimiento. Esta idea, junto a la de aumentar la «electrificación», definieron los primeros cambios de cara a 2026. En primer lugar, se decidió eliminar el MGU-H (Motor Generator Unit – Heat), el motor generador ubicado en el eje del turbo, que generaba energía eléctrica que se almacenaba en la batería cuando el motor térmico funcionaba en retención, y que actuaba como motor eléctrico y como tal aceleraba el turbo tomando energía de la batería cuando el piloto aceleraba. Todos los implicados estaban de acuerdo con la medida, aun reconociendo que se perdían unos 100 kW, equivalente a unos 136 CV.

Suzuka sigue siendo un circuito espectacular, aunque este año más por el trazado y la noria que por los F 1.
Mercedes ha empezado 2026 con el mejor motor y uno de los mejores chasis. Williams necesita con urgencia una «Operación Bikini».

Para aumentar la “electrificación” se decidió reducir la potencia del motor térmico, el ICE, y aumentar la del motor eléctrico, el MGU-K. Esta idea estaba asociada al paso a combustibles “sostenibles”, que obligan a una menor relación de compresión. En números, la decisión sobre los combustibles obligaba a bajar la relación de compresión máxima de 18 a 1 a 16 a 1, y con ello la potencia estimada del motor térmico bajaba de unos 550 / 560 CV a alrededor de 450 a 500 CV. Para compensar, y que los F1 fueran notablemente más rápidos que los monoplazas de categorías inferiores, especialmente los Fórmula E, se autorizó que la potencia del motor eléctrico, el MGU-K (Motor Generator Unit – Kinetic) subiera de 120 kW, que son algo más de 160 CV, a casi el triple, exactamente 350 kW, que vienen a ser casi 480 CV. Hasta aquí no hay pegas, ya que se reducen los costes mientras que la potencia máxima disponible sigue estando algo por encima de los 800 CV.

A partir de aquí es donde empiezan las dificultades, a causa de dos decisiones relativas a la capacidad de la batería y a la transferencia de energía entre ésta y el motor eléctrico, el MGU-K. En primer lugar, la batería del nuevo reglamento tiene la misma capacidad de almacenamiento de energía que la anterior y, sin embargo, la transferencia de energía a la batería pasa de un máximo de 2 megaJulios (MJ) por vuelta en 2025, a 9 MJ desde 2026, y la descarga de energía de la batería salta de 4 MJ por vuelta a 8,5 MJ. En términos de fontanería, la bañera tiene el mismo tamaño que antes, mientras que el grifo y el desagüe son cuatro veces mayores, por lo que la bañera se llena y se vacía cuatro veces más deprisa. Aplicado al pilotaje, se entienden las quejas de los pilotos, que dicen que si aceleran pronto al salir de una curva la batería se ha agotado a mitad de la recta, y si aceleran tarde les pasan muy deprisa los que aceleraron pronto, y se les devuelve el adelantamiento al final de la recta. De ahí el nombre de carreras yoyó.

La primera solución sobre el terreno que aplicaron pilotos y equipos fue ahorrar batería y utilizar el ICE para cargarla. Es decir, hacer más tramos con el pie levantado y sin embargo el ICE girando a alto régimen para que mueva el MGU-K y éste cargue la batería, como un coche híbrido de calle cuesta abajo. Ese precisamente fue el motivo del feo accidente de Oliver Bearman y Franco Colapinto en Suzuka: el Alpine de Colapinto rodaba cargando la batería a 263 km/h, mientras que el Haas de Bearman llegaba con sus dos motores al máximo a 308 km/h. Bastante hizo Bearman esquivando el Alpine, saliéndose a la hierba y acabando contra las vallas con una aceleración de 50 Gs.

El debut de Audi ha sido sorprendente; esperemos que el avance a lo largo del año también lo sea.
Los Mercedes están solos en las carreras y en la defensa del menor número posible de cambios.

Otra de las dificultades que se ha planteado con el nuevo reglamento aparece en la salida de las carreras: al haberse suprimido el MGU-H, regresa el “turbo lag”. En un motor turboalimentado, la presión de soplado del turbo depende de su velocidad de giro: si gira despacio, impulsa poco volumen de aire y no ayuda a incrementar la potencia; hay que esperar a que se acelere para que impulse el aire. A ese tiempo de respuesta se le llama “turbo lag”, y se hizo conocido (y temible) en los coches turbo de los ’80, porque aquellos turbos grandes, sin geometría variable, pasaban de no soplar casi nada a soplarlo casi todo, la potencia llegaba de repente, y no siempre el conductor la controlaba.

En las salidas de la Fórmula 1 hasta 2025, el procedimiento hacía que, a la vez que el piloto pisaba el acelerador y metía primera, la batería hacía girar el MGU-K al máximo, con lo que el turbo soplaba con todas sus ganas. En el momento en que el piloto soltaba el embrague, los más o menos mil caballos empujaban al coche. Al no tener MGU-H en 2026, en el momento de la salida había que esperar que los turbos se aceleraran y soplaran para acercarse a los 800 CV. Para resolver la cuestión, se inventó una modificación en el proceso de salida en el reglamento, según la cual unos segundos antes de que se encienda el semáforo rojo aparece una indicación para los pilotos, que entonces aceleran los motores a máximo régimen, y los dejan girando así para que el turbo a su vez se acelere. De este modo, en los segundos que pasan hasta que se apaga el semáforo rojo y se enciende el verde, los turbos ya soplan al máximo y la aceleración inicial de los coches es digna de la Fórmula 1.

Una vez iniciada la carrera, aparecen otras consecuencias del nuevo reglamento técnico, básicamente la baja fiabilidad de los coches y sus diferencias de velocidad. Aunque se pretendía reducir la complejidad y los costes de los vehículos, no se ha conseguido por las dificultades asociadas con los programas informáticos que relacionan los diferentes elementos físicos: el ICE con el MGU-K y la batería, éstos con el doble DRS (de hecho, aerodinámica activa), y todos ellos con la posición del vehículo en el circuito, para cargar o descargar batería. La consecuencia es una baja fiabilidad, entendiendo como tal desde coches descontrolados a averías repentinas o, peor aún, coches que no arrancan y por ello ni participan en la carrera. Básicamente, esto se debe a la complicada interacción entre los diferentes programas cargados, la improvisación del piloto, y lo que durante el fin de semana la IA va “aprendiendo” para modificar esos programas. Esta complejidad ha supuesto, por ejemplo, que, en la vuelta de formación de la parrilla de Melbourne, un fallo de “software” hiciera aparecer cien repentinos caballos en el McLaren de Oscar Piastri, y acabara contra la valla en la carrera de su casa. O que, en varias ocasiones, la retención que genera un MGU-K en el eje trasero lo bloquee, y aparezca un sobreviraje que desemboca en trompo o accidente que a veces se achaca a falta de reflejos del piloto. O, simplemente, que el coche se para y ni el ejército de ingenieros que hay en un equipo de F1 es capaz de arrancarlo para la carrera.

Ferrari tiene una unidad de potencia de calidad intermedia, el mejor chasis y unas salidas espectaculares. Luego se deshinchan.
¿El mejor del resto? Los McLaren no se pueden acercar ni a Mercedes ni a Ferrari, y sin embargo lideran con claridad a los otros ocho equipos.

Por lo que se refiere a las diferencias de velocidad, ya se mencionó el ejemplo más espectacular, el accidente de Bearman y Colapinto, aunque ha habido más situaciones similares, generadas por las cargas y descargas de baterías. Por ejemplo, así comentaba Lando Norris un incidente que sufrió en Suzuka: “Ni siquiera quería adelantar a Lewis (Hamilton). Es solo que mi batería se descargó, yo no quería descargarla, es solo que no puedo controlarla.” Y continuó: “Entonces le adelanté, y como luego no me quedaba batería, me pasó volando. Esto no son carreras, son carreras yoyó”.

La consecuencia de todo esto es una conducción poco natural, en la que los pilotos están más atentos al estado de la batería y a la interacción con los programas que al pilotaje, lo que parece conducción de videojuego. Como ejemplo es ideal comparar los mejores tiempos de la parrilla en Australia en 2025 y en 2026: lo importante no es que Oscar Piastri fuera el más rápido en 2025 al rodar en 1.15.096 y George Russell en 2026 tardara 1.18.518; la clave está en el análisis de los tiempos parciales, que evidencia lo poco natural de la conducción. En el primer parcial, el tiempo de 2026 fue 1,537 segundos más lento en 2026 que en 2025; el del segundo, solo 0,287; y el del tercero, de nuevo segundo y medio, para ser más exacto, 1,598 segundos.

La parte optimista de todo esto es que la solución no es tan complicada, porque su origen es fundamentalmente de programación, y ésta es fácil de modificar. Solo es necesario que todos los afectados encuentren puntos en común para llegar a un acuerdo. Está claro que cada equipo opinará en función de su situación: Mercedes tiene la mejor unidad de potencia y no aceptará los cambios que le vendrían bien a Ferrari o Red Bull; y los italianos no querrán cambios que afecten a sus estupendos chasis y aerodinámica, que por otro lado podrían favorecer de nuevo a red Bull. Sobre Williams y Aston Martin mejor no hablar. Por su parte, Liberty pretenderá mantener la situación actual porque los adelantamientos bruscos son atractivos para los no entendidos, pero la opinión mayoritariamente negativa de los pilotos presiona y mucho. Una opción válida para todos, o casi, puede ser mantener el flujo de energía para cargar la batería (que se siga cargando deprisa) y rebajar el flujo de descarga sobre el motor eléctrico, el MGU-K, para que dure toda una recta, aunque la potencia sea menor; al fin y al cabo, es una solución que solo requiere de una reprogramación. Bueno, y luego de muchas horas de simulador. El primer fin de semana de Mayo, en Miami, sabremos la solución.

Las motos del Dakar y otra vez sus coches

Ver en directo, tanto parados como rodando, las motos y los coches del Dakar, proporciona mucha información sobre cómo son y por qué son así. Seguir durante tres días la segunda prueba del Mundial de Raids, que se disputó entre Portugal y España, dio para bastante.

Antes de que se iniciara la edición de 2026 del Rallye Dakar, la primera prueba del Mundial de Raids, publiqué una entrada (Los coches del Dakar de 2026 – Luis Carlos Alcoba) en la que se analizaban algunos de los coches participantes. Hace unos días asistí a la segunda prueba del Campeonato del Mundo de Raids, el BP Ultimate Rallye Raid Portugal, que se inició el 16 de Marzo y terminó el 22, con recorridos a través de España y Portugal. Como era de esperar, ver los vehículos en acción en las pistas y parados en el parque cerrado permite entender mejor cómo son y por qué se pilotan como se hace ahora, incluso comparando con las motos y los coches de años y reglamentos anteriores.

Las actuales motos monocilíndricas son «pequeñas» comparadas con sus antecesoras de dos cilindros, y por ello se pilotan de otro modo.

Lo primero que llama la atención es que, en las pistas, las motos parecen más lentas y menos espectaculares que los coches, por una mera cuestión de dimensiones. Las motos actuales, con motores monocilíndricos de 450 cc son más pequeñas y ligeras que sus antecesoras de dos cilindros que, con su volumen, potencia y consumo, necesitaban de chasis, depósitos y suspensiones enormes, por ello alejadas de las que conducen los mortales y por ello admirables. No es que las actuales sean como motos de cross, pero los pilotos más rápidos las manejan con soltura, las colocan con el freno trasero, y no dan la sensación de sufrir encima. Además, comparadas con la anchura de las pistas de los tramos, las motos van holgadas y los pilotos no tienen dificultad en moverlas incluso en las curvas lentas.

Por su lado, los coches de la categoría Ultimate, los T1+, tienen anchuras cercanas a los 2.300 mm que como máximo permite el reglamento (sí, bastante más de dos metros) y longitudes en el entorno de los 4.700 mm, salvo el Dacia que parece cuadrado al medir 4.140 mm. Parecen espectaculares en los caminos básicamente porque dan la sensación de que no caben ni en las rectas y que, cuando lleguen a las curvas cerradas, no van a caber. De hecho, es habitual que en todas las curvas lentas y en muchas de velocidad media, giren a base de derrapar, sea por freno de mano o potencia. En los circuitos de autocross que se empleaban en algunos tramos del Raid de Portugal, era un espectáculo verles hacer de lado curvas consecutivas de sentido opuesto, ya que pasaban de avanzar de lado a lado, como un coche de rallyes sobre hielo o nieve.

Este factor impresiona al espectador generalista, que se maravilla ante lo que hacen los coches y, en comparación, casi se aburre con las motos. El aficionado más entendido, por el contrario, sabe que se puede comprar una moto bastante parecida a las que corren y a un precio razonable, y que rodar cerca del ritmo de los buenos entra dentro de lo posible, mientras que los todoterreno de serie están a años luz del aspecto y las prestaciones de los Ultimate, y que un TT de serie, al ritmo al que corren los T1+, fallece tras una simplemente una mañana de uso.

Una moto llega a un curva cerrada en un tramo: gira sin dificultad, como mucho se ayuda levemente con el freno trasero.
Un coche llega a un curva cerrada en un tramo: entra abierto, tira de freno de mano y sale cruzado casi rozando la valla del fondo. No es solo que el tamaño importa, es que condiciona la conducción.

Todo esto es la consecuencia del actual reglamento para coches, que se ha ido adaptando a las necesidades de las marcas que participaban o que querían participar, y que no se ha modificado cuando las marcas que solicitaron esos cambios dejaron el Mundial. Cuando Peugeot quiso entrar en el Dakar, prefirió acogerse a lo que entonces era la categoría de “buggies”, con propulsión trasera (no tracción integral) y la posibilidad de cambiar las presiones de neumáticos en marcha. Pidió, eso sí, ruedas más grandes, y se las concedieron, solo que entonces los que corrían en 4×4 (por tanto, con neumáticos más pequeños), no ganaban para pinchazos, y de nuevo se modificó el reglamento para que todos utilizaran ruedas grandes. Posteriormente las exigencias de Audi para entrar en el Mundial volvieron a cambiar el reglamento, y entonces se creó la categoría T1+, luego Ultimate, con subcategorías dependiendo del tipo de propulsión, y hasta sistemas de limitación de la potencia. Y ahora que se ha ido Audi, y ya no hay marcas de coches corriendo con vehículos 4×2 (solo el pequeño fabricante Century, de Suráfrica), todos participan con vehículos de dimensiones externas enormes, ruedas de 37 x 12,5 R17 (¡de 940 mm de diámetro exterior!), y recorridos de suspensión de 350 mm.

Ahora, unamos todos estos conceptos: tenemos fabricantes de automóviles (Toyota, Ford y Dacia) participando en una Campeonato del Mundo con un reglamento técnico permisivo y presupuestos elevados, lo que genera vehículos caros, complejos y rápidos. Y la complejidad de diseño, fabricación y mantenimiento es lo que más llama la atención al verlos parados o, mejor aún, al verlos parcialmente desmontados con un ejército de mecánicos revisándolos y, en su caso, reconstruyéndolos, cada tarde. Parecen coches del Mundial de Resistencia, modificados para ir por el campo. La consecuencia que no se ve, solo se intuye, es el precio de todo esto, del diseño, la fabricación y el mantenimiento de máquinas tan complejas.

Aquí sí se ve la aerodinámica fontal de los coches del Dakar: el pequeño alerón delantero asegura el flujo al radiador, y permite que la tripulación vea por debajo. El del techo guía el aire a la entrada de admisión.
Los coches son grandes hasta por debajo: este es el tamaño de algunas de las planchas de protección.
Grandes por fuera, pequeños por dentro. Casi once metros cuadrados de huella exterior y esto es lo poco que les queda al piloto y al copiloto.

Otro aspecto sorprendente es el pequeño tamaño de los habitáculos comparado con las dimensiones exteriores, ¿cómo pueden ir piloto y copiloto encajados en tan poco espacio, si por fuera el coche es largo y ancho? El motivo está, básicamente, en dos de las dimensiones que mencioné anteriormente: ruedas y recorrido de suspensión. Como se decía antes, el diámetro teórico exterior de las ruedas es de 940 mm, su anchura de 317 mm, y su recorrido máximo es de 350 mm. Si unimos estas tres cifras se entiende que los pasos de rueda tienen unas dimensiones descomunales, para que estos neumáticos puedan moverse de extremo a extremo de su recorrido de suspensión sin tocar ningún otro elemento del coche. A ello hay que añadir que las ruedas delanteras, además, giran, por lo que esos pasos de rueda delanteros, encima, son anchos.

También el conjunto que forman el motor, el cambio, la transfer, las trasmisiones y los tres diferenciales, más sus accesorios, ocupan mucho volumen. En un Ford, por ser atmosférico, no hay turbos ni intercambiadores, aunque hace falta sitio para el bloque de ocho cilindros en V y cinco litros. Los demás participantes montan motores más pequeños, V6 de menos de cuatro litros de cilindrada, pero al ser turboalimentados les hacen falta elementos adicionales, como los intercambiadores y sus tubos.

No olvidemos otro factor que consume espacio: es obligatorio montar dos ruedas de repuesto, y no resulta sencillo encontrarles ubicación por su volumen. En algunos casos, como en los Dacia, se montan en los laterales, detrás de las puertas y a los lados del motor, accesibles desde el exterior, lo que ocupa todo el lateral. Los Toyota esconden las ruedas bajo el habitáculo, por lo que su suelo está especialmente alto, y se reduce la altura interior. Añadamos a todo esto la jaula antivuelco, los bacquets, los sistemas de navegación y GPS (por duplicado), radios y teléfonos, radiadores de aceite para el motor y el cambio, algo de recambio y herramientas, agua para la tripulación, hueco para los cascos, … y se entiende porqué los habitáculos son pequeños en coches grandes.

El despliegue de Defender en la categoría Stock es mayor que el de Dacia en Ultimate.
Cuando se van a recorrer tramos con vegetación, se añaden estas barras, que van de la alerta al techo, para evitar roturas de parabrisas. En el caso de este Century CR7, el parabrisas llegó entero, la aleta no.

El Dakar de 2026 señaló el debut oficial de JLR, a través de su marca Defender, en los Raids. Sorprende que uno de los dos fabricantes de vehículos todoterreno por excelencia nunca hubiera participado en este tipo de carreras, cediendo el monopolio a su rival habitual, Toyota y sus Land Cruiser. El nuevo reglamento de la categoría de coches de serie, llamados “Stock”, permite más modificaciones que el anterior, llamado T2, para que un coche de serie modificado pueda recorrer los tramos cada vez más rápidos y llegar de una pieza al final. El resultado de la primera participación de Defender en el Mundial, el Dakar de Enero pasado, demostró su diferencia de planteamiento con Toyota: los ingleses han exprimido el reglamento para ganar, y los japoneses siguen modificando un coche de serie para comprobar su dureza. La consecuencia es que los ingleses arrasaron en la categoría.

En el parque cerrado de Badajoz solo estaban los Defender, y un vistazo rápido al trabajo que realizaban los técnicos y a los medios disponibles aclara detalles del proyecto. El despliegue de personal, camiones, vehículos de apoyo, carpas, remolques, … es superior al de, por ejemplo, Dacia, que también participa con tres coches solo que en la categoría Ultimate. Y esos medios son necesarios porque cada tarde los técnicos revisaban los Defender con el mismo celo que un Ultimate, sustituyendo hasta los bujes delanteros, lo que inevitablemente genera una pregunta: ¿debe ser ese el espíritu de una categoría de coches de serie?