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Y sin embargo te quiero

El blog de Luis Carlos Alcoba

Y sin embargo
te quiero

El blog de Luis Carlos Alcoba

Hotel, dulce hotel (africano)

Por definición, cuando se sale de viaje se ha de dormir en algún sitio. Los viajes por Africa ofrecen una variedad de alojamientos inmensa, desde el saco de dormir tirado en el suelo de un palmeral a hoteles históricos, sean despampanantes o decepcionantes.

Europa está pasando de ser destino turístico a convertirse en parque temático, y eso hace que en gran parte de los alojamientos desaparezca el factor sorpresa, favorable o desfavorable. Todos los establecimientos deben cumplir una larga lista de normas que eleva sus estándares y también los igualan, y como aparecen en webs y redes, antes de dormir en ellos podemos haber visto su interior y hasta sus alrededores.

Fachada principal del Hotel Villa de France, en Tánger.

Africa, afortunadamente, todavía no es así. Aunque es cierto que tiene zonas turísticas, hoteles de cadenas occidentales, y hasta algunos de sus alojamientos se publicitan en las plataformas habituales, hay espacio para la sorpresa. Cuando llegué ilusionado al Hilton de El Cairo comprobé que en algún momento debió haber sido un buen hotel. Pero ese momento había pasado hacía mucho, y en España le superarían muchos tres estrellas.

También me sorprendí en Johannesburgo, porque no era capaz de bajar las persianas de la habitación. El hotel era un rascacielos en el centro de la ciudad y, una vez que anocheció, la vista desde la habitación era preciosa. Solo que cuando llegó la hora de irse a dormir no veía el modo de bajar aquella colección de persianas, hasta que descubrí una enorme botonera en la cabecera de la cama, que accionaba la colección de motores que bajaba y subía las persianas.

Sí, es un Rolls Royce con matrícula marroquí en la `puerta del Hotel El Minzah, de Argel.

Por lo general no recurro a estos hoteles de corte occidental cuando viajo por Africa, porque dejo de sentir que estoy allí, ya que me colocan en una burbuja europea insertada en otro continente. Prefiero los que tienen sabor local, y a ser posible una historia detrás. En este estilo, dos de mis favoritos están en Tánger y parecen más escenarios para rodar una ficción que hoteles reales. Al Hotel Villa de France le envuelven sus leyendas y los muchos huéspedes famosos que ha albergado. Se ubica junto al Gran Zoco, en el cruce de las avenidas de Inglaterra y de Holanda, en un altozano con una vista estupenda. Sin embargo, tantas reformas parciales a lo largo de décadas de historia han provocado mezclas curiosas en la decoración. La sala de desayunos, por poner un ejemplo, presume de preciosos muebles de antes de la guerra en una estancia de decoración setentera, en la que destacan dos enormes máquinas de Nescafé para “amantes del café de especialidad”, que es una moda propia de bien entrado el siglo XXI. Eso sí, mi moto durmió fresquita en el garaje de la planta baja, con suelo de Sintasol y hasta cargador para vehículos eléctricos.

Mi otro favorito en Tánger es El Minzah, que luce una leyenda aun más intensa. Se dice que el director artístico de la película “Casablanca” se inspiró en su bar del sótano, el Caid’s Bar, para diseñar el de Rick Blaine. Y que para evitar conflictos cuando Tánger estaba poblado por agentes de todos los bandos durante la Segunda Guerra Mundial, la dirección asignaba las habitaciones del ala izquierda a los aliadófilos, y las del ala derecha a los más cercanos a las potencias del Eje. Por respeto a las leyendas, cada vez que me alojo en El Minzah me tomo una cerveza marca “Casablanca”, habitual en Marruecos, precisamente en el Caid’s Bar. Y me ha tocado dormir en las dos alas del edificio.

En mi lista de hoteles africanos con sabor histórico no puede faltar el que ahora se llama El Djazaïr, en Argel. Un internado femenino, ubicado en una colina que domina la ciudad, se transformó en hotel en 1840. Y se bautizó como Hôtel Saint-George para atraer clientes europeos, especialmente británicos. Poco más de un siglo después el edificio cambió de manos y de función: el 10 de Noviembre de 1942 fue requisado por las tropas estadounidenses y el General Dwight D. Eisenhower lo convirtió en cuartel general de las fuerzas aliadas. Durante su estancia ocupó la habitación 141.

Tras la Segunda Guerra Mundial se reconstruyó, y tras la guerra de independencia argelina llegaron dudas y reformas hasta que se reabrió en Agosto de 1982 con otro nombre: El Djazaïr. En árabe significa “las islas”, y hace referencia a las que había en la bahía de Argel, que dieron nombre a la ciudad y al país. El mismo origen tiene el nombre de la cadena de televisión “Al Jazeera”, que pretende ser una isla en el mundo de la información. Y la ciudad española de Algeciras toma su nombre de las que había en su bahía, hoy desaparecidas.

El Hotel El Djazaïr sí conserva su sabor antiguo. No es que se tenga la sensación de que van a parecer Churchill o Eisenhower a la hora del desayuno, o que por error uno se va a meter en una sala presidida por un mapa del norte de Africa, pinchado con alfileres de colores que marcan las posiciones de los aliados y del Afrika Korps. Pero se percibe el peso de la historia. Aunque la zona de la piscina parece tomada por millonarios del Golfo Pérsico, el bar del jardín lo habita la gente bien de Argel, hoy más abundantes entre ellos los locales que los europeos. Y en el patio arbolado que hay en la entrada del Bulevar de los Mártires, mi moto durmió fresquita.

«Riad» en árabe significa jardín. En arquitectura, son edificios de exterior cerrado con patio interior.
Algunos de ellos han pasado de ser viviendas de adinerados a pequeños hoteles, algunos tan lujosos como el de la foto de apertura.

Con todo, mi alojamiento favorito en El Maghreb es un riad o, para ser más preciso, uno convertido en hotel. En árabe, “riad” significa jardín, y en este caso la palabra define un edificio de varias plantas construido alrededor de un patio ajardinado, y destinado a vivienda familiar. Recuerda, claro, a las casas patio andaluzas, porque muestra un exterior cerrado con escasas ventanas para defenderse del calor, y un patio interior con fuentes que rebajan la temperatura por medio de agua y vegetación. Algunos de ellos se han reconvertido en pequeños hoteles, muchos de gestión si no familiar al menos personal, y se encuentran, claro, en lo más céntrico de las ciudades. He disfrutado de ellos en Tánger, Esauira, El Jadida y varios lugares más, y siempre guardo el recuerdo de los desayunos en la azotea: café intenso, zumo de naranja recién exprimido, la influencia francesa visible en la bollería con mantequilla y mermelada, y a mi alrededor azoteas plagadas de antenas parabólicas y ropa tendida. Justo debajo, ese patio lleno de flores y de colores, una fuente y el silencio tan distinto del bullicio que agobia al otro lado de la puerta. Algunos mantienen los lujos de su pasado, cuando eran residencia de alguien adinerado, y ofrecen salas de lectura, comedores en penumbra y hasta bibliotecas.

Hotel El Gourara, en Timimoun, suroeste de Argelia. Mi moto es una de las que están aparcadas en la puerta.
El precioso Ksar Tafnidilt, en las cercanías de Tan Tan (Marruecos).

Junto a los riads, me encantan los hoteles modestos abiertos con energía africana, que se van degradando por esa falta de mantenimiento igualmente africana. Suelen tener accesos ostentosos, les rodean jardines enormes, y en el centro hay un edificio pretencioso con una recepción exageradamente grande. Eso, el día de la inauguración. Cuando uno llega a alojarse en ellos, el cartel de la entrada está medio caído, la acción de la naturaleza se ha llevado el jardín por delante, y la recepción es un lugar triste y oscuro, tras cuyo mostrador un empleado ve pasar más el tiempo que a los huéspedes. A veces el ambiente del hotel compensa con creces todas esas carencias, por ejemplo, en el Hotel El Gourara, de Timimoun (Argelia), al que llegué una tarde de 1990. Este Hotel El Gourara era una joya colonial francesa, que no solo tenía piscina, es que además ésta tenía como medio metro de agua, por lo que los clientes nos bañábamos a trozos y por turnos. El ambiente era formidable: unos subían desde Malí o Níger, bien por Gao y Reganne, bien por Agadez y Tamanrasset. Otros bajaban hacia allá. Y todos hablábamos sobre motos, coches y el desierto, mientras engañábamos a la sed bebiendo de unos enormes botes de hojalata de un litro de capacidad, llenos de riquísimo zumo de naranja. Eran otros tiempos, porque por entonces el único peligro de la zona era el desierto; ahora son los hombres y sus fanatismos. El único triste en el hotel era un italiano con el árbol de levas de su Yamaha XT600 redondeado: “Per la Madonna del Campiglio! Aquí no hay piezas, y el concesionario Yamaha más cercano es el de Alicante”.

Otro ejemplo sorprendente de este tipo de alojamientos lo encontré en el “Centre de Pêche” de Nuadibú, en Mauritania, en el que disfruté una vez más de las adorables contradicciones africanas. En la sala de este restaurante ubicado entre un desierto y un océano, las mesas estaban servidas por dos camareros mauríes, descendientes de los originarios habitantes de la zona que dieron nombre al país. Eran altos, graves, elegantes en sus movimientos y severos en su gesto, y de no ser por el color de la piel y de que hablaban en francés, estarían en su salsa en cualquier restaurante londinense de lujo. El uniforme era un impecable chaqué blanco, y los modales, la seriedad y el ceremonial, directamente trasladados del París de hace setenta años, de la metrópoli que les educó para servir a los colonialistas.

El menú de la cena estaba más cerca de la gula que de la necesidad de alimentación: para empezar, unos deliciosos filetes de un pescado no identificado marinado en salsa de limón; más tarde, gambas rebozadas, para terminar con un pez local a la brasa con patatas fritas y salsa a base de cebolla picada. Tras esto, flan, y las tres tazas de té, y una larga tertulia sobre saharauis, viajes por el desierto, campos minados, tormentas de arena, camioneros marroquíes borrachos y aduaneros mauritanos corruptos.

No quiero olvidarme de otro tipo de ambiente, el que se vivía en el Heron Court Hotel, de Nairobi (Kenya). Se ubica en un parque cerca del centro de la ciudad, y su restaurante, tres peldaños más alto que su bar, permitía ver maniobrar a los parroquianos a la hora de la cena. Estos eran, en su totalidad, blancos de mediana edad desparejados, que se acodaban en la barra acompañados solo de una pinta de cerveza. A su alrededor pululaban algunas kenianas jóvenes, atractivas y bien vestidas, aunque con cierto atrevimiento que, tras una breve conversación, a mitad de camino entre el cortejo y la negociación, subían con el hombre blanco a su habitación.

Acceso al Hotel Volubilis Inn, frente a las ruinas romanas de Volubilis.
Hotel y restaurante La Suerte Loca, un local recomendable de Sidi Ifni.

En mi lista de hoteles destartalados destaca el Volubilis Inn, estupendamente localizado frente a las ruinas romanas de Volubilis, en Marruecos. La entrada es pretenciosa, el acceso parece llevar a una mansión, el aparcamiento tiene capacidad de centro comercial, las habitaciones y los servicios a los clientes reparten entre dos inmensos edificios, y por supuesto hay piscina. Solo que la lista de peros es más larga que la de ventajas: no hay una sombra en las instalaciones ni para humanos ni para vehículos, muchas puertas no encajan, la cobertura de la wifi solo llega a la zona de recepción, se paga en efectivo y por adelantado, el supuesto DJ que dice amenizar la cena te deja la cabeza como un bombo, y aun no tengo claro dónde se lo pasaría mejor un aficionado a la entomología, si con los bichos que nadaban conmigo en la piscina, o estudiando a la araña que se había quedado a vivir en la mesilla de mi habitación a la que daba las buenas noches antes de apagar la luz.

Remato la lista de hoteles africanos con más sabor que calidad con “La Suerte Loca”, de Sidi Ifni, que destaca no solo por su nombre. De acuerdo que está dejado y antiguo, pero parece un resto español en una ciudad cada vez más marroquí, aunque al pasear por las calles uno se encuentra con el edificio del Cine Avenida, con arquitectura en uso claramente española de los ’50 del siglo pasado, y hasta carteles con nombres que nos llevan a otra época: “Calle del Suboficial Zabala”, o “Calle del Batallón de Ingenieros de Tetuán”. Como corresponde, al hotel le rodea la leyenda hasta en su nombre. Unos dicen que cuando unos españoles, la familia Gran, llegó a Sidi Ifni a buscarse la vida, el padre, un legionario al que le había tocado varias veces la lotería, dijo “Hemos tenido una suerte loca” cuando abrió inicialmente el restaurante. Otros niegan la versión, y dicen que el negocio se adjudicó en concurso público, y que el cabeza de la familia ganadora lo interpretó como una fabulosa oportunidad, y proclamó también lo de “Hemos tenido una suerte loca”. Sea como fuere, una familia española lo regentó como hotel y restaurante para los compatriotas que recalaban por allí y, cuando la ciudad pasó a manos marroquíes, se lo vendió a la familia local que, ya bien entrado el siglo XXI, aun lo regenta. Los mismos que, hace unas semanas, me sirvieron un desayuno excelente antes de subirme en mi BMW rumbo a Tizi’n’Test.

Y como toda norma tiene su excepción, y no todos los hoteles africanos están dejados, no debo dejar de lado el maravilloso Ksar Tafnidilt, en las cercanías de Tan Tan (Marruecos), y como a media hora de Land Cruiser de la carretera más cercana. Amplio, limpio, bien conservado, con un estupendo restaurante y unas vistas maravillosas de esa nada tan intensa que llamamos desierto del Sahara.

Un par de Land Cruisers, dos tiendas de suelo y una de techo, y un grupo de amigos: genuina acampada africana.
Junto a los restos del cuartel de la Legión Extranjera francesa había un pozo con agua: el lugar ideal para una acampada en el sur de Argelia.

 

Claro que, a la hora de dormir en Africa, una de las mejores posibilidades es hacerlo en medio de la Naturaleza, sea oasis, selva o sabana. Afortunadamente las he probado todas, y cada una tiene sus ventajas. Un campamento bien montado en medio de la sabana de Kenya es formidable, dando por hecho que no es uno quien lo monta y desmonta, cocina, limpia y vigila. Estos campamentos, utilizados para los safaris fotográficos de los occidentales, ofrecen todo lo necesario para disfrutar de la zona sin perder la sensación de realidad: las tiendas de campaña permiten estar de pie en su interior y los catres son suficientemente cómodos. Aunque las duchas a veces tienen un aspecto disuasorio, la herencia inglesa lo compensa: té o café, a elegir, para el desayuno, fuego de campamento, y vigilantes masai con un máuser viejo por si los animales se acercan demasiado.

Los campamentos del Dakar africano, que disfruté en sus dos últimos años, eran lo opuesto en lo referido a tranquilidad. Más bien habría que definirlos como una mezcla entre ciudad dormitorio y polígono industrial de vida efímera. Las tiendas de campañas quedan salpicadas entre los camiones convertidos en taller móvil y los vehículos que cada noche se reconstruyen. Y la vida giraba en torno a la enorme tienda que montaba la organización y servía como comedor, sala de reuniones y cuarto de estar. Si uno tenía la suerte de llegar pronto al campamento, lo percibía como una ciudad recién construida que se empezaba a habitar. Si uno lo dejaba tarde a la mañana siguiente, lo percibía como una ciudad en plena evacuación.

El recuerdo más intenso de acampada dakariana me lleva a una noche de 2006, y no precisamente en el campamento de la organización: la etapa del día terminaba en el aeropuerto de Tan Tan (Marruecos), la del día siguiente afrontaba la primera tanda de dunas de la carrera, y nuestro objetivo era llegar a ellas antes que las primeras motos. La única manera de hacerlo era dormir cerca de esas dunas, para tener unas horas de ventaja sobre las motos, que siempre salen antes que los coches y los camiones. Pero entre Tan Tan y las dunas está el muro rodeado de campos de minas que Marruecos construyó durante la guerra contra el Polisario, y además esa etapa concluía ya en territorio mauritano. De modo que condujimos ya anocheciendo hasta el mismo muro, y nos encontramos con los policías de aduanas marroquíes dispuestos a facilitar la burocracia fronteriza africana: de noche, sobre mesas de camping, alumbrados solo con pequeñas linternas de pilas, y con los Kalashnikov mezclados con las linternas y los pasaportes, pusieron los sellos necesarios y nos fuimos a dormir. Uno de esos momentos en que a uno le sabe mal que no le dejen hacer fotos. El despertador sonó muchos antes de que apareciera el sol, y cruzamos el campo de minas, flanqueado por antorchas, después de recibir avisos serios de verdad: no podíamos pararnos, no podíamos salir de la pista marcada con antorchas y piedras, … y nos recordaban lo que le pasó a un camionero el año anterior, que decidió parar un momento a hacer en un lateral de la pista lo que no había hecho en el campamento antes de salir, oculto tras unos matojos. Pisó una mina oculta y no salió de allí.

Un sabor más cercano, más privado, lo tienen los campamentos montados en los viajes con amigos: dos o tres coches, alguna moto y unas pocas tiendas de campaña. Aquí el atractivo se encuentra no solo en la compañía, también en la complicidad para organizar una buena cena en medio del desierto: de repente aparecen, de los maleteros de los Land Cruiser, vino español del bueno, whisky de reserva y otras exquisiteces que alargan las veladas bajo las estrellas. Y vale la versión de tienda de campaña, con o sin tormenta de arena, y la más pura: simplemente estirar en el suelo, entre las palmeras de un oasis, el saco de dormir, y mirar a las muchas estrellas antes de cerrar los ojos.

Si este listado de posibles alojamientos africanos no parece suficientemente variado, aun quedarían por mencionar los pequeños barcos fluviales que recorren el Nilo, con camarotes cómodos y frescos, o los trenes nocturnos, algunos hasta con camas. Africa no se repite nunca.

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