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Los coches del Dakar de 2026

Un Enero más arranca el Rallye Dakar. Para los coches hay dos categorías, la más espectacular y conocida es la T1+ o Ultimate, prototipos pensados para sobrevivir en la carrera más dura del mundo; la de coches de serie se llama T2 o Stock y estrena reglamento y participantes.

 

Para la edición de 2026, las novedades en la categoría de prototipos se centran en la evolución de los coches oficiales de las tres marcas que ya participaron en 2025: Ford, Dacia y Toyota. Y en la categoría de vehículos de serie, que para 2026 estrena reglamento y nombre (“Stock”), las novedades las ponen Defender y Toyota. Claro que si uno se pone a repasar el derroche de tecnología de los vehículos actuales, se recuerda con cariño a los que participaban en las primeras ediciones, a finales de los ’70 y principios de los ’80, aquellas joyas sencillas, de las que ahora nos parece asombroso que fueran capaces de recorrer las pistas que separaban París de Dakar.

El Renault 4 con el que los hermanos Marreau, participaron en el primer Dakar, el de 1979. Sí, el escape va por encima del techo, para ganar distancia al suelo.
El Volkswagen Iltis era un vehículo militar que se preparó para el Dakar como iniciativa para promocionarlo: ganó la edición de 1980.

Las primeras ediciones del Dakar, las africanas de hace ahora más de cuarenta años, vieron la participación de vehículos que hoy calificaríamos de artesanales, románticos y pretenciosos. Eran poco más que vehículos de serie, todoterrenos o no, adaptados artesanalmente, con más ilusión que tecnología, para enfrentarse a Africa. De entre todas aquellas joyas es imprescindible recordar las iniciativas de Claude y Bernard Marreau, que se hicieron populares como “los hermanos Marreau”. En el taller de su padre en Nanterre (Francia), habían preparado un Renault 12 Gordini con el que batieron en 1971 el récord de tiempo en el recorrido de Ciudad del Cabo (Suráfrica) a Argel (Argelia): solo 8 días y 22 horas. Con esa experiencia, cuando se convocó la primera edición del Dakar, la de 1979, estaba claro que no podían faltar, solo que no tenían presupuesto. Negociaron el precio de la inscripción a la baja con Thierry Sabine, el organizador, y ese descuento les permitió inscribirse, después de lo cual solo les quedaba el equivalente a mil Euros para preparar el coche. La solución consistió en montar, en el taller de su padre, y con lo que había disponible por allí, un Renault 4 con motor de R5 Alpine de grupo 2, con 137 CV, y adoptar una transmisión Sinpar a las cuatro ruedas. Como la carrocería era baja y temían engancharse en las dunas, sacaron el escape por encima de la carrocería, y se hicieron conocidos por el silenciador recorriendo el techo.

En los años siguientes participaron con inventos similares, en función de disponibilidad, presupuesto y el apoyo que recibían de Renault: un año en que la marca les pidió que promocionaran el Renault 18 familiar, fabricaron uno con aspecto de utilitario para llevar a los niños al colegio, solo que con un motor V6 de 160 CV y tracción a las cuatro ruedas. Llegaron a Dakar y alcanzaron la novena posición.

Otro recuerdo inevitable es el de Freddy Kottulinski y su VW Iltis. En 1932, cuando Múnich era parte de la República de Weimar, nació allí Winfried Philippe Adalbert Karl Graf Kottulinsky Freiherr von Kottulin, al que afortunadamente se le conocía solo como Freddy Kottulinski. Después de ser tres veces campeón de Europa de Fórmula 3 y de correr en rallies, el grupo Volkswagen le contrató para participar en el Dakar de 1980 de cara a promocionar el Iltis. Era este un 4×4 de uso militar que VW había diseñado tomando como base un modelo antiguo, el DKW Munga. Se había equipado con el motor EA827 de VW de 1.700 cc y 75 CV, y se había ofrecido a los ejércitos alemán y francés, que necesitaban jubilar los vehículos TT que utilizaban en el momento. En VW pensaron que no había mejor promoción posible para un vehículo todoterreno que participar en lo que ya se calificaba como la carrera más dura del mundo, y que además estaba organizada por franceses, lo que suponían les serviría de ayuda para conseguir el contrato de su ejército.

Roland Gumpert era el director del proyecto Iltis, y consiguió que Ferdinand Piëch, entonces director de VW, aprobara la participación en el Dakar, y que Kottulinski aceptara correr. Se montó un equipo con cuatro Iltis, tres de ellos de serie (salvo que el motor se modificó para que ofreciera 110 CV), y un cuarto con un motor Audi de cinco cilindros y 160 CV, en el que se cargaron 300 kilos de recambios. Esta unidad estaba pilotada por el propio Roland Gumpert. Mientras, Kottulinski se encargó de entrenar a los mecánicos en la conducción extrema necesaria para llegar a Dakar. El éxito fue total: Kottulisnki ganó la carrera en la categoría de coches, VW consiguió el contrato del ejército alemán, y durante los siguientes 25 años, hasta su jubilación, Kottulinski dirigió el Fahrsicherheitstraining de Audi, la escuela de conducción segura.

Por supuesto, el éxito no fue tan sencillo como parece, y en la carrera hubo todo tipo de penalidades: en una de las etapas, una piedra dañó el diferencial trasero y una transmisión del coche de Gumpert, por lo que desmontaron la transmisión trasera y continuaron la etapa solo con tracción delantera. Unos kilómetros más adelante, otra piedra se cargó el palier del lado delantero izquierdo, así que Gumpert y Löffelmann, su copiloto, lo desmontaron, bloquearon el diferencial delantero (el Iltis tenía tres bloqueos de diferencial) y se hicieron los 250 kilómetros que les quedaban para acabar la etapa con tracción solo en la rueda delantera derecha. Es decir, llegaron una vez más al campamento con su almacén de recambios a bordo, para que los cuatro coches del equipo pudieran continuar en carrera.

El Toyota Hilux monta un motor biturbo de gasolina, que necesita muchas entradas y salidas de refrigeración.
Detrás de las letras de Toyota del morro no hay nada: es la salida de aire caliente del radiador del motor, un truco estupendo para refrigerar el motor sin quitar visibilidad a los tripulantes.

Estas anécdotas, a mitad de camino entre la épica y el romanticismo, corresponden a otra época, en la que se participaba con coches sencillos, fáciles de reparar por los participantes o los mecánicos locales, y cuando no había marcas ni patrocinadores representados. En la actualidad, con el Dakar prácticamente retransmitido en directo a través de cadenas de televisión, redes sociales y marcadores GPS, con presupuestos elevados en las marcas que buscan victorias, y patrocinadores en busca de repercusión, el reglamento obliga a otro tipo de vehículos.

La categoría máxima se llama T1+ o Ultimate, y ha desarrollado su propia tecnología, al heredar ingenieros de otras especialidades, que aplican principios aerodinámicos al diseño de los coches, algo impensable en la era de los Iltis y los hermanos Marreau. Al hablar de aerodinámica, las primeras ideas que se nos vienen a la cabeza proceden de los monoplazas de circuito, y se centran en reducir la resistencia aerodinámica y aumentar la presión hacia el suelo, la deportancia, para que el coche no se levante a alta velocidad. Por supuesto que rodando por el campo a menos de 200 km/h estos conceptos no tienen importancia, y los objetivos de la aerodinámica de los coches del Dakar van por otro lado.

Estos vehículos ruedan durante varias horas seguidas con alto régimen de motor, lo que significa generando mucho calor, y en ocasiones al motor se le exige el máximo rodando a baja velocidad. Esto significa que las necesidades de refrigeración del motor se deben alcanzar aunque la velocidad a la que entra el aire a los radiadores, la velocidad del coche en definitiva, sea inferior a 40 km/h. Tampoco debemos olvidar la siguiente fase de ese proceso: el aire que se ha calentado al pasar por los radiadores debe salir al exterior. Lo mismo se aplica a la refrigeración de los frenos, de los amortiguadores y del propio habitáculo. Este se debe sellar para que el polvo en suspensión no dificulte la visión de piloto y copiloto ni su respiración, y a la vez se debe ventilar para mantener la proporción de oxígeno imprescindible. También debe cumplir el precepto del reglamento según el cual debe estar aislado del motor y del depósito de combustible en caso de incendio. Y, por otro lado, es necesario que la temperatura de este habitáculo se mantenga en un espectro razonable, para que la tripulación desarrolle varias horas de trabajo duro con un mínimo de comodidad.

La aerodinámica trabaja para conseguir estos objetivos, a base de colocar las entradas de aire en las zonas de alta presión en las que no haya aire ya calentado: por ejemplo, no se debe ubicar un radiador detrás de otro. Por su parte, las salidas de aire detrás de cada radiador deben ubicarse en zonas de baja presión, para que el aire caliente fluya al exterior. La dificultad está no solo en localizar esas zonas, también en encontrar las muchas que hacen falta para los radiadores del motor, los frenos, los amortiguadores, el habitáculo, los elementos electrónicos, y hasta el depósito de combustible.

A este respecto viene bien como ejemplo un incidente de los Toyota Hilux con motor diésel que se empleaban hasta 2015: la bomba de combustible impulsa el gasóleo hasta la bomba, colocada junto al motor; allí se comprime, por lo que se calienta, y el sobrante regresa al depósito por el tubo de retorno. Este combustible sobrante se une al del depósito y de nuevo es bombeado hasta el motor. En determinadas circunstancias, el combustible estaba tan caliente que, al llegar al motor superaba la temperatura de seguridad y, ante la posibilidad de entrar en combustión en la propia bomba, los sensores de la electrónica paraban el motor. Cada vez que se daba este incidente, y después de un tiempo de enfriamiento, el motor arrancaba de nuevo sin haber dejado huella de su fallo, y los mecánicos desmontaban y montaban una y otra vez sin entender lo que pasaba. Una vez que se descubrió el origen del problema, la solución pasó por montar, en el retorno al depósito, un tubo metálico con forma helicoidal detrás de la cabina, que al ser una zona de aire fresco en calma, el gasóleo se enfriaba antes de volver al depósito.

Los compromisos entre aerodinámica y refrigeración son los que hacen a las marcas escoger entre motores sobrealimentados, como Toyota y Dacia, o atmosféricos, como Ford. La ventaja del motor turbo, como el del Toyota Hilux o el del Dacia, es un incremento de par y una reducción del consumo: el primero hace más sencilla una conducción basada en la permanente improvisación, porque en los raids los tramos son secretos. El segundo tiene más importancia de la que en principio parece: los consumos en zonas de arena pueden llegar a los 60 litros cada 100 kilómetros, lo que obliga a montar depósitos enormes, de hasta 550 litros. Considerando una densidad media de la gasolina de 0,7 kilos/litro, estamos lastrando al coche en la salida con casi 400 kilos, a sumar a los 2.010 de peso mínimo del vehículo. La segunda parte de esta pega consiste en que, al final de la etapa, ese mismo coche pesa 400 kilos menos, por lo que será imprescindible que el depósito esté centrado en el vehículo para que no lo desequilibre al vaciarse, y también que la puesta punto de las suspensiones sea válida para un rango de pesos tan amplio.

Claro, que los motores sobrealimentados tienen la contrapartida de necesitar intercambiadores que enfrían el aire ya comprimido antes de conducirlo a la admisión, lo que se suele llamar intercoolers. Esto supone que hacen falta más entradas de aire fresco y más salidas de aire calentado, a añadir a las habituales. Por eso Ford ha preferido montar un motor atmosférico, un V8 de cinco litros, con el que se ahorra los intercoolers y su fontanería.

El Ford Raptor monta un motor atmosférico, un V8 de cinco litros. Por eso necesita menos refrigeración.
Ese es el motivo por el que la carrocería del Ford está más cerrada que las del Toyota y del Dacia.

Otra necesidad aerodinámica de los coches del Dakar, en la que no siempre se piensa, es que de cuando salen volando entre dunas o en pistas rápidas, el aterrizaje se debe realizar simultáneamente, o casi, con las cuatro ruedas. Volar y caer de morro reduce la visibilidad de los tripulantes y fuerza la suspensión delantera; volar y caer con las ruedas traseras también limita la visibilidad, y puede llegar a provocar un giro hacia atrás, de modo que el vehículo aterrice en vertical, sobre su parte trasera. Mejor no pensar en las consecuencias.

Para rematar las dificultades de la aerodinámica y del diseño de estos coches, hay que considerar la visibilidad de piloto y copiloto en las circunstancias de carrera. En los ascensos pronunciados, como los de dunas, un morro alto impide ver la pista. Y un morro bajo no deja suficiente espacio al radiador que se esconde en el frontal, ni a su entrada de aire frío ni a su salida de aire caliente. Por eso llama la atención que Dacia y Toyota hayan coincidido en una solución que de un golpe resuelve cuestiones de aerodinámica, refrigeración, visibilidad y hasta imagen de marca. La receta consiste en que se diseña un morro bajo, que permita buena visión para los tripulantes dejando espacio para el radiador y su salida de aire en el capó motor. A continuación se coloca un alerón sobre la parte frontal del morro, que conduzca el aire y facilite la salida del que se ha calentado al pasar por el radiador. Entre el morro bajo y la cara inferior del alerón se pone, bien visible y en acabado cromado, el logotipo de la marca, y piloto y copiloto ven la pista también por el hueco entre el morro y el alerón.

También a la hora de enfrentarse a un mar de dunas es necesario tener visión por el lateral, de cara a localizar salidas alternativas si la que se tiene delante no es válida. En la edición de 2025 se hicieron populares los vídeos en los que se veía a Mitch Guthrie, el piloto estadounidense del Ford Raptor oficial, cruzando esas zonas de dunas con su puerta de ala de gaviota abierta para ver el terreno. La abría (o mejor dicho la subía) cada vez que llegaba a una zona de dunas, y la cerraba (o la bajaba) al superarla. Por eso en el Raptor de 2026 han variado la forma de la puerta, con la línea de cintura bajando al llegar al montante A, de modo que desde el puesto de conducción se ve mejor la zona inmediatamente anterior al coche.

Una peculiaridad más de las suspensiones, a añadir a su adaptación a la variación del peso durante la etapa, es que en una misma etapa el firme es variado, y sus características deben adaptarse a esos cambios. Una pista rápida con posibles vuelos necesita hidráulico de alta velocidad duro, con muelles igualmente duros y un hidráulico fuerte a extensión que frene esos muelles. Una zona de dunas bajas exige al hidráulico de baja velocidad y debe recuperar despacio a extensión. Y en todas esas circunstancias, el amortiguador no debe alterar su comportamiento por exceso de temperatura. Para ello hay depósitos adicionales de aceite en el exterior, con los que se aumenta la cantidad total de aceite y se facilita su refrigeración.

El trabajo que desarrollan las tripulaciones de los coches del Dakar requiere de un mínimo de comodidad o, al menos, que la incomodidad no sea excesiva. Ya se mencionó al hablar de aerodinámica la importancia de que no entre polvo al habitáculo. De cara a mantener su temperatura dentro de lo razonable, se suele montar un mínimo equipo de aire acondicionado, para que no robe en exceso potencia al motor. Su eficacia, por tanto, es limitada: en el Dacia Sandraider, consigue que la temperatura del habitáculo se reduzca en 10ºC, lo que significa que en ocasiones puede llegar a los 50ºC.

El Dacia es el más corto de los coches oficiales, con unos voladizos mínimos para hacerlo más ágil.
Este es el morro bajo de la versión de 2026, para mejorar la visibilidad aun montando un radiador grande..

Por si todos estos condicionantes fueran pocos, hay que pensar también en que durante una etapa los participantes deben realizar pequeñas intervenciones en los coches, desde cambiar ruedas pinchadas a reparaciones de urgencia. Para no aumentar mucho el peso en coches ya de por sí pesados, se limita enormemente la carga de piezas y herramientas. Se suele llevar solo una pistola eléctrica para cambiar las ruedas, más algunas herramientas básicas, y si no son suficientes, se debe esperar a que lleguen compañeros de equipo o el camión de asistencia. La obsesión por el peso es tal que no se lleva más de medio litro de aceite de motor, de modo que todo lo que sea superior a una mínima pérdida, no tiene remedio. Y al no llevar gatos, si fallan los hidráulicos encastrado en el chasis, no hay manera de levantar el coche.

Algo tan en principio inocente como el alojamiento y la sujeción de las ruedas de repuesto tiene más exigencia de la que parece. El reglamento prohíbe y castiga dejar residuos en la carrera, por lo que un neumático destrozado o una llanta partida se deben cargar en el coche hasta el fin de la etapa. Por otro lado, como los neumáticos (especialmente en la categoría Ultimate) son enormes, y las llantas no pueden ser de magnesio, pesan de modo preocupante: el conjunto de cada llanta y neumático de un Dacia pesa 46 kilos. Ahora pensemos en lo que hace la tripulación si surge un pinchazo después de bastantes horas encerrado en el habitáculo: hay que liberar el cinturón de cinco apoyos, soltar la conexión de comunicación y salir de un coche incómodo. Antes de que el coche suba con los gatos hidráulicos del chasis, el copiloto afloja las tuercas con la llave eléctrica mientras el piloto suelta una rueda de repuesto y baja esos 46 kilos a pulso. El copiloto saca la rueda pinchada y alza la nueva a mano, para a continuación apretar las tuercas. A la vez, el piloto traslada la rueda pinchada (o rajada, reventada, partida, …) hasta su alojamiento, en el que debe caber independientemente de su estado de deterioro, donde se debe poder fijar de modo que aguante unos cientos de kilómetros de baches más. Algún equipo de fábrica se ha enfrentado al hecho de que sus impecables alojamientos de rueda no servían para llantas dañadas, o que la tapa del alojamiento no cerraba si el neumático había reventado.

Y no quiero cerrar el repaso a los T1+ sin mencionar el inmenso tamaño de sus neumáticos y ponerlo en perspectiva. Con el reglamento actual, la medida habitual es 37 x 12´5 R17, que traducido a la denominación corriente en coches es 317/80 R 17. Hablamos de un diámetro exterior de 940 mm, difícil de entender salvo teniendo el neumático delante. Durante muchos años, una medida habitual en vehículos TT era 235/85 R16, que tiene un diámetro de 806 mm, y da un servicio formidable, como comprobé en mi Land Cruiser LJ70 por el norte de Africa, y en el KDJ95 con el que corrí en el nacional de Raids. Por su tamaño y peso, a mi Land Cruiser HDJ80 le monté algo más grande, unas 255/85 R16, y aun así su medida exterior era solo de 840 mm, ¡10 cm menos que en T1+!

El Defender d7X-R durante sus pruebas previas al Dakar. Es la primera participación oficial de la marca en la carrera.
El interior de los coches de Raids es pequeño, casi claustrofóbico, por el espacio que se comen los bacquets, las pantallas, los extintores, ,…

La categoría de vehículos de serie del Dakar, y ahora del Mundial de Rallye Raids, ha pasado por varias etapas y ha tenido diversos nombres. En el inicio de la especialidad, allá por finales de los ’70, no había separación de “vehículos de serie” y “vehículos preparados”, porque se corría con artefactos tan peculiares como los VW Iltis o los diversos inventos de los hermanos Marreau. Pasado un tiempo, las marcas se integraron en la especialidad, y hubo que distinguir lo que no eran mas que mejoras bienintencionadas de todoterrenos de calle hechas por aficionados, de los trabajos serios realizados por fábricas con el objetivo de ganar. Se crearon entonces una categoría T1, en la que se permitía participar a coches de serie con escasas modificaciones, enfocadas básicamente en la seguridad, y una T2 para preparaciones más profundas o prototipos. Unos años más tarde se intercambiaron las denominaciones, porque parecía que los prototipos estaban por detrás de los coches de serie.

Con una u otra denominación, solo un fabricante, Toyota, ha participado regularmente en la categoría de serie, y siempre con el objetivo de poner a prueba sus Land Cruiser de la gama Station Wagon: empezó con los HDJ80, luego pasó a los HDJ100 y VZJ200, y actualmente toma parte con el 300 GR Sport. En total ha vencido en doce ediciones en esta clase T2. La pega a la que se ha enfrentado la categoría en los últimos años es que los recorridos eran cada vez más de rallye y menos de raids, y para un vehículo de serie con la preparación que permitía el reglamento en vigor hasta ahora, los tiempos de las etapas eran bastante más lentos que los de los prototipos, si es que el coche no quedaba dañado hasta obligar a la retirada.

Ya en las últimas ediciones africanas oí por el campamento la frase “el peor error que puede cometer el piloto de un T2 es intentar seguir a un T1”. Este hecho ha forzado inscripciones cada vez más escuálidas en la categoría, hasta quedar por debajo de la media docena de coches. Para revertir la situación, la FIA modificó el reglamento a finales de 2024, sin que diera tiempo a los participantes para presentar coches acordes a las nuevas reglas en la edición del Dakar de Enero de 2025. Por eso, el estreno de los coches con las nuevas normas tiene lugar ahora, en Enero de 2026.

La diferencia entre el reglamento antiguo y el nuevo se centra en que permite mejoras en las suspensiones y en los frenos, y autoriza aumentar algunas dimensiones externas, como la anchura de los ejes, mientras obliga a mantener el aspecto externo. De este modo las marcas siguen mostrado un vehículo que se parece mucho por fuera al de serie, mientras aumentas sus prestaciones de modo que puedan afrontar con cierta seguridad los rapidísimos tramos actuales.

El peso mínimo del vehículo es el mismo que el de homologación; esto permite compensar los kilos que se ahorran al eliminar asientos, tapizados, insonorización, y otros elementos innecesarios en competición, con el peso que se añade con jaula antivuelco y los refuerzos. Para evitar la aparición de prototipos disfrazados de vehículos de serie, se exige que se hayan fabricado al menos mil unidades en doce meses consecutivos. El motor debe ser el de serie, y se permite cambiar la gestión electrónica para así compensar la potencia que se pierde al montar una brida que restringe el paso de aire de admisión. Recuerdo que mi KDJ125 con una ECU especial tenía exactamente la misma potencia que el de serie aunque con menos par: lo que se ganaba en potencia máxima con la electrónica era lo que se perdía con la brida. También se pueden cambiar el radiador de refrigerante, los inyectores, el filtro de aire y su caja, y el escape. Está prohibido, eso sí, cualquier sistema que permita variar la presión de los neumáticos mientras se rueda, algo que sí se autoriza para los camiones.

El Toyota Land Cruiser 300 GR Sport durante sus pruebas en Marruecos. Algo en esta foto dice que ha fallado la transmisión delantera derecha.
Y ya decorado y listo para particpar en la nueva categoría Stock.

Con este reglamento, Toyota presenta una versión renovada de su 300 GR Sport, que estrenó a finales de 2025 en la Baja Morocco y en el Rallye de Marruecos. No han entrado en detalles sobre los cambios, aunque los pilotos reconocen que el coche es más rápido, más por la mejora de las suspensiones que por tener más potencia, y que afortunadamente también los frenos han mejorado. No olvidemos la importancia de los frenos en esta especialidad: estamos hablando de vehículos que, a plena carga y con el depósito de combustible lleno, están por encima de las dos toneladas y media, que ruedan con facilidad más allá de los 150 km/h, y que deben frenar sobre tierra, arena, piedras o una mezcla de los tres, con neumáticos de tacos. Mis recuerdos como copiloto en una KZJ95 a 150 km/h por pistas estrechas del Mundial en Portugal aun me quitan el color de la cara, porque la pregunta “¿Y si ahora hubiera que frenar de repente?” tenía una respuesta angustiosa.

El recién llegado a la categoría es Land Rover, a través de su marca Defender. Sorprende que, de los dos fabricantes de vehículos TT más destacados y prestigiosos, uno de ellos, Toyota, sea un habitual de la categoría de serie con sus Land Cruiser, y el otro, Land Rover, no hay participado nunca de modo oficial ni con los Defender ni con los Range Rover. Sí, han participado muchos Range en el Dakar, pero lo hacían a título privado, no como equipos de fábrica.

Defender ha tomado como base la versión OCTA, con motor V8 de gasolina, biturbo de 4.400 cc. Una vez montada la brida de admisión y la electrónica de carreras, ofrece 635 CV y 800 Nm como valores máximos, y monta un enorme depósito de 550 litros. El trabajo de desarrollo del vehículo lo ha llevado a cabo Prodrive, que tiene como experiencia en el Dakar haber desarrollado los Prodrive Hunter del inicio de esta década, y posteriormente los Dacia oficiales.

Al ser la primera vez que se corre un Dakar con este nuevo reglamento de Stock, no están claras las posibilidades de los nuevos coches. Sí hay acuerdo en que serán más rápidos que los anteriores, con el reglamento de T2 vigente hasta hace un año. Pero no se debe olvidar que siguen siendo coches de serie modificados, y que las exigencias en una carrera como esta se sitúan notablemente por encima de lo que cualquier fabricante estima como “uso duro” en un vehículo de calle. Sirva como ejemplo el trabajo que se realiza al subir una duna empinada: gas a fondo, motor a régimen máximo, primera marcha incluso con la reductora engranada, velocidad del vehículo baja. Eso supone que los 800 Nm que ofrece como máximo el Defender están empujando una carrocería que pelea contra la arena y se resiste a subir. He sufrido en primera persona las consecuencias: el conjunto formado por el motor, el cambio y la transfer se torsionan en el esfuerzo, generan una deformación de las respectivas carcasas y, cuando piloto y copiloto aprietan los dientes dudando sobre si coronan la duna o se quedan enganchados, la torsión hace que el selector se deforme, salte la primera, aparezca un falso punto muerto y, efectivamente, el vehículo se quede enganchado.

Esa emoción y esas incertidumbres son lo que esperamos de un Dakar.

Más allá del lujo

Si cada vez hay más multimillonarios, para los que un coche de lujo es poco, resulta lógico que los fabricantes de coches de lujo ofrezcan productos por encima de su oferta habitual, al gusto de esos clientes.

Aunque sea una generalización, y como tal incorrecta, se suele clasificar a los fabricantes de automóviles, por la calidad y volumen de producción, en tres niveles: generalistas, “premium” y de lujo. En ese orden suben los precios y las opciones de personalización, mientras en paralelo baja la posibilidad de ver una unidad por la calle, salvo en Mónaco, Marbella o algunas calles de Londres.

Si consideramos que esos que llamamos millonarios son los compradores habituales de los vehículos de lujo, sean Ferrari, Rolls-Royce o Bugatti, está claro que aquellos que reciben la etiqueta de multimillonarios verán que esos coches les saben a poco, y piden un algo más.

Esta necesidad ha generado la aparición de departamentos específicos entre los fabricantes de vehículos de lujo. No me refiero a series limitadas de nuevos fabricantes, como el Pininfarina Battista, o a restomods basados en clásicos, como los Lancia Integrale y 037 de Maturo. Me voy a centrar en los esfuerzos por subir de nivel de quienes ya estaban en lo que era el máximo nivel.

Algunas de las posibilidades de color de carrocería que ofrece «Q by Aston Martin».

La característica común a estos departamentos es que ofrecen a los clientes diversas posibilidades, en función del presupuesto, claro, y también del tiempo y del esfuerzo que se quiera dedicar a diseñar, fabricar y poseer un vehículo único. Tanto Bentley, como Ferrari y otros, comienzan ofreciendo accesorios y personalizaciones para la gama existente; hablamos de colores de carrocería y tapicería fuera de catálogo, llantas diferentes o acabados especiales.

A continuación, muestran un segundo nivel, que consiste en modificar un modelo de serie, dentro de lo cortas que son las series de estos modelos. Nos metemos ya en el terreno de realizar total o parcialmente una carrocería específica, transformar en descapotable un coupé, o lo que se le ocurra al cliente.

Y el máximo de la oferta es diseñar algo único, basado, aunque sea lejanamente, en un vehículo que ya se fabrica, aprovechando la plataforma y el motor y el cambio, por ejemplo, o partiendo de cero. En este tercer nivel nos movemos entre las series muy limitadas que ofrece un fabricante a sus mejores clientes (sin publicidad alguna al exterior) o los modelos únicos que un cliente encarga para sí, con un acuerdo según el cual el fabricante del automóvil no hará otro igual.

Considerando el tipo de cliente al que se dirigen estos departamentos y sus costumbres, las iniciativas de las marcas se centran en poner a su servicio a sus especialistas, de cara a asesorarle en el momento de dar forma a sus sueños. Estos clientes utilizan con naturalidad los servicios de asesores de inversión, expertos en marketing, intermediarios, decoradores o asesores de imagen, y esperan recibir un apoyo similar de diseñadores, carroceros, ebanistas o cualquier otro especialista necesario para que su idea de cuatro ruedas tome forma y termine rodando.

Se suele decir que el dinero no garantiza el buen gusto, y entra dentro de lo posible que algún cliente de estos departamentos tan exquisitos llegue a demostrarlo. Ahí estará la habilidad del equipo de diseño para, educada y discretamente, reconducir esos gustos dudosos hacia un resultado que no dañe la imagen del fabricante. Por decirlo de modo suave.

Q Nueva York está junto al Hotel Four Seasons de Manhattan, …
… con todo lo necesario para haceerse un Aston Martin a medida.

Si iniciamos el repaso de las marcas que ofrecen estos servicios por orden alfabético, vemos que la primera es Aston Martin, bajo el atractivo nombre de “Q by Aston Martin”. En este caso la exclusividad arranca desde el nombre, porque Q es el nombre en clave del personaje de la serie de James Bond, siempre asociado a Aston Martin, que idea y fabrica los inventos necesarios para asegurar el éxito de las misiones de 007.

Como en el resto de los fabricantes que ofrecen estas opciones que van más allá del lujo, la comunicación de “Q by Aston Martin” se desarrolla en ese inglés elaborado y exquisito que suena de maravilla en el original, y entra dentro de lo recargado y hasta cursi al traducirse al español. Por ejemplo, se habla de que Q “desafía la percepción de lo posible. Empuja las fronteras de la personalización de los vehículos de lujo. Crea un Aston Martin único que es más que un coche”.

Palabras al margen, el máximo nivel que se ofrece es “Q Commission”, así, con muchas “m” y muchas “s”, “reservado en exclusiva para nuestros clientes más creativos y ambiciosos”. Las posibilidades del cliente, junto al equipo de diseño de la marca, crean un Aston Martin único.

Uno de los lugares físicos en los que se materializan estas ideas es Q Nueva York, “la primera tienda insignia de ultra-lujo para traer a Norteamérica los más altos niveles de “Q by Aston Martin”, el servicio a medida de mejora de vehículos”. Ubicada en Manhattan, junto al Hotel Four Seasons, es donde “Saville Row se cruza con Park Avenue”, una buena manera de tender puentes en una frase entre lo más exquisito de Londres y de Nueva York: Saville Row es la calle de Londres en la que tienen o tenían sus tiendas los mejores sastres para caballeros (y donde obviamente se los hacían a James Bond) y en Park Avenue se concentran las viviendas, tiendas y restaurantes de los más adinerados de Manhattan.

Madera y diferentes colores de cuero y bordado. Es Mulliner, de Bentley.
Un interior a medida para un cliente con buen gusto, en un Bentley Continental GT.

Bentley se fundó en el siglo XVI como empresa dedicada fundamentalmente a fabricar lujosos coches de caballos. Cuando arrancó la industria del automóvil, la mayoría de los vehículos se entregaban como chasis sin carrozar, y el cliente escogía quien le elaborase una carrocería a su gusto. Este fue el origen de muchos de los carroceros italianos, y lo que hizo que Mulliner ampliara su actividad a ese nuevo sector que entonces se llamaba “carruajes sin caballos”. En 1923 presentó su primera carrocería para Bentley, en 1959 pasó a ser propiedad del fabricante, y en la actualidad su nombre se emplea para los nombrar los trabajos a medida.

La oferta arranca con “Curated by Mulliner”, una lista de personalizaciones disponibles para el Bentayga de carrocería larga, los Continental GT y GTC, y la berlina Flying Spur. Permite detalles tan exquisitos como que el logo de Bentley en el centro de las llantas se sitúe siempre en posición horizontal, los ochenta colores a escoger para la carrocería, o los catorce para la iluminación interior.

El siguiente nivel es “Bespoke”, con modificaciones mayores sobre la gama existente. Hablamos, por ejemplo, de interiores elaborados con chapados en piedra cortada con láser de una décima de milímetro de espesor, o en madera de piano, o mandos de tiradores chapados en oro. En ocasiones “Bespoke” lanza series limitadas, como las diez unidades de Bentayga bajo la denominación Bentley Equestrian Collection.

Si el cliente busco algo realmente único, se recurre a “Mulliner Coachbuilt”, que elabora modelos exclusivos (“one-offs”) o series cortas para clientes conocidos. Por ejemplo, se fabricaron nada más que 18 unidades de Bentley Batur, o doce del Bakalar, todas personalizadas, de modo que no había dos iguales.

Bugatti Brouillard, unidad única fabricada para un coleccionista de todo lo que lleva el nombre de Bugatti.
Bugatti «57 One of one», en recuerdo del Bugatti Type 57 SC Atlantic.

Incluso un fabricante de lujo extremo como Bugatti tiene clientes que piden un algo más, porque una gama con precios que siempre tienen siete dígitos se les puede quedar corta.

Si el cliente quiere modificar un Bugatti de serie, recurre a “Programme Solitaire”, que le permite ajustar el vehículo a su gusto más allá de la oferta existente. Son siempre modelos únicos, con posibilidad de modificaciones de carrocería, además de las habituales de colores de exterior e interior, llantas y acabados.

La primera unidad de este “Programme Solitaire” es el Brouillard, un encargo de un cliente que no solo colecciona vehículos Bugatti clásicos y actuales, también atesora los muebles que diseñaba Carlo Bugatti y las esculturas de Rembrandt Bugatti. Carlo Bugatti fue el padre de Ettore, el creador de la marca de automóviles, y Rembrandt uno de sus hermanos, que se consagró como escultor.

La pasión de este cliente por la familia Bugatti le llevó a bautizar su coche único con el nombre del caballo favorito de Ettore: Brouillard era un pura sangre moteado, en cuya musculatura los diseñadores se inspiraron para desarrollar la carrocería del coche.

Y por encima del “Programme Solitaire” está “Bugatti Sur Mesure” (“Bugatti a medida”), que elabora modelos únicos que requieren modificaciones más profundas sobre la gama de serie. El primer fruto de “Bugatti Sur Mesure” es el encargo de un cliente que quería un Chiron que homenajeara al modelo Type 57 SC Atlantic de hace ahora noventa años. El resultado se llama Bugatti “57 One of One”, y emplea el color de carrocería del Atlantic, con el pliegue que la recorre longitudinalmente, el mismo tono del tapizado y mil detalles más.

La artesanía de Ferrari «Tailor Made»: a la izquierda los medios, …
… y a la derecha los resultados.

Obviamente Ferrari no podía dejar de prestar este servicio que, sin darle publicidad, lleva realizando hace tiempo. Un ejemplo antiguo es el modelo único que hace años fabricó para Eric Clapton.

También desde Maranello se estructura la oferta en tres niveles, empezando con “Genuine”, la gama de accesorios originales que permite un primer nivel de personalización.

Si los accesorios y las muchas opciones del configurador no son suficientes, se entra en “Ferrari Atelier”, “un estudio especial donde todos los clientes pueden crear coches aún más afines a sus gustos personales. Diseñado para que los clientes sean el centro de la atención, el Atelier es un espacio muy exclusivo y sofisticado, donde nuestros clientes pueden crear el coche de sus sueños con el asesoramiento de un equipo de expertos”.

Y por último se llega a “Ferrari Tailor Made”, “el programa exclusivo para aquellos clientes que quieran personalizar su automóvil a medida, convirtiéndolo en un coche único. Número limitado de compradores, cada uno de ellos ayudado por un equipo de expertos con un diseñador personal a la cabeza; el objetivo del equipo es garantizar un resultado único y coherente con la tradición y la reputación de Ferrari».

Llegado a este nivel, el cliente se desplaza a cualquiera de los centros Tailor Made, sea el de Maranello, o las filiales de Shangai o Nueva York, donde trabaja junto al diseñador para definir su coche. Básicamente se le proponen tres líneas de actuación, dependiendo de si persigue una línea más deportiva (Colección Scuderia), busca reproducir aspectos de modelos anteriores (Colección Classica) o quiere algo diferente y más avanzado (Colección Inedita).

El primer trabajo de Gordon Murray Special Vehicles es el Le Mans GTR, …
… en recuerdo de los coches «cola larga» que corren en Le Mans.

Hasta unos años, Gordon Murray habría pasado a la historia de la ingeniería del automóvil por haber diseñado coches que ganaron campeonatos de Fórmula 1 y las 24 de Le Mans y aportaron novedades tecnológicas, y también por ser el padre del que para muchos es el mejor deportivo de todos los tiempos, el McLaren F1.

Solo que fundó su propia empresa, Gordon Murray Automotive (GMA), y volvió a marcar el camino de los deportivos sin compromisos. No contento con ello, en este otoño de 2025 ha anunciado la aparición de Gordon Murray Special Vehicles (GMSV), una empresa paralela a GMA para aquellos para los que un T.50 o T.33, con sus precios de siete dígitos antes de impuestos, se queda corto.

También en GMSV la oferta se dispone en tres posibilidades, aunque no por complejidad o presupuesto. La primera es “Heritage”, y se encarga de volver a fabricar o de adaptar a la actualidad vehículos previamente diseñados por Gordon Murray. El segundo apartado se llama “Special Vehicles”, y se centra en series de bajo volumen y edición limitada, fuera de la gama de GMA. El primer trabajo ya está en marcha bajo el nombre de Le Mans GTR. Se inspira en los deportivos de los ’50 y ’60 y en la debilidad de Gordon Murray por los coches “cola larga” que corren en Le Mans, esos que alargan sus carrocerías por detrás para aumentar la estabilidad a alta velocidad. Se va a fabricar 24 unidades, una por cada hora de la carrera. Estaban todas vendidas antes de presentarse públicamente, y cada cliente personalizará la suya, por lo que no habrá dos iguales. Parte de un bastidor de carbono y unas suspensiones diferentes a los de los modelos de GMA, aunque mantiene una característica habitual en los coches de Murray: la posición de conducción central, como en los monoplazas. Las entregas se iniciarán en 2026.

¿Es el McLaren F1 el mejor deportivo de todos los tiempos? Con la llegada del GMSV «Special One Le Mans» hay quien empieza a dudar.

Y la tercera rama de GMSV, aun más exquisita, se centra en vehículos únicos o de serie muy limitada, ya sea con plataforma específica o compartida con algún modelo de la gama de GMA.

El primer encargo es el S1 LM (“Special One Le Mans”), del que un único cliente ha encargado el diseño y fabricación de cinco unidades, aunque ya tiene en casa dos del T.50. El bastidor es específico, mantiene la posición central de conducción, será matriculable, y supone un obvio homenaje al McLaren F1 GTR que ganó las 24 Horas de Le Mans en 1995. El motor es el V12 atmosférico de GMA, solo que llevado hasta 4.300 cc., en lugar de los 3.900 cc de los demás, incluido el Le Mans GTR.

Para subrayar el homenaje al McLaren F1, los retrovisores exteriores se anclan a la parte superior del montante A, como en las unidades iniciales del F1.

El cliente de «Ad Personam» de Lamborghini …
… tiene donde escoger colores para la carrocería y los tapizados.

El eterno competidor de Ferrari ha bautizado a su división especial “Lamborghini Ad Personam”, así, en latín. El Estudio Ad Personam se ubica en la fábrica, en Sant’Agata Bolognese, aunque las opciones más sencillas de entre las disponibles se pueden escoger en los concesionarios. Para facilitar el proceso de selección por parte del cliente a la hora de configurar su coche, se combina lo físico con la simulación digital, en lo que ahora se denomina experiencia «phygital”.

En paralelo a los modelos únicos (“one-off” en la jerga del sector), Lamborghini trabaja con intensidad las series muy cortas, los llamados “few-offs”. Desde 2007 ha lanzado seis de estas series, empezando por el Reventón de 2007, al que siguieron el Sesto Elemento de 2010 y el Veneno de 2013, para continuar con el Centenario en 2017 y el Sián en 2019 , y rematar con la nueva edición del Countach, el LPI-400 de 2021. Dentro de la férrea discreción en la que se mueven los clientes de estos vehículos, se ha sabido que un coleccionista alemán, llamado Albert Spies, ha comprado una unidad de cada uno de ellos. Así nutre su pasión por la marca, y logra que no estén solos en el garaje el Countach LP400S de 1979, el Miura SV y el Silhouette que ya tenía. Por supuesto, el Countach del ’79 está en impecable estado de marcha tras haber sido restaurado en la fábrica por Lamborghini Polo Storico.

Hace años que McLaren fundó MSO (“McLaren Special Operations”), en principio solo para encargarse del mantenimiento y puesta al día de los McLaren F1. Luego evolucionó para afrontar cualquier trabajo en los McLaren de calle o de competición, fueran mantenimientos, reparaciones o mejoras. Posteriormente amplió su actividad y se convirtió también en fabricante de coches a medida. Admiten, claro, desde modificaciones por encargo en vehículos de la gama existente, a modelos únicos. Un ejemplo es el McLaren Sabre, del que se fabricaron unas pocas unidades para un grupo de clientes de EE.UU.

La leyenda dice (y el configurador de la web de McLaren Automotive lo confirma) que el color rojo tradicional de los Ferrari no está disponible en el catálogo de la marca. Una vez que un cliente quería añadir un McLaren a su colección de coches “todos rojos”, no mencionemos la marca, tuvo que recurrir a los servicios de MSO para que se lo pintaran en el color del resto de sus coches.

McLaren lanzó MSO («McLaren Special Operations») para hacer preciosidades como ésta.

 

Roll Royce «La Rose Noire»: cuatro años de trabajo, …
… y una labor de ebanistería formada por 1.603 piezas de arce negro.

Por supuesto Rolls-Royce no podía faltar en esta lista de vehículos más allá de lo exclusivo. A las muchas posibilidades de personalización de los modelos de su catálogo, se añade lo que ofrece su departamento “Bespoke”, que elabora series cortas para clientes escogidos, a la vez que admite encargos especiales. Y aun por encima de ese nivel existe otro, solo por invitación de la marca, que consiste en crear, de modo conjunto con el cliente, un modelo único a medida.

Aunque muchas de estas unidades se elaboran y entregan de modo confidencial, algunas se hacen públicas, como el denominado “La Rose Noire” (la rosa negra, en francés), que llevó cuatro años de trabajo y arrancó por la adoración que la matriarca de la familia propietaria tiene por esa flor.

El resultado es un descapotable de dos plazas con techo duro, lo que le convierte en un coupé, con unas líneas de carrocería tan limpias que ocultan sus verdaderas dimensiones: 5,3 metros de largo y 2 de ancho.

Cualquier detalle del vehículo que se analice conduce a la admiración: la decoración en rojo, negro y gris de la cubierta trasera, el cuadro de mandos y el interior de las puertas es un trabajo de ebanistería formado por 1.603 piezas de chapado de arce negro. Otras piezas en rojo y diferentes tonos de gris recrean la sensación de los pétalos de rosa negra cayendo alrededor del conductor y de su acompañante. El montaje requería de tal nivel de concentración, que el artesano encargado del trabajo lo elaboraba en turnos de una hora, y no más de cinco horas al día. Pasó semanas en una zona acústicamente aislada de la fábrica para no tener distracciones. En total, el trabajo de ebanistería necesitó casi dos años de desarrollo y más de nueve meses de artesanía impecable.

Tampoco la carrocería se queda atrás. El color exterior es único, se llama “True Love” y reproduce las tonalidades de una rosa negra. Se consiguió con una capa de color específico, a las que siguieron cinco capas de laca, cada una mezclada con un tono de rojo diferente.

Llegados a este punto de la descripción, se echa de menos hablar de los precios de estos vehículos únicos, y es lógico, porque no se revelan. No es sólo que dependan de la cantidad y el coste de las modificaciones, o de las horas de trabajo necesarias; por encima de ello está la discreción acordada entre cliente y fabricante. Lo más preciso que se ha comentado últimamente son las palabras de Dario Franchitti, de GMSV, en las que solo decía que una unidad del Special One Le Mans de GMSV cuesta “varias veces” lo que un GMA T.50. Que está por encima de los dos millones de libras esterlinas antes de impuestos. Unas semanas después, ese único cliente que había encargado las cinco unidades previstas ponía a la venta la primera en una subasta de RM Sotheby’s en Las Vegas, y la puja se cerraba en 20.630.000 dólares estadounidenses. Sintámonos pobres.

Una subasta de clásicos

Tras años siguiendo con envidia las subastas de coches y motos clásicos en los países anglosajones, por fin se ha celebrado una en España y asistí a una de las dos jornadas. Disfruté, aprendí y no me perderé la siguiente.

En algunos sectores, como el del arte, es relativamente habitual comercializar productos a través de subastas públicas. El del automóvil, en España, es poco dado a ello, por lo que miraba con envidia esas subastas de todo tipo de vehículos en los países anglosajones, especialmente en el Reino Unido. Y más allá de las que manejan precios escalofriantes para vehículos únicos que se suceden en Londres, Suiza y Pebble Beach, me atraían las más mundanas, esas subastas británicas en las que, en una tarde, salen a puja hasta varios cientos de coches, bastantes de los cuales están al alcance de nosotros los mortales.

Por eso asistí recientemente a la subasta que Melvin Auctions organizó en Ifema (Madrid) coincidiendo con el salón de vehículos clásicos Retromóvil. El catálogo anunciaba un total de 188 lotes, desde motos en mal estado con más de cien años, a coches clásicos deseables con precios esperados de seis dígitos. El resultado no decepcionó.

Aston Martin Vantage Roadster V8, el que se exhibió en el Salón de Ginebra de 2007. La puja se cerró en 56.000 €.
Los vehículos «humildes» sin precio de reserva se pueden conseguir a buenos precios, como este SEAT 133 de 1975.

El primer punto que aprende el recién llegado a una subasta es que resulta imprescindible aprender unas normas básicas, además de hacerse con el lenguaje que se emplea. Y el punto inicial es que se puede pujar de tres maneras: en persona (“en sala” lo llaman), a través de la web de la casa de subastas, o por teléfono. En cualquiera de los casos hay que inscribirse previamente, ya que ganar una puja supone que se ha cerrado una compra, por lo que es obligatorio firmar el contrato de compra-venta y, claro, realizar el pago que corresponda.

En caso de que se puje en sala, el pujador recibe una tarjeta (se llama “paleta”) con su número; es lo que hay que mostrar de modo claro cada vez que se realiza una puja, y también si se ha ganado, para que se adjudique el lote.

En las pujas no son los postores quienes deciden el precio de su oferta, ya que hay una escala ya establecida por la casa de subastas. En este caso, si el precio era inferior a 999 €, las pujas subían de 50 en 50 €; hasta 1.999 € subían de 100 en 100 €; si el precio saltaba hasta 4.999 €, las pujas ya escalaban de 200 en 200 €; en el espacio hasta 29.999 € el crecimiento era de 500 €; de ahí a 99.999 € había que añadir 1.000 € en cada puja; y si el precio llegaba a los seis dígitos, las pujas crecían en saltos de 2.000 €.

Y el último punto que hay que aprender, quizá el básico, es el concepto de precio de reserva. Si un vendedor no establece precio de reserva, quiere decir que la puja se cerrará y adjudicará a la oferta más alta, sea la que sea, ridícula o disparatada. Como las pujas se abrían en Retromóvil en 50 €, existía la posibilidad de que, si solo había un interesado en el vehículo, ofreciera 50 € y se lo llevara. No sucedió en ningún caso, aunque algunos lotes sin precio de reserva se cerraron con precios inferiores al de mercado.

Si hay precio de reserva, la puja no se cierra si no se alcanza esa cantidad; sin embargo, los postores no saben cuál es ese precio hasta que se alcanza en la subasta, de modo que suben y suben sus pujas solo sabiendo que a ese precio todavía no se lo van a adjudicar y sin saber cuánto han de subir sus pujas para llegar al precio de reserva. En la subasta hubo varios vehículos tan caros como apetecibles que no se adjudicaron por no alcanzar el precio de reserva; por ejemplo el Alfa Romeo Montreal de 1973, el Maserati Merak SS de 1977 y la Bimota DB7 de 2009. Por el mismo motivo tampoco se adjudicó el SEAT Ibiza de 1968 que se utilizó en el rodaje de la serie “La casa de papel”.

Bimota DB7 con motor Ducati Testasretta Evoluzione Desmo. No alcanzó el precio de reserva.
Tampoco este Maserati Merak SS de 1977, diseñado por Giorgetto Giugiaro, …
…alcanzó el precio de reserva.

Si un vendedor establece precio de reserva, se guarda el derecho de retirarlo cuando estime oportuno. Es una maniobra que se suele realizar si las pujas se acercan al precio deseado, pero no lo alcanzan; entonces el vendedor ha de escoger entre conseguir algo menos del mínimo que esperaba o no venderlo. Sucedió, por ejemplo, con la puja por un vehículo poco habitual: un Mercedes W123 coupé con motor 230, que había sido transformado en descapotable por el carrocero alemán Bähr (no confundirlo con Baur, otro carrocero alemán que también hacía transformaciones de coupé a cabrio, en su caso para BMWs de la Serie 3). La puja llegó a 23.500 €, se quedó parada y se cerró sin adjudicar. Entonces el vendedor indicó por teléfono que retiraba el precio de reserva, por lo que se invitó al último postor, al que había ofrecido 23.500 €, a que repitiera su oferta: así lo hizo y se le adjudicó el Mercedes a ese precio.

Algo similar sucedió unos minutos más tarde con un vehículo más apetecible y más caro: un Porsche 911 2.0 SWB, vendido originalmente en el concesionario de la marca en San Francisco en 1967, y en un estado impecable. Con precio de salida de 72.000 €, la puja escaló hasta los 118.000 €, aun por debajo del precio de reserva. Con la puja cerrada y el Porsche ya inscrito como “no adjudicado”, el vendedor retiró el precio de reserva y el último postor se lo llevó al precio de su puja final.

«No adjudicado». El Alfa Romeo Montreal de 1973 no alcanzó el precio de reserva, aunque tenerlo en la subasta fue una excusa para ver de nuevo esta joya diseñada por Marcello Gandini.

Mis conclusiones son que, si no hay precio de reserva y los postores no se “calientan”, los precios de cierre son razonables e incluso están por debajo del mercado. Sirva como ejemplo el lote 205, un SEAT 131 Supermirafiori 1.600 de 1979, en buen estado y sin uso desde 2012, que se cerró en 2.800 €. Aun más interesante fue la puja por un precioso FIAT 1500 Cabriolet de 1965, más mantenido que restaurado, en uso y con solo 37.500 km: se abrió la puja en 9.000 €, unos segundos después ya estaba en 17.000 €; finalmente se adjudicó por 18.500 €. Aun si la puja se pone interesante (como en el caso del Aston Martin V8 que se expuso al presentar el modelo en el Salón de Ginebra de 2007), se puede cerrar a un precio lógico: esta subasta se abrió en 36.000 € y un postor se lo llevó por 56.000 €.

Si hay precio de reserva, suele ser alto y resulta más difícil comprar a buen precio, hasta tal punto que hay lotes que no reciben puja alguna; por ejemplo, el Citroën XM V6 de 1999, en estado impecable, con precio de reserva y salida de puja en 8.000 €, que no recibió ofertas.

En todo caso, iré la siguiente y quizá hasta puje.

Hay un Golf GTI en el garaje: ¿Y vale para ir a Marruecos?

En la primera parte de esta serie se planteó si, como se suele comentar, un VW Golf GTI es el coche ideal para todo. Ocho mil kilómetros y un viaje por Marruecos después, es hora de comprobarlo de nuevo.

Hay una conversación recurrente entre aficionados a los coches que versa sobre cuál escogerían como vehículo único, como coche para todo. Y por supuesto existe su equivalente en el mundo de las motos.

Durante años, el resultado del debate terminaba llevando a un BMW Serie 3 con carrocería familiar y uno de esos motores diésel potentes tan de moda entonces. Solo que el mundo en general, y el de la automoción en particular, han cambiado tanto que las conclusiones a día de hoy serían otras.

En el puerto de Tánger, aguardando para embarcar con rumbo a Tarifa

En mi caso, teniendo en cuenta consideraciones racionales y emocionales, mezcladas con las necesidades personales, el coche ideal está ya en el garaje, y día a día compruebo si la decisión fue la adecuada o no. Un reciente viaje por los dos lados del estrecho de Gibraltar ha dicho que sí. En las autovías españolas el Golf GTI permite hacer gran parte de los recorridos en sexta a bajo régimen, gracias al mucho par disponible desde ¡1.600 rpm!, y solo se recurre a la quinta en subidas largas y pronunciadas, o por seguridad en adelantamientos largos.

Solo le encontré dos pegas al Golf en este terreno. La primera es culpa de los neumáticos de perfil bajo (225/45 R 18) mezclados con un bastidor rígido: cuando el asfalto está liso y no tiene parches, la marcha es cómoda y silenciosa; cuando está granulado o parcheado, el ruido de rodadura se hace notable, especialmente por culpa de las ruedas traseras.

Por otro lado, cuando se van acumulando los kilómetros, la banqueta del asiento se hace incómoda. Es bastante plana y está cercana al suelo, por lo que los altos levantamos las rodillas, no apoyamos todo el muslo, y el peso concentrado en la parte posterior genera incomodidad más o menos después de 300 kilómetros.

Mi Golf GTI “siete y medio”, como dicen los ingleses, se portó de maravilla en el recorrido marroquí. La ruta de Tánger a Tetuán se hizo al principio por la N 16, bordeando la costa por Alcazarseguir y detrás del monte Musa, para luego pasar a la P 4703 y P 4701 hasta tomar la N 2 ya llegando a Tetuán. Al ser buena la carretera, y con trazado fluido, gran parte del recorrido se pudo hace en cuarta y quinta.

Al día siguiente continué por la N 2 hasta Xauen, ya en el Rif, disfrutando del par en tercera entre ¡1.500 rpm! y 4.000 rpm, recurriendo a cuarta solo en las pocas rectas y a la segunda en curvas lentas y para adelantar camiones largos.

La prueba de fuego del sistema de climatización: fuera había 45,5ºC, dentro se estaba de maravilla.

El momento más duro del viaje para el coche, el que le puso a prueba, fue la mañana que nos llevó de Xauen a Arcila. Ya habiendo bajado de las montañas del Rif y cruzando llanuras en dirección Este hacia la costa del Mediterráneo, el termómetro de exterior legó a 45,5 º C. Eso sí, la temperatura del motor ni se inmutó y en el habitáculo se mantenía un ambiente agradable gracias a los esfuerzos del equipo de climatización.

Respetando el formidable diseño del Golf: se elimina en soporte de las placas de matrícula, y se las fija mediante un soporte invisible

Uno de los atractivos de la séptima generación del VW Golf es que mantiene el diseño limpio y sencillo, que no simple, completamente germánico, que Giorgetto Guigiaro dibujó en los ’70 para la primera generación. Por eso se rompe el equilibrio si se añade cualquier elemento, sean alerones o simples adhesivos. En el caso de mi coche, me chirriaba algo tan aparentemente banal como el soporte de la matrícula: cuando lo compré, las placas de matrícula, de plástico, se sujetaban mediante unos bajomatrículas negros con el nombre de un concesionario alemán: eran un añadido excesivo e innecesario de colores, forma y letras.

Una breve excursión por Google me permitió localizar una sujeción invisible: láminas de plástico con adhesivo de alta resistencia por una cara y Velcro del bueno por la otra.

Sustituir las placas negras por esos adhesivos necesitó solo de un destornillador de estrella, una buena limpieza de la suciedad acumulada detrás de las placas, eliminar todos los restos incluso de humedad con las toallitas suministradas y fijar las láminas. Para mantener la correcta posición de las placas recurrí a la cinta métrica y a un nivel de burbujas, para que quedaran centradas en sus alojamientos y horizontales por completo.

El resultado es fantástico: al diseño original del coche solo se añade el mínimo legal imprescindible: unas placas de matrícula sin tornillos ni remaches visibles, que parecen flotar sobre la carrocería roja.

El indicador de sugerencia de cambio de marchas piensa solo en ahorra combustible; no sabe en qué consiste divertirse al volante.

El cuadro de mandos de mi Golf GTI es del tipo que el grupo VW bautizó como “virtual cockpit” en su lanzamiento: en lugar de relojes analógicos con agujas físicas, es una pantalla que los reproduce digitalmente, y que el usuario puede personalizar. Aunque a día de hoy es bastante común entre todos los fabricantes, cuando apareció fue una novedad.

La configuración que utilizo tiene, en los “relojes” grandes, el cuentavueltas a la izquierda y el velocímetro a la derecha, y en el interior del primero aparece un indicador de la marcha en uso que se convierte en una sugerencia de cambio de marcha cuando el sistema lo cree necesario. Y este indicador merece dos comentarios.

Cada vez que se cambia de velocidad, el indicador desaparece un instante y solo vuelve a encenderse una vez que se ha soltado el embrague por completo y pisado de nuevo el acelerador. Tengo la sensación de que actúa así porque no hay un sensor de marcha engranada en la caja de cambios, si no que relaciona la velocidad del vehículo con el régimen de giro del motor. Por eso se desconecta al pisar el embrague y no regresa hasta que el resultado respeta una lógica.

El segundo comentario es una crítica a las exageradas sugerencias del indicador de cambio de marchas. Cierto que el motor ofrece 370 Nm de par desde solo 1.600 rpm, pero eso es a pleno gas. Además, lo que no sabe el indicador es si estoy aguantando una marcha porque me acerco a una curva y quiero ahorrarme subir y bajar de marcha en pocos metros. En tramos de curvas es habitual que, si estiro el motor en segunda, ya me esté recomendando subir hasta cuarta. Y en cuanto levanto el pie al llegar a una curva, la recomendación desaparece. En la foto que inserto más arriba (y que evidentemente tomó el copiloto), ruedo en cuarta a unas 2.300 rpm y me está pidiendo que pase a sexta cuando la velocidad no llega a 80 km/h. Toda una exageración, que va en contra de la credibilidad del sistema.

Por cierto, hay una circunstancia concreta en que el sistema de cálculo se hace un lío y ofrece un dato falso: en un tramo de curvas en que se cambie con frecuencia entre segunda, tercera y cuarta, llega un punto en que se rueda en segunda con el indicador señalando tercera. Solo al mantener la tercera engranada un rato, el indicador vuelve a la realidad.

Cuando compré el Golf me quedaron tres cuestiones pendientes que no resolvió la tienda vendedora, y que me han llevado a tratar con el departamento de atención al cliente de VW España y con un concesionario de la marca. En los tres casos han sido estupendamente amables y serviciales, aunque solo en uno de ellos has sido eficaces, si por eficacia entendemos responder a mis preguntas.

La primera cuestión se refería al manual del usuario. Con el Golf me entregaron toda la documentación original, incluyendo su manual en perfecto alemán. Como no conseguí la versión en español en la web de VW España, hablé con su departamento de atención al cliente, que me remitió a un concesionario. Ahí, tras una visita personal y varios mensajes de WhatsApp, me proporcionaron el mensaje que me permitió descargar la versión digital en formato pdf.

La segunda pega se refería a porqué en mi coche no funcionaba la conexión del teléfono para Apple Car Play y Android Auto, cuando sí conseguí conectarlo mediante Bluetooth para las funciones de teléfono y música. En VW España no supieron explicármelo, y me remitieron a otro departamento (¿en Alemania?) más especializado. Allí si fueron capaces de decirme que esa función existe, pero que era una opción en los vehículos del mercado alemán, como el mío, y un equipamiento de serie en el español, y que un concesionario me ayudaría, previo pago a activarlo. En el concesionario me confirmaron esta información, aunque no fueron capaces de darme un presupuesto, por lo que sigue sin activar.

Y la tercera pregunta parte de mi interés por cuidar el coche y que su mantenimiento siga a cargo de un concesionario de la marca. Oí que existen planes de mantenimiento a precio fijo en los concesionarios, que permiten cierto ahorro, y por ellos pregunté, hasta quedarme enganchado en la burocracia de las multinacionales: que si tengo que consultarlo, que si en VW no me han dicho nada, que si hay dudas porque los primeros mantenimientos se hicieron en Alemania y no es España, … Conclusión, que tampoco para la tercera cuestión hubo respuesta.

Es decir, que por ahora el Golf GTI “ siete y medio” está a la altura del mito, y el servicio al cliente por debajo.

Más que cambiar el motor

En lo mucho que hasta el momento se ha dicho y escrito sobre vehículos eléctricos (BEV) y con motor de combustión interna (ICE), se les suele enfrentar como si la única diferencia entre ellos fuera el tipo de motor. Desde los puntos de vista de la ingeniería y el diseño, las diferencias van bastante más allá.

Una parte excesiva de lo que se comenta sobre los vehículos eléctricos carece de base, lo mismo que algunos de los argumentos empleados en el enfrentamiento que se ha creado entre ellos y los ICE están basados en los intereses de las respectivas industrias y sus inversores. Más allá de esta hojarasca, llama la atención que esa rivalidad parece partir de que un BEV y un ICE son iguales salvo en el tipo de motor, o como mucho que uno de ellos lleva además una batería grande. Esto supone ignorar por qué cada tipo de coche es como es o, dicho de otro modo, cuáles son los condicionantes que cada tipo de motor y tracción ejercen sobre la arquitectura y la forma de un vehículo. Así que lo mejor será repasar los condicionantes de cada uno y, de paso, compararlos entre sí.

El volumen que ocupan un motor de combustión y sus accesorios (alternador, compresor del aire acondicionado, colectores de admisión y escape, y bombas varias) llena por completo el capó motor. El equivalente en un BEV es algo menor, y por eso existe la posibilidad en el eléctrico de reservar un hueco para un maletero delantero, o al menos receptáculo para el cable de carga.

Si el vehículo es un ICE de tracción delantera, el motor se coloca de modo transversal a la marcha, y algo inclinado para bajar el capó motor y mejorar así la aerodinámica, con la caja de cambios a continuación. De ésta salen los ejes de la transmisión que, al ser obviamente barras rígidas y rectilíneas, condicionan la posición de las ruedas delanteras, al llevarlas algo más atrás de lo ideal. Esta posición retrasada de las ruedas no solo alarga el voladizo delantero (lo que dificulta la dinámica y afea la estética) y reduce la distancia entre ejes (menor estabilidad direccional), también retrasa los pasos de rueda, que se introducen en el habitáculo y dificultan especialmente la ubicación del acelerador en los coches con volante a la derecha.

Haciendo números gordos, la necesidad de refrigeración de un ICE es el doble de la de un BEV, y eso influye en el aspecto del frontal del vehículo. Estamos acostumbrados en los coches térmicos a grandes entradas de aire para alimentar un gran radiador de motor, al que a veces se añaden radiadores de aceite para el propio motor o para el cambio. Un BEV tiene en menor medida este condicionante, lo que reduce el tamaño de las entradas de aire y, a la vez, permite un morro más bajo, al ser menor la superficie del radiador.

Ford Puma a secas, con su motor de combustión (un ICE) y muchas entradas de aire para refrigerar.
Ford Puma Gen-E, completamente eléctrico (es decir, un BEV), con pocas entradas de aire.

Los vehículos con motor de combustión en posición delantera, que son la mayoría, hacen que la línea de escape transcurra por debajo de la carrocería hasta llegar al silenciador final, generalmente colocado debajo del maletero. Para que esa línea de escape no sobresalga bajo el coche y quede por ello expuesta a golpes y además perjudique la aerodinámica, la parte inferior de la carrocería tiene un arqueado en sentido longitudinal, suficiente para que se oculte el tubo de escape. Evidentemente un BEV no necesita de esta complejidad; es más, suele exigir un fondo totalmente plano al que sujetar la batería.

Sobre ese silenciador final que se mencionaba antes hay que señalar que las normas de homologación sobre ruidos le han hecho crecer en los últimos años, y ahora ocupa una parte notable de la zona inferior del voladizo trasero. Un BEV no tiene este silenciador, y encuentra nuevos usos para el hueco que aparece. Si añadimos que el BEV tampoco necesita depósito de combustible, que igualmente se suele ubicar en la parte posterior, aunque entre los ejes, aparece un volumen aprovechable. En algunos casos se emplea para suplementar el maletero, al que se dota de un doble fondo que ocupa la ubicación de un teórico silenciador.

Si el vehículo tiene prestaciones elevadas la aerodinámica es importante, y este hueco resulta provechoso; me explico: el perfil de un automóvil es, en esencia, el mismo del ala de un avión, y lo mismo que ésta hace volar a la aeronave, a partir de ciertas velocidades ese efecto de sustentación empieza a notarse en un coche. Para evitarlo hay que aplicar ciertos trucos, como añadir elementos que contrarresten el efecto ya sean alerones traseros o difusores, o que lo reduzcan, como alerones delanteros.

El aire que pasa bajo el coche lo hace a una presión mayor que la que tiene el aire sobre el techo, lo que crea una fuerza vertical hacia arriba que tiende a levantar el vehículo. Para reducir este efecto se puede colocar un difusor en la zona posterior trasera del vehículo, donde en un ICE iría el silenciador, cuyo efecto sería acelerar la salida de ese aire, reduciendo con ello su presión, lo que a su vez provoca una reducción de la fuerza vertical mencionada.

También en el habitáculo son distintos los condicionantes de un ICE y un BEV, más allá de lo mencionado sobre la intromisión de las ruedas delanteras. Un vehículo con motor de combustión delantero y propulsión trasera tiene una caja de cambios, su palanca y su timonería ubicadas entre las piernas interiores de los ocupantes de los asientos delanteros. Y el árbol de la transmisión atraviesa el coche en sentido longitudinal desde el final del cambio hasta el diferencial trasero, por lo que se crea ese paso a lo largo de la carrocería que tanto molesta a los pasajeros del asiento trasero, especialmente si lo ocupan tres personas. En un BEV todo esto desaparece porque si hay caja de cambios es más pequeña y no la maneja el conductor, y también porque no necesita un largo árbol de transmisión longitudinal. Luego tenemos más espacio entre los pasajeros delanteros y un suelo plano (y cómodo para los pasajeros traseros).

BMW i4, eléctrico: no tiene escapes aunque lo parezca, y las taloneras tapan la batería.
BMW m440xi, térmico: sí tiene escapes, y las taloneras cubren el hueco que deja la batería.

Si hasta ahora puede parecer que un BEV tiene menos condicionantes que un ICE es porque los estamos analizando más desde los puntos de vista de la ocupación del espacio y la flexibilidad en la ubicación de sus componentes. Porque el eléctrico sale perdiendo si consideramos la densidad energética, es decir, el peso y el volumen que ocupan los elementos que acumulan la energía y la transforman en movimiento: depósito de gasolina o batería, motor o motores, y sus accesorios. El BEV necesita de una batería grande y pesada, aunque podamos escoger su forma y su ubicación. Y eso genera un círculo vicioso, porque si se quiere compensar el incremento de peso con un motor más potente, aumenta el consumo y se reduce la autonomía, lo que solo se remedia con una batería más grande y más pesada.

Y lo peor de todo es utilizar la misma plataforma para BEV e ICE, porque se comparten las desventajas y no se aprovechan las virtudes de cada uno: el ICE se convierte en un BEV sin batería y queda alto de carrocería, el BEV no aprovecha los huecos, y tiene unos pasos para transmisión que no utiliza, … Si la solución de plataformas exclusivas es cara, no hay más que ver el resultado de la plataforma compartida de BMW entre la Serie 4 y el i4.

Hay un Golf GTI en el garaje: la realidad y el mito

Va a hacer cincuenta años que Volkswagen creó una categoría de automóviles, esa que los anglosajones bautizaron como “hot hatch”. Un miembro destacado de esa familia ha llegado a mi garaje con el ambicioso objetivo de ser el coche para todo, disfrute incluido. ¿Estará la realidad al nivel del mito?

El lanzamiento de la primera generación del Volkswagen Golf en 1974 fue una difícil apuesta para la marca. Tras las dificultades de la II Guerra Mundial, Volkswagen había sobrevivido gracias al Escarabajo, pero a mediados de los ’70 el modelo estaba envejecido y superado por la competencia, a la vez que las finanzas sufrían. Con poco presupuesto, Volkswagen se atrevió a preparar un sucesor en el que lo cambiaron todo respecto al Escarabajo: motor delantero en lugar de trasero, tracción delantera en lugar de propulsión trasera, y refrigeración por agua, no por aire. Y hasta se atrevieron a contratar a un estudio italiano para su diseño. El resultado fue el nuevo VW Golf, que deslumbró cuando se presentó en el Salón de Ginebra de 1974 gracias especialmente al trabajo de Giorgetto Giugiaro, y aseguró la supervivencia de la marca.

No contento con ello, algunos ingenieros de Volkswagen, en secreto y fuera de horas de trabajo, decidieron elaborar una versión con un toque deportivo de esa primera generación del Golf. Cuando la dirección supo de la ocupación discreta de solo seis empleados, liderados por Anton Konrad y Herbert Schuster, dieron una aprobación limitada: solo se fabricarían cinco mil unidades de ese “Sports Golf”, así le llamaban, que se lanzó en el verano de 1976. No había demasiada confianza en un nicho hasta entonces inexistente, el de los vehículos de segmento C con prestaciones por encima de la media. Desde entonces se han vendido más de 2.300.000 unidades de lo que finalmente se bautizó como Golf GTI, repartidas por las ocho generaciones fabricadas hasta el momento.

El éxito de esta recién creada categoría de “hot hatch” fue tal desde el principio que el resto de las marcas se apuntaron sin tardar, y crearon joyas como el Peugeot 205 GTI de 1984, los sucesivos Honda Civic Type R, el Ford Focus RS de 2002 o las diversas ediciones de Megane desarrolladas por RenaultSport.

Sin embargo, para los puristas el líder de la categoría sigue siendo su creador, el Golf GTI, con su montante en C en forma precisamente de C que Giugiaro ideó para la primera generación y que se ha mantenido en las siete siguientes, junto a su aire formal y alemán que oculta no por completo el tinte deportivo.

Desde 1974 hasta la fecha han pasado muchas cosas en el mundo y en Volkswagen, y sin duda el momento más grave para la marca fue la crisis reputacional y económica del “Dieselgate”, el hecho de que el grupo VW falseara la programación de la electrónica de sus motores diésel para superar las pruebas de homologación contaminando por encima de lo declarado. Corría el año 2015, y tanto la imagen como las finanzas del grupo sufrieron un grave daño. Con la idea de recuperar su imagen de fabricante de buenos coches se tomaron muchas medidas, una de las cuales fue poner toda la carne en el asador ante la llegada de la mejora, a mitad de su vida comercial, de la séptima generación del Golf. Como el objetivo era sorprender con un vehículo de calidad más que ganar dinero con él, los Golf de esa fase de producción, los de 2016 a 2020, parecen tener una categoría y un comportamiento por encima de lo que corresponde a un vehículo del segmento C. El esfuerzo se redobló en la versión GTI, que a su vez tuvo ediciones especiales, como la denominada Performance.

El Golf que acaba de llegar a mi garaje es precisamente uno de esos: un GTI Performance matriculado por primera vez en Alemania en Septiembre de 2019, con un único propietario, mantenimiento realizado en concesionarios de la marca, con solo 44.000 kilómetros reales, en versión de tres puertas, con las preciosas llantas forjadas de 18” negras con un filete rojo, y todo su historial documentado en forma de manual del usuario y facturas, guardadas en la carpeta original.

El diseño exterior mantiene, aumentando el tamaño, las ideas originales de Giugiaro, que equilibra la discreción que se espera de un coche alemán con cierto aire deportivo sin dejar de ser sobrio. El interior recuerda a esa época en que todos los fabricantes envidiaban a Audi por diseño, materiales y ajustes: es sólido, serio, lógico, de nuevo sobrio, con calidades por encima de lo que se espera de un segmento C de marca generalista. Valgan como ejemplo que en el guarnecido de las puertas se ha tapizado el interior de los receptáculos, o que en el cuadro de instrumentos digital, los cuentakilómetros total y parcial cambian sus números subiendo, lo que reproduce el efecto y el movimiento de un cuentakilómetros analógico, Todo un detalle de buen gusto.

Lo mismo que el diseño del guarnecido de las puertas delanteras, con un equilibrio entre practicidad y estética, entre formas agradables y ergonomía, con una disciplina que la sitúa más cerca de la sobriedad que de la exhibición.

El motor es un dos litros con turbo e inyección doble, directa e indirecta. El resultado, más allá de los 245 CV máximos que se mantienen entre 5.000 y 6.700 rpm, es una meseta de par de 370 Nm desde tan abajo como 1.600 rpm hasta 4.300 rpm. La cantidad, y sobre todo la distribución del par, facilitan la conducción urbana en 3ª, que es válida en muchas rotondas y cruces, y elimina los cambios entre 2ª y 3ª en los dos sentidos.

El resultado, tras los primeros 2.200 km. de uso, es que es un coche fácil de llevar, ya sea como vehículo urbano o para viajes (“hatch”) o como aprendiz de deportivo (“hot”). Me gusta el tacto de la dirección en el volante grueso forrado en cuero (aunque no tan grueso como el de mi añorado M3 E46), la sensibilidad del acelerador, el aplomo mecánico de la palanca de cambios (a pesar de los reenvíos), y la sensación general de solidez, de lo que se espera de un coche alemán de cuando la industria alemana era la envidia de Occidente.

Los mandos de la climatización son físicos, no están incorporados a una pantalla táctil. Aunque el freno de estacionamiento es eléctrico, su empleo sigue la misma lógica que una palanca mecánica: si se tira hacia arriba se conecta el freno; si se presiona hacia abajo se libera.

Las cuatro plazas son reales y cómodas, el maletero es grande y utilizable por la regularidad de sus formas, además de incorporar un añadido donde debería estar la rueda de repuesto.

Claro, que no todo van a ser elogios. El cable que conecta el teléfono móvil al coche se debe insertar en una conexión USB ubicada en una guantera con tapa que está delante de la palanca de cambios. Para aprovechar el volumen de esa guantera, la conexión está tan a la derecha que no caben los dedos, al menos los míos, para insertar y liberar la clavija. Y si se quiere soltar la clavija tirando del cable, terminará dañándose.

Otra pequeña queja ergonómica se refiere al poco espacio que queda entre los nudillos y los mandos de la climatización en los cambios de marcha hacia delante, es decir, de 2ª a 3ª y de 4ª a 5ª.

No me convencen los sistemas “Start &Stop”, los que apagan el motor cuando está al ralentí, y menos en los motores con turbo, ya que interrumpen el flujo de lubricante en los semáforos y en los peajes. Afortunadamente en mi Golf hay un interruptor de anulación junto al mando del cambio, y ya he memorizado que debo utilizarlo cada vez que arranco el motor.

Hasta ahora los consumos han oscilado entre 6,5 l/100 km en autovía a velocidades algo por encima de lo legal, hasta casi ocho en uso urbano, con recorridos cortos y mucho arranque en frío.

Quizá sea pronto para decidir si la realidad del Golf GTI Performance Mark 7’5 (así los llaman) está a la altura del mito. Sí que he descubierto que es más un buen coche para todo que corre mucho que un GTI al estilo de la primera generación, la que creó el segmento. Y me alegra, porque lo que buscaba era eso, un coche para todos los días que tuviera y transmitiera calidad. De modo que cada vez que bajo al garaje con sus llaves en la mano llevo puesta una sonrisa de ilusión, y eso es un buen principio de nuestra relación.

Dice que son un neoyorquino, un mexicano, un francés y varios españoles, …

Desde 2022 cuento por aquí mis andanzas y desventuras entre coches clásicos. Este séptimo y por ahora último capítulo se dedica a los meses finales con ellos y a las dos despedidas.

Mercedes Benz fabricó más de 2.700.000 unidades de la Serie W123, y solo cien mil de ellas lucían la carrocería coupé. De esos coupés, un tercio montaba el motor de seis cilindros y casi tres litros con inyección y, durante unos años, dos supervivientes han habitado mi garaje.

En entradas anteriores de este blog narré cómo los escogí y compré, y los trabajos de revisión y restauración. Una vez que terminé o terminamos las labores necesarias para dejarlos estupendos, comenzó la fase de disfrutarlos. Presumí de ellos tanto en la tradicional reunión de coches clásicos del primer domingo de cada mes en Navacerrada, como exponiéndolos en reuniones de cierto nivel, por ejemplo, Autopía. Y como es de esperar con todo vehículo clásico, el placer iba acompañado de trabajos ocasionales, de mantenimientos o sorpresas que van surgiendo. Ahí va un ejemplo: estaba repasando el verde antes de llevarlo a pasar la ITV, y comprobé que fallaban la luz de freno izquierda y la de marcha atrás. El diagnóstico fue el más habitual y más sencillo en los clásicos, porque las conexiones eléctricas se ensucian y se oxidan con los años, y por tanto dejan de conectar, que es para lo que están; resolver el incidente no es más que localizar el punto conflictivo (a veces no es tan fácil), limpiarlo adecuadamente y asunto resuelto.

También fallaba en ocasiones el claxon, de modo que con cara de seguridad en lo que hacía desmonté el volante, limpié sus contactos, repasé fusibles e instalación eléctrica, … y seguía sin funcionar. Se me descolocó la cara de seguridad, porque meses antes me había sucedido lo mismo en el Mercedes azul, y se había resuelto desmontando y montando: en ese caso el fallo se debía a que más de cuarenta años de suciedad acumulada en los contactos tras el volante no permitían cerrar el circuito, y no hubo más que limpiarlos para que todo volviera su ser.

Pero el claxon del verde se negaba a reaccionar, y no me quedó otra que llevarlo a mi taller de clásicos de confianza, que me proporcionó una diagnosis sorprendente: las bocinas que yo veía en el vano motor no eran las que estaban conectadas a la instalación eléctrica del volante, si no otras ocultas por delante del paso de rueda delantero izquierdo, y el correspondiente mazo de cables estaba dañado. Una vez más volví a la reflexión de quién, en qué momento de los 47 años de vida del coche, y por qué, había decidido montar otras bocinas sin quitar las originales, tirar un nuevo mazo de cables sin desmontar el de serie, …

El paso de la ITV tuvo la sorpresa de una calificación desfavorable aunque razonada: la holgura de la rótula de dirección izquierda era excesiva, y sin embargo el estado de la derecha era impecable. Aprovechamos tener el coche en el elevador para reponer pasta de sellado en las juntas del escape, reapretar sus bridas, sellar con Araldit alguna mala soldadura de los silenciadores, y apretar igualmente las bridas de la bomba de combustible, que sudaba.

Con la ITV aprobada hasta Febrero de 2028, fui a lucir mi precioso Mercedes verde al aparcamiento reservado de Classic Madrid, en el Palacio de Cristal de la Feria del Campo.

Finalmente, antes de exponerlo en Retromóvil, me llevé otra sorpresa: estaba mirando el interior del enorme maletero, comprobando si los muchos guarnecidos estaban limpios y ajustaban bien, y si el desagüe del lado derecho cumplía con su función, cuando toqué un tornillo suelto. Estaba en un hueco bajo la cara interior del piloto derecho, y notaba que la tuerca que lo debía fijar no presionaba porque la parte no roscada del tornillo era demasiado larga. Me extrañó mucho que esto sucediera en un coche con una ingeniería tan impecable como era la de los Mercedes de los ’70. Desde fuera del maletero comprobé que el tornillo en cuestión era uno de los cuatro que sujetan un enorme travesaño, al que a su vez se fija el paragolpes cromado mediante otros dos tornillos, cuyas cabezas quedan ocultas bajo las molduras de plástico negro.

Decidido a aclarar el misterio del tornillo que no presionaba, revisé los otros tres. A estas alturas ya había retorcido mi cuello y mi espalda más allá de lo aconsejable para ver el final de los tornillos en el último hueco del maletero, y me había tirado bajo los lados izquierdo y derecho de la parte posterior del coche para ver las cabezas de esos tornillos ocultas tras el paragolpes. Mientras pensaba y recomponía las articulaciones, llegué de nuevo a la conclusión de que alguien, en algún momento de los 47 años de vida del Mercedes verde, desmontó el paragolpes y el travesaño al que se fija, y montó mal dos de los cuatro tornillos, porque había uno largo donde debía haber uno corto y viceversa. Para descubrirlo me había tocado levantar la moldura de plástico negro para acceder a los tornillos exteriores y luego desmontar el paragolpes, para así sacar los tornillos cruzados. Y todo ello con la colección de llaves planas, carracas y de tubo, más mucho WD 40, necesarias para desenroscar tuercas medio oxidadas en rincones recónditos.

Media hora después, con las uñas negras y los nudillos marcados a pesar de los guantes, cada tornillo estaba en su sitio, y el paragolpes trasero de mi Mercedes verde ya no se movía.

Ya se han tratado aquí episodios anteriores en los que lidié con las dificultades propias de vender coches, y repetir el proceso con los dos Mercedes clásicos me metió de nuevo en el mismo bucle, fundamentalmente desagradable. Este desagrado se basa en dos puntos, el primero de los cuales es la inmadurez del mercado español de clásicos. Un mercado maduro se basa, entre otras cosas, en la existencia de tablas de valoración, que dependen de marca, modelo, versión, extras y año de fabricación, y se complementan con un baremo que determina el estado de conservación. Con todo ello, la tabla determina un precio de mercado, dentro de una horquilla con una variación escasa, digamos del 10%. Algo similar a lo que sucede en el mercado inmobiliario o el del arte. En general, España es un país en el que no se suelen comprar productos si no descuentos, por lo que los precios que se anuncian están hinchados para luego cerrar la operación por un 20 ó 25% menos. De ahí la cantidad de ofertas absurdamente bajas que recibí, siempre muy por debajo del precio anunciado.

Otro síntoma de inmadurez del mercado es el desconocimiento del mundo de los vehículos clásicos. Si alguien inicia la conversación sobre el anuncio de un clásico preguntando por el consumo de combustible o preguntando si “está perfecto”, no sabe la escasa importancia del consumo frente a los otros costes de un clásico, y no entiende que, salvo que haya pasado por una cara y meticulosa restauración, un clásico siempre tiene o está a punto de tener, trabajo pendiente. Ver si no los párrafos anteriores.

El segundo punto que hace desagradable estas ventas es la falta de educación, quizás amparada en el anonimato propio de los portales digitales, sean Wallapop, AutoScout24 o cualquier otro. No es de recibo que un desconocido, oculto tras un seudónimo, escriba: “Hola. Teléfono”, con el objetivo de que le envíe mi número de teléfono personal. O que diga: “Hola. Te ofrezco xxx €”, con una oferta un 35% por debajo del precio de mercado, sin más argumentación.

El otro aspecto asociado a la falta de educación es el comportamiento que los anglófilos llaman “ghosting”, que consiste en, simplemente, desaparecer en medio de la conversación, o despedirse a la francesa. Hay quien desaparece después de aclarar una duda inicial o de lanzar una primera oferta económica, pero también hay quien solicita datos, fotos, fechas, vídeos, detalles y, después de días o semanas suministrándole información, se desvanece.

El más inquietante de estos casos lo viví con un marroquí joven. Cruzamos unos mensajes apresurados en los que manifestaba no solo interés en el coche, también prisa. A las 48 horas mantuvimos una cita a la que llegó acompañado de un amigo, igualmente joven y marroquí. A él le gustó mucho el coche que probamos, también hablamos del otro coche, comenzó a manejar la posibilidad de comprar los dos a la vez, iniciamos la negociación de un precio conjunto, y esa tarde volvimos a cruzar mensajes y llamadas de teléfono.

A mí me causaron desazón algunos detalles, como que en absoluto parecían coleccionistas de coches clásicos, junto al hecho indiscutible de que el mercado marroquí de los Mercedes es diésel al 100%.

La mañana siguiente a la cita, cuando el interesado debía responder a mi oferta por los dos coches, arrancó con una sorpresa, porque el cruce de mensajes que había mantenido con el marroquí joven a través de WhatsApp ¡había desaparecido de mi móvil! Enredando en los perfiles y configuraciones descubrí que “N. Alex” utiliza una opción según la cual “los mensajes nuevos desaparecerán de este chat después de 24 horas de haber sido enviados”. Luego no queda constancia escrita de nada de lo tratado con semejante individuo. Por supuesto, no volvió a haber contacto.

Por todo esto, cuando una tarde de lunes de principios de Octubre me entró un mensaje por WhatsApp de un neoyorquino que decía estar interesado en que quedáramos para ver los Mercedes ese mismo miércoles, le presté escasa credibilidad. Como tenía interés en vender los dos coches respondí amablemente, le dije que sí a todo y me puse a su disposición, aunque me lo creía lo justo. Sin embargo, 48 horas más tarde le recogía en el centro de Madrid con el Mercedes verde, y fuimos a mi casa para que viera el azul. Después de dar una vuelta también con éste, se los quedó mirando en el garaje, se decidió por el azul, pactamos un precio razonable y a la mañana siguiente, frente a unos cafés junto a su hotel cumplimentábamos todos los documentos que piden las burocracias de los dos lados del Atlántico: el Departament of Motor Vehicles del Estado de Nueva York, y la Dirección General de Tráfico española. Y después de firmar también los papeles de la aduana, me despedí del Mercedes azul que dejó mi casa en la plataforma que lo iba a llevar al puerto de Tarragona, en el que embarcaría rumbo a Nueva York.

Mientras tanto seguían los contactos con los interesados en el otro Mercedes, el verde. Un mejicano educado se quedó maravillado con su estado de conservación, y no cerró el trato porque le parecía demasiado coche para usarlo casi a diario. Un francés residente en Ibiza charló un rato y desapareció. Un belga cruzó muchos mensajes y luego se compró un CE280 automático cerca de su casa. Y, claro, unos cuantos españoles escribieron, dudaron, hicieron ofertas absurdas o preguntaron por el consumo, hasta que un madrileño se quedó prendado del coche en Retromóvil y lo compró.

De modo que a día de hoy mi garaje vuelve a tener el coche de todos los días como único ocupante de cuatro ruedas, y no puedo negar que echo de menos la elegancia sobria de “mis” CE280 coupé, su andar cómodo y ligero, con las suspensiones propias de las carreteras de la época y los neumáticos de perfil 70, avanzados en esos tiempos. Aun no he definido con precisión qué es lo que les va a sustituir, así que paseo por las webs de coches en venta en busca de inspiración. Eso sí, sin escribir a nadie mensajes absurdos y luego desvanecerme.

Jaguar: aun no sabemos si so o arre

En las últimas semanas, Jaguar ha mostrado más información sobre su nueva imagen y su futuro, y ha recibido numerosas críticas, aunque seguimos sin saber si el resultado final del proceso será el éxito o pondrá en peligro a la marca.

Lo que Jaguar ha comunicado hasta el momento es solo un anticipo de una de las etapas del proceso de transformación que se inició años atrás y que culminará a finales de 2026. Por tanto, opinar sobre las informaciones recientes como elementos aislados es, a mi juicio, atrevido y hasta erróneo. Repasemos por tanto el proceso completo.

En Europa Occidental y otros mercados tradicionales del automóvil, las marcas “premium” eran fundamentalmente las tres alemanas (Audi, BMW y Mercedes), con otras añadidas dependiendo del lugar, tales que la propia Jaguar, Volvo o Lincoln. Las tres alemanas decidieron en su día ampliar su gama hacia abajo, con modelos más pequeños, lo que les condujo a ubicarse en volúmenes de venta similares a los de las marcas generalistas y, con ello, a que nos preguntáramos dónde está la exclusividad asociada a una marca “premium”.

Este fenómeno ha coincidido en el tiempo con la contracción de la clase media en esos mercados tradicionales de las marcas “premium”, lo que ha tensionado el segmento.

Por lo que se refiere al producto, Jaguar se mantuvo fiel a sus berlinas cuando el sector giraba hacia los SUVs, en una reacción lenta que recuerda a la de Aprilia y los “mega-scooters”: el fabricante italiano de motos los consideraba una moda, y por tanto temporal, y los ignoró en su gama. Cuando se percató de la realidad era tarde, el mercado de “mega-scooters” ya estaba copado por la competencia, y solo quedaba esperar que el grupo Piaggio comprara los restos de una Aprilia en bancarrota.

Ante esta situación demográfica y de producto, en Jaguar debieron pensar que el camino correcto no era el de los alemanes, y decidieron que ni “premium” de volumen ni SUVs: había que convertirse en fabricante de coches de lujo, solamente eléctricos, y con carrocerías alternativas o al menos diferentes.

Este largo proceso ya ha completado muchas fases. A inicios del pasado verano se detuvo la producción de la gama actual, que actualmente liquida la red de concesionarios. En paralelo, esta red está reduciendo su tamaño, para adecuarse a los futuros niveles de ventas. Y en los últimos días se ha comenzado a mostrar el futuro de la marca mediante un vídeo, el nuevo logotipo y un prototipo poco avanzado que insinúa el primer vehículo de la nueva gama, un GT eléctrico denominado “Type 00” (léase “Type Zero Zero”).

Dado que la versión de producción de este “Type 00” se pondrá a la venta, más o menos, según señala Jaguar, a finales de 2026, quedan aun dos años para liquidar el actual stock, redimensionar la red e implantar en ella la nueva imagen corporativa.

Esta nueva imagen, y en especial el vídeo, han desatado una colección de críticas, algunas hasta envenenadas. Se comenta en especial la ruptura con el rico pasado de Jaguar y su cliente tradicional, lo que va en línea con la afirmación de la marca de que desde 2026 el 80% de los compradores serán nuevos clientes. También se asocia la imagen que transmite el vídeo con los conceptos “woke”, lo que choca con la reciente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EE.UU. y el auge de la derecha en Europa. Sin contar con la duda sobre la aceptación de esta imagen en otros mercados objetivo de Jaguar, como China o los países árabes ricos.

Una de las escasas críticas razonadas, y elaboradas desde el conocimiento, es la de James Cooper en su blog “MAD Mostly About Driving”. Cooper señala la contradicción entre modificar el logotipo y su tipografía, cambiar la paleta de colores y con ello el objetivo demográfico, y sin embargo mantener como base de la comunicación una frase atribuida al fundador de la marca: “Copy nothing” (parece ser que Sir William Lyons sostenía que Jaguar nunca debe ser una copia, para acentuar su personalidad).

Sobre el nuevo logo, James Cooper es duro. Destaca que la pequeña línea descendente de las dos “a” será poco visible desde lejos, lo que las convertirá en “o”. También dice que la “j” inicial es igual a la “r” final girada 180º, y que no entiende porqué la “G” y la “U” son o parecen mayúsculas y el resto de las letras son minúsculas. Es decir, que en el fondo se corre el riesgo de que se lea “joGUor”.

No sería el único error reciente cometido en un logo de un fabricante de automóviles. En Junio de 2021 la coreana KIA modificó el suyo, y aunque la letra K estaba clara, las formas de la I y de la A generaban confusión, y hay quien las percibía como una N, de modo que aparecieron consultas en Google sobre una nueva marca de coches llamada KN.

A continuación, y volviendo a Jaguar, Cooper confronta su nuevo logo con el de marcas tradicionales asociadas al lujo, como Rolex, Aston Martin, Porsche o Breitling, y claramente el de Jaguar flaquea. Sin embargo, frente a marcas más populares como Playmobil o Smart parece encontrarse más cómodo.

Y tras la presentación del vídeo y del logo a finales de Noviembre, el lunes 2 de Diciembre, en el Miami Art Week se presentó el prototipo “Type 00”, anticipo del primer modelo de la nueva gama.

Aunque aun está a dos años de lo que llegará a los concesionarios, hay que reconocer que es impactante, llama la atención y huye de la monotonía de los SUVs. También genera dudas, como para qué tiene un morro tan largo si es eléctrico puro, o cómo se podrá homologar un interior con separación rígida entre conductor y pasajero, algo que hasta ahora solo se había visto en algunas categorías del Mundial de Resistencia.

Hay otros puntos por definir que invitan a reservarse las opiniones para más adelante. Por ejemplo, algunos materiales del interior, como el mármol travertino, no son homologables y sí pesados, un punto crítico en los coches eléctricos necesitados de autonomía. O que en el exterior no haya retrovisores, y las cámaras de visión trasera se oculten tras los nuevos logos del jaguar saltando, en la parte inferior de las aletas delanteras, por lo que solo serían operativas al desplegarse, lo que no es útil ni legal.

Por último, si admitimos como hipótesis que ese larguísimo morro es total o parcialmente maletero, el umbral de carga es terriblemente alto, y la cara superior de las aletas corre el riesgo de rayarse al meter y sacar la carga. Y que no se me olvide: ¿por qué el cubo de rueda no tiene el jaguar saltando ni su cabeza, como era tradicional, y sí esa “j” y esa “r”?

Muestra de la ambigüedad o indefinición en este inicio de lanzamiento son los colores elegidos para los “Type 00” de las fotos que se han hecho públicas. Bajo la misma perspectiva del vídeo, se puede decir que un coche es rosa pálido y el otro azul eléctrico, mirando hacia un posible futuro. Y sin embargo la nota de prensa basa los colores elegidos para la presentación en la herencia de la marca, y menciona que cuando el Jaguar E-Type se presentó en el Salón de Ginebra de 1961, se expusieron dos unidades; que un “Type 00” está pintado en color “Satin Rhodon Rose”, apodado “Rosa Miami”, en honor a la arquitectura Art Decó de la ciudad en la que se ha presentado, y que el otro luce un “Azul Londres” inspirado en los azules plateados de los ’60, para reflejar la herencia británica de Jaguar.

Como bien dice Harry Metcalfe en su canal de “You Tube”, a día de hoy aun hay más preguntas que respuestas. Sobre la red de concesionarios habría que saber cómo va a rematar la liquidación de stock y qué va a hacer hasta que llegue el inicio de la nueva gama a finales de 2026. Respecto a la imagen de marca, queda por saber si lo estruendoso de lo que se ha presentado hasta el momento tenía por objetivo más llamar la atención que mostrar la realidad, de modo que cuando ésta llegue será más prudente. Por lo que se refiere a los vehículos en sí, es atrevido juzgar toda una gama tomando como base un prototipo al que le falta un año de desarrollo hasta llegara a la congelación del diseño. Y eso sin olvidar los cambios de los próximos 24 meses en economía, demografía, legislación y política.

Coches y relojes: ¿caminos paralelos?

La aparición de los relojes de cuarzo, baratos y precisos, obligó a la industria relojera tradicional a reinventarse. ¿Sucederá lo mismo con los coches deportivos a causa de la llegada de los eléctricos?

Hasta la invasión del cuarzo, los relojes eran mecánicos, ya fueran manuales (había que darles cuerda) o automáticos (se cargaban con el movimiento de la muñeca del usuario). Esto les convertía, si querían ser precisos, en objetos caros; a cambio, eran la única manera de saber la hora, excepción hecha de los grandes relojes de los campanarios de las iglesias o de los edificios oficiales.

Desde su llegada, los relojes de cuarzo fueron más pequeños, más precisos, más ligeros y más baratos que los mecánicos, lo que eliminó de repente la razón de ser de éstos. Solo que sus fabricantes crearon un nuevo motivo para su uso: ya no servían solo para saber la hora, se habían convertido en un complemento de moda, otro elemento del atuendo, como los zapatos, el cinturón o los gemelos.

Unos años más tarde hubo que intensificar esta tendencia, ya que aparecieron relojes digitales por todas partes, hasta tal punto que, si uno lo piensa, se está casi siempre delante de un dispositivo que dice la hora: el teléfono móvil, el ordenador, la tableta, el televisor, el microondas, el coche y muchas de las pantallas de publicidad callejera nos recuerdan a la vez qué hora es y que no hace falta fijarse un reloj a la muñeca para saberlo.

Por eso, a día de hoy la relojería de pulsera, en especial la de caballero, centra su diseño más en ser una declaración de intenciones que en envolver una máquina que dice la hora. Se comercializan relojes clásicos y réplicas de clásicos, cronógrafos discretos u ostentosos, fabricados en materiales tradicionales (acero), novedosos (titanio o fibra de carbono) o suntuosos (oro, platino, con añadidos de piedras preciosas), y se lucen lo mismo que las señoras pueden presumir de bolsos o chales.

La razón de ser de los coches deportivos es ofrecer unas prestaciones superiores a las de los demás, se midan en velocidad máxima, aceleración, frenada, manejabilidad o estabilidad. Esas capacidades superiores justifican sus precios elevados, que a su vez crean la siempre importante exclusividad.

A lo largo de los años hemos asociado ciertos valores relativos a esas prestaciones a determinados modelos, de modo que, por ejemplo, la velocidad máxima se asocia a Ferrari y Lamborghini, y la deceleración a Porsche. Y esos son los motivos que sitúan a sus fabricantes en una posición privilegiada de mercado. Hasta la aparición de los coches eléctricos.

Un motor térmico aumenta su potencia y su par con el régimen de giro, lo que proporciona una buena aceleración solo cuando el motor está alto de vueltas. Un motor eléctrico ofrece todo el par disponible desde el arranque, por lo que la aceleración de un vehículo eléctrico es casi siempre superior a la de un térmico.

Por otro lado, las circunstancias actuales del tráfico en Occidente (siento ser tan genérico) están dando cada vez más importancia a disfrutar de la conducción acelerando que por velocidad máxima. Esta se encuentra crecientemente limitada, lo que unido a la elevada densidad del tráfico y al mal estado de las carreteras, hace que no se pueda rodar deprisa de modo constante, y que se conduzca acelerando cuando se puede y despacio el resto del tiempo.

Es decir, que allí donde tradicionalmente los fanáticos de los coches los disfrutan, las circunstancias obran a favor de los eléctricos, reyes en prestaciones puras. Da igual que valores de aceleración queramos medir, los primeros lugares de las clasificaciones los ocupan siempre los eléctricos: un Rimac Nevera alcanza los 100 km/h en 1,8 segundos, mientras que un envidiable Ferrari SF 90 Stradale necesita un 27% más. Si medimos el tiempo hasta alcanzar los 200 km/h, la diferencia es aún un 14%. Ante esta pelea desigual, parece que en lugar de plantar cara o rendirse, los fabricantes tradicionales tantean otro camino, como en su día la industria relojera: prioridad a las sensaciones, a mostrar la maquinaria, a disfrutar del sonido, la vista y el tacto.

Ha sido la reciente presentación del Bugatti Tourbillon, el que sucede al Chiron, la que ha generado ese paralelismo entre la industria del automóvil y la relojera. Hasta la fecha, los Bugatti bajo la pertenencia al grupo VW basaban su existencia en un pliego de condiciones espectacular encaminado a conseguir unas prestaciones únicas. Un motor de 16 cilindros en W, de ocho litros de cubicaje, con cuatro turbos y toda la colección de radiadores, intercambiadores de calor y tubos necesarios para que ese despliegue termodinámico funcione sin autodestruirse. De acuerdo con que se alcanzaban las prestaciones deseadas, pero el peso total se acercaba a las dos toneladas, y había más de exhibición tecnológica que de sensaciones y disfrute.

El nuevo Tourbillon monta un motor, sí, de 16 cilindros y 8,3 litros, solo que atmosférico y en V sencilla, lo que deja al peso, al eliminar turbos y otros complementos voluminosos, en 252 kilos, más o menos la mitad que su antecesor en W.

Añade un funcionamiento híbrido a través de una batería, dos motores eléctricos en el eje delantero y uno en el trasero, para igualar las prestaciones del Rimac Nevera hasta 100 km/h, y dejar el peso total algo por debajo del que lastraba al Chiron.

Hasta ahora, con lo descrito, el Tourbillon ofrece la emoción y el sonido de un vehículo térmico, el silencio de un eléctrico y la versatilidad de un híbrido, ya que permite escoger el modo de conducción.

Y ahora añadimos el resto de las sensaciones: de cara a la vista, el motor térmico se puede admirar desde el exterior, al menos en la medida que lo permite la normativa de atropellos. Y el cuadro de mandos reproduce una tendencia reciente en la industria relojera, la de mostrar la maquinaria, móvil y en funcionamiento, como para evidenciar su dinamismo, la existencia de piezas mecánicas tangibles, al revés que en los elementos eléctricos, que son estáticos e invisibles, ya hablemos de relojes de cuarzo o de coches eléctricos. La tendencia a la que me refería se bautizó en inglés como “skeletonized” (¿”esqueletizado”?), porque parece una representación de un esqueleto humano, y en el Tourbillon está formado por 600 piezas fabricadas y montadas por relojeros suizos, en titanio, rubí y zafiros, que pesa solo 700 gramos, y tiene tolerancias de fabricación de entre 5 y 50 micras.

Y no olvidemos que para cerrar el paralelismo entre relojes y coches, Bugatti ha escogido a propósito el nombre del modelo, tomándolo de un invento de 1795 de Abraham Louis Breguet, de profesión, claro, relojero, y fundador de la marca que todavía lleva su nombre. En aquella época no se había inventado el reloj de pulsera, y los caballeros los utilizaban de bolsillo, que se guardan fijos y en posición vertical. Colocados de ese modo, la gravedad influye negativamente en su precisión. El invento de Breguet, menos necesario en los relojes de pulsera, compensaba esa influencia, y se bautizó como Tourbillon, torbellino en francés.

¿Será el nuevo Bugatti una excepción, o se mantendrá este paralelismo entre coches y relojes? Si lo basamos en conceptos como piezas a la vista y peso total, algunos últimos lanzamientos como los GMA T.50 y T.33 de Gordon Murray, el Aston Martin Valkyrie y el Red Bull RB17, parece que sí. Ojalá se confirme, y volvamos a disfrutar más de las sensaciones que de los números.

Clases sociales y automóviles

Existe un interesante paralelismo entre las clases sociales de los humanos y las de los automóviles: ambas se crean y se destruyen, tienen fronteras que se alzan y se difuminan, y las dos pasan por épocas, como la actual, de turbulencias e incertidumbres.

Cuando hace más de un siglo se inventó el automóvil, su fiabilidad era baja y sus precios, por la producción manual, eran altos. Por tanto, los primeros compradores debían reunir dos características, la primera de las cuales se etiqueta, hoy en día, con ese anglicismo de “early adopters”, o sea, los valientes que para ser los primeros en tener lo último asumen los riesgos necesarios. La segunda peculiaridad de esos primeros compradores era, obviamente, tener mucho dinero, por lo que sus automóviles debieron reproducir los ambientes, materiales y lujos por los que se movían los clientes iniciales. El despliegue de cuero y madera del Bentley de la foto de más arriba es un buen ejemplo, porque recuerda a los exclusivos clubes británicos propios de un usuario de Bentley de los años ’30.

Una vez que todos los “early adopters” con dinero que querían un coche ya se lo habían comprado, es decir, cuando se llenó ese nicho de mercado, la evolución lógica del sector del automóvil era iniciar la fabricación de vehículos más baratos para clases sociales menos pudientes o, en otras palabras, fabricar coches para la burguesía, y no solo para la aristocracia y la realeza. Culminado ese paso se arrancó el siguiente, de modo que primero Henry Ford y su Ford T y más tarde Adolf Hitler y su “coche del pueblo”, el Volkswagen “Escarabajo”, extendieron el uso de automóviles a la mayor cantidad posible de personas.

Con un espectro de posibilidades tan amplio, los fabricantes de automóviles tenían difícil ofrecer modelos para todas esas opciones, además de que ese abanico crearía una imagen de marca indefinida o hasta inexistente. Por eso cada uno prefirió especializarse en un solo lado del mercado.

Corriendo el peligro de toda simplificación, vamos a decir que entonces aparecieron tres niveles de fabricantes, cada uno de los cuales se dirigía a un estrato social determinado o a quien quería parecer miembro de ese grupo. Empezando por arriba se sitúan las marcas de lujo como Rolls Royce, Bentley, Ferrari o Lamborghini. Se distinguen por sus precios elevados, producciones bajas para mantener la exclusividad, y la posibilidad de configurar el vehículo a medida. Solo fabrican vehículos lujosos o deportivos, siempre grandes y caros. Sus clientes habituales son lo que damos en llamar “ricos”, o quienes quieren parecerlo.

Inmediatamente por debajo están los etiquetados como fabricantes “premium”, que son aquellos relativamente exclusivos, con producciones medias, precios altos, y muchos extras entre los que escoger para crear una cierta personalización. Los ejemplos habituales en Europa son los tres alemanes: Audi, BMW y Mercedes Benz. Se dirigen a un cliente que catalogaríamos como miembro de la burguesía, y solo fabricaban vehículos de tamaño grande o, como mínimo, medio.

Y por fin los generalistas, que ofrecen vehículos más sencillos, en series grandes para reducir costes, con menos posibilidades de elección, precios dentro de lo que cabe accesibles, y fundamentalmente pequeños o, como mucho, medianos. Los fabricantes más conocidos por estos lares son SEAT, Ford, Renault, Opel y Toyota.

Estas clases sociales se mantuvieron más o menos estables y separadas durante años, hasta que a principios de los ’90 del siglo pasado llegaron los fabricantes coreanos, como Hyundai o Kia. Gracias al bajo coste de la mano de obra de su país, y centrados en coches sencillos, muchas veces versiones de modelos occidentales ya descatalogados por los fabricantes originales, se situaron por debajo de los precios de los generalistas. La calidad de materiales y la innovación técnica no eran sus mejores bazas, claro, pero resultaban baratos y se hicieron un hueco en el mercado, que se bautizó como “low cost” o “value for money”, ya que su relación entre calidad y precio era buena.

Los fabricantes generalistas europeos vieron en esta situación un peligro a medio y largo plazo: era cuestión de tiempo que los coreanos se asentarían en Europa e igualarían su calidad con la de los europeos, por lo que les iban a comer su mercado. También esa mejora de calidad en los vehículos coreanos era necesaria porque años después iban a llegar al Viejo Continente primero los chinos (que están llegando ahora) y posteriormente indonesios, hindúes y vietnamitas, que no tardarán. Es decir, el mercado empuja desde abajo, y obliga a los que ya están a subir o a perder cuota.

La solución que se implantó desde el inicio por parte de los generalistas europeos consistió en elevar su nivel para acercarse a los “premium”, y ese fue el primer factor que diluyó la frontera que hasta ese momento separaba las dos categorías. La situación llegó al punto de que alguna marca generalista ha creado una sub – marca que se ubica en ese límite indefinido, como por ejemplo SEAT creando Cupra.

Hay quien también ha trabajado en el sentido contrario, es decir, una marca generalista que genera una sub – marca “low cost” para hacerse la competencia y, además, dotar a su concesionario de medios para satisfacer las necesidades de clientes con diferentes poderes adquisitivos. El ejemplo más claro es el de Renault, que compró la marca rumana Dacia para relanzarla con vehículos de nivel y precio inferior al propio.

Mientras tanto, los “premium” pensaban en lo contrario: introducirse en el mercado de los coches de tamaño medio, sin reducir la calidad, para ofrecer una gama más amplia en tamaños y precios. Este movimiento se puso en marcha en 1982, cuando se lanzó ¡un Mercedes pequeño! Esa fue la percepción del mercado, entonces más rígido y clasista que ahora, al anunciarse que Mercedes Benz, nada menos, iba a lanzar un modelo por debajo de su gama de la época, al que se bautizó como Mercedes 190, código interno W201. En contra de los vaticinios de los pesimistas, el 190 fue un éxito arrollador, debido en parte al excepcional trabajo de Bruno Sacco, el respetadísimo director de diseño de la marca.

A la vista del resultado de la apuesta, Mercedes ha ido ampliando su gama por abajo, lo mismo que los otros dos fabricantes alemanes “premium”: al 190 (luego llamado “Clase C”) han seguido las clases A y B, en BMW aparecieron las Series 1 y 2, y Audi ha multiplicado su oferta inferior al A4 con los A3, A2 y A1. Evidentemente, al llegar la moda de los SUV, todas las berlinas mencionadas han encontrado su paralelo “todocamino” en forma de la lista completa de X1 a X7 en BMW, de Q2 a Q8 en Audi, más sus equivalentes en Mercedes. Los que se han unido al club “premium”, como Volvo o Jaguar, han fotocopiado la iniciativa y las gamas.

En todo caso, para que una marca suba de clase social no solo debe desearlo, contarlo en los medios de comunicación y divulgarlo en redes sociales. Hay que adaptar el producto, la gama, el diseño, su línea de comunicación, la red de distribución, la atención al cliente y hasta la manera de hablar de los empleados de los concesionarios. Y todo ello obviamente sin dejar de cumplir con las exigencias de la clase social que deja más abajo. Es decir, si a un generalista se le presupone que el coche no se avería demasiado en sus primeros años de vida y que si sucediera se respetarían las condiciones de garantía, el “premium” y el de lujo como mínimo han de cumplir con eso. Y no vale decir que el cliente de un Aston Martin tiene varios coches más en casa, y una avería en el Vantage le obligará a ir en metro a trabajar; ha pagado por una exclusividad, puede entender que el coche se avería, pero habrá que disculparse, diagnosticar correctamente a la primera, y asegurarse de que el incidente no se repetirá.

En paralelo a estas cuestiones sociales e industriales, apareció en Europa una novedad fiscal que influyó de modo rotundo en el “emborronamiento” de estas clases sociales: el coche de empresa. Cuando un cliente privado compra un coche, sea al contado o financiado, la categoría y el precio del vehículo se relacionan con su capacidad económica, y por tanto le sitúa socialmente como imagen: en la España de finales de los ’80, en la era de los “yuppies”, no era lo mismo moverse en un Renault 18 que en un BMW Serie 3. Además, esa dificultad de acceso creada por la diferencia de precio, hace que una marca “premium” siga siendo exclusiva, un factor que se une al prestigio de ser visto conduciendo uno de esos coches.

Todo esto cambió cuando el coche de empresa comenzó a establecerse como forma de retribución en especie en muchas compañías, que lo incluían como gasto; también los profesionales independientes se acogieron a esta fórmula. Tanto los bancos como las financieras se unieron a la corriente, y crearon todo tipo de fórmulas más o menos complejas y siempre adaptadas a las necesidades de los clientes y a las variables políticas fiscales de cada país: “renting”, “leasing”, más o menos flexible u operativo, de duraciones variables, incluyendo o no seguros y mantenimientos, … las combinaciones son incontables.

La consecuencia sobre el mercado, que se mantiene hoy en día, es que la diferencia de cuota mensual entre un vehículo generalista y su equivalente “premium” ya es poco significativa. El motivo es que, si bien la diferencia de precio de compra es elevada, también lo es el valor residual, es decir, el precio de mercado del coche una vez que acaba el periodo de uso. La consecuencia lógica es que, medido en la cantidad de la cuota mensual, hay poco salto entre generalistas y “premium”, lo que ha generalizado (valga el juego de palabras) la presencia de los “premium” hasta situarlos, en muchos casos, por encima de los generalistas.

Puesto en cifras, vemos que en el mercado español de 2023 Mercedes Benz vendió más unidades que Citroën, y Audi y BMW estaban por encima de Fiat y Ford.

El fenómeno es más intenso en el mercado británico, donde en 2023 la tercera marca más vendida fue Audi y la cuarta BMW, con Mercedes Benz en noveno lugar encajada entre Nissan y Hyundai.

Esta situación elimina o, como mínimo, reduce el tamaño de una de las características que separan a las “premium” de las generalistas: la exclusividad. ¿Dónde está esa exclusividad si en número de unidades vendidas se igualan, si “cualquiera puede tener un BMW”?

Atendiendo a la situación en los concesionarios, no se pueden pretender muchas diferencias si el número de ventas se iguala. Por un lado, habrá tantos concesionarios de marcas “premium” como de marcas generalistas, otro factor en contra de la exclusividad, y el estilo de la venta será similar, al centrarse en el volumen de unidades a vender, y con ello en el precio. No puedo dejar de mencionar una visita que realicé a un concesionario BMW ubicado en una zona cara de Madrid en las cercanías de un “Black Friday”: sobre el parabrisas de cada coche expuesto había un enorme cartel de cartón, de colores vistosos, en el que con un rotulador gordo se había escrito el PVP y, con caracteres voluminosos, el descuento. Vistos en los Series 2 y 3 quedaba feo, en un Serie 7 o un Z4, era casi insultante.

Esto va en contra de lo que el cliente de lujo espera, que es una decoración sobria, y un ambiente delicado y relajante, con pocos colores y algunos detalles sencillos, música suave, flores naturales y ninguna presión de venta: el cliente quiere comprar, no que le vendan; suele ser un directivo o un profesional independiente acostumbrado negociar y cerrar acuerdos, que va al concesionario a hacer un negocio, en el que el objetivo es su propio transporte y su disfrute personal, y quiere transparencia, confianza, sinceridad y ninguna presión.

De cara a la postventa, se repite la situación, ya que la misma recepción del mismo concesionario atiene al BMW Serie 1 con motor diésel pequeño que se paga esforzadamente y por los pelos, que al Serie 7 de motor V8 del Vicepresidente Ejecutivo. Y además en unas instalaciones tan masificadas como las de un concesionario Renault.

Si los fabricantes chinos empujan hacia arriba a los generalistas europeos y coreanos, y éstos a los “premium”, era de esperar que los “premium” lanzaran productos de mayor nivel que traspasaran su frontera superior e invadieran el territorio de lujo. De ahí que aparecieran modelos como los sucesivos Audi R8 o que Mercedes lanzara Maybach como submarca. La consecuencia es que los propios fabricantes de lujo también han crecido por arriba, y han creado ramas aun más exclusivas, a través de las que lanzan series especiales muy cortas, o incluso pueden desarrollar modelos únicos. Al que le parezca poco un McLaren puede ponerse en contacto con MSO (McLaren Special Operations), si la exclusividad de Rolls Royce se le queda pequeña a alguien, siempre existe “Bespoke”, y el mismo tipo de división se ha creado ya en Ferrari, Lamborghini o Pagani.

En paralelo comienzan a abundar esas series limitadas que están vendidas en el momento de anunciarse, como el reciente Aston Martin Valiant o los coches con precios de siete dígitos.

Este nuevo fenómeno del “ultralujo” se asocia a la aparición de “súper-ricos” en países como China o la zona del Golfo Pérsico, y a la utilización de los automóviles como activos de inversión en épocas de baja inflación o de inestabilidad económica.

Estas indefiniciones en las clases sociales del automóvil continuarán en los próximos años por motivos variados. La llegada de nuevas marcas por abajo ya está forzando a los generalistas a subir, la minimización de la clase media impulsa a los tres “premium” alemanes a mirar cada vez más a China como mercado, y el subsector del ultralujo continuará creciendo. ¿Quién dijo que el mundo es estático?