¿Por qué viajamos solos en moto?
Me atrevo a hacer una pregunta para la que no tengo una respuesta clara: ¿por qué algunos viajamos solos y en moto? ¿Será porque sí, por huir del día a día, por estar solos un rato, solo por el hecho de hacer kilómetros en moto, o por todo ello junto?

Con lo bien que se viaja en coche, calentito o fresco según lugar, clima y preferencias, con música de fondo o en silencio, solo, en pareja o en grupo. Y no digamos en avión, más deprisa y más lejos, con otro “conduciendo” y otros acarreando el equipaje. Con lo bien que se viaja bien acompañado, ya sea con pareja, familia o amigos. Y, sin embargo, de vez en cuando, y ya paso a la primera persona del singular, siento la necesidad de viajar solo y en moto.
Hacerlo o no depende, claro, de la duración, del destino y del objetivo, porque no todos los viajes son iguales ni saben igual. Ir unos días a Londres o a Berlín exige avión y compañía. Un fin de semana largo en La Rioja es un viaje en pareja, con sus visitas y catas en las bodegas. Y unos días en La Toscana con amigos es un plan estupendo. Por otro lado, no me tienta irme solo en moto a Londres o a La Toscana, del mismo modo que no le veo sentido a recorrer Marruecos en solitario en un coche.
Sin embargo, rodar por Marruecos en particular y por el norte de Africa en general en moto, solo, sigue siendo para mí un placer, una aventura abarcable. A pesar de los riesgos y de las dificultades. El viaje se vuelve más intenso, porque no sigo las peripecias de otros en un libro o en un reportaje de La 2, lo experimento en primera persona, sin filtros y con los cinco sentidos.
Para definir mi estado cuando viajo solo en moto utilizo la palabra alerta. No estoy tenso, ni nervioso, ni preocupado. Simplemente alerta, porque no me puedo equivocar y, si me equivoco, debo encontrar pronto una solución. No puedo ni debo perder el móvil ni dejarle sin batería, porque no hay un compañero de viaje que me vaya a prestar el suyo. No puedo ni debo quedarme sin combustible en la moto, porque no hay otro vehículo en el grupo. No puedo ni debo perder el pasaporte o la tarjeta de crédito, no puedo quedarme sin efectivo. No hay reparto de funciones como en un viaje acompañado, en el que uno hace las fotos, otro se encarga de reservar los hoteles, el que habla idiomas negocia con los locales, … No puedo tener un accidente tonto por descuido, como resbalarme al salir de la ducha, o que se me caiga la moto encima al poner la pata de cabra, y por eso estoy alerta, atento a los detalles y poner la pata de cabra requiere de toda mi atención: presiono el botón de paro del motor y confirmo que ya no se oye y que el cuentavueltas está a cero; reafirmo el pie derecho en el suelo, no sea que me resbale, y muevo el izquierdo hasta notarlo claramente apoyado en el resalte de la pata de cabra, y además miro a la izquierda y hacia abajo y veo el pie en el lugar correcto; estiro la pata de cabra y confirmo que ha llegado a su extremo, y apoyo en ese momento también el pie izquierdo en el suelo; solo entonces dejo moverse la moto hacia la izquierda hasta que se apoya. Lo hago todo yo, y eso convierte el viaje en una experiencia de alta intensidad. Por eso se disfruta más.
Como ya he pasado bastante tiempo delante de dos pantallas, con música o con conversaciones de fondo, atento al resto de los asistentes a la reunión o a quienes estoy impartiendo formación, en un viaje solo en moto concentro la atención en lo que de verdad me importa. Solo el cuadro de mandos de la moto, sin pantallas adicionales, nada de música en unos altavoces insertados en el casco, menos aun una conexión al teléfono móvil. Estamos solos la moto, la carretera y yo, y si tengo una duda paro y pregunto a quien encuentre. Y si no tenemos un idioma común, sonrío, gesticulo, y de algún modo aparecerá la solución.

No olvidemos que al viajero solitario, y más si va en moto, se le percibe como vulnerable, no como invasivo y menos aun como peligroso. Un grupo de personas que se baja de un autocar e invade un bar es eso, una invasión. Quien para la moto en un área de servicio, con la cara cansada, tiene aspecto de necesitar soluciones humanas: ir al baño, comer algo, beber agua. En los pueblos pequeños de Marruecos y Argelia a los que llegamos mi BMW K-75 S y yo a finales de los ‘80, nos recibieron como a un marciano recién bajado de su nave espacial, y con amabilidad. Siempre encontré bebida, comida, un sitio en el que dormir y una sonrisa. Un año más tarde viví una experiencia similar, solo que esta vez más al sur y como espectador: bajaba en grupo a bordo de Yamahas XT600 con un par de Nissan Patrol de apoyo por la Transahariana camino de Tamanrasset, y paramos en un poblado para estirar las piernas y beber agua. Nos recibieron amablemente, sí, pero la atención de los lugareños no estaba en el grupo que acababa de llegar, si no en un austriaco y su preciosa XT500 de las primeras, con depósito metálico negro y plata, que tenía como objetivo llegar a Suráfrica. El solo.
También hay una cierta solidaridad, natural o creada, entre quienes viajan solos. Hace unas semanas comí en un pequeño restaurante en la parte vieja de Esauira, con una enorme pantalla de televisión al fondo en la que se veían vídeos de Charles Aznavour y de Dalida. El propietario, mezclando idiomas, decía mientras me atendía: “Son mis favoritos, ¿le gustan?”. Y en el momento en que terminaba la frase y se dirigía a la cocina a recoger un plato, uno de sus hijos agarraba el mando a distancia y cambiaba el canal para poner música tradicional árabe. Y cuando este hijo atendía a un cliente, el otro hijo se hacía con el mando y sintonizaba un canal de “Arab Trad House”, que emitía la misma música que el anterior, solo que con ritmo “house”. Hasta que volvía el padre y retornaban Aznavour y Dalida. Mientras tanto, había llegado otra viajera sola, y el dueño se puso a charlar también con ella. Como le dijo ser española nos presentó y, antes de que pudiéramos cruzar palabra, nos soltó: “Mi grupo español favorito es Chambao”, y con el mando de nuevo en la mano hizo desaparecer a Aznavour y a Dalida, a la música árabe tradicional y a su versión “house”, y empezó a cantar La Mari. La española viajaba sola y se llamaba Giannina, por eso de tener abuelo italiano.

Unos días más tarde, cruzaba el Atlas por Tizi’n’Test. El terremoto de 2023 había arrasado la zona, y aún hay habitantes de los pueblos afectados que viven en contenedores de obra agrupados en pequeños núcleos. Lo que quedaba de la carretera vamos a decir que no era lo más apropiado para recorrer en una moto cargada, con neumáticos de carretera, en una tarde de calor: en los tramos de tierra me limitaba a ir despacio y con tacto de gas, en las zonas de grava gruesa y profunda digamos que me preocupaba. Después de varias horas así, me topé con un amplio mirador en la salida de una curva larga a la izquierda, y vi tres motos de matrícula marroquí aparcadas. Había otras tantas personas tomando café bajo un techado de madera, y gracias a que por el mal estado de la carretera iba despacio, me dio la impresión de que no eran marroquíes, de modo que decidí parar a tomar café con ellos. Claro, viajando solo no hay que preguntar a nadie si le apetece parar, o si tiene prisa por llegar al hotel. Para mi sorpresa, los tres motoristas eran estadounidenses que habían llegado a Casablanca en avión, y alquilado tres pequeñas motos chinas con las que descubrir Marruecos. Dan, el rubio grandote, vivía en Washington D.C., Steve en San Diego, y el de aspecto oriental era un cirujano afincado en Tennessee que a finales de año se muda a San Francisco. Charlamos con calma sobre viajes, motos y nuestros países, intercambiamos informaciones sobre la ruta y los alojamientos, nos deseamos suerte y retomamos por separado el recorrido.
En los viajes en moto, como en tantos órdenes de la vida, hay jerarquías. Para los amigos de los estadounidenses que se han quedado en casa, estos tres chicos serán unos aventureros atrevidos. Y de verdad lo son, porque recorrer un país desconocido, cuyo idioma se ignora, con motos de alquiler requiere de valentía. Quizá ellos pensaban algo parecido de mí, porque yo estaba haciendo algo similar, aunque solo, lo que añade desafío. Esa misma noche me topé con un nivel superior al mío en el modestísimo alojamiento que encontré en Ahachi, con el nombre de Gite Berber Home. No voy a decir que era un alojamiento “básico”, porque para algunas personas lo básico de un alojamiento es que tenga spa y restaurante con estrella Michelin, y para otros no salir con una enfermedad. Pero el Gite Berber Home era el único sitio en el que dormir en muchas horas a la redonda, y cuando llegué a Ahachi mi cuerpo no daba para más. Al guardar mi moto donde me indicaron, me encontré con una Husqvarna medio desmontada, y un rato después me encontré con Stephan, su dueño. Después de viajar en coche con su novia por Georgia y Uzbekistán, había regresado a su casa de Stuttgart, y a bordo de la Husqvarna había llegado hasta Gambia. Es decir, había cruzado Francia, el Mediterráneo en barco, Marruecos, Sahara, Mauritania y Senegal. Ya de regreso por Marruecos se le había averiado el estátor, y con lo que le quedaba de batería llegó hasta el modesto alojamiento en el que coincidimos, donde tiraba de la poca cobertura de Internet que había para organizar que le llegara el repuesto necesario. “Es fácil encontrar las piezas en Europa, porque es una avería habitual del modelo, que además es una KTM con otro color. Lo difícil es que el del reparto llegue hasta aquí”. Y entonces Stephan miraba alrededor, a los millones de cumbres del Atlas que nos rodeaban, daba otro trago al té a la menta, y añadía: “Llevo quince días esperando”.
Viajar solo en moto es igualmente sinónimo de controlar el tiempo, de que no haya presión en el entorno. Temiendo dificultades en la aduana que comunica Nador con Melila, mi moto y yo recorrimos a primera hora la carretera de la costa desde Alhucemas hasta la frontera, para llegar con tiempo. Teníamos billetes para el barco que zarpaba con rumbo a Málaga a medianoche, pero no quería que la burocracia africana nos dejara en el muelle. En contra de lo esperado, la salida de Marruecos y la entrada en España fueron tan rápidas, que a mediodía estábamos en Melilla, así que de repente tenía unas horas libres. En un viaje en grupo habría arrancado en ese momento el debate sobre qué hacemos; en un viaje en solitario dejé pasar las horas disfrutando: primero, me enfrenté en la playa a un plato de pescadito frito junto a una Cruzcampo, para sentirme en casa. Luego vagué por parte del recorrido de la Carrera Africana de La Legión, el ultramaratón de bicis de montaña en el que participé en 2016, y finalmente tomé un café en la Ciudad Vieja, junto a la salida y meta de la carrera, con mi BMW aparcada al lado. Cargada con el equipaje, sucia de muchos kilómetros africanos, parecía recordarme que estaba dispuesta a seguir rodando, aunque esa noche iba a dormir tranquila en la bodega del barco.
Viajar solo en moto es dejar que las neuronas queden sueltas, que se dediquen más a pensar en lo que ya sé que a recopilar información, esa avalancha que nos apisona a día de hoy sin que tengamos tiempo para digerirla. Llevaba varias horas encima de la moto, sabiendo que esa mañana me iba a pegar una buena sentada. Aunque desde Esauira hasta más allá de Tiznit habíamos rodado con soltura por la autopista de peaje, luego vinieron varias horas de carreteras secundarias entre cerros, lo que obligaba a estar más que atento a curvas que se cierran, ganado suelto, asfalto descarnado y cruces de poblaciones. Mi cerebro estaba repartido entre dar vueltas a sus cosas sin interferencias exteriores, y analizar el recorrido. Hacía ya un rato que había entrado en la fase de “me empiezo a cansar”, y “esto no se acaba nunca”, pero recordaba la visión de la etapa del día que me había dado Google Maps la noche anterior: una sucesión casi infinita de cerros y sus curvas, que debían terminar bruscamente, porque en un momento dado habría un último cerro y una última curva, a cuyos pies estarían Sidi Ifni y el Atlántico. Me había llevado un susto gordo a media mañana, cuando una curva ciega que se cerraba incluía un agujero en el asfalto en plena trazada. Entre el control de estabilidad y mi instinto se salvó la situación, pero la preocupación del “no te puedes caer en un sitio como este” se añadió a la lista de asuntos pendientes que atendía mi cabeza. Y le daba vueltas al si de verdad era necesario bajar hasta Sidi Ifni por aquella carretera retorcida o habría sido mejor quedarse en un hotel cómodo y con buen aire acondicionado de Marrakech. O no salir de casa.
Y ahí seguía, entre segunda y cuarta, con mil ojos y a la vez disfrutando de la conducción, mientras miraba de vez en cuando más allá para ver cuántos cerros me quedaban. Era casi la hora de la comida, lo recuerdo porque mi estómago empezaba a quejarse, cuando lo vi, de modo que paré e hice la foto que reproduzco más arriba: el último cerro, tras esa curva a la izquierda, allí abajo, estaba el objetivo del día.

Y comí en un sitio diferente para mí, habitual para los locales. Porque uno de los momentos clave de los viajes en solitario es aquel en el que te das cuenta de que el raro eres tú. Los humanos tendemos a relacionarnos con personas parecidas a nosotros, a repetir las visitas a los lugares que nos gustan, aquellos en los que nos sentimos cómodos. Y eso limita la perspectiva, nos impide comparar porque no vemos lo que es diferente. De ahí que estar solo fuera de nuestro entorno genere esa sensación. Lo aprendí hace ya tiempo, una mañana de 1989, a la salida de Timimoun (Argelia), exactamente en la gasolinera del cruce de carreteras que lleva con rumbo norte hasta el Mediterráneo, y con rumbo sur hacia Malí y Níger. Esa tarde mi moto y yo debíamos embarcar en Orán con rumbo a Alicante, y paré en el surtidor del cruce para llenar el depósito por primera vez en el día. Salía el sol cuando subí la moto al caballete y el empleado de la gasolinera salió de su cabina. Solo que sin mirarme y con una pequeña alfombra bajo el brazo. Rodeó la cabina, extendió la alfombra en el suelo y se arrodilló para orar. Evidentemente yo era el único, en cientos de kilómetros a la redonda, que no oraba en dirección a La Meca. A los ojos del entorno era un raro. Asumiendo mi condición y el tiempo de espera, arranqué la moto, le llevé hasta la señal de tráfico que había enfrente, cerca de los camiones de Sonatrac, e hice la foto de más arriba. Cuando el empleado de la gasolinera concluyó sus oraciones, ya estábamos junto al surtidor, dispuestos a llenar el depósito y emprender rumbo a Orán, sin olvidar que éramos unos raros.










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