Lo restaura quien lo fabricó
Con los precios de los coches clásicos por las nubes y de moda incluso entre los inversores, empieza a cobrar importancia que quien lo fabricó certifique su autenticidad y, si es necesario repararlo o restaurarlo, lo haga del mismo modo en que se fabricó. Repasamos cómo lo hacen en Ferrari Classiche y en Lamborghini Polo Storico.

Desde la crisis económica de 2008, tanto los aficionados a los coches clásicos como inversores ajenos al sector se han fijado en este tipo de vehículos como activo en el que depositar su dinero, esperando revalorizaciones interesantes o, al menos, superiores a las de otros activos, además de disfrutarlos al volante. Sean para conducir, exhibir o especular, los coches clásicos relacionan su valor con su autenticidad y su originalidad, lo que ha llevado a algunas de las marcas que los fabricaron a crear o potenciar los servicios que ofrecen al público. El primero de esos servicios es certificar que el vehículo es lo que se dice que es, y que conserva los elementos básicos con los que se fabricó, especialmente chasis, motor y cambio. Y el segundo es realizar las intervenciones necesarias para mantener su estado lo más parecido posible al original, considerando que esos coches no se fabricaron pensando en que se iban a seguir conduciendo más de medio siglo después.
En Ferrari se creó este departamento en 2006, y custodia toda la documentación de los vehículos desde la fundación de la marca, en 1947. Su nombre no podía ser otro que Ferrari Classiche, y su actividad más conocida y habitual es extender la Certificazione di autenticità, que por su forma externa se conoce como “el libro rojo”. Se puede emitir para vehículos de más de veinte años de edad, o aquellos encuadrados entre las series especiales, Sport o Fórmula 1. Conseguirlo es un proceso formado por cuatro pasos, el primero de los cuales es inspeccionar el vehículo, sea en las instalaciones de Ferrari Classiche o en un concesionario autorizado. Con las fotos hechas y las mediciones realizadas, se devuelve el coche al cliente y se inicia la segunda fase, el análisis técnico, que consiste en contrastar los datos tomados con los que figuran en los archivos de Ferrari. Si todo es correcto, el informe de certificación pasa al Comitato di Certificazione, que valida o refuta el informe. Si el comité valida el informe, se emite la Certificazione, firmada por Piero Ferrari; en caso de anomalías, el proceso se detiene hasta que se corrijan los errores. Aunque la discreción es uno de los puntos clave de estos servicios, se sabe que el precio se sitúa en el entorno de los 7.000 €, y el plazo de emisión oscila entre seis y doce meses; en el exquisito caso de un Ferrari 250 GTO, el precio llega a los 21.000 €, una pequeña parte de su precio, que nunca baja de los cuarenta millones de Euros.

La otra actividad de Ferrari Classiche es la restauración. Hay concesionarios autorizados en diversos países para realizarlas, aunque las más delicadas se llevan a cabo en la sede central, ubicada en la fábrica de Maranello. También para estas labores se recurre al formidable archivo, que incluye las notas a mano de la fabricación y montaje de cada unidad, y hasta las impresiones de conducción en la prueba de rodaje previa a la entrega al cliente. También hay en el archivo documentos tan peculiares como los del Ferrrari 275 GTS que Steve McQueen encargó el 14 de Septiembre de 1965 a través del entonces importador de Ferrari en la costa este de los EE.UU., Luigi Chinetti, y que se le entregó el 21 de Julio de 1966.
El departamento equivalente en Sant’Agata Bolognese es Lamborghini Polo Storico, que arrancó sus actividades en la primavera de 2015. Parte de su valor se basa en el trabajo que durante más de treinta años desarrolló una mujer cuya vida parece una novela: Ingrid Pussich, empleada de la marca a partir de 1968, cuyas anotaciones a mano en los documentos que pasaron por su mesa en más de tres décadas de trabajo en Lamborghini ofrecen una valiosa información fuera del cauce oficial. Ingrid Pussich nació en 1936 en lo que entonces se llamaba Estambul, de familia italo-dálmata. Su hermana, 18 meses mayor que ella, sufría una enfermedad que obligaba a la familia a desplazarse a Viena, donde la atendía un médico de origen judío. Cuando Hitler se anexionó Austria, este médico huyó a Estados Unidos, y les recomendó a un alumno suyo que tenía su consulta en Zagreb. Allí viajaba la familia para encontrar remedio a los males de la hermana, hasta que Hitler invadió Yugoslavia. Entonces, considerando el origen italiano del padre, decidieron irse a vivir a Bolonia, donde también podían atender a la enferma. Una vez asentada la familia en Italia, Ingrid encontró trabajo, y temporalmente su vida se estabilizó. Solo que inició una relación con el director y propietario de la empresa en la que trabajaba, un hombre casado, y por las dificultades que generó esta relación decidió buscar otra ocupación. Publicó un anuncio al respecto en la prensa local a finales de 1967, apoyándose en que hablaba cinco idiomas, y una de las respuestas que recibió decía: “He leído su anuncio y estoy interesado. Por favor, llámeme al teléfono de más abajo y nos vemos en esa dirección. Por favor, no deje de contactarme. Mientras tanto, le deseo una feliz Navidad y un buen año. Ferruccio Lamborghini”. Después de una charla en casa del Sr. Lamborghini, hubo una reunión con la dirección de la marca en la fábrica, que se cerró con esta frase: “¿Cuándo podría empezar a trabajar?, ¿cuando acaben las fiestas de Navidad le vendrá bien?” E Ingrid Pussich se convirtió en empleada de Lamborghini el lunes 8 de Enero de 1967.

A partir de se momento comenzó a tratar con directivos y empleados de la fábrica de automóviles y de la de tractores, y con clientes del tipo de Shah de Persia, de la modelo Twiggy, o de Frank Sinatra, que es el que dijo: “Conduces un Ferrari cuando quieres ser alguien. Conduces un Lamborghini cuando eres alguien”. En la actualidad, sus notas en los documentos custodiados por Rodrigo Filippani Ronconi en el archivo de Lamborghini Polo Storico son imprescindibles para los trabajos de certificación y restauración. Y de llevarlos a cabo se encarga el equipo de Francesco Gulinelli, que cuenta con el apoyo del Comitato dei Saggi (Comité de sabios), formado siempre por tres antiguos empleados de la marca, que rotan en los puestos, y asesoran en la restauración de los coches que ellos mismos diseñaron o fabricaron hace décadas. En la actualidad, este comité lo forman Walter Rinaldi, Giancarlo Barbieri y Massimo Pizzi. El primero trabajó en el departamento de compras entre 1966 y 2010, es decir, entre el 350 GT y el Murciélago. Barbieri se dedicó a los motores y sus homologaciones, trabajando junto a nombres que pertenecen a la historia de la marca como Paolo Stanzani, Gian Paolo Dallara y Bob Wallace. Y Pizzi empezó con la instalación eléctrica de los Countach en los ’70, y terminó desarrollando la electrónica de modelos de serie y de series especiales, como el Sesto Elemento y el Veneno.
La versión de Lamborghini del Certificazione di Autenticità (lo llaman exactamente igual que en Ferrari) califica al vehículo como Originale si conserva todos los elementos con los que se fabricó, y Autentico si alguno ha sido sustituido con recambio original. El documento final, ilustrado con no menos de 300 fotos, tiene un precio de 7.000 € más gatos de investigación. El otro servicio que ofrece Lamborghini Polo Storico es el suministro de los recambios necesarios para mantener en uso los Lamborghini: en concreto, suministra piezas desde el primer modelo, el 350 GT que se fabricó entre 1964 y 1967, hasta el Diablo, cuya producción arrancó en 1990 y llegó hasta 2001.









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