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Año: 2016

Peregrinaciones (laicas) por Alemania

Mejor dicho, por Baviera, que no se corresponde por completo con el estereotipo que de Alemania tiene el resto de Europa. Los que simplifican dicen que los bávaros son los andaluces de Alemania, pero esa frase elimina matices que tienen mucho peso, de modo que mejor entremos en detalles.

Sí, los bávaros son industriosos, trabajadores, organizados, … lo que se espera de un alemán, solo que además quieren disfrutar del nivel de vida al que esa actitud les conduce. Ese es el motivo por el que hay tantos restaurantes en las calles, y tiendas de ropa y coches caros. Muchos coches y bastante caros.

De acuerdo que también hay coches normalitos y con unos cuantos años encima, solo que con una frecuencia mayor que la habitual en España te topas con esos vehículos que nos hacen girar a los aficionados la cabeza hasta que crujen las cervicales. Quizá no sea más que una versión muy equipada u potenciada de un coche generalista, pero demuestra que el propietario tiene dinero y le gustan los coches. O a lo mejor es un 911 de una buena añada, o un discreto M3.

Cierto que el paisaje es distinto en Maximilianstrasse y sus alrededores, la zona de tiendas de marcas caras en Munich. La calle en cuestión es céntrica y ancha, y están todas las marcas de lujo habituales y alguna más, ubicadas en tiendas de superficie generosa (mejor no pensar en el precio de los locales) y con decoración discreta. Hasta ahí todo medio normal, las novedades comienzan al mirar a los clientes que llegan y los coches en que lo hacen: los primeros son, en abrumadora mayoría, árabes de los dos sexos, vestidos ellos como si pasearan por Rodeo Drive y ellas como si lo hicieran por Kabul. Suponen la mayoría de los clientes de la zona, algo que se comprueba con sorpresa al echar un vistazo apresurado al interior de las tiendas cuando el de seguridad les abre la puerta. Los coches que dejan fuera son tan envidiables como las cuentas corrientes que nutren sus compras, y llama la atención que las árabes ricas vestidas de afganas tratadas con machismo por árabes ricos vestidos de occidentales den de comer a los empleados europeos y a sus marcas de lujo.

La siguiente etapa de mi peregrinación es la zona de la ciudad donde nació BMW, la fábrica bávara de motores. En las cercanías de la fábrica y de la oficina central se abrió en 1973 un museo que ha sido recientemente reformado, y al lado se abrió en 2007 (y se renovó en 2012) BMW Welt, un ostentoso edificio para acoger la actualidad del grupo en sus ramas: BMW motos y coches, Mini, Rolls Royce y ahora la rama i, los automóviles eléctricos. Por supuesto, confitado con tiendas, visitas organizadas incluso a la fábrica, tres restaurantes y un café y referencias permanentes a la imagen de marca, el futuro, la responsabilidad social y la sostenibilidad. Faltaría menos.

Tanto la arquitectura como el contenido muestran el poderío alemán y el orgullo de marca, pero matizado por el complejo de culpa medioambiental que ahora atenaza a la industria del automóvil.

En el BMW Museum se nota el equilibrio para agradar en su visita tanto al público en general como a los fanáticos. Como miembro del segundo grupo, subespecie raritos, me detengo ante joyas que me llaman la atención: una GS (bóxer, claro) del Dakar africano con el logotipo de Paris Match en el dorsal como patrocinador, el elegantísimo 507, el 2000 que marcó el inicio de lo que hoy llamamos agonizante segmento D, la BMW R50/2 de la Polizei, … Por supuesto hago una parada especial, llena de suspiros, en la zona M, donde me encuentro con mi propio coche. Qué sensación la de ver un coche como el propio expuesto en un museo, en el museo de la marca que lo fabricó. En este lado M del museo, rodeado entre otros por un M3 E30 y un auténtico M1, posa orgulloso un M3 E46 CSL, aquella serie limitada tan difícil de vender en su día y tan cotizada ahora. Y en la zona de competición descansan de sus éxitos un precioso y humilde 2000 TI del ’66, un 3.0 CSL del ’75, otro M3 E30, y el M3 E46 GTR de las 24 Horas de Nürburgring de 2004, vitaminado hasta el extremo, con un alerón trasero mayor que muchas barras de bar, unas vías ensanchadas con anabolizantes, y un motor que daba 500 CV durante 24 horas. Echo de menos el mío, sin alerones, con solo 341 CV, en discreto azul oscuro, aparcado ahora en el garaje de casa, a varios miles de kilómetros de donde suspiro entre estas joya.

Cruzo la Lerchenauer Strasse por el puente peatonal y me planto frente a BMW Welt. Antes de entrar, caigo en la tentación de sentarme y probarme las motos expuestas en la entrada. La S1000 XR se me hace excesiva, la bóxer de carretera sin carenado se me hace poco, y caigo rendido, una vez más, ante una formidable GS 1200 R con su colección de maletas metálicas, la moto ideal para dar la vuelta al mundo o, en su defecto, disfrutar de las carreteras retorcidas más cercanas a la casa de cada uno.

Una vez en el interior del Welt, lo primero que aparece son dos de las novedades en una marca que precisamente en 2016 celebra su centenario: Mini y los coches eléctricos. La exposición de Mini exalta el carácter británico, tradicional y chic del concepto, algo a destacar ahora que los Minis son alemanes, modernos y cada vez menos minis; eso sí, el despliegue es envolvente, retrae a los años ’60 y te hace olvidar que estamos en Alemania.

La parte i, la rama eléctrica de BMW muestra un orgullo humilde y un toque moderno sin pasarse; a todo el mundo le gustan los coches novedosos pero espera que otros se los compren antes, el porcentaje de “early adopters” no es tan alto. En BMW saben, ahora que se han puestos a vender eléctricos, cómo lo han pasado Toyota y Lexus para vender híbridos, y lo que le falta a Tesla para afianzar su negocio de vehículos eléctricos.

Me detengo, claro, en la zona M, donde un grabado deja claro que mi M3 E46 cabrio se produjo de 2001 a 2006, y me monto en el M2, para muchos críticos el sucesor espiritual de los M3 “auténticos”, las series E30, E36 y E46, antes de que llegaran las dos siguientes generaciones, más grandes, potentes, y con menos placer de conducir, el antiguo lema de la marca. Y sí, en el M2 me siento como en mi coche: acogido, envuelto, implicado en la conducción incluso estando parado, notando que hay comunicación con el coche.

Sigo dando vueltas por los varios miles de metros cuadrados de este “Mundo BMW” y en la segunda planta me topo de nuevo con las motos. Vuelvo a probármelas, todas pero todas, y se reavivan antiguos sentimientos. La RR me parece tan excesiva en planteamiento y postura como las Rs japonesas de los ’90, y la R1600 GT me parece una alternativa a una autocaravana, tal es la sensación de enormidad que me transmite. Las percepciones cambian cuando voy hacia una moto aparentemente olvidada que me sorprende: la razonable GS800 bicilíndrica, con la estética de la hermana mayor bóxer solo que con tamaño y peso contenidos. De repente, me surgen malos pensamientos y peores planes, y antes de liarla me alejo de la zona de motos.

Lo último que veo en el BMW Welt me deja pensativo: al final de la planta baja, en una zona un tanto aislada, con una puesta en escena enormemente más discreta que el resto de la instalación, está la gama X. Sí, la que ha disparado ventas, facturación y beneficios en los últimos años, la que se convirtió en objeto de deseo en esos años en que nos creíamos que éramos ricos y que esto no se iba a acabar nunca. Pues allí, en fila y medio escondidos, posan un X5, un X3 y un X1. El X6 ni está ni se le espera. Afortunadamente. Salgo del BMW Welt pensando que la asignación de espacios la ha hecho un purista, o al menos un aficionado con algo de sentido de culpabilidad.

 

¿Fanáticos o contables?

Para ser directivo de una empresa de automóviles, ¿es más importante saber mucho de coches o mucho de dirección de empresas? A lo largo de la historia ya centenaria del sector hay ejemplos en ambos sentidos, y en mi caso he disfrutado y padecido experiencias interesantes al respecto.
El primer nombre público que se viene a la mente al plantear este tema es el de Elon Musk, presidente y fundador de Tesla, del que a estas alturas nadie (ni los expertos ni las bolsas de valores) se atreve a etiquetar ni como el visionario que cambió el mundo ni como el mayor batacazo en mucho tiempo. Otros que aparecen en el listado son Sergio Marchionne, CEO de FCA, y Torsten Müller-Ötvös, supremo de Rolls Royce que en ocasiones parece más un modelo maduro que un directivo.

La característica común a todos, sean fanáticos o contables, es un ego enorme, con sus ventajas y sus inconvenientes. Entre las primeras, la capacidad de liderar, arrastrar y convencer, de poner en marcha una empresa y a su plantilla, independientemente de su tamaño. Entre las segundas, una escasa permeabilidad a las ideas ajenas, ser refractario a las críticas sobre las propias, y un cansino culto al ego, ya que no solo están convencidos de que saben mucho del asunto profesional (sean coches o dirección de empresas), es que también dan clases sobre motos, relojes, corbatas, mujeres, gastronomía o equipos de sonido. E incluso de todo ello a la vez.
Sin citar nombres propios, puedo decir que he convivido con dos que implantaron en la empresa un régimen de república presidencialista (“o conmigo o contra mí”), y con otro que se creía un gurú del sector, con sus corbatas setenteras (debo decir que sucedió ya en los noventa), el aspecto de estar siempre muy ocupado tomando decisiones importantes y muy estirado, para compensar que era bajito. Me topé con uno alto, guapo, elegante y sinvergüenza, y otro igualmente elegante, que no se bajaba del pedestal, buen gestor de negocio pero que en lo referido a Recursos Humanos solo conocía la gestión del miedo. No todos han sido así, tuve un presidente brillante como fanático, decente como contable, solo que no sabía calibrar su excesiva capacidad para generar ideas. Su sucesor no sabía de coches ni de educación, pero era tan bueno en los negocios que ahora es miembro del consejo de administración de un gran fabricante.
Como aficionado siento debilidad por los fanáticos más que por los contables, pero la historia del sector muestra sus peligros. Lamborghini nunca levantó cabeza mientras estuvo dirigida por fanáticos, y solo se ha estabilizado desde que depende de los contables de Ingolstadt: gama razonable, producto con fiabilidad, red de concesionarios capilarizada y con beneficios, postventa existente, … Y Ducati dio bandazos hasta que pusieron orden primero Investindustrial y luego Audi, aunque a cambio de parte de la magia.
Las marcas españolas de motos son otro buen ejemplo. Las mantuvo vivas el proteccionismo, y vivían tan bien que se les olvidó organizar el negocio para cuando cayeran las barreras. Por eso, sin guardaespaldas económico, duraron poco.
En ocasiones, el cambio de rumbo de una marca lo determina el que su presidente o sus accionistas pasen de ser fanáticos a ser contables, o viceversa. Mazda pasó de ser una marca original y con personalidad a simplemente sosa en la época en que perteneció a Ford Motor Co.; su nueva libertad financiera y accionarial le ha sentado más que bien. También Volvo se adocenó cuando era parte del PAG (Premier Automotive Group) de Ford Motor Co. (¡sí, otra vez!) y, en contra de lo esperado, su actual pertenencia a un grupo chino le ha devuelto a su antigua personalidad, eso sí, actualizada, y a tener claro cuál es su hueco en el mercado.
Porque en una economía globalizada, con exceso de capacidad de producción y zonas del mundo con gustos delicados y estables (Europa), generalistas y estables (EE.UU.) y ostentosos y cambiantes (Golfo Pérsico y economías emergentes), saber qué se quiere vender a quién y si ya hay alguien que lo hace y a qué precio es básico.
Como decía antes, ese fue el error de las marcas españolas de motos y el acierto de Bianchi, Morri y Tamburini al crear Bimota: las motos japonesas de la época eran fiables, con unos motores excelentes, una parte ciclo mediocre y un diseño sin personalidad. En Bimota tomaron motores japoneses, los rodearon de chasis, frenos y suspensiones europeos de primera, y vistieron el conjunto de elegancia italiana a precio de lujo. Todo fue bien hasta que, unos años después, no se dieron cuenta de que los japoneses ya habían aprendido la lección y hacían bimotas por una fracción del precio de la original. Lotus sigue buscándose, y afortunadamente sin Danny Bahar al frente; parece que Lexus está redefiniendo con éxito su posición en el mapa, y ha dejado atrás su obsesión por seguir a los tres alemanes que solo le conducía a ser eso, una versión japonesa de los tres alemanes. Casi desde su fundación Lexus ha tenido el mérito de ofrecer beneficios, lo que dice mucho de sus directivos contables. Pero le ha faltado la pasión de un fanático para convertirse en una marca con personalidad propia. El paso de Katsuaki Watanabe a Akio Toyoda en la presidencia de Toyota Motor Corporation, el paso en definitiva de un contable a un fanático, ha sido el detonante.
No puedo dejar de citar otro caso emblemático, el de Aprilia. Alberto Beggio fundó una marca de bicicletas en Noale (Italia, no lejos de Venecia), que evolucionó hacia las motos pequeñas. Cuando la heredó su hijo Ivano, le dio tal empujón que la convirtió en la mayor marca de Europa entre 1997 y 2003, con primicias técnicas, prestigio en el mercado y unos arrolladores éxitos en competición. Llegó a comprar lo que quedaba de Laverda y Guzzi, pero el deslumbramiento del éxito le impidió ver un cambio en el mercado: los jóvenes cada vez montaban menos en moto, por lo que eran menos necesarias las motos para aficionados, sobre todo las deportivas; y un segmento emergente, el de los maxiscooters urbanos, centrados en no-motoristas que huían de los atascos de las ciudades europeas, era el futuro. Cuando Beggio quiso hacer caso a su equipo y a los estudios de mercado ya era tarde, y lo que quedaba de Aprilia se había vendido a precio de derribo al grupo Piaggio.

Estas reflexiones sobre cómo dirigir las empresas de automoción y sus consecuencias en el producto y la imagen de la marca han surgido al enfrentarme a la lectura de “Making Aston Martin”, un libro escrito por Ulrich Bez con la colaboración de Paolo Tumminelli (sí, ya lo sé, tengo pendiente una entrada en este blog sobre su trilogía de diseño de automóviles). Lo del tamaño del ego de los directivos se refleja en los 24 x 30 cm del libro (Editorial TeNeues, Kempen, Alemania, 2013), en sus 2.750 gramos de peso y en que el Sr. Bez aparece en la portada y en 71 fotos del interior.
Parece que Aston Martin no existió hasta que llegó él, y que él era el mejor probando coches, tratando a los clientes y estableciendo el plan de negocio a corto, medio y largo plazo. Y que si se hubiera puesto a barrer la fábrica o a cuidar el jardín de la entrada, también sería el mejor. Y que no se interprete esto como una crítica a Ulrich Bez, al que admiro, sino como un reflejo del peligro que estos egos tienen, ya que pueden resucitar y liderar enormes empresas y a miles de empleados y conducirles al éxito, pero eclipsan a sus equipos hasta tal punto que se anula cualquier opinión que no sea “sí, señor”. Claro, que si mi jefe fuera CEO de Fiat, Chrysler, Jeep, Dodge, Alfa Romeo, Ferrari y Maserati, viniera a trabajar todos los días con un jersey negro, y a la pregunta de por qué viste así respondiera “Me levanto todos los días a la cinco de la mañana y no estoy como para perder el tiempo escogiendo ropa”, creo que solo sería capaz de decir “sí, señor”. (La frase y el vestuario no son una broma, corresponden ambos a Sergio Marchionne, CEO de FCA).
La actuación de la empresa se deteriora si bajo una de estas grandes personalidades hay un equipo de directivos que no da la talla, porque la labor de éstos se limita a mantener el puesto de trabajo, nada más que una anodina lucha por la supervivencia profesional, sin otra aportación que suspiros de alivio por cada trimestre que pasa dentro del edificio corporativo. Porque, no lo olvidemos, sean mediocres o brillantes, fanáticos o contables, todos los empleados buscan una retribución material y otra emocional. Aunque se crean llamados a resolver los problemas del mundo.
Y como compensación a Ulrich Bez por los comentarios anteriores, ahí va su biografía: fue el líder de I+D en Porsche, responsable del 911 Turbo, del Carrera RS 2.7, del 968 y el 963, fundador y director de BMW Technik y por tanto creador del inigualable BMW Z1, y convirtió a Daewoo gracias a su trabajo entre 1993 y 1998 en una marca global y respetada. Sobre su paso por Aston Martin (Julio de 2000 hasta 2014) vale con decir que de 1913 a 2000 la marca vendió la tercera parte de vehículos que en los trece años en los que Bez estuvo al frente. Eso le perdona el exceso de ego y pesa más que el libro.

Vuelve Alfa, ¿otra vez?

¿Cuántas veces ha dicho Alfa Romeo que vuelve?, y de esas, ¿cuántas nos las hemos creído? Pues para mí, en este nuevo retorno de Alfa, el de 2016, la pregunta clave no es ninguna de esas dos, ni siquiera la de si esta vez es la buena, si este intento es el que va a funcionar. A mi juicio, la pregunta fundamental es por qué tantas personas tienen tantas ganas de que vuelva Alfa. Yo mismo, por ejemplo.

Gran parte de los aficionados actuales no han vivido la época buena de Alfa, y solo los más mayores han disfrutado y sufrido, simultáneamente, los coches de sus mejores momentos. Quizá lo que nos atrae es el encanto de las leyendas, o que el sector de mercado de coches atractivos, eficaces y deportivos de tamaño medio lo han monopolizado los alemanes, y anhelamos otro estilo, más atrevido.

Sea como fuere, soy uno de los que se han unido al deseo de que este retorno salga bien, y aproveché las circunstancias para viajar por el pasado y al presente de la marca.

No pude ir a la inauguración del “Museo Storico Alfa Romeo” en Arese, así que me conformé con la visita a la exposición que la marca organizó en Madrid bajo el nombre “museo delle emozioni”, así, con minúsculas. Instalada en el Palacio de los Duques de Pastrana, la exhibición mostraba una elegancia sencilla y a la vez emocional, con un orgullo de marca diferente del que plantean los alemanes, aire premium sin dejar de ser italiana.

Se mostraban algunos de los modelos míticos de la marca, prototipos y unidades de carreras, como el exagerado Alfa 75 que ganó el DTM a base de esteroides en forma de aletines y alerones. Había ejemplos bastante más discretos y mucho más elegantes, diseñados en casa o con la colaboración de carroceros italianos, como Zagato.

Luego pasé a la acción y tuve el placer de rodar en el Circuito del Jarama con dos versiones del nuevo Giulia, el primer vehículo de esta nueva era de la marca. Ha nacido rodeado de la leyenda, con eso de que el equipo que lo ha creado, liderado por Philippe Krief, es el mismo que se encargó del Ferrari 458, un coche unánimemente alabado por la crítica. Para empezar, me subí en el Giulia Quadrifoglio, la versión dirigida al epicentro del corazón de los rivales alemanes: si hay que quitarle ventas al BMW 320d y al Mercedes Clase C 220d, parece que alguien dijo en Arese, tenemos que crear un rival de sus hermanos mayores, el M3 y el AMG C63 S. Por eso existe el Giulia Quadrifoglio, con un motor V6 de 503 CV, que oficialmente está “inspirado” en Ferrari, y para muchos es el del 488 GTB V8 con dos cilindros menos.

Desde fuera este “QV” está en el límite de la discreción, con su colección de salidas y entradas de aire. Las formas generales, las mismas del Giulia convencional, son armoniosas y proporcionadas, solo que en este formato se llevan a la frontera entre la elegancia y la exageración; al menos se queda en el lado bueno. Para empezar la prueba me dio una vuelta, a su ritmo, Miguel, el hijo de “Kuru” Villacieros. Llevar ese apellido debe pesar en este mundillo (el primer título de su padre data de 1972, y es el Campeonato de España Renault 8 TS), aunque no hubo tiempo para hablar de ello. Mientras comentamos el buen tacto de dirección en una zona en la que tiene tanta importancia como la secuencia de Farina y Le Mans, encaramos la subida a la rampa Pegaso a un ritmo que me sorprendió: nunca pensé que una berlina de calle fuera capaz de entrar con tal decisión en esa curva. Y a partir de aquí se sucedieron las sorpresas, porque tampoco esperaba que tras coronar Pegaso en tercera a fondo aun subiera a cuarta y llegara deprisa de verdad a las eses de la Hípica o frenara preocupantemente tarde. En la redonda de arriba me maravilló la suavidad en el comportamiento del control de estabilidad, cortando solo lo justo para no cruzar el coche y dejándolo correr y mucho.

Al llegar mi turno, y consciente de las diferencias en nivel de pilotaje, me di cuenta de la buena posición de conducción, bajita y cómoda, la excelente ergonomía y la calidad de los materiales. Lo más destacado es la integración de la pantalla de TFT con el cuadro, por delante de cualquier competidor alemán o japonés. Ya en marcha, hay que insistir en la sinceridad del tacto de la dirección, la enorme linealidad entre el desplazamiento del acelerador y la entrega de potencia (y es un motor turbo), la confianza del chasis, la estirada del motor. No encaré la rampa Pegaso a la velocidad de “Villa”, como le llaman sus colegas, pero la relación entre la velocidad a la que lo hice y la sensación de confianza que me transmitió el coche fue formidable; tampoco aguanté el gas en la entrada de la Hípica como él, y sin embargo no sentí que me fuera a comer la curva.

Volví a la realidad conduciendo el diésel, la versión que sí van a vender. En la opción de 170 CV está claro que emociona menos que su primo de 503 CV, pero no está a años luz en eficacia, no es en absoluto un diésel lento y ruidoso, y el chasis permite divertirse en un entorno tan exigente como el Jarama.

Volviendo a la pregunta del inicio, ¿por qué queremos que Alfa vuelva? Precisamente por lo que sentí rodando con sus coches en el Jarama: por la emoción y por romper con el monopolio alemán. En el aparcamiento del Jarama había dejado mi M3 al lado de otro, igualmente E46 y cabrio, y cuando llegué a él para regresar a casa, coincidí con el propietario. Además del M3 tenía dos Alfas, y el nuevo Giulia le había encantado. Como a mí. “¿Y si lo comparas con el M3?”, le pregunté. “Son tan diferentes que tendría los dos”, me respondió. Y yo.

El coche autónomo está a la puerta de nuestros garajes (y no nos hemos dado cuenta)

En la actualidad concebimos el coche autónomo como algo lejano en el tiempo, ya que los medios de comunicación nos lo han asociado con la espectacularidad del vehículo que se conduce por completo a sí mismo, sin intervención alguna del conductor. Es lógico, a todos nos gustaría tener a KITT en el garaje. Sin embargo, el camino hacia ese vehículo, que llegará al mercado alrededor de 2030, es una larga escalinata que comenzamos a subir sin darnos cuenta hace años. Y estamos más arriba de lo que creemos.

A día de hoy no nos llama la atención que los limpiaparabrisas se pongan en marcha solos y adecuen su cadencia a la intensidad de la lluvia. O que las luces se enciendan por sí mismas, o cambien de cruce a carretera ellas solitas. Un control de crucero activo, el que adapta la velocidad escogida por el conductor a las características de la vía, es novedoso, no sorprendente. Y en poco tiempo, el sistema que avisa sobre el abandono involuntario de carril ha pasado de simplemente lanzar un pitido a mover levemente el volante, luego a centrar el coche sobre el carril y está a punto de mantenerlo entre las líneas de la carretera hasta ciertas velocidades.

Muchos vehículos medios actuales (segmentos C y D de fabricantes generalistas) entran en la definición de vehículo autónomo pasivo, el que es capaz de reconocer la situación del entorno, tomar decisiones simples, informar de ello al conductor, que es el último responsable a bordo, y solo interferir con él en caso de seguridad. Este último punto tiene como mejor ejemplo el sistema que controla la posibilidad de impacto por alcance: hay un vehículo detenido o circulando más despacio, nos acercamos a él, y el conductor o no se ha dado cuenta o no reacciona. En un vehículo autónomo pasivo, primero se emiten avisos sonoros y visuales, con una anticipación que puede ser programada por el usuario. Si éste no reacciona, se corta la potencia y se inicia una frenada suave. Si el conductor sigue sin reaccionar y el impacto es inminente, frena con toda la deceleración disponible, activa los pretensores de los cinturones y reubica los reposacabezas. Depende del sistema de detección y su calidad la distancia y la velocidad a la que puede actuar; los más simples evitan por completo la colisión hasta a 40 km/h.

Este sistema es también es un buen ejemplo por lo que supone de interrelación de cámaras, radares, frenos, motor, cambio, sistema híbrido si lo hay, cinturones de seguridad y otros.

De hecho, el paso del autónomo pasivo al autónomo limitado se basa en que la interacción de sistemas no se circunscriba a informar al conductor o a actuar solo en una emergencia, sino que actúe en un espectro más amplio de circunstancias. Por ejemplo, los sistemas de abandono involuntario de carril pasarán a mantener el vehículo en el centro del carril salvo a velocidades elevadas en autopista. Y solo se inhibirán si el conductor deja clara su intención de salir del carril para efectuar un adelantamiento o cambiar de vía.

Estos vehículos autónomos limitados comenzarán a llegar a finales de la década, en un principio solo de la mano de fabricantes premium. Seguirán necesitando un conductor activo, bien por causas legales (¿quién es el responsable en caso de accidente?), por el estado de las infraestructuras (líneas del suelo borrosas o borradas, señalización vertical ilegible, pocos vehículos interconectados) o la inseguridad de los compradores potenciales ante una nueva tecnología. No debemos olvidar que, por edad, los compradores de vehículos premium no son ni tecnófilos ni ávidos seguidores de últimas tendencias.

Se prevé que unos diez años después de los autónomos activos comiencen a llegar los autónomos completos, los que de verdad no necesitarán conductor. Esta realidad técnica tendrá más consecuencias cuantas más vueltas le demos: los camiones podrán rodar permanentemente porque no habrá camioneros que se cansen, la señalización física (vertical y horizontal) se sustituirá por instrucciones de uso de la vía transmitidas a los vehículos y entre ellos, … Desde el punto de vista del diseño, desaparecerán los principios básicos de la ergonomía: volantes, palancas, botones, visibilidad, … ¿para qué? Y el conductor dudará sobre si poseer un vehículo, alquilarlo por días u horas, o simplemente contratar un servicio de movilidad, además de utilizar los tiempos de desplazamiento para informarse, dormir o charlar. Como ahora en un tren o un avión.

Con todo, la mayor barrera en el despliegue de estos vehículos es la ética y sus consecuencias legales. Se ha escrito mucho sobre cómo han de actuar los vehículos autónomos en caso de colisión inminente, y sus implicaciones judiciales y de cara a los seguros. Desde que se inventó el carro, los humanos asumen esa responsabilidad según su criterio, y generan o sufren daños; la duda actual, en el fondo, reside en poner negro sobre blanco ese criterio, y luego convertirlo en un algoritmo.

Y otro aspecto legal a considerar, no tan desagradable, eso sí, es el del respeto a la intimidad y a la libre competencia. Hace años que es técnicamente posible que el vehículo detecte que sus neumáticos necesitan ser sustituidos, que puede informar de ello al Concesionario que lo vendió, que éste puede saber si tiene ese neumático entre sus existencias, y las horas de taller disponibles. Nada más fácil, pues, que enviar un mensaje al cliente ofreciéndole cita para un cambio de neumáticos. Solo que no es legal, ya que se considera una limitación a la competencia entre talleres y a la intimidad del propietario por la manera de obtener la información.

Otro ejemplo sobre los límites del respeto a la intimidad es que el e-call no estará disponible en la Unión Europea hasta el 31 de Marzo de 2018, tras años de debate. El sistema relaciona sensores del vehículo, especialmente los del airbag, con una tarjeta SIM embarcada de serie y el GPS del navegador. Si el vehículo sufre un accidente que haga saltar los airbags, el objetivo es alertar cuanto antes a los servicios de emergencia para socorrer a las víctimas cuanto antes. Solo que eso supone revelar la ubicación del vehículo. El modo de encontrar el equilibrio entre el respeto a la intimidad y la reducción de la mortalidad en carretera es que el sistema, en primera instancia, se comunicará con el conductor y le ofrecerá la posibilidad de ponerle en contacto con los servicios de emergencia. Si el conductor no responde, el sistema tomará la iniciativa y enviará un mensaje de emergencia al 112, que incluirá la ubicación tomada del GPS.

Hasta aquí todo bonito y legal. Solo que acabamos de montar en el coche a un intruso que sabe cuándo vamos a dónde y a qué velocidad, y cuánto tiempo estamos parados dónde. Y que le puede al Concesionario de nuestra marca si vamos a un taller independiente, a Alcampo si vamos a Mercadona, a la DGT si sobrepasamos los límites de velocidad, a nuestro jefe si hacemos menos kilómetros de los que consignamos en la nota de gastos, … Cómo me estoy acordando de George Orwell y “1984”.

Antes de deambular por esos territorios inciertos y aun algo lejanos, es más interesante poner los pies en la tierra y probar el día a día de un coche autónomo pasivo. Los elementos más simples, como el limpiaparabrisas autónomo o el sistema que controla el encendido y el cambio de luces sirven fundamentalmente para reducir la carga de trabajo del conductor. Su eficacia depende de la rapidez de respuesta, de los umbrales de activación y de la capacidad de regularlos a gusto del conductor. La mayoría de los limpias automáticos que he probado actuaban cuando yo lo habría hecho, por lo que me limitaba a activar la función AUTO al recoger el coche y confiar en ellos.

Sobre las luces automáticas, gran parte de los sistemas que he probado se activaban después de lo que yo lo habría hecho y no son regulables. Apagaban las luces en un amanecer cuando yo las habría mantenido, o las encendían en un atardecer o al entrar en un túnel más tarde de lo que me gustaba.

Sin embargo los cambios de largas a cortas los suelen hacer a mi gusto. Además, como en carreteras de curvas la necesidad de mover la palanca para pasar de carretera a cruce coincide con el momento de mover el volante en la curva en la que de repente aparece un coche de cara, el sistema ahorra trabajo y stress al conductor.

Los sistemas de reconocimiento de la señalización, sea vertical u horizontal, se enfrentan a una mayor distancia entre teoría y práctica. En el caso de la vertical, porque su estado la puede hacer ilegible para las cámaras, o porque su ausencia confunda al conductor. Por ejemplo, si tras recorrer una zona urbana limitada a 30 km/h nos incorporamos a una carretera limitada a 90 km/h, pero no hay indicación específica, la pantalla seguirá diciendo al conductor que la velocidad máxima es 30. Si el coche fuera autónomo activo en lugar de pasivo, impediría al conductor pasar de 30.

La señalización horizontal no tiene como única limitación que su mal estado de conservación la puede hacer invisible para las cámaras. Además, en una carretera estrecha sin arcenes, o con éstos de anchura limitada, el coche permanentemente pisa las líneas y el sistema actúa. La consecuencia es que el conductor apaga el sistema, y lo más probable es que se olvide de reactivarlo cuando salga de ese tramo. Por otro lado, esos usuarios que conducen en régimen de eslalon permanente, sobre todo en ciudad, y siempre sin hacer uso de los intermitentes, son candidatos a desconectar el sistema para no aguantar sus correcciones el día en que recogen el coche del concesionario, y dejarlo así para siempre.

Por último, un detalle sobre el aprendizaje: si un parche de asfalto recién puesto ha hecho desaparecer un par de metros de impecable línea continua pintada en el suelo, el cerebro humano “rellena” el trozo de línea que falta. Las cámaras solo detectan que no hay línea, porque hoy en día la electrónica de abordo tiene una capacidad de aprendizaje limitada.

Los sistemas anticolisión no se utilizan, afortunadamente, en el día a día. Salvo algún caso patológico que juega en los atascos a arrimarse, como en un baile de pueblo, hasta que salta la primera fase del aviso, solo se activan en caso de susto de origen real. En mi experiencia en tráfico abierto, durante esa primera fase de activación (simplemente aviso acústico y visual) hay tiempo suficiente para detener el vehículo. En pruebas en pista cerrada he llegado más allá: en caso de ignorar el siguiente aviso (corte de potencia y frenada suave), el sistema detiene el vehículo con una deceleración de hasta 1 G, a velocidades de hasta 40 km/h. Eso sí, la impresión tarda en olvidarse. Y si durante la segunda fase de aviso se inicia una maniobra de esquiva del obstáculo detectado, el sistema se inhibe y permite la esquiva.

Los controles activos de crucero sí se utilizan con asiduidad, especialmente si emplean sensores de alta calidad, como un radar de onda milimétrica en lugar de un láser, que permite que la velocidad umbral sea cero km/h. Es decir, que si programamos el sistema, el vehículo de referencia se detiene y a continuación reanuda la marcha, nuestro vehículo le imita. Es decir, de gran utilidad en el atasco nuestro de cada día. Insisto en la importancia del sistema de detección, ya que algunos solo son válidos por encima de 40 km/h, no tienen precisión de noche o con motos, lo que supone que si la velocidad del vehículo de referencia baja de 40 km/h se desactivan, y en la reanudación de la marcha hay que volver a programarlos, lo que los inhabilita en los atascos.

La experiencia de rodar de noche con el control activado y que se adapte a la velocidad de una moto a la que nos aproximamos, impresiona tanto como el que el vehículo tome vida propia en un atasco y nos limitemos a sujetar el volante. Más que nada por si acaso.

Dejo para el final el sistema de precolisión con detección de peatones, ya que por ahora es el menos preciso de los que he probado. Reconocer a un peatón (solo uno) cruzando, solo por la silueta, limita enormemente sus posibilidades y las de no atropellarle. Cierto que este sistema ya se considera en la puntuación de EuroNCAP 2016, pero la prueba aun peca de haberse adaptado a las capacidades de detección, ya que éstas no se adaptan del todo a la realidad. Eso sí, la sensación de dirigirse, con el acelerador pisado y el volante bien agarrado, hacia un maniquí vestido de persona, que cruza distraído, te hace repetir internamente: “Soy un probador, no un psicópata”.

Melilla La Vieja y los siete edificios más altos de Madrid (2 de 2)

Que el despertador suene a las cuatro de la mañana para conducir más de 500 kilómetros en solitario, la mitad de noche y todos aburridos, no es la mejor manera de empezar un desafío. Pero los desafíos son así. Me sentí raro y solo bajando a deshora hasta Motril, y únicamente me reconforté cuando, al llegar al aparcamiento de la entrada del puerto, vi más coches cargados con bicis y caras a la vez somnolientas e ilusionadas.

El otro punto que me llamó la atención, y que sería una sensación prolongada hasta el domingo, era la heterogeneidad de los participantes en la Carrera Africana de Melilla. En primer lugar hay que decir que la prueba admite a los que queremos hacer los 75 km. en bici de montaña, y a los que optan por 50 a pie, y el perfil de ciclistas y marchadores es distinto. Por otro lado, al ser una prueba organizada por una unidad del ejército, hay un cierto porcentaje de participantes que llevan o han llevado uniforme, sea de militar, de policía o de guardia civil. De hecho, el domingo iba a ver a grupos de marchadores con camisetas que reproducían los distintivos de sus unidades militares, y algunos se acompañaban de banderolas, e iba a escuchar a ciclistas saludando a los policías nacionales de algunos cruces con un “Hola compi” muy cercano.

El siguiente punto de esa variedad social de los participantes es el origen geográfico. Melilla está al sur del sur de España, por lo que no era de extrañar que entre los alrededor de dos mil participantes hubiera casi cien de Ceuta, más de 200 de Almería, 150 de Málaga, … y solo 25 madrileños.

Todo esto marcaría las conversaciones y comportamientos de los tres días que íbamos a compartir y me sumergiría en una experiencia humana distinta a la de mi entorno personal y profesional, y a la que suelo vivir en las rutas y carreras en bici por Madrid y sus alrededores.

Lo más destacado de las cuatro horas y media de travesía entre Motril y Melilla fue que recuperé parte del sueño perdido en el madrugón, y que reviví la experiencia de no tener cobertura de móvil. A la llegada al puerto comenzamos a disfrutar de la hospitalidad legionaria: una vez identificados y recogidas las acreditaciones, nos llevaron a los participantes en autocar al cuartel, y transportaron las bicis en un par de camiones. Para evitar que se golpearan o se rayaran, utilizaban un método sencillo y práctico: entre bici y bici colocaban un colchón viejo.

Una vez hospedados en el pabellón de la 8ª Compañía y con las bicis alojadas en el pabellón contiguo, bajamos a la ciudad a recoger los dorsales. Empecé entonces a darme cuenta del impacto de la carrera en Melilla: dos mil participantes en una ciudad de 84.000 habitantes, 75 km. de recorrido en 12,5 km2. La plaza de las Culturas, punto de salida y llegada, ebullía con los preparativos, y encontré sosiego recorriendo el interior de Melilla La Vieja e imaginando, deseando, los que al día siguiente esperaba que fueran los últimos metros de carrera entre torreones, fosos y baluartes.

Tomé pronto el autobús de regreso al acuartelamiento porque a las ocho tenía una cita ineludible con el pasado: visita guiada a la Sala Histórica, unas dependencias del Fuerte de Cabrerizas, dentro de las instalaciones del Tercio en que me alojaba, en las que se han agrupado recuerdos varios de la Legión.

En una visita así a un lugar como ese es imprescindible dejar a la puerta conceptos ideológicos, prejuicios del siglo XXI y condicionantes morales. Las de Marruecos fueron guerras de finales del XIX y principios del XX, protagonizadas por países del pasado, bajo normas (cuando las había) ya en desuso, y protagonistas del lado español cuya interpretación actual tiene una elevada distorsión ideológica.

Pues bien, dejamos todos esos filtros a la puerta del Fuerte de Cabrerizas Altas para entender la explicación del guía, un legionario cincuentón con experiencia en Mostar. Narró el cerco de Melilla de 1893, cuando varios miles de rifeños (¿cuatro mil, seis mil?) atacaron una posición pobremente defendida; en concreto, en el Fuerte de Cabrerizas había 380 defensores. El General Juan Margallo, abuelo del actual Ministro de Asuntos Exteriores, era el gobernador de la ciudad; el 28 de Octubre, en la explanada del fuerte, cayó de un tiro en la sien. El entonces joven teniente Miguel Primo de Rivera, destacó en combates como la recuperación, al mando de diez soldados, de piezas de artillería arrebatadas por el enemigo. Mereció la Laureada de San Fernando y el ascenso a capitán, y llegó a ser golpista, dictador y jefe del gobierno español. Otro nombre destacado fue el del entonces capitán Picasso, tío del pintor, cuya actuación esos días le valió una Laureada; años más tarde, ya como general, fue el Juez Instructor que elaboró el Expediente Picasso, el amargo informe que depuró las responsabilidades del desastre de Annual y pintó un paisaje de corrupción, cobardía y desorganización.

Queda en el aire si la muerte de Margallo sucedió heroicamente en acto de servicio por fuego enemigo, se pegó un tiro para cerrar bruscamente su implicación en un asunto de contrabando de armas, o si el tiro llegó, precisamente por ese asunto, de la pistola del mismo Primo de Rivera.

Al final, el cerco a Melilla se rompió por la valiente actuación de este último y porque el acorazado Numancia y las cañoneras Isla de Cuba (entonces era territorio español) y Conde de Venadito, ancladas en el puerto, abrieron fuego contra los barrios habitados por cabileños.

La visita continua con permanentes recuerdos a Millán Astray, fundador de la Legión, y al comandante Franco, jefe del 1er Tercio, el que nos acoge. El tono elogioso que emplea el guía hacia ellos no parece que contenga carga política, es más bien el respeto de un subordinado al superior al que admira. Al pasar a la última sala la carga emocional aumenta: “Esta es la sala del Teniente Aguilar”. El breve silencio que sigue a la frase nos sirve para buscar en la memoria y comprobar que el nombre no nos suena. La aclaración que sigue es contundente: “Era mi superior. Cayó en misión humanitaria en Mostar”. Hemos saltado repentinamente de una guerra cruel, corrupta y politizada a otra igualmente cruel y más cercana; de un ejército clasista, atrasado y de reemplazo a uno profesional.

Los asistentes a la visita guardaban un silencio respetuoso a veces, salpicados por comentarios que dejaban entrever una admiración velada, y otras revelaban abiertamente su condición de exlegionarios.

Por si me quedaban dudas, a la hora de la cena ciclistas y marchadores compartimos la cantina con legionarios de servicio, con el armamento reglamentario encima.

Nueve horas de sueño es un excelente prólogo para un día de carreras duras. Y si encima un legionario te dice que han preparado un desayuno fuerte, es obvio que se han acabado las bromas. Nos metimos entre pecho y espalda, a primera hora de la mañana, una enorme tortilla francesa y un plato de pasta regados con zumo de naranja, y un pozal de café con leche desbordado de cereales. En realidad, solo una fracción de las calorías que iba a gastar. Mientras desayunábamos, los camiones Pegaso, los Aníbal y los BMR recibían en la Explanada Gran Capitán el cargamento que nos iba a ser imprescindible a los participantes: cientos de litros de agua y de Aquarius y muchísimos kilos de fruta. Los legionarios seguían cargando sus vehículos cuando di el último retoque a la Ghost: repaso de presiones de neumáticos más engrase de cadena. Cargué cuatro barritas de cereales en la bolsa bajo el sillín, dos litros y medio de Isostar entre la mochila y un bidón, más herramientas, una cámara, un plátano para antes de la salida y crema de protección solar. Que en el frescor de primera hora de la mañana parecía que iba a sobrar.

Tras la última comprobación, y ya vestido de ciclista, bajamos desde el acuartelamiento, en la parte alta de la ciudad, a la salida, junto al puerto.

El ambiente de la salida entre los participantes, como suele ser habitual, era una mezcla de ilusión y preocupación, por la combinación obvia de diversión y sufrimiento de estas carreras. Me voy a saltar el griterío del público presente y las voces del comentarista para decir que, una vez tomada la salida, los primeros kilómetros, por dentro de la ciudad y en llano fueron rápidos a pesar de la multitud, entre 20 y 25 km/h de media. Paulatinamente los lentos que habían salido delante fueron perdiendo posiciones, y los rápidos que habían llegado tarde las ganaron. Al dejar el asfalto, en una zona fea de polígono, vi bastantes pinchazos porque había restos de cristales en el suelo, y mentalmente crucé los dedos y recordé la pesadilla de mis últimas salidas. Menos mal que los tubeless no me fallaron.

Hacía calor, la carrera era muy larga y quería hacer solo dos paradas para comer, de modo que me marqué un ritmo ligero pero sostenible, confiando más en llegar con fuerza al final que en ir deprisa solo al principio. Por eso tiré sin desfondarme, y en 1 h 17’ llegué al avituallamiento del km. 23, al fondo de los acantilados del Aiguadú. Con el Mediterráneo batiendo unos metros más abajo comí y bebí para afrontar con ganas una subida perra de dos kilómetros, que se me hizo sencilla. El primer punto de dificultad se me planteó poco después, en un sube baja rompepiernas, cuatro km. que se me atragantaron. Cuando pensé que se acababan, y empujando la bici por una rampa reseca de tierra suelta de más del 20%, perdí pie, se me resbaló la bici, y me clavé con fuerza el Garmin donde uno no se debe golpear, ni con fuerza ni sin ella. Me dolía, y mucho, pero en una carrera uno no se detiene ni para quejarse. Además en aquella zona, como en todo el recorrido, había multitud de legionarios listos para ayudar, y si me paraba se acercarían, y si se acercaban me tocaría dar una explicación embarazosa. Miré adelante y vi que el recorrido continuaba por la pista de asfalto paralela a la valla de la frontera, en un descenso largo y amenazadoramente pronunciado. Como una sensación muy fuerte eclipsa a otra solo fuerte, me tiré pendiente abajo, y el miedo de rodar a 58,7 km/h (así quedó grabado en el Garmin) tapó el dolor.

Algo más adelante viví uno de esos momentos insólitos que se disfrutan en las carreras solo desde dentro. Era otra de esas pistas ásperas y rotas, ya cansados, en las que no cunde. Repentinamente comencé a oír, en versión para corneta, aquella melodía de la banda sonora de “Rocky” que todos asociamos al sacrificio precio al éxito, al entrenamiento que nos conduce a la victoria. Sin dejar de pedalear vi que era un corneta de la banda del Tercio, que se había arrancado con esa pieza. Sus compañeros se reían, los corredores que pasábamos por allí nos mirábamos sin creerlo, y enseguida comenzó a hacer efecto: las piernas se aligeraron y las rampas perdieron desnivel.

Paré de nuevo en el km. 38, a las 2 h y 26’ de carrera, para comer y beber de nuevo, con el fin de atacar con energía el tramo llano cercano al mar. Tenía la esperanza de subir la media en los siete km. de casco urbano y espigón, asfaltado y plano, y sin embargo me encontré con un enemigo inesperado: el viento. Se había levantado tras la salida, se ocultó mientras rodábamos por entre cerros, y ahora soplaba con ganas especialmente en el espigón y el paseo marítimo, así que no quedaba otra que seguir apretando los dientes.

Salí de la ciudad para afrontar el tramo final de la carrera, con una subida desde el nivel del mar a los cerros que se me habían atragantado, rodear la ciudad por los cuarteles y repetir la zona del viento. Lo bueno al final de un maratón es que ya no hay que pensar ni que dosificarse; si uno se ha organizado bien, es la verdadera hora de la diversión. No quería correr el riesgo de venirme abajo al final por lo que me avituallé por tercera vez en el km. 58,6, ya con 3 h y 43’ de carrera, y tiré a fondo. Crucé por segunda vez, esta como una exhalación, el Acuartelamiento del Tercio y saludé de soslayo al pasado en la Explanada Millán Astray, frente al Fuerte de Cabrerizas Altas. La subida dolorosa de la primera pasada la hice sin incidentes, y me tiré por la bajada tan enrabietado que esta vez llegué a los 69,4 km/h. Nunca había olido a goma quemada en un neumático de bici de montaña, qué sensación de orgullo y de miedo. En esta hora final desesperada reconocí tramos que se usaron en el Raid de Melilla de 2010, cuando mi colega con ruedas en el desafío era un Land Cruiser de cinco metros y dos toneladas en vacío. Mantuve la concentración todo lo que pude, me esforcé para imponerme a la maldita subida, casi la última, del km. 59, y encaré la última de verdad, una rampa cercana al aeropuerto, ya con 4 h y 10’ de carrera pesando en las piernas.

Desde ahí sabía que estaba hecho: recorrer de nuevo algunas calles entre un público disperso que no paraba de aplaudir, luego el espigón y la playa con público abundante y entusiasta, llegar a Melilla La Vieja entre un público ya desbordante y ruidoso, que me animaba como si fuera a ganar, cruzar patios de armas y túneles, zigzaguear entre torreones para, al final, salir por el Túnel de San Fernando a la Plaza de las Culturas y entrar en meta.

No voy a presumir ni de que respiré hondo ni de que era consciente de que había conseguido mi objetivo, Estaba demasiado cansado para eso. Me dejé llevar a la carpa en la que me entregaron la medalla que recibe el que consigue terminar. Me dejé llevar a la carpa en la que recogí mi petate legionario con regalos, entre los que había un maillot conmemorativo que luciré cuando haya que hacer una declaración de intenciones. Y me dejé llevar hasta la carpa de comida. Despacio, muy despacio para no vomitar, me comí y me bebí todo lo que me dieron, mientras hacía estiramientos, enviaba algún WhatsApp de satisfacción y miraba con ojos de agradecimiento a la Ghost, ahora polvorienta. Aun no sabía que iba a seguir comiendo y bebiendo de modo exagerado dos días más. Tampoco sabía que había recorrido 74,9 km. en 4h 38’ y 44”, y que el desnivel acumulado era de 1.104 metros. Me quejaba por el calor y las quemaduras en las piernas sin saber que la temperatura media en carrera había sido de 28,3ºC. Sí sabía que me dolían las piernas, y que me iba a doler el cuerpo entero algunos días más; me faltaba cuantificar que el ritmo cardiaco medio había sido de 150 ppm y que me había dejado 2.300 calorías. Más tarde sabría que mi posición era la 389 de los 784 que iban a terminar de los 970 inscritos, el 52º de los 123 de mi categoría.

Lo que tenía claro es que la satisfacción dura mucho más que el dolor muscular y las quemaduras.

Melilla La Vieja y los siete edificios más altos de Madrid (1 de 2)

En 2015 me atreví, con más temeridad que conocimiento, a debutar en el Open de Madrid de Maratones en bici de montaña, XCM para los iniciados. De repente los recorridos de 30 kilómetros por pistas que realizaba hasta la fecha pasaron a ser calentamientos de pretemporada porque, sin saberlo, me había metido en un campeonato de nivel de un deporte duro.

En este blog conté (“Cuando terminar no es suficiente”) penas, alegrías y dudas al respecto. Sobre todo dudas, las que surgen cuando el esfuerzo por alcanzar el objetivo genera más sufrimiento que la satisfacción que se obtiene al alcanzarlo. Había llegado a la meta en todas las carreras en las que me inscribí a cambio de grandes esfuerzos en las subidas de mayor pendiente y, debo confesarlo así, bastantes miedos en las bajadas trialeras. Descubrí que me encontraba cómodo en las pistas, especialmente si los desniveles no eran extremos, e incómodo en aquellos tramos complejos, precisamente los que distinguen las pruebas puntuables de las no puntuables.

Más allá de todo esto había un logro tangible: el cambio de costumbres necesario para alcanzar el estado de forma tenía ventajas en mi salud. La mayoría de los días tomaba cinco comidas, todas ellas sanas y variadas, y el uso de los ascensores había pasado a ser anecdótico. Y por encima de esto, descubrí otros aprendizajes al correr maratones y su aplicación en el día a día. Porque en el entrenamiento y las carreras desarrollé habilidades como la autodisciplina, la planificación a medio plazo y la resistencia a la frustración.

Y estaba en medio de esta mezcla de logros y fracasos, metas alcanzadas y otras aun lejanas, buscándole el sentido a los XCM en Madrid, cuando supe de la existencia de una carrera con aun menos sentido, tan poco sentido que era precisamente su ausencia lo que le daba encanto. Me explico.

Madrid y sus alrededores reúnen escenarios variados para las bicis de montaña, desde trialeras estrechas en la sierra a pistas rápidas a la orilla de los ríos y en las vías pecuarias; entonces, ¿por qué irse hasta Melilla a montar en bici?

La concentración de escenarios apropiados y afición ha creado un calendario de todo tipo de pruebas, con diferentes recorridos y durezas; entonces, ¿por qué inscribirse en una carrera tan larga, de 75 km?

Y por último, si los escenarios y la afición han facilitado la existencia de profesionales que organizan carreras de bicis al lado de mi casa, ¿por qué irse al norte de Africa a sudar durante más de 75 kilómetros en una carrera organizada por el Tercio de la Legión?

De modo que la conclusión a mis dudas del año pasado fue decidir firmemente que en 2016 participaría en la Carrera Africana de la Legión en Melilla.

Se acababa de celebrar la tercera edición y los foros hablaban de lo bonito y a la vez duro del recorrido, y de una ciudad volcada en la carrera. Como africanófilo y amante de rarezas, la carrera me atrajo enormemente. Repasé vídeos en los que mi debilidad por la arquitectura se complació al ver pasar las bicis frente a algunas de las joyas modernistas de la ciudad y recorrer los últimos metros de la carrera por dentro de las murallas de Melilla La Vieja, cruzar la plaza de armas y salir por el puente levadizo al arco de meta.

Al repasar las posibilidades de alojamiento descubrí que había un más allá sorprendente y peculiar, que quienes lo habían probado calificaban con elogios: la Legión habilita un pabellón en su cuartel para un número limitado de participantes que comparten instalaciones con los legionarios desde el viernes en que se llega a Melilla hasta la mañana del domingo, día posterior a la carrera.

El plan estaba clarísimo: entrenarse, inscribirse, alojarse en el cuartel y, por supuesto, llegar a meta. El pasado octubre comenzó el trabajo que consistía no solo en hacer muchos kilómetros para estar en forma. Hasta ese momento utilizaba en la bici un ciclocomputador que simplemente medía distancia recorrida, velocidades máxima y media y ritmo cardiaco. Insuficiente para un entrenamiento serio, de modo que avancé varios pasos tecnológicos al hacerme con un Garmin Edge 810. Sentado frente a la pantalla del ordenador el día del estreno, viendo los resultados de la primera ruta grabada, me sentía como los ingenieros de un equipo de MotoGP en la reunión posterior a la carrera: velocidades instantáneas, perfil del recorrido relacionado con los desplazamientos marcados en Google Maps, y la posibilidad de estudiar secciones independientes eran algunas de las muchas posibilidades de análisis que ofrecía el sistema.

Al repasar el recorrido de la Africana de años anteriores, comprobé que era más largo que mis rutas habituales, con tramos llanos y rápidos en el núcleo de la ciudad y sus alrededores, y bruscos desniveles al trepar por los cerros que separan Melilla de Marruecos. Me puse a buscar recorridos cercanos a mi casa que sirvieran como entrenamiento o que al menos representaran una dificultad equivalente, y descubrí el índice IBP (Interactive Bycicling Parameters index), que precisamente evalúa la dificultad de una ruta en ese sentido. Para calcular el IBP de una ruta no hay más que descargar su archivo en la página de Internet de IBP. El archivo puede ser el que se ha grabado en el navegador al realizar la ruta, en mi caso el Garmin, o uno que se encuentre en las páginas que los archivan, como Wikiloc. Así que empecé a cuantificar la dificultad a la que me enfrentaba: la Africana de 2015 había tenido un índice de 72, una de mis salidas de 40 km. se quedaba en 29, y el Rallye de Galapagar de 2015 que tanto esfuerzo me supuso solo llegaba a 59. Si pretendía acabar la Africana de 2016 y en menos de cinco horas, el desafío estaba cuantificado y tenía todos los medios para prepararme.

Los viajes de trabajo hicieron que el entrenamiento con objetivo africano arrancara en Octubre en el gimnasio de un hotel de Viena. Unas semanas de esfuerzo después ya veía los primeros logros: una ruta de índice 62 había caído en menos de cuatro horas y media.

El primer desafío duro de la pretemporada iba a ser la carrera inaugural del Open de Madrid de XCM 2016, con índice 60, y 59 km. de recorrido. (¡Qué cambio! Una carrera de ese campeonato era para mí un reto en 2015 y simplemente un entrenamiento en 2016). Hasta el kilómetro 30 había que aguantar la dura subida hasta el Cerro San Pedro, y desde ahí recuperar la velocidad media en el descenso. O al menos esa era la teoría. La realidad fue mejor al principio: llegué a mitad de carrera con una media prometedora de 14 km/h y no estaba tocado, y eso me animó de cara al resto. Pero las supuestas bajadas rápidas eran pedregales estrechos, trialeras complicadas o, directamente, descensos suicidas. Cualquiera de ellas suponía un ritmo bajo y un cansancio alto, lo que además repercutía en la concentración. Entre un fallo de concentración y una señalización no muy buena, me perdí más allá del km. 50, por lo que acumulé unos kilómetros de más, que incluían una subida francamente desagradable.

Con el buen humor que me quedaba me reí en el kilómetro cincuenta y muchos: al final de un tramo plano me esperaban una señal de peligro y un miembro de Protección Civil para insistir en que tuviera cuidado con lo que había a continuación. Llegué al final del llano, me asomé, vi un descenso con una pendiente de las que te quitan el color de la cara y abajo, como esperando por si acaso, una ambulancia y la policía municipal. Unos minutos después, desbordado por las trialeras del final, llegué a meta muy cansado y rigurosamente último de los que acabamos. Lanzo esta puntualización para proteger mi autoestima. Eso sí, acabar en 4h 11’ 24” una carrera de índice 69 dejaba claro que el entrenamiento iba por buen camino.

Esa tarde, dolorido en casa analizaba los resultados grabados en el Garmin y quería cuantificar el origen de mi cansancio. Lo grave no habían sido los casi sesenta kilómetros, que también, sino los 1.399 metros de desnivel acumulado. La Wikipedia reconfortó mis maltrechos músculos, porque esos metros equivalen a la altura acumulada de los siete edificios más altos de Madrid: Torre de Cristal (250 m.), Torre Cepsa (248 m.), Torre PwC (236 m.), Torre Espacio (224 m.), Torre Picasso (157 m.), la Torre de Madrid (142 m.) y Torre Europa (121 m.).

No me lo pasé nada bien en la ruta de 30 km. del Maratón Sierra Oeste de Navalagamella unos días más tarde, porque el organizador, supongo que con la idea de mejorar sus resultados económicos, había admitido tantas inscripciones que las trialeras y los senderos parecían atascos madrileños.

Sí que aprendí mucho en una ruta de 50 km. e índice 61 en Quijorna: con 37 provincias españolas en alerta por viento, lluvia, nieve y frío, no me quedaba duda alguna en la salida de que iba a ser una mañana intensa. Contra el viento no me quedaba más que resignación y apretar los dientes; no hay alternativa cuando se rueda con el pulsómetro disparado tirando de desarrollo corto en llano ¡a menos de 10 km/h! Lo del barro fue una buena lección comparativa, porque peleando por mantener a la vez el equilibrio y la dignidad, me di cuenta de que una bici de montaña se lleva igual en barro que el Land Cruiser en arena: desarrollo tirando a corto, siempre con tracción, y un derroche de delicadeza para cambiar o simplemente mantener la trayectoria.

La trastienda de estos esfuerzos está muy lejos de ese montar en bici despreocupado y fácil de la infancia. Ya no es un transportarse y divertirse a la vez y sin más. Al contrario, es un agobiante despliegue de planificación y perfeccionamiento. Tras cada recorrido, solo después de los estiramientos y ansiando una ducha, anotaba escrupulosamente el trabajo a realizar en la bici antes de la siguiente salida: engrasar la cadena, subir una décima la presión del neumático delantero, un click más a extensión en el amortiguador trasero, repasar el desviador porque el plato grande entra despacio, … Me acordaba con cierto sonrojo de esa BH plegable de hace muchos años y no podía compararla con la Ghost actual porque pertenecen y pertenecemos a mundos distintos. Antes de cada entrenamiento hacía una puesta a punto, cargaba la mochila de agua con dos litros de Isostar, y llenaba su bolsillo con tantas barritas energéticas como paradas fuera a hacer en la siguiente ruta prevista y cronometrada, más una, por si acaso. Y a partir de cierto índice IBP, llenaba un bidón adicional con Isostar y lo sujetaba al cuadro de carbono. Repasaba en el ordenador la grabación de la última vez que había hecho la ruta prevista y cronometrada y me fijaba el objetivo. Luego sonreía satisfecho por dentro al recordar que en las 48 horas previas solo había comido lo que dicen las dietas: pasta, fruta, cereales, legumbres, …

Si los preparativos eran para una carrera, aun añadía las consultas al pronóstico meteorológico en Internet para escoger con precisión la ropa. Y el análisis de la ruta en Wikiloc, y dibujarlo en un trozo de cinta de carrocero con rotuladores de colores, que luego pegaba al lado derecho del manillar, para que actuara más como un copiloto mudo que como un simple recordatorio.

Luego llegaron rutas con salida en San Sebastián de los Reyes, Galapagar o Griñón. En esta última me inscribí porque su trazado, de pistas anchas y casi siempre planas, tenía parecido con tramos de la carrera de Melilla y podía ser un buen entrenamiento. Solo que las lluvias de los días anteriores los convirtieron en barrizales (¡otra vez!). De ese modo y siendo un maniático de las presiones de neumáticos, probé la desazonante sensación de ir pinchado de las dos ruedas, que es lo que parece al rodar sobre media cuarta de barro pegajoso apoyado en una pista de tierra dura. Había una cierta relación, no muy estrecha, entre girar el manillar y que la bici cambiara de dirección, y la rueda trasera deslizaba lateralmente, perdía tracción o todo a la vez. Aun así tuve tiempo de rodar deprisa por terrenos fáciles y el resultado no fue malo.

El rallye de Galapagar me lo había arruinado un pinchazo, y tres semanas antes de la carrera africana otro pinchazo frustró un entrenamiento de fondo que prometía disparar mi autoestima. No quedaba otra posibilidad que pasarme a la eficacia contra los pinchazos de los neumáticos sin cámara. O, como se dice en la jerga, “tubelizarme”. Los Schwalbe Rocket Ron que montaba hasta el momento no eran válidos, así que me pasé a unos Maxxis Ardent Race 2,20 x 29” delante y Crossmark 2,10 x 29” detrás. Las pocas salidas que me quedaban hasta coger rumbo a Melilla las dediqué a hacerme con ellos. Son muy rodadores, y no terminaba de cogerle confianza al delantero a la entrada de las curvas ni de acertar con las presiones. Con los Schwalbe rodaba en invierno con 1,9 bar delante y 2,0 detrás, y se recomienda bajar una décima al pasarse a “tubeless”. Pero no me encontré cómodo hasta bajar a 1,7 y 1,8, respectivamente.

Y ahora estoy en la salida de la Carrera Africana de la Legión en Melilla. Ayer salí de casa antes de las cinco de la mañana en coche, el barco zarpó de Motril a las once, y por la tarde recogí el dorsal y palpé el ambiente. Después de medio año de entrenamiento, más de mil kilómetros de pedaleo y doce meses de ilusión, ha llegado la hora.

El parque móvil en 2015

El año 2015 se recordará en el parque móvil por ser el periodo en el que se fue el Toyota Celica Carlos Sáinz Réplica de principios de los ’90 y llegó el BMW M3 Cabrio de 2002. Me dio mucha pena dejar irse al Celica, un coche de coleccionista y un mito del Mundial de rallyes cunado no se llamaba WRC, pero soy consciente de que llego a poseedor temporal de coches, no a coleccionista. Además, el viaje por Marruecos que hicimos con él a finales de 2014 (ver “Celica to the Sahara” en este blog) le dio un significado al tiempo que lo tuve que le sobrevivirá.

También se contaron en este blog (“Con 29 años de retraso”) la llegada del M3 y sus primeros meses en el garaje. Al final de esa entrada, el M3 estaba reparado de una avería inexistente y yo buscaba un cargador Pioneer de seis CDs. Como lo utilizaron varias marcas de coches y se caracterizaba por su baja fiabilidad, no fue difícil encontrar uno en el nutrido mercado de segunda mano en Internet. Temía que me vendieran un equipo tan defectuoso como el que tenía, de modo que desmonté el que fallaba y dejé todas las conexiones sueltas en el maletero, para que fuese sencillo probar, sobre el terreno y antes de pagarlo, el que encontrase. Acordé la cita con el vendedor a través de WhatsApp en un lugar que para mí era tan poco habitual como la plaza de toros de Parla, una ciudad del cinturón industrial de Madrid. Por centrar el asunto: los actuales propietarios de los M3 E46 se dividen en dos tipos. Unos son jovencitos aficionados al automóvil del género tunero, habitualmente con novia poligonera; otros son veteranos aficionados, casi siempre expilotos, y que peinan canas. Un miembro del primer grupo estaría en su salsa en el lugar de la cita; yo llegué con cierto reparo y los ojos muy abiertos. Y más que los abrí cuando vi llegar al vendedor: Skoda Octavia blanco cargado de años del que se baja un marroquí. Menos mal que el arranque de la conversación acabó con los prejuicios: era un chapista de Casablanca que, después de varios años desempeñando su profesión en España, se había quedado sin trabajo y explotaba un curioso nicho de mercado: al conocer los elementos electrónicos con mayor índice de fallo en las marcas Premium alemanas, recorría los desguaces desmontando esas piezas: unidades electrónicas de motor, transmisión y carrocería, navegadores y sus pantallas, motores de elevalunas y techos, unidades hidráulicas, cargadores de CDs, … El que sacó del maletero del Octavia era exactamente igual al de mi M3, y lo conectó con la soltura del que está acostumbrado a hacerlo. Y mientras me demostraba que el equipo cargaba y seleccionaba CDs, y que el clásico “Even in the quietest moments” sonaba de maravilla en el equipo Harman Kardon del M3, me ofrecía sus servicios: “Si te falla el techo plegable no te vuelvas loco, es la unidad hidráulica y yo te la consigo por la mitad de precio que la original. BMW te vende el conjunto del navegador y el equipo de sonido; yo te vendo la pantalla suelta si te hace falta”. Y así despiezó el M3 y sus posibles averías electrónicas.

Ya con sonido de calidad a bordo, el resto del año ha visto cómo se disfruta con naturalidad un deportivo lujoso y descapotable. Salvo por la dureza del embrague, es cómodo en los atascos, y en el maletero se pueden transportar los regalos del día de Reyes camino de una reunión familiar.

El mejor momento del M3 en 2015 fue una cita, entre gastronómica y rutera, con amigos propietarios de primos hermanos de mi coche. Los tres vehículos eran deportivos, lujosos y alemanes: un Mercedes SLK 55 AMG y un SL AMG, además de mi M3. Una vez establecida la similitud inicial, empiezan las diferencias. El SL es más un coupé de lujo que corre mucho que un deportivo. Por tamaño, tarados de suspensiones, tacto de dirección y entrega de potencia, te traslada con suavidad majestuosa a velocidades delictivas. Pero no le pidas maravillas si la carretera se estrecha y retuerce, porque no es ese su hábitat natural.

El SLK está a mitad de camino entre ambos. Más pequeño y ligero que el SL, más potente que el M3, el V8 atmosférico le hace correr pero que mucho.

Desde el volante del M3, los más de 200 kilómetros de curvas de aquella mañana fueron un desbordamiento de placer de conducción. El tacto de dirección y chasis permiten colocar las cuatro ruedas con precisión de láser, y la disponibilidad de potencia suave en un arco de casi cuatro mil vueltas genera una interacción con el conductor más que placentera. Salvo horquillas en que la segunda se quedaba larga, el M3 se movía con fluidez, con facilidad, dócil a los movimientos del volante. Con unos 24ºC, cielo azul y techo abierto, esa mañana por carreteras de Avila habituales en el Campeonato de España de Rallyes fue un placer intenso y suave a la vez, porque el motor es tan tratable y el chasis tan noble, que el conductor no se aturulla salvo error grave de conducción, a pesar de lo alto del ritmo.

Para terminar la sesión, relajarse y hablar de coches, un festival gastronómico en el restaurante del Parador de Gredos, seguido de un café, solo y en taza pequeña, servido en la terraza de la fachada posterior, con vistas a pinares sin fin.

Durante 2015 terminó su estancia en el garaje el Auris Touring Sport híbrido estrenado el año anterior. Los casi 25.000 km compartidos me reafirmaron en la creencia de que los híbridos son ideales en tráfico urbano y en los anillos de las grandes ciudades. La suavidad, el silencio y la agilidad son el antídoto ideal para los crecientes atascos de Madrid.

En Noviembre le sustituyó la versión de 2015, lo que significa que viene equipado con las tecnologías que marcan la ruta hacia el coche autónomo: sistema de precolisión, aviso de cambio involuntario de carril, cambio automático de luces, y aparcamiento automático. El uso frecuente de un vehículo así (ya llevo más de 6.000 km) no genera las mismas sensaciones que una simple prueba en pista cerrada de esas tecnologías. Dedicaré una entrada exclusiva al asunto porque este equipamiento es el embrión nítido del coche autónomo, y la vida diaria con él genera curiosas reflexiones.

El otro apartado que llama la atención al conducir un híbrido es que la obtención de un bajo consumo se convierte en una obsesión para el conductor. Queda claro que el objetivo real de los híbridos es reducir las emisiones, y reducir consumos no es más que una consecuencia. Pero el conductor se obsesiona, y se apoya con fervor peligrosamente cercano a la distracción en las cada vez más abundantes pantallas de información. Se pueden ver los flujos de energía, los consumos instantáneo, acumulado y desde el último arranque, así como el kilometraje desde el último repostaje y la autonomía remanente.

Hasta tal punto es real esta obsesión que he decidido no comparar los consumos que obtengo con los híbridos con los que obtengo con los demás coches. Porque con los híbridos me apoyo en las inercias, redondeo las trazadas, abro con suavidad al salir de las curvas, me anticipo a los desniveles, levanto en los llanos, y mil trucos más para reducir el consumo. Mientras que ahora en el M3, y antes en el Celica, me limito a disfrutar.

No recuerdo haber pisado a fondo en tráfico abierto un híbrido, al saber que hay una ganancia de velocidad inferior al aumento de consumo; pero qué festival de placer es, con los fluidos a temperatura de servicio y el agarre necesario, llevar hasta abajo el acelerador en el M3, y sentir la espalda pegada contra el respaldo del asiento mientras disfruto del sonido del seis en línea.

El Land Cruiser HDJ80 de 1991 vivió dos episodios complicados, uno antes y otro después del viaje a Marruecos que se contó en este blog. Aproveché el repaso previo al viaje para reparar el aire acondicionado, que enfriaba poco. Afortunadamente se debía a una fisura en un tubo de aluminio que se pudo reparar, porque ya no hay recambio original.

En Agosto, el paso anual por la misma ITV de siempre generó una gran sorpresa: esta vez al técnico se le ocurrió medir, y encontró una cantidad desmesurada de incumplimientos: altura total, altura del paragolpes trasero, peso, existencia de un cubrecárter, suspensiones modificadas, … No tenía mucho sentido discutir para no agravar la situación, así que me limité a preguntar por qué los años anteriores no se habían detectado incumplimientos y sí habían sellado la inspección. No hubo respuesta.

Menos mal que un amigo que se dedica profesionalmente a estas lides me sacó del lodazal burocrático que supone el trance: pesamos el vehículo y medimos muchos de sus componentes, como el cubrecárter, las espiras de los muelles o el diámetro de los vástagos de los amortiguadores. Con eso se elaboró un proyecto, al que acompañaba un estudio técnico de un laboratorio autorizado, en este caso Idiada. Y todo ello abundantemente ilustrado con fotos y dibujos de llantas, neumáticos, separadores, más vistas de frente, de costado y de perfil, como si el pobre Land Cruiser fuera un concejal de Urbanismo presunto culpable de algo.

Unos días después de entregar el cartapacio, comparecimos el Land Cruiser y yo en la ITV, donde se dedicaron durante casi dos horas a comprobar que las medidas consignadas en el proyecto y en el estudio coincidían con la realidad. Evito algunos detalles escabrosos y llego al final: vuelve a ser legal que ruede por vías públicas con un Land Cruiser que ahora sé que mide 2,02 m de alto y pesa 2.415 kg.

Otra entrada en este blog narró la temporada de maratones en bici de montaña con la Ghost AMR 7 de 2015. Con 1.100 km recién cumplidos pasó por el taller de Cross Chicken para una revisión. Y salió con una cadena y unos cuantos retenes cambiados preventivamente en las suspensiones Fox. El neumático Schwalbe Rocket Ron trasero tenía 1 mm de profundidad, pero en un otoño anormalmente seco me había llevado algún susto y aproveché para cambiarlo. Al delantero aún le queda vida, quizá hasta más allá de la primavera.

Los usuarios de vehículos con motor se guían mucho en la conducción por los ruidos que genera el coche o la moto. El motor, el cambio, las transmisiones, los frenos, el chasis o carrocería, hasta las suspensiones emiten sonidos que, correctamente interpretados, dan pistas válidas sobre el estado del vehículo, sus virtudes o defectos, o averías en ciernes. Y esos usuarios suelen criticar que las bicis son mudas a ese respecto. Pues siento decir que están confundidos.

Sí es verdad que los sonidos son distintos, más sutiles y con muchos menos decibelios, pero igualmente esclarecedores. En una bici no emite el mismo ruido de arrastre una cadena recién lubricada, al iniciar una ruta, que una cadena poco engrasada o ya seca y sucia al final de un maratón. Y el desviador delantero o el cambio trasero hablan mucho de su estado de ajuste cada vez que se cambia de marcha. Cuando están limpios y engrasados, cada cambio suena como un disparo seco, un sonido nítido y rotundo. Una sesión de barro cambia el sonido a arrastrado y dubitativo, preludio de una marcha que no entra.

También el sonido de rodadura de los neumáticos tiene su significado. Si es limpio y fino dice que las presiones son correctas; si la carcasa se deforma por falta de presión el ruido es más grave y arrastrado. Y si ese tono se escucha en un giro, es que hay insuficiente presión, el neumático necesita jubilarse, ¡o vas demasiado deprisa!